Poligoneros

Nunca me gustaron los polígonos. Pensar que debía trabajar en uno de ellos, hacía que me inundara una sensación total de abatimiento, una losa que se desplomaba sobre cualquier pequeña motivación que tuviera por trabajar. En alguna parte dentro de mí, imaginaba esas largas colas de hombres entrando en las fábricas en pleno siglo XIX, todo en blanco y negro, lleno de humo y recreando la escena a golpe de tambor. Absurdo, lo sé. Los polígonos no molaban, no eran cool, no salían bien en las fotos. No tenían tiendas de antigüedades, ni bodegas de vino para disfrutar de refinadas catas a la salida de la oficina. Aborrecía la idea, desde luego; pensaba que ir allí todos los días, aplastaría mi alma igual que la prensa del desguace convierte el metal de los coches en piezas de plastilina de varios colores.

Eso es lo que pensaba, sí, pero confieso que estaba equivocado.

Todas las mañanas, atravieso ese mapa que conforma el polígono, ese campo de batalla con pequeñas pendientes agrietadas y badenes mal pintados. Huele a colonia barata, a humo de autobús, a basura recién recogida por un camión que se lo traga todo, a gente menuda que despelleja su alma desde antes de las seis de la mañana. Normalmente voy en bici, esquivando camiones cargados de vigas de hierro y sorteando contenedores de basura que asoman guardabarros rotos de turismos accidentados. Hay una avenida llena de talleres, hospitales de máquinas que serán reparadas en grandes espacios que huelen a grasa. Hacen magia convirtiendo los abollones en brillos de anuncio, como un puto filtro de Instagram.

El camino arranca en mi perfecta burbuja de césped recién cortado y barbacoas aún humeantes de la noche anterior. Nada más salir de casa, me cruzo con gente que recoge las mierdas de sus perros, que mira de reojo su coche nuevo pero que rehúsa devolverme el saludo. Desde mi lenta posición de ciclista, desde el jadeo de mi esfuerzo de las 8:30, veo cómo el atasco de coches fluye lento en su peregrinaje a la gran ciudad. Así cada día. Huyo de aquello lo más rápido que me permiten las piernas. Bajo una cuesta y luego subo otra. Esto no es Holanda y me cago en los muertos de quienes diseñaron la orografía de mi pueblo.

El polígono aparece a lo lejos, justo cuando se acaba el mundo de Oz que representa la ciudad financiera. Un ejército de jardineros correctamente ataviados, cuidan interminables avenidas de hierba para el deleite y disfrute de los que pasamos por allí. Hay hermosura, sí, belleza dibujada por infinitas laderas de lavanda y adelfas que perfuman kilómetros de aire envasado. Es todo tan guay, que hasta me da apuro echar algún escupitajo, fruto del esfuerzo de la bicicleta, no me piensen mal. Las cámaras me vigilan, me siguen y comprueban que no accedo a un perímetro para el que no tengo una tarjeta roja de acceso. Ellos sí la llevan, los viandantes con los que me cruzo; les dejarán pasar después de revisar por el escáner sus túpper con ensaladas ultraligeras. Todos aspiran a quedarse allí, en la parte bella, conseguir una plaza de aparcamiento dentro y no tener que ver lo cerca que está el polígono, ese perfil tan desigual de naves diferentes que tanto ruido generan en esa postal.

Atravieso justo la línea que separa un municipio de otro, lo verde de lo gris, lo bello de ¿lo feo…? No. Descubro con el tiempo que lo hermoso está a este lado de la frontera, con su porquería mal recogida y sus olores industriales, penetrantes. La belleza crece aquí de otra forma, se manifiesta sutil; en los monos sucios de los mecánicos, en los camiones mal aparcados con matrículas de países que no existen y cuyos conductores duermen dentro, o en los negocios tan dispares que aparecen a la vista, como un despiece de carne de oveja o una fábrica de puertas de madera. A lo lejos, el chatarrero otea el horizonte de los callejones en busca de tesoros perdidos.

Todos me miran raro por ir en bici allí; “¿qué haces aquí que no conduces un camión de diez toneladas?”, piensa más de uno. Me odian un poquito por hacerles ir más despacio, allí, en el polígono, donde la velocidad es un bien preciado. Deprisa, deprisa. Aquí se reparten cosas, paquetes, cajas, palés de todos los tamaños, y se acuerdan reuniones de desayuno en las cafeterías poligoneras (allí saben comer, amigos). Me odian un poco, sí, pero yo les quiero. Y es que me regalan un cuadro perfecto y precioso cada mañana, donde la vida late como no lo hace en otro sitio. La vida fluye, cobra una nueva dimensión, de gasoil, de administrativas con pendientes de aro y de gente que fuma ducados en la calle. Pequeños soldados recién despeinados toman el pulso a un amanecer que se nos volverá a escapar en unas horas, que dejará todo de nuevo en silencio.

Mañana, los muelles de carga volverán a latir con el pitido de las máquinas bajando cosas, cosas pesadas y envueltas en celofán, como ese centro de gravedad que me lleva allí todos los días.

Eyectable

– ¡Mamá! Corre, ven. Blanca acabar de cagar a nuestro Salvador.

Y efectivamente, Blanca, que la semana que viene cumplirá nueve, había obrado el milagro. Del barro de aquella cagarruta nacía de nuevo nuestro Señor, siempre alegre y sonriente. Volvía a la luz ese pequeño click azul que Blanca, a hurtadillas, introdujo en su boca y se tragó sin que nadie se diera cuenta. Bueno, salvo su hermano Arturo, que había visto cómo rebuscaba en la caja de belenes que guardaba la abuela Lola y sabía, como siempre lo sabe Arturo, que algo estaba tramando.

Y María, la mamá de Blanca y Arturo, aunque feliz por el alumbramiento, le regañó dulcemente a su hijo, “No digas esas cosas delante del abuelo, que no le gustan…”. Respiró profundamente, cogiendo aire, llenando sus pulmones y expulsándolo después, dejando escapar toda la tensión acumulada en las últimas cuarenta y ocho horas. El disgusto se fue silbando, despacio, de la misma manera que uno dobla y aplasta un flotador contra el pecho para guardarlo después, mientras acariciaba con ternura la cabellera desordenada de Arturo. Gracias Arturo, le decía, gracias, y le besaba el pelo como sólo se besa el pelo de un hijo, acuñando el compromiso de un amor que será inmortal a través de los recuerdos. Recordó, lo primero, que debía llamar a su hermana Elena. Ella sería la encargada de transmitir la buena nueva al resto de tíos, amigos y vecinos, todos expectantes y preocupados por el desenlace de los acontecimientos. “Ha sido niño, de un color azul cielo, como el rotulador Carioca, ese que siempre se gastaba el primero, pero huele a demonios”; la tía Elena repetía con ahínco esta frase en cada llamada que hacía.

Para entender lo que pasó, debemos retroceder dos días, cuando llovía tanto y los niños no pudieron ir al parque, a conquistar columpios y recoger tesoros de los árboles. Las tormentas de primavera es lo que tienen; a los adultos nos afean las tardes, nos llevan a ensoñaciones imprecisas, nos borran los planes de la memoria, como gotas de aguarrás en una acuarela imperfecta. Pero los niños, artistas, magos de las mañanas y las tardes, convierten la siesta en un pliegue sobre el que deslizarse, sacando las cajas de los trasteros, jugando en mayo con los adornos de navidad, juntando el frío y el calor como si de un laboratorio de física se tratara.

Y en mitad de este pliegue, representando un juego que no era tal juego, Blanca se tragó la figurita del belén de los clicks. Y cerró los ojos y abrió las palmas de las manos, esperando algo, una ligera brisa, una luz o un calor intenso. Había leído, porque Blanca es curiosa e inteligente, que algunos personajes de sus cuentos habían visto luces, oído voces y sentir que volaban cuando estaban en contacto con Dios, aunque no supiera muy bien quién era este señor. Lucía, su vecina, que acababa de hacer la comunión, le había contado que Dios estaba en los belenes, que Dios era ese niño pequeño tumbado junto a una vaca, y que nunca tenía frío a pesar de vestir sólo un pañal, que por algo era Dios.

Pero la pobre Blanca no tuvo calor, ni vio luz alguna, ni una ligera brisa sobre la alfombra del salón. Lo que llegó fue el grito de Arturo, quien dio la voz de alarma; y la abuela preocupada, y María, enfadada, pero más tranquila, analizando la situación y enumerando las posibles actuaciones como si estuviese midiendo un verso alejandrino con los dedos.

Lo primero fue llamar a los servicios médicos telefónicos de urgencia. Un número de esos largos, lleno de ceros, tantos que uno pierde la cuenta de cuántos son. Al otro lado del aparato estaba Yuleima, “que no se preocupen, cuéntenme qué pasó”. Yuleima se pinta las uñas mientras lee a Cernuda en los ratos de espera. Ella estudió la carrera en La Habana, fueron muchos años de estudio para contestar ahora el teléfono, aunque no se queja, nunca lo hace; se acuerda de Boris, su primo Boris, ingeniero de telecomunicaciones que pone y quita hamacas sobre la arena de Varadero. Ella no se queja, suspira, eso sí, pero tal vez sea por Cernuda, y no por otra cosa, aquí también ayuda, como a la pobre Blanca. “No cariño, no te preocupes”, que el niño Jesús lo fabricaron sin aristas, sin bordes, por si las moscas, no le iba a pasar nada. Yuleima busca en su base de datos médica los objetos que serían expulsados tras ser tragados; lo hace con rapidez, entre el pintaúñas y Cernuda. Yuleima es muy eficiente, y ahí está, aparece al fin, el niño Jesús de los clicks, clasificado como un objeto eyectable. Y María, que está al otro lado, respira y sus pelos dejan de estar erizados cuando escucha la palabra “eyectable”, y piensa en el niño Jesús sentado a los mandos de un avión, una nave que se precipita, cae a la deriva desde una altura infinita. Pero es “eyectable”, y el niño sale despedido, tras la carlinga de vidrio, lanzándose al cielo en un giro desordenado, cambiando caleidoscópicamente la visión de cielo y tierra, porque es “eyectable”, hasta que abre su paracaídas y entonces, despacio, dejándose caer como una pluma blanca, se posa sobre la mano de María. Es “eyectable”.

Yuleima le dice a Blanca que tome muchos yogures que cuáles son sus favoritos. Los de fresa, contesta, con una voz tímida, sintiéndose culpable y responsable de hablar con Yuleima, y brotan un par de lágrimas, no llores mi niña, Yuleima se apiada, será Cernuda el agente causante. Yogures con bífidus, deben ser con bífidus, de fresa, exclama Blanca, de fresa mi niña y la abuela coge rápido el paraguas para ir al supermercado. Y es que llueve; llueve a mares en la calle y en el interior de todos, de Boris, de la caja de los belenes, porque estamos en Mayo, no, no es eso, será Cernuda, dice Yuleima.

Y los yogures hicieron su trabajo, de fresa, como le gustan a Blanca, que portaba una cucharilla en su bolsillo porque comía un yogur detrás de otro. Y la abuela Lola en el supermercado, contando la historia a Olga, la cajera, quien deja de pasar objetos por la cinta, vaya susto, ay Dios mío. Y Olga se santigua porque estas cosas le asustan, pobre, ya me contará. Y tras dos días de bífidus, se obró el milagro, y Olga contenta, se lo contó la tía Elena cuando pasó por allí, gracias a Dios, decía, y volvía a santiguarse.

Pero ahora hay un dilema en casa. La figurita del niño Jesús olía a cloaca, como cómo va a oler si no, y la abuela, que es mucha abuela porque ha tenido cinco hijos y preparaba cinco turnos de comidas cuando los tenía a todos en casa, mete al niño Jesús en un bote lleno de agua con Fairy; un bote de cristal transparente, porque hay que verle la cara, siempre sonriente, los clicks son grandes optimistas, dice la tía Elena.

Pasan dos días, con la figurita a remojo, y el olor continúa. ¿Qué hacemos, mamá?, le dice María a Lola, no hay quien pueda con esta peste. “Usaremos lejía, hija. Tú déjame, que yo sé de esto”. Y es que la abuela claro que sabe de esto; de esto y de mucho más, que ya preparaba cinco turnos de comida cuando tenía a las fieras en casa. Se abre entonces un debate interno en el seno de la familia: ¿Tirar o no tirar? La tía Eva, que llamaba por teléfono desde la distancia, cada dos horas exactas para conocer el estado de la situación, defiende que habría que guardar la figurita. Claro que sí, darle un espacio privilegiado en casa; que no es sólo una pequeña pieza de plástico, sino un vestigio de lo que pasa en ese castillo, con sus cinco turnos de comidas, con las fotos anteriores a 1900, o los álbumes Kodak, o los primeros cuentos de Elena dibujados con Plastidecor, o una trenza rubia de la abuela Lola cuando era niña. Pero María, que ve y que intuye la poesía en cada luz y cada sombra, dice que aquí no hay ni medio verso, pobre Blanca para qué recordárselo.

Y mientras todos discuten, si guardar el nuevo tesoro familiar, o tirar esa maldita porquería infecta, Blanca se acerca al abuelo, y le coge de la mano. “Abuelo, ¿tú que crees que debemos hacer?”, le dice, clavando sus ojos en los de su querido abuelo, atravesando esas gafas de sol graduadas que él nunca se quita.

 

Señales viejas

 

La arena del desierto, harina dorada molida por los dioses antiguos, se pega a mi piel formando una pequeña capa de limo. Óleo de barro en mis antebrazos, señales viejas; respiro al ritmo de mis pasos por este camino de tierra.

El coche se estropeó ayer, a las once, justo cuando sonaba la última canción del CD. Un minuto veintisiete segundos de melodía y todo se apagó; el equipo de música, el motor, el crujir de las ruedas sobre la carretera, el viento que entraba por las ventanillas bajadas. Un minuto y veintisiete segundos, y abandoné el coche en el desierto, como un caballo con una mordedura de serpiente, a sabiendas que le esperaría una muerte segura. Traicioné pues el vínculo emocional que había creado con mi máquina. Escupí junto a la puerta y le conté una mentira; una de esas que el alma vieja de un cacharro fabricado en Detroit es capaz de tragarse. Cogí la mochila y me puse a caminar.

Sin detenerme, sin pararme a pensar o a respirar. Llevo horas caminando mientras hablo con los cactus, con mi miedo, a los que les cuento la historia del coche sin conductor. Está amaneciendo, pero el calor, todavía queda lejos. El horizonte es una pegatina que puedo despegar y poner en mi mochila, junto al escudo de Múnich, junto al emblema de mi familia: un oso atravesado en el corazón por una espada de caballero. Nunca he sabido si yo era el oso, o la espada. Mi mochila está llena de cromos de tela, de trofeos, tatuajes de colores de los sitios a los que alguna vez dirigí mis pasos.

Al final del camino, un niño calienta sus manos frente a una fogata improvisada. Un viejo neumático comienza a quemarse, creando un velo de humo negro entre mi vista cansada y el pequeño, de unos diez años. Junto a él, se ha situado un hombre, de pie, quien rodea con el brazo el cuello del niño. Me acerco al fuego, quiero saludarles, preguntarles por qué hace tanto frío, si queda mucho para llegar a la interestatal. Cuando apenas quedan unos metros, el niño levanta la vista, cruzando su mirada con la mía mientras mueve la cabeza de un lado a otro, negando mi presencia allí. El adulto, tal vez el padre de la criatura, carente de rostro tras la cortina de humo, lleva su mano izquierda al cinturón, hacia el mango de su cuchillo. No lo saca del todo de la funda, sólo lo suficiente para que el fuego se refleje en la hoja, escupiendo una orden de plata, un lárgate gringo que entiendo a la perfección.

Sigo con paso firme, agarrando con fuerza las cintas de mi mochila, susurrando al camino, preguntándole si el murmullo de fondo es la respiración de la ochenta y seis. Al cabo de unos minutos, un cartel con el ocho y el seis escritos sobre un escudo de color verde, confirman mi sospecha. Continúo caminando, extendiendo mi brazo y sacando el pulgar. Hubo un tiempo en el que el autoestop era una religión, una oración de libertad para bailar sobre el asfalto. Los arcenes de la autopista, todavía de noche, me miran con respeto, ofreciéndome las baratijas que arrojaron los que pasaron por allí.

Miro con atención al suelo, buscando el tesoro que debo encontrar hoy.

Inmortales

“Quiso el destino que Eugenia Olivares, tras perder a su marido por el hueco del ascensor, se casara en segundas nupcias con Tomás Redondo. Éste, brillante ingeniero, de tez morena y dueño de un elegante bigote francés, vestía siempre corbata azul, acorde, como decía él, con la imagen de la compañía, una empresa danesa dedicada a la fabricación de ascensores desde hacía casi cien años.”

Así empezaba el cuento de Oliveira, el último que El Diario le había comprado para el suplemento del fin de semana. Vendía tres o cuatro cuentos al mes, más la columna de opinión los martes, la tertulia en la radio y las regalías por las cuatro novelas que llevaba publicadas. Era de los afortunados que podía presumir (y lo hacía…) de que vivía gracias a lo que le pagaban por escribir. Los relatos de Oliveira eran ingeniosos, inquietantes y originales; a personajes normales, siempre les sucedían asuntos extraordinarios. La gente los adoraba, los copiaba, los estudiaba en las universidades, y eran comentados por todos aquellos que se iniciaban en el arte de juntar palabras. “¿Leíste el último de Oliveira, el del salmón en el ascensor…?” – “Sí, bárbaro…”.

Todo el universo de ficción que fabricaba en sus cuentos era único, salvo en una pequeña cuestión: los nombres de los personajes.  Copiaba éstos, los robaba de personas que existían en la vida real, individuos que llevaban una vida normal, en otro lugar, en otro país. Ajenos, todos, al singular atraco que un escritor les había perpetrado,  para convertirlos en personajes de ficción. Oliveira, en este pequeño juego que se traía entre la realidad y la ficción, lo que nunca hacía, era robar los nombres a personas que pudieran parecerse a los personajes de sus cuentos. En su juego, tenía una regla que cumplía a rajatabla: robaba los nombres de personas, que se parecían a sus personajes, pero de algún cuento anterior que había publicado. Así, por ejemplo, Eugenia Olivares, en la vida real, no era una viuda que volvía a casarse con Tomás. Era una afamada arquitecta divorciada, que protagonizaba el cuento de hace dos semanas del suplemento dominical. Jugaba a esto Oliveira, a robar nombres, y a intercambiar identidades, a mezclar personas reales con personajes de ficción, porque, como él decía, no hay mayor ficción que aquello por lo que vivimos a diario.

El lunes, tras la aparición de Eugenia y su segundo marido, Tomás Redondo, en las páginas del dominical, llamó a su editor en el periódico. La vanidad, curiosa compañera, necesitaba saciar su sed, recibir el feedback de su público, saber qué tal se había comportado su pequeño monstruo de ficción en el mercado de las historias dominicales.

– Matías, ¿qué tal? ¿Cómo fue el fin de semana?

– Oliveira, precisamente te iba a llamar ahora. Bien, bien, no ha ido mal. Las ventas en papel han dejado de caer, y bueno, el digital, parece que bien, aunque te juro que no hay Dios que intereprete los datos. En fin…que quería hablar contigo de otra cosa.

– ¿Otro encargo? ¿Un lunes…? Sí que fue bien la cosa…

– No…- riendo – No ha sido para tanto. Es una nota curiosa para que la disfrutes con tu café. Estuve buscando referencias tuyas en la red, para ver si podíamos hacer negocio con editoriales en Latinoamérica, ya sabes. Resulta que encontré un cuento, de un escritor aficionado debe ser, cuyo protagonista se llamaba como tú, Oliveira, y encima era escritor. ¿Curioso, eh…?

– Ah….sí.

– No parece sorprenderte. Igual deberías escribir sobre ello. Tú sabes sacar una historia de donde no la hay. Ahora te envío el link para que eches un vistazo si te apetece.

Llevaba ya algunos años con este juego, siendo él quien desplegaba el tablero sobre la mesa, quien se inventaba los jugadores, colocándolos aquí y allá, tirando los dados, haciendo que saltaran de una casilla a otra, obligándoles a tener el tipo de vida que su imaginación, desbordante, creaba para todos ellos.

Se sentó frente al ordenador e hizo “click” en el link que Matías le acaba de enviar; hizo “click” en un interruptor desconocido, sin saber el tipo de espejo al que acabaría mirándose, aquella historia en la que, según su editor, vivía alguien con su nombre y oficio. Era un relato corto, no más de mil palabras, calculó él. Los que cobran por escribir son grandes adivinadores del número de palabras, de caracteres a los que se enfrenta su lectura. Con un estilo directo, sencillo y sin grandes adornos, contaba cómo, un escritor, de nombre Oliveira, como él, no había podido pegar ojo en toda la noche por culpa de los gatos recién nacidos de los vecinos. El motivo de la molesta vigilia, no había sido tanto el ruido, sino el temor que sintió el escritor al pensar que eran lloros de bebé lo que escuchaba, y no maullidos de pequeños gatos recién nacidos. Esto no lo descubrió hasta bien entrada la mañana, cuando con la claridad del alba, pudo distinguir a los animales, los dueños de los gritos. El cuento, terminaba con Oliveira, el Oliveira de ficción, delante del espejo, muerto de sueño, afeitándose, con poco tino, haciéndose un pequeño corte que necesitaría una diminuta tirita en la barbilla. Se tocó entonces Oliveira, el de carne y hueso en el mundo real, su barbilla, la tirita que se había puesto, y pensó en los gatos del vecino. Y consideró que podía ser una broma de su editor, pero lo descartó enseguida, tanto por la falta de sentido del humor de Matías, como por la imposibilidad de que alguien conociera la noche tan espantosa que acababa de sufrir. El cuento aparecía en el blog de una escuela de escritura de Montevideo. Allí escribían varias personas, seguramente alumnos del centro, y el que firmaba el cuento se llamaba Ricardo Zambrano. El nombre le resultaba familiar, pero estaba seguro que no era nadie a quien conociera. En la web no había foto alguna, dirección de correo o teléfono del autor, por lo que dio el asunto por zanjado.

Como cada lunes, Oliveira almorzaría fuera de casa, siempre en el restaurante “El Caladito”, compartiendo mesa con su amigo Pepiño. Se conocían desde el colegio y mantenían la tradición de comer juntos los lunes, ininterrumpidamente desde hacía más de quince años. Pepiño le había prometido una gran noticia para después de la comida y, tras el primer plato, liberó aquello que guardaba para sí desde hacía un rato, pero que ya no podía retener más: en pocas semanas, se iría a vivir a Moscú. Había conocido a una chica rusa a través de una agencia por internet y se iba allí, a pasar unos meses con ella antes de casarse. Oliveira se alegró por su amigo; le fastidió tener que comer solo los lunes, y le prometió una visita lo antes posible. Brindaron y lo celebraron. Oliveira llegó a su casa a media tarde, borracho, despidiéndose solo de Pepiño, lanzándose directo a la cama, prometiendo que no la abandonaría hasta el día siguiente. Lo cumplió.

El martes, la rutina le llevó al café, al teclado, a escribir un nuevo cuento para el suplemento, a dibujar la idea que llevaba varios días rondándole la cabeza. Pero la curiosidad, ese insecto molesto, le llevó entonces a releer el cuento de Ricardo Zambrano. Decidió, en ese momento, iniciaría la búsqueda en sentido inverso; repetiría los pasos que había seguido Matías para dar con este cuento. Tecleó su nombre, Antonio Oliveria, en el campo de búsqueda de Google, y en unas décimas de segundo aparecieron los resultados principales. En la primera página no había nada de interés: reseñas de sus libros, noticias, discusiones en foros de literatura. En la segunda y tercera páginas, tampoco. Pero en la cuarta, apareció una nueva mención a su nombre; hablaban de un tal Oliveira, escritor, pero no exactamente de él, sino de alguien diferente pero con su mismo nombre.

Resultó ser un artículo sobre el desapego, un pequeño texto que hablaba sobre la relación entre amigos en la sociedad tan universalizada a la que pertenecemos. Exponía el caso de dos colegas, Antonio, de apellido Oliveira, y José (Pepiño), obligados a mantener su relación de amistad con miles de kilómetros de por medio. El artículo, breve, insisto, lo firmaba Rubén Pedraza, Licenciado Rubén Pedraza. Psicólogo forense del cuerpo médico de Rosario, Argentina. Casado y aficionado a los blogs de asados. Oliveira, descubre entonces, tras un rato hurgando en la red, tres buenas recetas que Pedraza ha compartido en diferentes blogs. Todas sobre pollo. Le llama la atención que no hable de tira, ni entraña, ni bife.

Tras perderse un rato en hurgar, en bucear dentro del rastro que Rubén Pedraza dejara en la red, vuelve a la búsqueda sobre sí mismo. Oliveira existe en su casa, en su silla, en la agenda de su editor; pero también está en las páginas de Google, en el blog de una escuela de escritores de Montevideo, o en un artículo sobre el apego y la amistad de un psicólogo argentino.

¿Dónde más? Saca su cuaderno y comienza a escribir los nombres, las referencias, lanzando flechas de un sustantivo a otro, uniendo oficios y apellidos.

Páginas cinco, seis, siete, ocho. En la página nueve, vuelve a encontrarse, a verse reflejado en un espejo de letras y ficción de plástico. Un poema de rima heterodoxa e irregular, con grandes líneas, chorreos de adjetivos y bocas gritando al final de cada verso; ponen a un tal Oliveira contra las cuerdas, porque allí alguien le llora de puro amor. Le pide traducciones imposibles de sus actos, recuerdos de cama oxidados, caricias mancas que no se sabe si existieron. Hay una mujer que le llama en silencio, alguien que muere por dentro porque Oliveira le dejó la noche previa a tender la ropa. Oliveira suspira, porque el Oliveira real también respira y muere de amor, y los versos que lee le queman por dentro. Al final, aparece la firma de una mujer desgarrada, de nombre Eugenia Olivares.

Eugenia Olivares, aquella que se casó en segundas nupcias con Tomás Redondo. Anota su sombre en el cuaderno, rodeándolo con el rotulador rojo, y lanzando una flecha hacia el título del relato del domingo. Se dirige mentalmente a los otros nombres: Rubén Pedraza. Vuelve a escribirlo en su cuaderno, una, dos, tres veces, intentando recordar, saber de dónde ha salido Rubén. Vuelve a su ordenador y escribe cada letra R-U-B-E-N-P-E-D-R-A-Z-A en el buscador de su equipo, por si hubiera algo en su ordenador que le diera alguna pista. Dos segundos después de pulsar el ENTER, aparece un archivo en el que emerge este nombre. Es un cuento que escribió hace años, seis o siete calcula. Empieza a recordar. Pero en el cuento, Rubén no es un psicólogo argentino, sino un conductor de tranvía de principios del siglo veinte. Siguiendo su norma, debería existir un relato protagonizado por un psicólogo forense, un par de cuentos atrás. Existe, claro. No tiene que buscarlo para saber que está ahí.

Apartándose del ordenador, de lo que puede encontrar en la red, entiende que hay una legión de personajes de ficción que, transformados en los seres reales que portan sus nombres y apellidos, están dibujando la vida de Oliveira. Entiende que es él el que está en un tablero ajeno, a expensas de lo que otros digan de él. No alcanza a comprender si él, todavía, tiene algún tipo de poder o influencia sobre quienes manejan ahora los hilos de su destino. ¿Podría condicionarlos de alguna manera para que lo que escribieran para él, fuera benévolo y placentero? ¿Podría condicionarles de alguna manera? ¿Cómo dejar de ser, entonces, un juguete en la ficción de otros? Enumera mentalmente la cantidad de personajes de ficción, todos los nombres robados que hay en sus páginas, y calcula que habrá más de doscientos. Inviable.

Apaga entonces Oliveira su equipo, alejándose del teclado para escribir. Recupera su cuaderno, su bolígrafo, y entiende que es el momento de escribir sobre sí mismo.

La casa

El divorcio

Los papeles se firmaron, exactamente, a las cuatro de la tarde. Los niños ya eran mayores, por lo que no cabía una posible discusión sobre su custodia. Esto aceleró la rúbrica. Sin embargo, estaba la casa de la playa. Ninguno de los dos quería desprenderse de ella. Él, porque allí pasaron sus mejores años. Ella, porque había sido el proyecto más mimado en su mesa de diseño. La consideraba su creación más preciosa. Al final, la compartirían en períodos semestrales. Ella empezaría a disfrutarla desde ese mismo momento.

Laura

Laura tenía seis años menos que Dolores. Su madre era venezolana y su padre chileno. Aunque parezca mentira, no hablaba mucho y odiaba los concursos de belleza. Había tenido que luchar contra estos estereotipos desde que llegó a España con doce años. Dolores supo entender perfectamente sus silencios, y le regaló los suyos, su matrimonio fracasado con Fernando, su manera de abordar la vida. Tras varios meses viéndose después del trabajo, jugando a quererse y a descubrirse, decidieron que querían dibujar juntas el tiempo que tenían por delante. Por primera vez, Laura estaba ilusionada con las vacaciones de verano, con el tiempo que pasarían juntas en la casa de Dolores.

La soga

En el garaje siempre ha habido cuerdas, aparejos de pesca, cañas y botas de agua, de todas las tallas posibles. Mamá siempre compraba un par cada vez que pasábamos por la zapatería. Decía, “Por si acaso, por si vienen tus primos.” Y de esta manera, había toda una estantería llena de botas de agua amarillas. Las más pequeñas, las primeras que me puse, las compró el primer verano que estuvimos aquí, en cuanto nos dieron las llaves de la casa. Ese verano estuvo lloviendo sin parar; apenas pudimos disfrutar de la playa o del jardín. Mi padre siempre decía que la lluvia no era impedimento para divertirse; que teníamos impermeables y botas,  ¡y qué más queríamos! Nos lo gritaba desde su rincón, donde regentaba ese sillón de orejas que tanto odiaba mamá y que chirriaba por completo con el estilo de líneas rectas que le gustaba a ella y que había conseguido plasmar en toda la casa.

Creo que nunca conseguí divertirme en un día lluvioso. Esos días me pesaban como si lloviera plomo en vez de agua, haciendo que mi ropa me empujara hacia el centro de la tierra, quintuplicando la gravedad de mi cuerpo, de mi alma, de mis penas.

Pensaba en Mamá; sería la primera que entraría por la puerta, la primera que me vería colgando de la barandilla del segundo piso, con las manos esposadas a la espalda, inerte, tal vez vagamente iluminado por la luz que pudiera entrar a través de su cristalera favorita. ¿Moriría con una erección por culpa de la asfixia? Maldita sea, este detalle podría estropear el cuadro que estaba preparando.

Cemento

– Cariño, tengo que decirte algo. Escúchame y no me interrumpas, por favor. Sabes que no me queda mucho tiempo y necesito contarte algo. ¿Recuerdas, cuando desapareció tu hermano, la casa que estábamos construyendo en la costa?

– Sí, era para una arquitecta, ¿no?

– Eso es. Fue…fue el día que hormigonamos los cimientos. Tu hermano…joder…le pillé tocando a nuestra hija…el muy desgraciado, maldito cerdo. Escucha…tuve que hacerlo, para que no siguiera abusando de nuestra pequeña. Quedé con él en la obra. Después, utilicé una grapadora hidráulica. Lo hice por la espalda. Me faltó valor para mirarle a la cara. Luego lo lancé al agujero sobre el que íbamos a echar el cemento. Ahí lleva pudriéndose desde entonces.

La fiesta

Ayer hizo un año de mi frustrado intento de suicidio. Sí, el terapeuta me dice que lo verbalice sin miedo: SUICIDIO. Es bueno que hable de ello, que lo sienta como algo mío, como parte de mi pasado, que pueda enfrentarme a este hecho para poder superarlo con éxito. Si quiero, que lo cuente a todo el mundo, menos, claro está, a mamá y papá. Ellos todavía no lo saben. El incidente de la cuerda y la barandilla lo entendieron, cómo decirlo, de una manera algo distinta a como sucedió en realidad. Lo cierto es que la baranda no aguantó el envite de mi cuerpo cayendo desde el segundo piso, y se partió. Yo caí encima del sillón de Papá y sólo me rompí una costilla. Me quedé sentado como un imbécil, en su trono de felpa verde, diciendo sus mismas palabras: “La lluvia no es un impedimento para divertirse”. Imbécil. Hoy tengo que volver a verle, a él y a su nueva novia, una protésica dental que tiene mi edad, que lee a Paulo Coelho y que sólo quiere hablarte del huerto urbano que ha montado en la terraza de su casa. Como pase mucho rato con ella, creo que vuelvo a intentar lo de la cuerda.

Mamá vendrá con Laura, quien, gracias a Dios, es bastante más normal que la novia de Papá. Se supone que hoy nos anunciarán lo de su boda. No sé cómo me voy a tomar ver a todos juntos, como si fuese una comedia inglesa, poniéndonos buena cara, luciendo una sonrisa pero criticándonos a la primera oportunidad que se nos presenta. Cuidado con el alcohol y la medicación. Me he prometido no hacer ninguna tontería.

– Una gran fiesta, Mamá. ¿Quién es toda esa gente?

– ¿La chica que está con tu padre? Supongo que será con quien vaya a misa los domingos. ¿Sabes que es la hija del constructor que nos hizo la casa? Su padre se murió hace casi un año. Tuvo un cáncer muy jodido; al final se tiró varios meses en la cama, cagándose encima y habiendo perdido la cabeza. Una pena. Era un hombre muy agradable. Le gustaba mucho esta casa. Siempre decía que la cimentación que tenía era única. En fin, disculpa hijo; tengo que atender al resto de invitados.

– Sí claro, mamá. Estás en plena campaña electoral. – Esto lo digo sin que pueda oírme, como un pequeño chiste para mí mismo.

Gemelos

La nueva canguro empezó a cuidar de los gemelos hace exactamente seis meses. Coincidió que me ascendieron en el trabajo y me despreocupé de lo que Matilda nos iba a cobrar por cada hora de su tiempo. Mi mujer insistía en que acabaría cobrando más que nosotros; todo fuera por el bienestar de los niños. Con algo menos de dos años, les cuesta adaptarse a las cuidadoras nuevas y rápidamente empiezan a mostrar problemas de conducta. Bueno, esta es una frase que repite constantemente el psicólogo de la guardería. Menudo gilipollas.

Volví a casa con la satisfacción del ascenso, pero con la duda y la incertidumbre de cómo habían pasado Lucas y Hugo la tarde con su nueva cuidadora.

– Hola Matilda, ¿cómo ha ido todo? – me apresuré a dirigirle una sonrisa amistosa antes de examinar su trabajo con los niños.

– Bien, muy bien. Fuimos un rato al parque, aprovechando la buena tarde que hacía, y luego volvimos a casa. Les puse una película, pero no quisieron verla. Estuvieron todo el rato jugando en el suelo, con las construcciones. – Mientras lo decía, desviaba su mirada hacia el lado derecho de su campo visual y revisaba su teléfono móvil, que no había dejado de recibir mensajes desde que entré por la puerta.

– ¿No se movieron entonces de la alfombra.

– No, no, qué va. Yo encendí la televisión y ni siquiera me molestaron.

– Gracias Matilda. Voy a ver cómo están.

Me acerqué a esas pequeñas bestias rubias de ojos azules, que rápidamente se lanzaron a darme el regalo más valioso que uno pueda obtener a esas horas de la tarde: un largo abrazo que, a pesar de su reducido tamaño, te acaba tirando sobre la moqueta. Les besé repetidas veces, oliéndoles y disfrutando de ese perfume que sólo pertenece a los niños. Al hacerlo, descubrí unas caras manchadas de kétchup y restos de migas sobre sus sudaderas de héroes enlatados de la Marvel.

– Matilda, ¿merendaron algo los niños?

– No, no tomaron nada. Me dijo su mujer que no les diera nada, que así cenarían mejor. No se han movido de la alfombra desde que volvimos del parque. – Esto lo dice mientras se pone su chaqueta y se dirige a la puerta, no sin mirar antes por la ventana – Bueno, yo me marcho, que está mi chico fuera esperando. Mañana, ¿entonces a la misma hora?

– Sí, perfecto. Hasta mañana.

En el fregadero, había una sartén con restos de aceite y trozos de salchichas. Paquetes vacíos en el cubo de la basura y migas sobre la encimera. Dos platos con trazas rojas de alguien que había rebañado el tomate con ahínco y frenesí.

Cuando llegó mi mujer, le comenté el festín que se había dado Matilda.

– Matilda es celiaca, no creo que pudiera tomar pan de perritos, ni tampoco salchichas. – Mi mujer siempre está al tanto de estas cosas. Me lo decía mientras apuntaba en la lista de la compra, pegada en la puerta de la nevera el siguiente texto: “Salchichas (2)”.

Una semana después, tuve mi ataque mensual de migraña. Dos días fastidiado sin salir de la habitación, con las persianas bajadas y totalmente “empastillado”, intentando superar un trance que, cada año que pasa, se vuelve más trágico, acumulando poder para terminar un día conmigo de manera definitiva. Apenas bajé un par de veces a la cocina a por un vaso de agua y a por mis dosis de Maxalt, a echar un vistazo a los niños y que ellos pudieran verme a mí. Aunque fuera un auténtico cadáver, me parecía importante que supieran que estaba allí. Tenía las pastillas en el coche, así que entré en el garaje desde la cocina, algo mareado y sin encender la luz porque ésta me molestaba una barbaridad. Abrí la puerta del copiloto, metí la mano en la guantera y cogí la caja con los dos blísteres de pastillas; después me dirigí, casi a tientas, hasta la puerta para volver a entrar en la casa. Cuando pasé junto a la mesa de trabajo, donde tengo instalado un torno y una rueda para afilar cuchillos, encontré esparcidos unos cuantos utensilios sobre la madera desgastada de la mesa: dos formones; la lijadora, que seguía enchufada; el serrucho pequeño y el berbiquí, un cacharro que no he usado en mi vida. Había restos de madera, virutas y serrín. Odio que se utilicen las cosas y luego no se recojan; además, me pongo fatal de la alergia si no se limpia bien el polvo. Lo dejé todo como estaba y volví a la cama. Tenía esa sensación de presión tras los párpados que me impedía pensar con claridad.

Al día siguiente ya me encontraba mucho mejor, y aprovechando que había avisado en la oficina que no iría a trabajar, llevé a Lucas y a Hugo a los columpios. Sólo esperaba no tener que hacer mucha vida social con los vecinos. Llevaba dos días recluido y lo último que quería era hablar de mocos y de papillas de frutas con otros padres. Afortunadamente, mientras todos los niños del parque disfrutaban en el tobogán y en el castillo, peleando por defender las mejores posiciones, mis hijos, retirados en el arenero, jugaban a otras cosas. Les encanta hundir sus manos en la tierra y dibujar carreteras, grandes surcos y autopistas para los pequeños juguetes que sacan entonces de sus bolsillos: ese día portaban unas chapas de cerveza y unas pequeñas figuras de animales hechas de madera, con gran nivel de detalle, y que movían de un lugar a otro mientras imitaban los ruidos que emiten sus hermanos mayores, los de verdad. No les había visto nunca estas figuras y aunque pensé en preguntarle a mi mujer de dónde habían salido, luego se me olvidó.

Unas semanas después, fue cuando sucedió lo de los cuchillos. Me llamó Matilda histérica a la oficina, sacándome de una reunión de ventas suplicándome que volviera a casa inmediatamente.

– Los niños están bien, de verdad, pero necesito hablar con usted ahora mismo. – Jadeaba nerviosa a través del teléfono, con la voz entrecortada, intentando tragar saliva para que le salieran las palabras.

Cuando llegué, tras cruzar el umbral de la puerta, se lanzó a mis brazos y se puso a llorar desconsoladamente sobre la chaqueta recogida del tinte la tarde anterior.

– No sé qué hubiera podido pasar, de verdad… – sollozaba de manera ininterrumpida. – Había un montón de cuchillos en las cunas de los niños; estaban todos los cuchillos de la cocina, repartidos en las dos cunas, ¡hasta el cuchillo jamonero! Ay…no sé qué hubiera podido pasar, y ellos tan dormiditos… ¡ay, gracias a Dios que no tienen ni un rasguño! ¡Por Dios, ¿cómo han podido llegar los cuchillos hasta las cunas?! Mire, quien lo haya hecho, ha debido entrar mientras yo esperaba aquí, en el salón. Debe llamar a la policía. Pero, ¿cómo puede haber gente así…?

Abracé a los pequeños, entre el susto y la incomprensión de no saber qué había pasado exactamente. Mandé a Matilde a su casa y, después de hablar con mi mujer, decidí no llamar a la policía. Matilda ya había recogido todo, por lo que no habría huellas que identificar, y todas las ventanas de la planta de arriba estaban completamente cerradas. De entrar alguien en la casa, tendría que haberlo hecho por la puerta principal.

Tras el susto de los cuchillos, pensamos instalar cámaras de vigilancia en casa. Estábamos muy contentos con Matilda, pero nos invadía cierto grado de intranquilidad y las imágenes que pudieran grabar las cámaras, parecía que nos traerían algo de paz. Pedimos un par de presupuestos, pero no llegamos a hacer nada.

Hoy llegué a casa un poco antes de lo habitual. Mañana organizamos una barbacoa con los vecinos y necesito poner todo el orden: arreglar el jardín, segar el césped, podar la arizónica y dejar todo limpio y reluciente para la llegada de los invitados. Pasé antes por la gasolinera para comprar un par de litros de “súper 95” para el cortacésped.

No había sitio en la puerta de casa, así que aparqué a unos cincuenta metros, frente a la casa de Alfonso, un policía municipal corrupto y golfo pero que siempre tiene anécdotas graciosas que compartir. Mientras saludaba a Alfonso y me acercaba a casa, oí el motor sobre revolucionado del cacharro que tengo para cortar el césped. El viento traía además un delicioso olor a hierba recién cortada, algo por lo que merece el esfuerzo desbrozar los 200 metros cuadrados de hierba que tiene mi jardín. Lo primero que pensé es que María había decidido segar ella el jardín, algo poco probable. Al abrir la puerta de la calle, el motor se detuvo. Matilda estaba en la cocina, pegada a su teléfono, moviendo los pulgares frenéticamente contestando a Dios sabe quién.

– Hola Matilda, ¿qué tal ha ido la recogida de la guardería?

– Bien, traje las agendas de los niños y todo el material para el fin de semana.

– ¿Está mi mujer en casa? He oído el cortacésped. ¿Está ella en el jardín?

– No, el ruido será del vecino. Yo también lo he oído.

Mientras levanto las cejas con cierta incredulidad, voy con paso firme al salón. Necesito asomarme por la ventana y ver si era mi máquina la que emitía ese ruido del demonio.

– Pero, ¿quién ha segado el césped? Está recién cortado. Y la máquina está ahí, en medio de la pradera, fuera del cobertizo.

– Pues yo le aseguro que no he sido. Antes de acostar a los niños, estuvimos jugando un rato en el jardín y no vi nada raro.

– Pero, ¿estaba el césped cortado? – Empezaba a molestarme la falta de concreción de Matilda.

– No lo sé. Estaba como siempre, verde…

– Ya, vale… ¿y los niños? ¿dónde están?

– Arriba, en su cuarto, estaban intentando dormir.

Subí dando grandes zancadas, sintiendo cierta intranquilidad por lo que me había dicho Matilda. Me asomé deprisa, pero sin hacer ruido, haciendo acto del poderoso reflejo de no despertar a un niño. Allí descansaban cada uno en su cuna, apenas con una camiseta y un pañal de talla grande, tan preciosos, reprimiéndome para no despertarles y abrazarlos hasta el infinito. El olor de la hierba se había colado hasta sus habitaciones, mezclándose con el olor a talco de los polvos esparcidos por la cómoda. Hugo y Lucas empezaban a tener la piel morena, menos en las pantorrillas, menos en los pies, que los tenían manchados de color verde.

Coordenadas

 

Una caja de cartón

Hay una caja de cartón en el portal de mi casa. Lleva ahí, por lo menos, cuatro años. A pesar de eso, tiene buen aspecto. Nadie se atreve a retirarla, ni a tirar basura dentro de ella. Creo que la gente deja ahí las cosas de las que quiere desprenderse, pero que todavía conservan cierto valor sentimental para ellos y no se atreven a tirar. Hay una postal de Marisa, la del segundo izquierda, a quien su marido abandonó hace casi un año. Los niños suelen cogerla y mirar la foto de la playa que hay estampada en ella; lo hacen ajenos a las palabras escritas de Marisa, totalmente vacías salvo para quien lleva su curiosidad dentro de la caja.

Una cabeza de ratón de plástico

Es lo último que quedaba de Tomás en la casa. Era un juguete antiguo, muy antiguo, de cuando el plástico se pintaba a mano. Tenía marcas de mordeduras de Tomás, seguramente del momento en el que le empezaban a asomar los primeros dientes y necesitaba algo para roer, igual que si fuera un ratón. Bonita paradoja. Según el calendario chino, Tomás había nacido en el año del ratón, aunque a él le gustaba mentir y decir que pertenecía al año del mono. Es de lo poco que se recuerda de él, lejos del hospital, de su enfermedad, siempre unido a tubos y máquinas.

Un pantano

En los pantanos se comen, se guisan y se congelan las ardillas. En verano, cuando está Tom, caimanes; y en invierno, ratones de agua. Son como ratas del tamaño de un perro mediano, que guisados con salsa de Kentucky, son una auténtica delicia. A la abuela le gusta hablar de la dieta en los pantanos, de lo autosuficientes que somos, de que sólo necesitamos salir del condado para comprar munición. La abuela es una gran cocinera y le gusta invitar a los vecinos a probar sus guisos (y también los brebajes que fabrica en la parte de atrás de la casa). No le gustan los desconocidos. Enseguida saca su escopeta para decir “Aquí no nos gustan los forasteros“. Me encanta cómo lo dice. Tom me contó una vez, después de haber bebido un montón de licor, que la abuela había matado a un hombre y lo había enterrado en el jardín, allí donde tiene plantadas las flores. Me gusta esa parte del jardín, la verdad.

Una casa en una isla

El barco con las provisiones viene, aproximadamente, cada cuatro meses. Cuando se acerca la fecha de su llegada, siempre me acuerdo de las novelas de Conrad, de lo eternos que se hacían los viajes entre una escala y otra. Espero que la brisa traiga el olor del diésel, tras quemarse en el motor del barco. El humo significa noticias, hablar con gente, preguntar si el mundo sigue igual, aunque obtenga las mismas respuestas, lo sé. Las provisiones vienen con la correspondencia, las revistas y los libros que suelo encargar de un viaje a otro. El barco no suele quedarse más de una hora. Descarga rápido y se marcha; tiene prisa, argumentando que debe superar el arrecife y llegar al próximo puerto lo antes posible. Durante el proceso de descarga, siempre hay alguien vigilando en el muelle para nadie suba a bordo, para que no se cuele ningún animal que pueda estropear la carga.

Un guardabosques

Siempre quise trabajar de guardabosques. Conectar con la naturaleza, en un sentido preciso y puro, que me obligara a renunciar a los demás. Tenía un profesor de criminalística que siempre nos decía: “En América, si alguien quiere esconderse, busca un trabajo de guardabosques”; después, soltaba una risotada boba, ahogada con una tos seca, a la que nadie seguía. Al final, sin embargo, no conseguí superar el maldito vértigo, y no pude encaramarme a una de esas torres de vigilancia con las que no paraba de soñar. En el bosque, ya sea a ras de suelo, o a una altura en la que se contempla la línea del horizonte, los recuerdos juegan un papel distinto al que tienen en la ciudad.

Morse

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Todos sabemos lo que es el código Morse; todos hemos escuchado esos pequeños latidos, cortos e irregulares, que nos herían con mensajes extraños que no entendíamos, a través, siempre, de unos Walkie-Talkies de juguete. Su alcance, en el mejor de los casos, no iba más de allá de unos pocos metros. El código, después del juego, era enterrado con el propio juguete, cuando las pilas se terminaban o cuando empezaba a interesarnos otra cosa: una bicicleta, un nuevo amigo, o una sucesión de hormigas sobre nuestro brazo que, con el bocadillo a medias, empezaban a invadir el pequeño cuerpo de niño que habitábamos.

Así, el señor Morse y Alfred Vail, cada vez que desaparecía uno de esos Walkie-Talkies, se alejaban un poco más del sustrato de la existencia, como aquellos miedos en los que la gente deja de creer, y entonces, se olvidan, desaparecen, y una puerta se cierra para siempre, y no vuelve nunca a abrirse. Y mientras ellos se iban, ellos y sus pequeñas palabras hechas con puntos y rayas, fui un día a merendar a casa de mi abuelo. Allí se iba a merendar, a correr por el pasillo, a descubrir el infierno de olores que encerraba ese patio interior, donde luchaban las pinzas de la ropa con la curiosidad de los que fumaban. También se hurgaba, se buscaba en los cajones porque siempre había tesoros que descubrir; fotos de gente mayor, de tías y tíos con nombres muy largos, y monedas oxidadas, pero, sobre todo la linterna del abuelo. Un artefacto que usaba una pila de petaca y que él utilizaba para su paseo nocturno, cuando la próstata le invitaba a ir pasillo arriba, pasillo abajo. Esa linterna me guiaba dentro de los armarios, tras los sillones y bajo las camas, o en el cuarto vacío donde no había luz pero sí un olor a alcanfor que te iluminaba por dentro, como el cloro de la piscina en invierno. Yo proseguía mi búsqueda de cosas interesantes a los ojos de un niños, hasta que siempre daba con algo. Ese día, tras el pan con chocolate, el tesoro que hallé fue un libro viejo, sucio y polvoriento, que me hizo estornudar en cuanto lo toqué. Estaba editado por la Oficina de Gobernación – Marina Española. Sonaba, como todo lo de mi abuelo, a guerra, a pose digna, a cuadrarse con la boina en el ascensor cuando aparecía una vecina que requería todos nuestros respetos. Empecé a iluminar las páginas del libro con la pequeña bombilla del artefacto Tximist, casi tan viejo como mi abuelo. Era una guía de comunicaciones marítimas, y al final, junto a las banderas de señales que utilizan en los barcos para parlamentar en alta mar, aparecían unas páginas con el código Morse traducido. Las letras equivalían a puntos y rayas, y junto a las tablas que amarraban este maravilloso diccionario, los autores del libro habían escrito algunos ejemplos para hacer aquello más didáctico, para que el chocolate estuviera aún más delicioso:

“Los prusianos escondían la munición en el búnker”

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Guardé el libro bajo mi camisa, hundiendo parte en el pantalón, y me lo llevé a casa. Ha sido de lo poco que he robado en mi vida y todavía, hoy, creo escuchar a mi abuelo pidiéndome que le devuelva el dichoso libro, diciéndome que “alguien de honor, ni hurta ni falta a la verdad“. Consignas, tan bien dibujadas para un niño, como un dirigible en un cuento infantil o una trinchera en el mapa de una invasión bélica.

Aprendí el código Morse con la ilusión de quien aprende un nuevo idioma y comienza a entender su significado, una nueva dimensión en la que hundir los pies, un tesoro reluciente que contemplar, una mascota de puntos y rayas que acariciar. Escribía frases y mensajes sin sentido y los metía en cajas de cerillas, que luego, a su vez, escondía por toda la casa. Cuando hace un año, murió mi madre y la casa quedó vacía, los operarios que se llevaron los muebles, además de recuerdos, encontraron alguna de estas cajas. Me la entregaron por si tenía algo de valor. Claro que lo tenía:

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“La derrota no impedirá que nos levantemos”

Lo fascinante de este código, como el de todos los códigos, supongo, es su carácter secreto para aquellos que no lo entienden. Te permite lanzar mensajes sin saber si serán descifrados o comprendidos. Notas encerradas en botellas que, en la mayoría de los casos, nunca saldrán a la luz.

Cuando crecí, seguí jugando a dejar mensajes escondidos en los lugares por los que me movía. A veces eran cajas de cerillas escondidas tras el lavabo de un bar, o una pintada con tiza en el muro desconchado por el que pasaba la chica que me gustaba, o marcaba la corteza de un árbol con mi navaja Aitor. Todo aquello que quería decir, pero que no lograba articular con palabras, lo traducía en puntos y rayas, y lo plasmaba sobre algo, sobre un medio físico que me permitiera tejer ese hilo invisible que me unía con el destinatario al que quería enviar mi mensaje. Se trataba de construir una dimensión oculta, una capa invisible de intenciones, de deseos, de decir “te quiero”, “gracias” o “te echo de menos”.

Un día, entendí cómo perfeccionar la manera de dejar estos mensajes. Hablando con un amigo, cambiando recuerdos de niñez como si fueran cromos, me contó cómo su hermana había sido la encargada de informatizar casi todos los faros de este país, sustituyendo a los fareros por programas de ordenador que no sucumbían a los hechizos del vino o al poder de la tristeza de estar solos. Casualmente, uno de sus encargos fue el faro de Santa Catalina, situado en la costa Norte. El faro en cuestión, había iluminado algunos de los recuerdos de mi niñez, y cuya luz, muchas veces, imaginaba lanzando destellos en forma de puntos y rayas, llamando a marinos y a pescadores con mensajes de sus mujeres, de sus hijos, de sus hermanos, del cura, para que volvieran a casa sanos y salvos y no los devorara el mar, en forma de ola gigante o como un enorme monstruo marino que ascendía de las profundidades de la mente de un escritor loco.

Así que, con una caja de zapatos vacía, construí mi primer pequeño faro, alimentado por una pila de petaca como la que tenía la Tximist de mi abuelo. Estuve toda la noche lanzando mensajes desde mi ventana hacia la calle vacía de mi ciudad, sin que nadie, supongo, se diera cuenta de qué es lo que estaba diciendo esa luz endiablada con sus destellos intermitentes. Meses después, la caja evolucionó hacia un sistema que yo podía programar para que se iluminara únicamente el tiempo que yo quisiera, y lanzara el mensaje sólo a la hora programada. Construía las cajas como si fueran casas para pájaros. De esta manera, pasaban inadvertidas durante el día, y por la noche latían desde la frondosidad de las ramas de los árboles.

Hace un año, alcancé la perfección construyendo mis pequeños faros. Añadí un pequeño procesador al sistema de iluminación y una antena para controlarlo de manera remota. Así, consigo manejarlos desde casa, definiendo el mensaje desde mi ordenador, así como su duración. Si lo deseo, puedo sincronizar un faro con otro para que lancen el mismo mensaje desde dos o más lugares diferentes. Además, he instalado paneles solares en la cubierta de las casetas, por lo que ya no tengo que preocuparme por la duración de las baterías. Son faros totalmente autosuficientes que controlo desde casa. A día de hoy, he conseguido instalar más de cuarenta, estando todos operativos.

Esta mañana, alguien hablaba de mí en el periódico. En realidad, hablaban de mis faros, de las luces. Contaban cómo anoche, durante diez minutos, multitud de luces repartidas por toda la ciudad, habían estado lanzando el mismo mensaje. Nadie se había percatado de ello, salvo uno de los hijos de una conocida escritora, que mirando por la ventana, le dijo a su madre:

– Mamá, alguien quiere decirnos algo. Es código Morse:

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“Sigue bailando, no te detengas”

22:37

 

Hay un agujero, un desagüe, un río bajo las uñas.

Hay un vientre, una ecuación infinita, una pregunta después de la batidora.

Hay una palabra mal escrita, una puerta pintada, un diente roto.

 

Quiero tocar, besar y lamer

tu gemido,

hundir tu presencia

en este susurro apagado,

de saliva nueva

y sueño viejo.

 

La flecha

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Se acaba el día y el sol cae sobre mi herida, inundando de rojo la pierna, el suelo y el cielo, diluyendo el dolor por este suelo arenoso que hoy, más que nunca, empieza a volverse cínicamente frío.

Se acaba el día y parece que se termina todo: el ímpetu de mi caballo que me dejó tirado unas millas atrás, el agua de mi cantimplora y la fuerza de este torniquete, que se va escapando como la luz, como el líquido que deja de correr por mis venas. Si arranco la flecha, la sangría será rápida, caudalosa, manchando piedras y tierra, pigmentando el suelo donde descansarán finalmente mis huesos, lejos del nicho familiar, de mis padres, de tío Ned, del resto de sombras y ancestros que alimentan los fuegos fatuos de ese maldito lugar de Carolina del Sur.

Si no arranco esta vara de abedul pegada a mi cuerpo, la mugre, el hedor y la gangrena, inundarán con fiebre los pocos recuerdos que me queden, llevándome a morir como alguien que no soy, un soldado de fortuna que perdió la cabeza por una maldita flecha en la femoral; no creo que dure más allá de esta noche, teniendo en cuenta toda la sangre derramada, la mía, la de O`Neil, la del mexicano y la de todos esos indios del demonio cuando les arrancamos el pelo a fuerza de navaja.

Aúlla el viento entre las rocas, advirtiendo de la llegada de alguien más tras de sí; agita la serpiente el cascabel como si fuera una orquesta anunciando el baile final en la fiesta de primavera.

Hay polvo en el aire, arena mezclada con alfileres que me ciegan una eternidad tras otra, que presagian diluvio esta noche, muy cerca de donde estoy; se batirán los relámpagos con un horizonte que arranca aquí, junto a mis botas ensangrentadas.

Saco el cuchillo que me regaló padre, ese trozo de acero donde él descansa, donde la inscripción con su nombre hace que sea él quien empuñe la daga, quien hunda el filo en las tripas de un chacal, en la tierra o en el vientre de una mujer mestiza.

Desenfundo el metal y el rojo de la última hora del día brilla sobre el nombre de mi padre. Tiembla la hoja, enrojecida por el astro rey, besando levemente el rojo y negro de mi sangre, bailando sobre mi pierna gangrenada; llora el cuchillo como un bebé porque no acertará a sacar la madera de la pierna.

Morirá lentamente el cuchillo, enterrado por la gangrena, derrotado por un trozo de madera sin honor. Morirá este cuchillo sin poder acercarse a Dios, a pedir perdón por sus pecados.

El semáforo

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Me gusta ir con mi Vespa a todas partes. Siempre la dejo en la puerta del sitio al que me dirija, presumiendo de ello en cada oportunidad que se me presenta: “Yo es que aparco en la puerta”. Pero hoy, aprovechando el buen tiempo y ese deseo que a veces surge por caminar, he decidido dar un paseo hasta la Oficina de Gobernación; necesito arreglar unos papeles allí antes de mi viaje.

Por si no lo saben, la Oficina de Gobernación, al menos la que me toca a mí por la letra de mi apellido, la “Z” de “Zenín”, está al final de la Avenida Presidencial, cruzándola desde Barriales. La avenida es enorme, como una autopista, con multitud de carriles y coches que nunca descansan, silbando como un tren mercancías y avisando que ahí no hay límites de velocidad para nadie.

Sólo hay un semáforo en toda la avenida. Detiene el tráfico unos segundos y te obliga a parar en la mediana. Debes esperar de nuevo en esa pequeña isla a que el semáforo te deje cruzar otra vez. Estás allí retenido hasta que te lo indique ese caminante de color verde, tan desgastado y sucio, que apenas es un punto cromático en el horizonte, al otro lado de la avenida.

Me encuentro ahí, en esa mediana, repasando mentalmente los proyectos en los que estoy embarcado este mes de junio que comienza, entre ellos mi viaje a Chile, y defendiendo en mi fuero interno lo agradable que es caminar, ahora que ya no fumo dos paquetes diarios.

– ¿Pero es que no se va a poner nunca el semáforo en verde?

Un tío alto, de casi dos metros, con larga melena, que viste bermudas y chanclas, protesta ante su pareja, una chica morena y muy guapa que no llega al metro sesenta de estatura. Todos le miramos, cruzando gestos de aprobación y asintiendo al unísono. Murmuramos. Es cierto que llevamos un rato esperando en la mediana y al semáforo no le da la gana de cambiar de color. Pasan los minutos y nadie cede su posición en el borde de la acera, a sabiendas que, en cuanto cambie al verde, habrá un sprint loco por llegar al otro lado.

Dos horas después, sin embargo, todos hemos retrocedido en nuestras posiciones. Hemos buscado la sombra de una acacia raquítica que ha manchado todo el suelo de una resina pegajosa. Ya sabemos cómo nos llamamos. Hay quien ya ha intercambiado los números de teléfono, en unos aparatos que allí son inservibles debido a los inhibidores de la Oficina de Gobernación.

Cuando el sol empieza a ponerse, Malise, un mantero de Costa de Marfil, decide arrojarse al asfalto y probar suerte en el mar de coches que tiene delante. En el quinto carril, acariciando ya la orilla del otro lado, un camión cisterna le golpea con uno de sus espejos retrovisores y le deja tumbado en la carretera. Aquí hay gente que llora. Los servicios de emergencia recogen el cuerpo dos horas después. Lo hacen rápido. Justo después aparecen los de la limpieza. Intentamos comunicarnos con ellos, pero apenas nos agitan un brazo, saludándonos tibiamente.

Matías, un vendedor ambulante que atravesaba la avenida con su carrito, nos ha dado refrescos y comida a todos. Eso nos pone de mejor humor. Al día siguiente, pensamos en racionar lo que tenemos. Por suerte, hay una boca de riego con la que llenamos las botellas. Alguien habla de un documental que ha visto sobre los supervivientes de los Andes. Nos reímos. Todos dirigimos instintivamente las miradas al más gordo del grupo. A él no le hace gracia.

Nadie se atreve a cruzar con el semáforo en rojo, después de lo que le pasó a Malise. Lo que verdaderamente nos preocupa es que el color pueda cambiar a verde en un momento de descanso, cuando nos invada el sueño y perdamos nuestra oportunidad de salir de allí. Decidimos organizar un sistema de guardias y rotar como vigías. El hombre de dos metros, que se llama Moisés, parece un líder sólido. Es un electricista que está aquí de vacaciones con su mujer.

Hay dos armarios metálicos colocados en forma de “L”, junto a una alcantarilla. Es el improvisado cuarto de baño que usamos allí. El primer día nos agachábamos hasta tocar el suelo con el culo, muertos de la vergüenza, pero luego dejó de importarnos. Los coches van tan deprisa, que no ven nada. Moisés y su mujer también aprovechan ese breve recoveco para demostrar allí su amor. Normalmente esperan a que uno de los dos esté de guardia y el resto, durmamos.

Moisés quiere cruzar hoy. Dice que tiene la fe suficiente y es capaz de hacerlo. El resto, no sabe si seguirle o esperar la posible ayuda que llegue del otro lado.

6 am

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A eso de las seis de la mañana, es cuando abandona la emisora, tras despedir su programa de peticiones musicales y dar entrada al matinal informativo, el programa estrella de la radio. Y es que la gente deja de pedir canciones cuando los verdaderos periodistas les empiezan a bombardear con la terrible mierda que nos sucede todos los días. Cuando se dirige a la puerta y pasa junto al cristal, esa ventana desde la que sus compañeros desprenden ese renacer en un bucle diario, siempre mira al suelo, a su paquete de tabaco, o a las llaves que no necesitará hasta dentro de un buen rato.

Al alba, los primeros rayos separan el día de la noche en dos fragmentos cromáticos diferentes, como un bisturí que arranca la carne muerta del hueso. En la acera, apostadas sobre la pared o reinando sobre las rejillas que escupen el aire caliente del metro, prostitutas de mil nacionalidades y mil sonrisas distintas, vigilan la calle en busca de una última presa. Como plantas carnívoras, exhiben sus mejores encantos a las últimas moscas de la madrugada, con la única intención de atrapar algunos billetes. El reclamo es una bonita sonrisa y una pequeña dosis de autoestima para su cliente, envuelta en lo que podría ser un aforismo de luces de neón: “Ven cariño, que con esa carita, seguro que la tienes muy grande”.

Todas le conocen. Saben que trabaja por allí y que pasa siempre de largo. Intercambian algunas sonrisas, los buenos días y, a veces, alguna mirada lasciva, dependiendo del día, dependiendo de quién sea cazador o presa. A él le gusta pensar que todos son buenos vecinos en un ambiente cordial.

Él sabe que cuando no están defendiendo su posición, el metro cuadrado desde el que ven pasar las horas, se encuentran trabajando en su piso, un par de portales más allá, pero siempre cerca de su pequeña parcela de hormigón. Algunos días, se acuerda de cuando estuvo en uno de esos portales, acompañando a un compañero de la radio que vivía por allí. Se cruzó con varias prostitutas en las escaleras, donde se mezclaba el olor a rancio de las manchas de humedad, con los perfumes baratos de las chicas, tan fuertes e intensos, que sentías cómo te envenenaban la garganta hasta dejarte sin respiración. Meterte en una de esas casas, era querer salir inmediatamente de allí.

Los dueños de la emisora llevaban años prometiéndoles un cambio de ubicación, mudarse a un barrio más moderno, con más espacio, pero pasaba el tiempo y los micrófonos seguían en el mismo sitio, el segundo piso de un portal infecto, en el barrio más viejo de Madrid. Aquí, los adoquines huelen a orín desde hace más de dos siglos y hay lugares, recovecos, que jamás han visto la luz del sol, como cuevas enterradas en las que todavía vive gente dentro. Todos saben dónde están.

En una de estas zonas oscuras, en uno de esos agujeros negros, donde muere el espacio y el tiempo al abrigo de una papelera destrozada y que el ayuntamiento se niega a arreglar, apareció un recuerdo de los dieciocho años, una imagen obscenamente lejana, ahora que supera el doble de esa edad. La chica de la que estuvo enamorado el último año de instituto, por la que suspiró sus primeros versos y por la que murió de amor adolescente más de un millón de veces cada día, estaba allí, apoyada contra la pared, lanzando su cigarro lejos para intentar captarle como cliente a cambio de no sé qué ridícula cantidad de dinero.

Era su voz, desde luego; áspera, de enorme profundidad, que carraspeaba ligeramente para encontrar las palabras exactas y venderse lo mejor posible. Si el técnico del programa la hubiese escuchado, diría que tenía un “reverb” natural, un prodigio de las cuerdas vocales. Ese eco en el timbre de su voz le llevó directamente a muchos años atrás, a la excitación que le suscitaban sus palabras cuando le susurraba en clase, cuando compartían confidencias y notaba sus labios tan cerca de su rostro. Pero eso fue hace mucho, piensa…aunque el propio recuerdo le hace retorcerse por dentro, volviendo a desear lo mismo que hace años, y que no pudo conseguir.

Con las manos en los bolsillos, y disminuyendo un poco el ritmo de su paso, escudriñó su rostro para comprobar si era ella, o sólo una de sus fantasías, fruto del cansancio nocturno. En silencio, le preguntó si se acordaba de él.

Era ella, tan real como una caricia en el cuello o una patada en los huevos. Le rozó ligeramente el brazo con su mano, intentando abrazarle para demorar su marcha, pero rápidamente le soltó y se marchó en dirección opuesta. Él apretó el paso, alejándose de allí y acelerando el ritmo de su respiración. En seguida se olvidó por dónde pisaba, perdiéndose en los recuerdos compartidos: las clases a su lado, la crueldad de que saliera con uno de sus amigos, las fiestas, las primeras noches fuera de casa impregnadas de alcohol y fantasías de adolescente…

Cada recuerdo le llevaba al siguiente, como si fuese la cadena de canciones programadas en el ordenador de la emisora. Una imagen le guiaba a otra, despertándole una sensación hasta entonces enterrada, y esa le trasladaba a una distinta, hasta volver a la tarde en la que casi sucedió algo entre los dos. Ese momento fatídico en el que su cobardía, esa rémora que le ha acompañado siempre, le derrotó y no fue capaz de besarla y presentarse como una alternativa válida de amor juvenil. Ese momento, se acabaría convirtiendo en un punto de inflexión para el futuro, algo que, a lo largo de los años, había vuelto en forma de pregunta recurrente, como si fuese un puto “reality” de televisión: “¿Qué hubiera pasado sí…”? Todos tenemos algunas de esas preguntas y todos las enterramos lo más profundo posible, para que no molesten. Uno quiere que sólo sea una imagen más, algo que pueda colgarse en un museo, junto a un cuadro del Bosco, por ejemplo, aunque sin taza de café en la tienda de regalos.

Puta mentira. Si no quieres ver un cuadro, quémalo; nunca lo cuelgues.

Sin darse cuenta, había dejado atrás la parada del autobús; llevaba tres calles perdido, con el estómago petrificado igual que si fuera camino de su primera cita. Su cuerpo estaba emulsionando, a punto de provocar una reacción nuclear, algo que le quemaría el pelo si ascendía un poco más allá de la frente. Con la sensación de que algo había volteado y girado la pecera donde permanecían los principios que regían su vida, llegó a casa.

Esa noche no pegó ojo. Sólo quería volver a la radio y disponer de una nueva oportunidad para verla; que pasara rápido su jornada laboral y poder hacer el camino de vuelta a casa. Repetía mentalmente qué decirle y qué no, qué frase utilizaría para hacerle recordar quién era él. Ensayaba torpemente su dicción frente al espejo del baño, viendo de qué manera se colocaba el pelo para tapar las zonas que delataban su paso a la cuarentena. Había recreado en su cabeza las mil posibilidades diferentes de cómo sería ese encuentro, de todo lo que le contaría al verla.

Veinticuatro horas después, salía de nuevo de la radio.  Tras hacer un programa nefasto, evitar una conversación con su director y tirarse un café encima, dejó atrás el edificio sin saber qué pasaría cincuenta metros más abajo.

Ella estaba en el mismo sitio, recostada sobre el cristal de un escaparate que sólo mostraba guías de viaje y libros de autoayuda. Al ver que iba directo hacia ella, se preparó para una negociación que tenía ganada desde antes de que empezara:

– ¿Tienes un cigarro…? – le preguntó seductora, modulando el tono de su voz -.

– Claro, toma.

–  ¿Y fuego?

Le dio un mechero con el logo de la emisora que, después de utilizarlo, se apresuró a guardar en el bolsillo de su chaqueta de cuero rojo. Tras examinarle de arriba abajo, analizando si era mercancía válida para ella, le preguntó:

– ¿Quieres algo de mí? ¿Te gusta lo que ves?

No sabía qué decir. Tampoco podía articular palabra; tenía la boca tan seca que necesitaba tragar saliva. Quería aclarar su garganta y su lastimosa memoria a corto plazo para poder contestarla. Un par de segundos después y tras quedar como un idiota, pudo dirigirse a ella:

– ¿Sabes quién soy…? – le dijo, denotando una total falta de seguridad.

– Claro, cariño. Eres un duende cachondo que quiere que alguien le abrace. ¿Y tú sabes quién soy yo…?

– Creo que sí.

– Pues entonces, si lo tienes tan claro, acompáñame a casa y no digas nada más.

– Pero…

– Shhhh – poniéndole el dedo en la boca para que dejara de hablar -.

 El acceso a su casa era como siempre se había imaginado estos portales con sus pisos viejos. Olían a siglos de encierro y oscuridad, a pecado, a algo oscuro e íntimo que luego no puede contarse a la mañana siguiente, cuando uno comparte un café con los compañeros. El interior del piso parecía una prolongación del portal, del propio descansillo. Un sitio viejo y lúgubre, donde apenas se podía ver nada, lleno de trastos y cosas viejas, los tesoros de alguien con el síndrome de Diógenes. Ella le llevaba de la mano hacia su dormitorio, un cuarto situado al final del piso, al final del puto mundo, pensó él mientras disfrutaba del tacto de sus dedos. Tras tropezarse un par de veces con dos maletas que no hacían otra cosa que estorbar en medio de todo, llegaron a su habitación, donde se mezclaban el olor a tabaco, el del incienso y el de un bote enorme de lubricante que le hizo sentirse uno más en la larga lista de espectadores de esa película. Ella puso música en su teléfono móvil. No eran las canciones que él solía poner en su programa, las que él utilizaba para adornar sus fantasías sexuales.

– Soy Javier…

– ¿Me ayudas con el sujetador…?

Ella se giró y empezó a besarle, no dejándole decir nada más. Buscaba la boca de él, pero cuando la encontraba, huía de ella, haciendo que cada beso no fuera más que una leve caricia y no el pozo donde él quería sumergirse y encontrar todo el deseo acumulado.

Él recorría su cuerpo besándolo, tocando cada centímetro con cuidado, buscando pistas de cada uno de los recuerdos que tenía, de cada una de las fantasías que había fabricado a lo largo de los años.

Ella le ayudaba a quitarse la ropa, dejando escapar alguna mirada indiscreta al reloj y comprobando si cumplía con el protocolo previsto. Como una domadora experimentada, le llevó a la cama e hizo que se tumbara. Cada movimiento de ella conseguía una réplica en el cuerpo de él, haciendo exactamente lo que quería en cada momento. Jugaba con su excitación, aumentándola y llevándola hasta donde deseaba, terminando con él en pocos minutos. Durante el intercambio de caricias y sudor, ella le había llamado, entre risas, con varios nombres distintos, pero sin utilizar nunca el verdadero. La última, para decirle que dejara los cincuenta euros en la mesilla, y que cerrara la puerta cuando se fuera, que ahora quería darse una ducha.

– Adiós cariño. – Y entonces cerró la puerta del baño-

Por un momento, hasta pensó que no era ella, sólo alguien que se le parecía, una melliza evocadora que había rescatado unas fotos de su memoria, unas que no consiguió quemar hace años.

Los días siguientes al encuentro, Javier no trabajaba. Aunque estuvo a punto de volver a trazar el mismo recorrido que hacía al salir de la radio, y forzar así un nuevo encuentro para confesarle quién era, quién es ahora, no lo hizo finalmente. La pereza y la cobardía, pesando a partes iguales, le aplastaban contra la cama y le impedían cualquier tipo de aventura fuera de la rutina. El miedo, a menudo, se esconde en absurdas justificaciones.

Regresó al trabajo y volvió a la urgencia de terminar rápido con su jornada, que llegara pronto la hora de la salida y lanzarse a la calle para buscarla, de tener, esta vez sí, una conversación totalmente diferente a la que compartieron días antes.

A la salida, no consiguió dar con ella. Esperó frente al escaparate donde le había visto los días anteriores, paseando y fumando un cigarro tras otro, recorriendo los veinte metros de acera de arriba a abajo, hasta que perdió el primer autobús, y el segundo, y el tercero. Ella no apareció en su reino de un metro cuadrado, junto a las guías de viaje cuyos títulos seguro conocería de sobra. Tal vez, pensó, estaría con otro cliente, llevándole por ese pasillo largo y oscuro de su piso. Derrotado, se marchó. Mañana lo volvería intentar.

Al día siguiente (así como durante las dos semanas posteriores, incluidos los días de descanso), la buscó de manera compulsiva, sin obtener resultado alguno en sus largas esperas, preguntando por ella al resto de prostitutas, quienes tampoco pudieron darle ninguna información que valiera la pena. “Estaría ocupada“, se repetía constantemente.

Ha pasado un mes y no la ha vuelto a ver. Ahora, ya sólo la busca cuando va camino del autobús; no puede evitar detenerse en el escaparate donde se apostaba. Incluso ha visto un libro interesante que tal vez se compre. Hoy les dijeron, por fin, que se mudaban. Se cambian a un barrio de las afueras, a un polígono industrial con mucho más espacio para todos. Los de informativos estaban como locos; al fin iban a tener sitio para aparcar el coche.

Esta tarde pasó por allí; quería ver dónde iba a trabajar, cuánto tardaba el autobús. “Una eternidad”, pensó. El polígono era ruidoso, sucio, un espacio abierto donde los camiones convivían con las prostitutas. Un universo distinto, pero con las mismas pulsiones. Cuando observaba a las chicas desde el autobús, le pareció ver a una antigua vecina suya, apostada bajo una marquesina, negociando con un camionero que le invitaba a subir a su cabina. Intentó recordar cómo se llamaba esa vecina.

 

Fin a la trilogía del espejo

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“Las señales no aparecen de manera aleatoria”. Leo esta nota en mi cuaderno azul y me invade la certeza de que el texto debe comenzar así. Esta será la idea con la que arranque y con la que intente poner algo de orden y de sentido al universo de elementos tan dispares que me han traído a sentarme delante del ordenador.

Y es que amigos, ahora, con todas las piezas expuestas encima de la mesa, vislumbrando un poco de claridad en la relación existente entre unas cosas y otras, es cuando percibo cierto sentido o significado al conjunto global de los acontecimientos.

Lo mejor, como siempre, es empezar por el principio. Vamos allá.

Todo empieza con un cuento, un relato maravilloso y un prólogo que sitúa la historia en un bucle de casualidades donde realidad y ficción beben y comen la una de la otra, jugando a ser y a no ser. El relato es “Queremos tanto a Glenda”, donde Cortázar nos acaba mostrando el camino para modelar la realidad a partir de la ficción. No voy a adelantar ni a contar con detalle el propio cuento; creo que, lo más bonito, es que quien sienta el aguijón de la curiosidad, lo lea (prólogo incluido) para ir construyendo el contexto, el decorado en el que se mueven estas líneas. Tan sólo diré que Cortázar, cuando se ve sorprendido por las casualidades, cuando realidad y ficción se convierten la una en el espejo de la otra, lanza una botella al mar a modo de carta. Y hasta aquí puedo leer…

En segundo lugar, la lectura del libro de aforismos “Bajas presiones”, me dejó uno de ellos como huésped en mi cabeza, martilleándome el hipotálamo sin descanso: “Un libro abierto es un cuervo”, decía Azahara Alonso. Y el cuervo me llevaba todo el rato a Glenda, al universo de realidades y ficciones que se acostaban todas bajo las mismas sábanas, a desayunar, comer y cenar con Cortázar; a descifrar el juego que lo real y lo ficticio se traen en este relato, haciendo mucho, mucho ruido en mi cabeza. Al final, acabé escupiendo unas pocas líneas, intentando que el graznido fuese lo más inteligible posible.

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Vayamos con la siguiente pieza de todo esto, la pieza central diría yo, aquella que no tiene los bordes definidos y uno debe encajarla junto a otras que sí tienen el contorno marcado y fácilmente identificable.

Resulta que, de vez en cuando, pongo mi nombre en Google y hago una búsqueda de qué páginas muestra el buscador y en las que, de una u otra manera, aparezco relacionado. Me parece un ejercicio acojonante; al final, nuestra realidad social, viene determinada por nuestra presencia en el mundo digital, un mundo, en cierto modo, bastante ficticio. Bien, después de aparecer de manera evidente, en las páginas de Facebook, Linkedin y demás escaparates, doy con algo que no había visto antes. Mi nombre aparece inmerso en un relato escrito por una mujer argentina, un texto breve en el que Carlos Ibarreta es uno de los personajes del mismo. – ¡Joder, vaya regalo! – es lo primero que pienso. De repente, mi nombre traspasaba la línea de la ficción y se colaba furtivo en un cuento, arrastrándome a mí con él, inúndandome de una sensación de liviandad, eso que te da desprenderte de las cuestiones físicas del mundo real. Busco algo de información de la autora, pero no doy con nada significativo. Esto me lleva a pensar que Carmen, quien ha escrito el cuento, no ha asignado ningún grado de intencionalidad al hacerlo (¿o sí…?). Bueno, es parte de lo divertido de todo esto, no saber qué le movió a elegir mi nombre. Os aseguro que he divagado sobre el tema, y he escrito muchas líneas sobre ello. No quiero extenderme porque no es la intención de este texto; tal vez, lo sea de otro en el futuro, ya veremos. Si le preguntara a ella, seguramente me daría la opción más sencilla, la que menos me gustaría, así que prefiero no saberlo.

Durante esos días en los que descubrí que formaba parte de un cuento de Carmen, y sentía cómo el cuervo de Cortázar y Glenda bullían en mi cabeza, iban acudiendo más invitados a la fiesta, cada uno con un regalo distinto bajo el brazo. Esos días, avanzaba con la lectura de Dublinesca, de Vila-Matas, y me dejaba seducir por la ficción de sus páginas, por cómo se entremezclaba con asuntos más bien reales, y cómo me iba arrastrando por una mentira en la que no era capaz de distinguir lo que verdaderamente existe, de lo que no. Y en este punto, vuelvo a Google y a la presencia que el buscador, de manera tan dictatorial, nos otorga en la red. El chiste de Vilem Vok tiene una presencia tan descomunal en Internet, que la certeza de su propia invención devora la realidad en la que no existe. ¡Y qué más da!

¡Que pase el siguiente!

El siguiente elemento en este mapa de casualidades, se llama Hugo Clemente. Habíamos quedado para tomarnos unas cervezas, ponernos al día e intercambiarnos algún presente. Los dos habíamos elegido (otra casualidad) sendos libros de aforismos para ello. Recordemos que las señales, no aparecen de manera aleatoria. La conversación nos lleva a muchos lugares, a Vila-Matas en Boston, a Glenda, a todo lo que os he contado un poco más arriba y a unas cuantas risas. Me cuenta Hugo un descubrimiento fabuloso: viendo una película con un amigo, una copia pirata en el ordenador, descubren, tras llevar un buen rato con la peli, que han sido víctimas de un mercenario, un cruzado contra la piratería. Este había editado y troceado el film a su antojo, creando una nueva estructura narrativa que, según parecía, podría ser hasta mejor que la película original. No me extiendo aquí, a sabiendas que el propio Hugo estará sacando brillo a esta idea de alguna forma. Entre cañas y raciones de croquetas, la historia nos lleva de nuevo al cuento de Cortázar, a lo que hacían los seguidores de Glenda en la propia historia de ficción, a cuentos imposibles y, de nuevo, víctimas del bucle de realidad y ficción, a otra ronda de cervezas.

Cuando salgo del bar y el frío me golpea la cara, y me despido de Hugo hasta dentro de algunos meses, las imágenes fluyen sin control en mi cabeza. Me invade la certeza de que existe algún tipo de conexión en todo ello, un hilo fino e invisible que une cada una de las piezas mostradas hasta ahora.  Llego a casa y tomo algunas notas de todo ello, con ganas de escribir, porque al final, juntar palabras, expulsarlas de ese agujero profundo y oscuro del que salen, es lo que me permite acariciar, aunque sea levemente, cierta sensación de orden. Tengo frente a mí a Carmen, una desconocida que me ha hecho un regalo fabuloso: hacerme cruzar, sobre las letras de mi propio nombre, los límites de la realidad y la ficción. Seguramente, no sepa siquiera que yo existo a miles de kilómetros de su casa, de su sofá, de la cocina donde se preparará un mate bien cebado porque es así como le gusta. Pero esa acción, la de utilizar mi nombre en uno de sus personajes, ha terminado generando una casualidad que no debe quedar en el aire. Esa es la necesidad que tengo, que siento; darle continuidad a la dinámica creada por Carmen y devolverle el regalo, llevándola a una foto infinita, al plano eterno de la ficción. Escribo entonces unas pocas líneas, donde aparece el libro de Glenda, donde está ella como un personaje más, alguien que ha quedado atrapada para siempre en los límites de la ficción. Aunque, si lo pensamos bien, quien traspasa esta frontera, no queda atrapado, sino liberado, ya que aquí, los límites se desvanecen con cada nueva palabra. Lanzo entonces mi propio mensaje al mar, como hiciera Cortázar, metido en esta botella de WordPress, sin esperar nada a cambio, con un mensaje claro:

– Sí, Carmen, mi venganza será ésta. Te haré inmortal.-

 

Otra vez

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Lo hiciste de nuevo, Julio. De entre todos los cuentos expuestos, de entre todas las aves que lucían sus más llamativos colores y dulces cantos, hubo uno que, por oscuro y profundo, por jugar a las casualidades cómo un niño juega con los juguetes de su hermano, por derribarme a golpe de mazo en pleno hueso temporal, sobresalió de entre todos ellos; me miró a los ojos y se rió de mí.

“Bastardo insolente” – me dijo -, “Voy a tejer una tela de araña, que serás capaz de ver, y de no ver. Conectaré y uniré pequeños trozos de espejo, de un tiempo de tu memoria, con las páginas de un libro, con el bolsillo de alguien que un día conociste. Acerca tu oído a mi pico que graznaré tan fuerte como pueda”.

Un libro abierto puede ser muchas cosas, cada día una distinta, pero hoy, precisamente hoy, era un cuervo. Y más uno tuyo, viejo.

En tu cuento, había palabras que graznaban, más allá del desierto que encerraba cada página, más allá de las tapas que enjaulaban amasijos rotos.

Había frases que volaban, que escapaban de los capítulos que las retenían para ir en busca de objetos brillantes, recuerdos y fotos que llevarían de vuelta al sitio de donde partieron.

Había ideas que me observaban, a punto de prender el vuelo, encerrando eternidades antes de saltar, cuya belleza estaba en el momento exacto del primer aleteo. Ahí, en el instante previo a desaparecer, la idea podía ser apresada, definida, dibujada fuera de su contexto y encerrada en forma de acuarela descolorida. Ese era el momento de acariciarla, de desnudarla, de besarla y de juntarla con palabras de un recuerdo lejano, llevarla a postales de otro tiempo, a un lugar infinitamente retirado pero siempre dentro de esa página.

Las páginas de este libro, hoy, no me dejaron indiferente, y es que no sé dónde me llevarán.

Un libro abierto es un cuervo“. Azahara Alonso, Bajas presiones.

 

Botellas al mar

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Querida Glenda, esta carta no le será enviada por las vías ordinarias porque nada entre nosotros puede ser enviado así, entrar en los ritos sociales de los sobres y el correo. Será más bien como si la pusiera en una botella y la dejara caer a las aguas de la bahía de San Francisco (…)

 

– Cariño, ¿sabes dónde está mi libro…?

– ¿Qué libro? Por aquí tienes un montón.

– El que estaba leyendo de Cortázar. El de “Queremos tanto a Glenda”.

– Ah…se lo llevó Carmen. Te empeñaste tú además que se lo llevara.

– Carmen…¿tu compañera del hospital?

– No, Carmen Florentín.

– Ah…joder… ¿en serio…? No me acuerdo muy bien de lo de ayer. Me pasé un poco bebiendo.

– Sí que te pasaste… bastante, diría yo. Tu libro debe estar ahora mismo camino de Dios sabe dónde.

– Pues lo necesito para preparar una clase. Tengo que volver a leer el prólogo.

– Llama a Carmen; que te lo lea ella.

– Imposible. Aparece y desaparece cuando le da la gana. No hay manera de localizarla. Igual te tiras dos años sin saber nada de ella, como te la encuentras varios días seguidos en lugares diferentes.

 

Lleno un vaso de agua y me preparo, desconfiado, el segundo ibuprofeno del día. Marta me mira de reojo al tiempo que arregla un pantalón con la vieja Singer de su madre. Es capaz de coser un bajo sin desviarse un milímetro de la línea a trazar, y buscarme mientras tanto con la mirada, intentando escudriñar qué me pasa por la cabeza o por qué, cuando me embriaga la euforia al calor de la bebida, hago ciertas cosas, como prestar un libro que necesito para mi próximo trabajo. Marta piensa que no me doy cuenta de cómo levanta la vista a intervalos, entre una costura y otra. Adoro cuando me habla con un trozo de hilo en los labios, apenas comprensible, como si ese hilo uniera de verdad ambos labios de manera permanente y le obligara, todo el día, a mantener esa posición tan hierática.

– ¿Piensas en tu libro?

– Sí, justo andaba dando vueltas a eso.

NOTA para los que quieran seguir el juego: el primer párrafo pertenece a la carta que Julio Cortázar le escribió a Glenda Jackson en el Diario Clarín, el 8 de Octubre de 1981.

Don Mario

Hace años, trabajando de manera puntual en unos puestos de venta de libros junto al Círculo de Bellas Artes, en la soledad de una hora temprana, pasó ante mí, curioseando con interés por lo que ofrecía mi tenderete, Mario Benedetti.

Me asaltó en ese momento la idea de decirle, “Don Mario…gracias…de verdad…por esto, por aquello, por sus poemas, por su tiempo frente a la máquina de escribir…por regalarnos la belleza de sus palabras…”, pero, como siempre, la cautela y la falta de valor me dejaron allí, parapetado tras una horda de libros de autoayuda y horribles ediciones de El Quijote; clavado y mudo, viendo cómo se alejaba Don Mario, subiendo la calle Alcalá hacia Dios sabía dónde, como si su presencia no hubiera sido real y fuera, tan sólo, un personaje de ficción, salido de alguno de los libros expuestos allí.

La cuestión es que llevo semanas recordando de manera recurrente ese momento, ese breve episodio al que nunca di importancia y que no había vuelto a recuperar hacía años. Entiendo, con total seguridad, que la lectura de una biografía suya construida con un buen número de poemas, ha sido la responsable de este rescate de la memoria.

Tal vez fueran unos versos como estos, los que en esta reciente lectura de sus poemas, recuperaron ese lento plano secuencia del escritor ante mí, alejándose poco después calle arriba, y yo, mudo y cobarde, sin poder darle las gracias:

(…) tenemos un desorden en el alma

pero vale la pena sostenerla

con las manos / los ojos / la memoria

El recuerdo de mi silencio en ese momento, de mi torpeza, dan brillo a la conciencia de esa deuda perenne que, como lector, contraje con él, al deberle una emoción a quien supo juntar las palabras de la manera adecuada.

(…) mis huellas

hablan en silencio

sólo yo las entiendo

y me conformo con ese hermetismo

donde cabe media vida

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Centrifugadora

Cuando el sueño quiere arrastrarme lejos, pero yo me agarro al ancla de un par de cafés, es entonces cuando uno pesa las palabras y piensa que el resultado puede merecer la pena.

Esa vigilia forzada, auspiciada por las emociones musicales y el deseo de evadirme lejos con la palabra, suele poner en marcha la centrifugadora y, si tengo suerte, escupirá un par de notas que entonarán perfectamente con mis cortinas.

Un par de flexiones y la tengo.

Ahí está, la idea amarilla, cubierta de basura espacial y un montón de denso barro. Ahí está, el nácar bajo las uñas, la miel devorada, la melodía intensa convertida en himno, la plegaria que me azota antes de dormir.

Ven, pequeña hormiga, acude libre que te convertiré en mariposa, conozco al hechicero capaz de hacerlo, el ritual es parte de mí. Hay un nuevo tatuaje en mi espalda, un nuevo peaje a la singularidad, una pluma que se borrará con la primera mentira.

No quiero reflejos ni dibujos exactos. No quiero maestros del realismo, villancicos traicioneros ni motas de polvo que pueda respirar. Quiero toboganes de arena, saltos sin gravedad, ahogarme y respirar a la vez. Quiero una lija frotando el iris de mis ojos para cambiarlos de color, un muñeco de vudú que pueda arrojar en una estación de metro.

Con la sed, llegan las cosquillas.

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Cerillas en el bolsillo

Con el frío, se acrecienta esa sensación de nostalgia que sufrimos los expatriados, los emigrantes forzosos o casuales, los “nomigrantes” a los que alguna vez nos invitaron a no ser de ningún sitio, a viajar constantemente con nuestra mochila para buscar sin éxito el lugar al que pertenecemos.

Con el frío, vuelven los temblores, las carreras para buscar el resguardo continuo de la lluvia o de la nieve (o de la indiscreción ajena). Vuelven las prisas, el té caliente, el café largo y sincero y las preguntas sin signos de interrogación.

Con el invierno, llega la idea de que la nostalgia no es la distancia que separa el presente del recuerdo del hogar. Es tan sólo lo que cuesta pasar de la luz a la oscuridad en un andén semivacío; lo que tarda un olor familiar en llegar a través de un dibujo en la pared, o escurriéndose esquivo tras la ventana de la cocina de un restaurante barato en un callejón cualquiera, como una serpiente asustada buscando una piedra bajo la que esconderse.

A veces, la nostalgia, se apodera del control de mi teléfono móvil, llamando a las personas de mi agenda, o haciendo fotos en los lugares más insospechados. Lo hace sin que yo me entere, sin mi permiso, como si fuera el puto Joker a los mandos de una central nuclear durante tres suspiros de despiste.

Pasado el tiempo, me veo obligado a revisar las travesuras perpetradas en mi ausencia. Debo comprobar si me ha metido en algún pequeño lío y si tengo que arreglar algún estropicio en mi ecosistema social más inmediato. Lo peor, siempre, no son las costuras o el pegamento para enmendar los rotos, los sietes, los agujeros; lo peor es intentar descifrar qué mensaje oculto se esconde tras cada llamada, tras cada fotografía.

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Mensajes

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Cada día recibía un mensaje diferente en el teléfono, siempre de un remitente desconocido, y cada día desde un número distinto; nunca se repetían. Al principio no les hice ni caso, intuyendo que mi número había resultado ganador en el bombo de los errores telefónicos. Pensé: “¿A quién se le ocurre enviar un SMS metiendo los números uno por uno, sin utilizar la agenda?”.

En el texto del mensaje, siempre aparecía una dirección y una hora exacta, del tipo: Calle Los almendros 9, 16:47h. Nada más, como si fuera una instrucción precisa para cometer un delito.

Al tercer mensaje, la curiosidad resucitó y no pude resistirme acudir a la cita.

Mi ansia por protagonizar acontecimientos fuera de lo común, alejados de lo cotidiano, como provocar un encuentro casual con un asesino a sueldo, o cosas por el estilo, me llevan a perseguir este tipo de señales. Normalmente, acaban mal, con la sensación de haber malgastado mi tiempo o, si las cosas se ponen feas, tener que salir corriendo de algún sitio, como un timador perseguido por otros estafadores.

Llegué a la dirección que indicaba el mensaje en mi teléfono, justo a la hora señalada: Calle del Espíritu Santo 12, 11:45h. Una pareja se resguardaba de la lluvia en el soportal, besándose frenéticamente y empujándose violentamente contra la puerta de madera, como si fueran dos presos a los que les permiten un breve vis a vis para calmar toda el hambre que llevan dentro, sin importarles las miradas lascivas de quienes pasaban por allí. Cuando se dieron cuenta que yo les observaba desde el otro lado de la calle, semi oculto en una marquesina y agazapado tras una papelera, dejaron de abrazarse, separándose el uno de otro, como si mi mirada hubiese accionado algún tipo de interruptor para provocar ese comportamiento. Ella, de unos treinta años, con el pelo mojado y terriblemente hermosa, le soltó una sonora bofetada al hombre. Un instante después, y sin mediar palabra, desaparecían bajo la lluvia, cada uno por su lado, como dos ladrones que, tras repartirse el botín, acuerdan no verse por un tiempo.

Ese día, cuando llegué a casa no podía estar quieto; el pasillo se me hacía pequeño, mi casa parecía una celda y mi cabeza daba una y mil vueltas a la escena que había visto, reviviendo cada detalle intensamente, como si algo me hubiera pasado desapercibido y fuera la clave para entender qué me había pasado. Me asaltaban un montón de dudas: ¿El objetivo de todo esto era que yo viera cómo una chica le pega una bofetada a un hombre, con el que se besaba segundos antes? ¿Había más gente implicada en todo esto? ¿Quién había organizado todo esto y por qué? ¿Por qué a mí…?

Al día siguiente, recibí otro mensaje, con otra dirección y otra hora diferente. Acudí sin dudarlo. De hecho, deseaba recibir un nuevo SMS para continuar aquello en lo que estuviera metido (fuese lo que fuese), igual que una partida de cartas en la que tienes un montón de dinero apostado encima de la mesa. Esta vez, la mujer estaba sola.

Me acerqué pare que me diera una respuesta, sin saber muy bien a qué situación me enfrentaría, cómo reaccionaría ella a mis preguntas. Tenía la boca seca y las sienes tensas, como si entrara en una  una habitación a oscuras, descalzo y con el suelo mojado. La mujer me miró, me sonrió y acercándose lentamente a mi cara, me dio un beso lento, suave, un regalo que me dejó bloqueado y sin posibilidad de preguntarle nada. Cuando separó sus labios de los míos, se alejó unos centímetros de mí, llevando su brazo hacia atrás, para terminar dándome un enorme bofetón con la mano bien abierta. Y volvió a desaparecer, esta vez sin lluvia.

Mientras acariciaba mi cara con la mano izquierda y sentía el calor del enrojecimiento de mi piel, con la otra mano, sacaba el móvil de mi bolsillo y comprobaba si había recibido algún mensaje nuevo.

“Siéntese y tenga una conversación/charle”

Vilhem se levanta del banco rojo, con las piernas todavía temblorosas, con las rodillas frágiles, con su voluntad a punto de quebrarse. Es su turno. Le toca ser atendido por la  señorita de gafas de pasta y el anillo en forma de mariposa. Vilhem no sabe cómo se llama, pero ella te entrega dinero a cambio de los papeles adecuados. Duda que sea una transacción justa. Se levanta; mira a Jannicke, con quien ha compartido banco durante una breve eternidad. Janicke tiene 78 años y le brilla la melena plateada como el papel con el que envuelven los cuerpos sin vida en el asfalto. Vilhem, con el corazón en la mano, ha contestado sin restricciones a sus preguntas, sincerándose como no lo había hecho nunca, ni siquiera con el psicólogo que las líneas aéreas le habían ofrecido tras la muerte de su familia en el vuelo NA9103. Janicke le ha escuchado atentamente, sin juzgarle, pero interesándose como un detective y preguntando hábilmente por los detalles de su plan final.

Vilhem lo tiene todo planificado. Ha dibujado las distintas etapas hasta la muerte en un pequeño Post-it de color verde. Tiene localizado el anuncio de una embarcación barata, sencilla de manejar y fácil de naufragar si rompes el casco en el lugar adecuado. Ha calculado el tiempo que tardará en hundirse con el barco, ayudado por la cadena del ancla atada a su cuerpo; seguro que no le lleva más de dos y minutos y medio, lo que le sigue pareciendo una eternidad. Es incapaz de hacer frente a la casa vacía, a las fotos, a los recuerdos que le cortan por dentro y por fuera, a una angustia tan opresiva que no le permite ni llorar. Vilhem pretende sacar el dinero justo, 50.000 coronas, para comprar el barco y unos pocos galones de combustible. Ha rellenado el impreso mientras esperaba sentado, entretanto Janicke le preguntaba por las plantas que poblaban su jardín, por los árboles que componían la foto de su casa.

Janicke es viuda desde hace más de veinte años. Su marido, ingeniero forestal, le inculcó un amor incondicional por las plantas, por la belleza que nos regala el mundo vegetal, ya sea a vista de pájaro, contemplando los enormes mantos verdes de los bosques de Troms, o la preciosa perfección de un cloroplasto visto a través del microscopio. Janicke sabe que no puede hacer nada para detener a Vilhem; si quiere quitarse la vida, lo hará. Tratar de impedirlo sería como intentar agarrar un hilo de agua con las manos. Pero le preocupan sus plantas, el cuidado de esos árboles que, en pocas semanas, alguien tendrá que podar; o las hojas de castaño que deberán ser recogidas para que no obstruyan los desagües. Janicke mira a Vilhem, mientras éste se acerca al mostrador de la señorita de gafas de pasta.

Vilhem no se decide a entregar el impreso para conseguir el dinero. Se gira hacia atrás, buscando tal vez una respuesta a sus dudas en la mirada de Janicke. Ella se hunde en los ojos verdes de él, intentando descifrar qué especie  vegetal compartiría tonalidad cromática con ese iris duplicado. Seguramente se trataría de un helecho. Vilhem vuelve sobre sus pasos, sentándose de nuevo junto con Janicke, y retomando una conversación perdida sobre el cuidado de las flores en otoño.

 

“Siéntese y tenga una conversación/charle”

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© Fotografía de Sara Serrano
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El hombre y su sombrero

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Hay un hombre, ajeno a las modas, al estilo, al “guatiné”.

Hay un hombre y un sombrero,

presentes y ausentes,

en los cocktails indoor de Los Ángeles y Myanmar.

Hay una vida,

descompuesta en vasos con hielo,

triturada en mil versos,

y bebida por todos.

Hay una piel que se agrieta,

unas uñas rotas,

una boca sedienta.

Hay un hombre, buscando El Dorado en cada acorde,

sufriendo con el brillo de sus palabras.

Hay una postura serena,

un regalo por la certeza encontrada,

por la pérdida de lo que ya no vendrá.

Hay un par de botas,

un juego de vaqueros,

un paseo por Nashville.

Alguien se asoma,

siempre,

tratando de ocultar su nariz.

 

Teléfono

Barrer las hojas.

Apilarlas luego, todavía húmedas, dibujando con ellas círculos perfectos.

Pintar verdades, recortar mentiras y hacer entonces esa llamada pendiente.

Sentir tu aliento, de millones de bits, de millones de kilómetros, de millones de palabras vacías.

Prometerte el desierto, la arena como premio, el símbolo de la noche infinita.

Reírte de mí, de la ficción que construyo con mi propia vida.

Levantarte de la butaca, pidiendo el dinero de la entrada.

Estafador. Timador. Miento a los espectadores que sólo querían pasear.

Pedirme que cuelgue, que guarde un minuto de silencio por el agujero tan grande que hice.

Aplicar el color rojo, terminar, cerrar, apagar, tapar esta pequeña fuga de agua que acababa de abrirse.

– Ciao, nos vemos.

Barro las hojas. Están húmedas.

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Walls (1)

Hace dos años que Carmen no sale de Arizona. Hace más de 24 meses que no quiere abandonar la arena del desierto bajo sus pies. Su hogar, ahora, está allí, junto a Francoisse, al abrigo de su barba y sus largos abrazos.

Antes del desierto, de poner nombre a las piedras, a los huesos de coyote, a los besos de su amor europeo de dos metros de altura, antes de todo eso, Carmen vivió dos días en un callejón maloliente y sucio de la ciudad de Nueva York, agazapada tras dos enormes cubos de basura. Llegó allí escondida en el tráiler de un camión de mudanzas que había partido de la frontera con México. Estuvo cuatro días metida en el remolque del camión, junto a los muebles de una rica familia que se mudaba a la Gran Manzana. Sobrevivió gracias a la suerte, que de forma inesperada, y en medio de la oscuridad del camión, se materializó en unos botes de mermelada de higos y unas botellas de cerveza europea escondidos en una caja. Eso le salvó la vida.

Cuando llegaron a la ciudad, la mercancía fue revisada por los trabajadores de la empresa de mudanzas y Carmen fue descubierta, entre botes de mermelada, botellas de cerveza belga y aquellos recipientes que había utilizado para depositar, con gran mimo y cuidado, la orina y las heces de cuatro días de encierro.

Mario, un pequeño colombiano de mano agrietada y mirada esquiva, nervioso y asustadizo, la emprendió a golpes con ella, sacándola del camión, agarrándola del pelo y arrojándola violentamente contra el suelo. Carmen, no era más que un bulto arrugado, triste y sucio, escondido tras un cubo de basura, mojado por el charco de pis que el miedo había vaciado en plena calle.

Cuando abrió los ojos, cuando despertó del letargo, del mareo de los golpes, del escondite de la inconsciencia, unos ladrillos blancos llenos de dibujos le hicieron ver que se encontraba en un mundo muy diferente al suyo. No olía a tamales, ni a chile, ni a ropa húmeda, ni a besos guardados para la noche más templada. Olía a asfalto mojado, a especias guardadas en bolsas de basura, a dinero gastado en preciosas botellas de cristal, a luces y a fotos que te hablan para que te hagas rico y pobre a la vez.

Pensó que aquella pared, aquellos ladrillos mustios, llenos de pintadas y de carteles que se empeñaban en decirle cosas que no entendía, era algo feo pero hermoso a la vez. No era capaz de ponerle palabras a esa extraña sensación que le acariciaba por dentro; no era capaz de describírselo a Mercedes, su hermana pequeña, con quien hablaba siempre que se sentía sola.

De todos los dibujos que aparecían ante ella, no podía dejar de mirar el de un niño que miraba al cielo. El crío buscaba algo fuera del marco que componían el resto de dibujos, fuera de la pared, fuera de la propia ciudad. Su mirada iba mucho más lejos de lo que Carmen pudiera imaginar. Soñaba Carmen que hablaba con él, y le contaba cómo era su pueblo, cómo pesaba la pobreza de su país, cómo era distinta a la pobreza de otros sitios; del mar que había visto sólo una vez en su vida, de su hermana, de cómo se compraría un bonito vestido cuando ganara su primer sueldo en dólares.

Memorizó Carmen cada centímetro de la pared, cada dibujo o cartel, imprimiendo en su recuerdo la imagen de todos los ladrillos que conformaban ese campo visual que no abandonaría en 48 horas. No se movió de allí; imperturbable, dejanso que ese trozo de calle le hablara, que ese niño le preguntara por cosas cuyas respuestas no conocía todavía.

A los dos días, el mismo camión de mudanzas que le había traído a la ciudad, se detuvo a la entrada del callejón. Bajó Mario, despacio, mirando al suelo, apesadumbrado y  culpable en cada gesto, con el alma herida por haberle golpeado, humillado, por no saber reconocer otro ser humano bajo los harapos que tapaban el menudo cuerpo de Carmen.

Mario no era alguien que supiera disculparse con tiernas palabras. Le ofreció un poco de comida mexicana como ofrenda, como camino para purgar sus pecados. Carmen lo aceptó, regalándole una sonrisa, barriendo de la conciencia de Mario cualquier atisbo de culpabilidad que pudiera quedar. Mario, entonces, le propuso llevarle de nuevo al Sur, camino de Arizona, donde, según él, podría tener más oportunidades de encontrar un futuro mejor. Carmen, guiada por el arrepentimiento de Mario, aceptó subir al camión. Llegaría poco después a Arizona, donde comenzaría una nueva vida.

Por las noches, al abrigo de un cactus enorme y sintiendo la arena contra su piel, recordaría el dibujo de aquel niño que miraba lejos , y le contaría los detalles de su nuevo hogar, lo lejos que el desierto está de todo.

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Fotografía de @hgclmnt

Pasos de baile

Corre, preciosa, corre.

Sin temor; corre,

tras el humo,

tras el número elegido,

tras las palabras mágicas.

Sigue en pie, agarrada al susurro,

bailando sobre la punta de tus pies,

dentro de ese charco que cambia de color.

Baila, con el tiempo como aliado,

marcando sonrisas de transatlántico y

esculpiendo a besos las yemas de los dedos,

de ese coro góspel que nos sabotea el despertador.

Hay una canción francesa en la encimera,

una sartén envolviendo la cebolla en olor de frambuesa,

un desayuno que desea ser infinito.

Hay un recuerdo de Marta

agarrado a una foto en blanco y negro,

iluminando eones y

llenando habitaciones.

Hay dos trajes de astronauta,

y naves llenas de risas

y planes para conquistar el pasillo.

Hay una perspectiva de tiempo que devorar,

pero siempre juntos.

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Ventanas

No soy una cotilla, por mucho que mi madre insista en ello. Si utilizara los prismáticos…pero apenas me escondo tras la persiana a medio bajar, apenas me parapeto en los cinco metros que separan su ventana de la mía. Eso sí, no levanto la vista cuando me asomo a fumar a ese patio maloliente que compartimos, escurriendo la mirada entre pinzas caídas y los helechos de la portera, siete tiestos que ocultan las grietas en un gres que no se ha cambiado en más de cuarenta años.

Él fuma en su salón, en su cocina, en su baño, pero nunca en la ventana. Sólo cuando aparece en mis fantasías, intercambiamos algo más que una frase sobre el mal estado del portal; en mi sueño fumamos, compartiendo humo y risas, y me habla de su hijo, al que no ve hace un año, de cómo crece entre una sesión de Skype y otra.

Hoy pude escuchar la voz de Jimmy, así le llama él, nada de Jaime; insiste en que debe adaptarse a la vida americana en la fea Indianápolis. El pobre Jimmy apenas pudo despedirse de su padre, cuando su madre, a más de 10.000 km de distancia, decidió que ya había hablado suficiente con su padre biológico. Fue entonces cuando mi vecino gritó, fuerte primero movido por la rabia, para ahogarse después en un llanto desconsolado, arrastrándose por las paredes mientras se sujetaba la cabeza, balbuceando la misma frase de manera repetida: “Ya tengo el billete para ir a verte…”. De repente, me descubrí apretando los puños, sintiendo la cena recién digerida como algo pesado, y mascullando, mientras apagaba el pitillo a medias, la frase “será zorra la tía ésta…”. Retrocedí unos pasos y volví a la oscuridad de mi habitación, convenciéndome a mí misma que hay momentos en los que no debemos mirar, que le pertenecen sólo a uno.

Esa noche bajó las persianas de toda la casa, a pesar de los más de 35 grados en el centro de Madrid, a pesar de no tener aire acondicionado. Por un momento temí que A. hubiera hecho una tontería, o peor aún, que hubiera cogido el primer avión a Chicago.

A la mañana siguiente, la portera había traído dos helechos más. Mientras trataba de recordar cuál era la denominación exacta del color verde de estos vegetales, alguien, que exhalaba nerviosamente el humo de su cigarro frente a mi ventana, sonreía y me preguntaba, con verdadero interés, por qué miraba siempre de esa manera las plantas que cubrían el suelo del patio.

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Añicos

Me dijo: “Vuelve, por favor. Tengo el alma hecha añicos”. Me miró con los ojos rotos, porque efectivamente, su alma se había perdido en algún lugar donde amó a F; a medio camino entre habitaciones de hotel y la parte trasera del coche de su madre.

-“No me dejes sola; esta noche no”.

No lo hice. Escuché lo profundo que se había hecho el agujero donde dejó todo. Sequé sus lágrimas después de bebernos la primera botella, y ella, entonces, se dio cuenta que le vejez acudía también a la cita, con un hambre inusitada, con unas ganas terribles de darle caza.

Me faltó valor para decirle que la amargura, ese vestido que se apoderaba ahora de ella, que le ahogaba tanto por dentro como por fuera, seguiría siempre ahí, como una sombra que se acerca o se aleja en función de la cantidad de luz que haya en la habitación.

Glenda

Suena un martillo que golpea la mesa. Suena una frase en la boca de alguien, alguien que no había hablado en toda la noche. Suena un gesto de desagravio, un gesto chulesco, algo poderoso que brilla en el extremo de metal de la herramienta.

El ruido nos asusta a todos, pensando inmediatamente que alguien ha resultado herido, que sangrará abundantemente. Pero sólo es eso, una emoción momentánea que se disipa en unos segundos, justo cuando todos apuramos nuestras copas buscando respuestas a lo que ha pasado.

Falsa alarma. El cristal permanece en su sitio, no queda hecho añicos; sólo hay una enorme cicatriz, una pequeña falla que impedirá que Glenda pueda bailar de nuevo sobre la mesa.

 

Patos

El Atlántico es un compañero caprichoso y Septiembre es un mes que se le atraganta, azuzado por las tormentas del Caribe y por el viento polar que baja de las provincias más Septentrionales del Canadá. Del Canadá…Utilizar “del” frente a “de”, otorga a este país un aura personalizada que no tiene ningún otro.

El Atlántico, el mismo que me llevó hace años hasta las playas de Portugal, donde comulgué con el océano subido a esa tabla que acabaría partiéndose en la furgoneta de Miguel; ese mismo nombre, traía ahora un viento frío que cortaba mi cara y me recordaba que Septiembre sigue siendo un mes de su propiedad. No lo olvides.

Siempre atravieso el mismo parque; me pilla de paso en el camino de vuelta desde la universidad. Me gusta disfrutar del orden de los parterres, de la tranquilidad de los paseantes, del esfuerzo encerrado de los deportistas en sus pulseras mágicas, que medirán cuánto aire habrán exhalado, en vez de cuánto han podido suspirar por todo aquello que dejaron atrás. Paradojas que Nike ha sabido rentabilizar con sus zapatillas a partir de 77 dólares.

La cadena de mi bici chirría, por la falta de grasa, supongo. Mi bici adelgaza conmigo, se funde con mi nevera vacía, con la idea que me trajo aquí hace dos años. Mi bici marca un ritmo de chirrido y pedalada sonora, mientras mi pantalón de lluvia roza el cuadro y añade un fa sostenido a la canción de mi vuelta a casa (sí amigos, casa es allí donde uno puede preparar café. Con eso basta para construir un hogar).

Presiono la maneta del freno para tomar la curva que hay al final del trazado, regalando un desagradable ruido de plástico agrietado en contacto con el metal. Se asustan, aunque van todos juntos. Pobres patos. El Atlántico también habla con ellos, diciéndoles que apenas tienen un par de semanas para llegar a México, Honduras o Belice. Seguro que van a Belice. Es un nombre que siempre me ha gustado; un país pequeño, del que no sé nada, salvo que atesora un paraíso azul turquesa en la costa. Los patos no se separan. Paro mi bici, jadeando por el esfuerzo, pensando que había fumado demasiado esa mañana, pero es que oiga…cuando a uno le están pintando los poemas más bellos de los autores americanos del siglo pasado…uno fuma, y espera, y sueña con Whitman y con otros barbudos, y con Kerouac, y con esas carreteras sin líneas pintadas por las que corrían a más de 160 kilómetros por hora, llenando los asientos del coche de botellas vacías del licor más barato que uno hubiera podido comprar. Los patos siempre van juntos. Saco el móvil y grabo la escena. Hay algo hermoso en ellos. Hay algo hermoso en grabarlo y compartirlo luego. Hay algo hermoso en pensar que es hermoso. La belleza, como siempre, es una cerilla que prenderá un charco de gasolina en otro lugar, en otro momento.

El Atlántico, con respeto y fuerza, me acaricia la nuca y me dice que vuelva a casa, a poner una cafetera en el fuego y preparar la clase de mañana. Tal vez hablemos de patos, de la familia, o de Belice. Tal vez encienda una cerilla en clase.

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Pasos

Bailaba descalza, meciéndose sobre el punto de la “i”, justo al final del primer párrafo. Respiraba despacio, exhalando ritmo, susurros y una rima que sonaba como antigua, meciendo unas letras que desprendían un aroma a humedad y a fruta, a suelo de madera quebrado, a lluvia sobre el cristal, a risas lejanas, a polvos de talco en la cómoda de la abuela.

Bailaba y fumaba, porque el acto de mover con gracia el cuerpo, llevaba implícito el acto de inhalar humo y expulsarlo mediante adornos, encumbrando giros, como parte del poema visual que quería regalar a ese espectador ficticio que habita en cada habitación de la casa.

Bailaba para recordar, rememorar los pasos que una vez le llevaron a otro lugar, acompañada de otro hombre, a quien besara sólo una vez.

Imaginaba, entre un cigarro y otro, marcando la distancia de un paso con el siguiente, cada uno de los recuerdos que le unían con el hombre de Massachusetts, cavilando si él, sentado en aquel avión a nueve mil metros de altura, querría bailar con ella por última vez.

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Ficciones

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– ¿Sabes, Thomas? Ahora que me preguntas por mi tristeza, por las pastillas, por escribir tantas horas en esta habitación, te diré algo. ¿Ves esta máquina, estos papeles…? Son… son un punto de referencia para mi cordura. Todo esto que ves, todo lo que escribo, es como un ancla, un asidero, una manera de no volverme loco del todo. En la ficción encuentro relativo consuelo.

La segunda entrevista fue la que me llevó a descubrir el posible trastorno de personalidad que, a la larga, sería vital para explicar lo que pasó la noche del atropello. No pudo ser sólo la lluvia. Talita, cuyo rostro había inspirado a muchos pintores postmodernos del valle de Napa, recibió el impacto de miles de pequeños cristales, desfigurando su belleza y dejándola ciega para siempre. Junto a ella, en el asiento del copiloto, un libro con una dedicatoria muy especial, unas líneas que prometían recuperar un amor enterrado hace años. La víctima, una mezcla de labrador y pastor alemán de poco más de dos años de edad, recibió el impacto del parachoques y murió en el acto. El intento de Talita por esquivarle, llevó finalmente el coche contra un muro donde se anunciaban pollos asados a 2,99 $. La vida, llena de poesía, nos enseña que puede tener un precio sin números enteros”.

– Sí, ya lo veo. Desapareces de este planeta cuando tecleas esa jodida máquina. Y no eres capaz de comprarte un maldito ordenador. Sé lo que vas a decirme, ya lo sé..que si el sonido de las teclas, que si la paranoia de que van a copiarte las ideas…bla, bla, bla… – Thomas, deambula por la habitación, inspeccionando rápidamente los objetos que hay sobre la mesa: la taza de té de hace dos días, el cenicero lleno o los dibujos en los papeles arrugados-. Lo que no entiendo, es por qué no demuestras la misma lucidez, o al menos una pequeña parte, de la que tienen tus personajes.

“Confieso que no soy un defensor a ultranza de la escuela psicodinámica. Sin embargo, en ocasiones, sus modelos explicativos para ciertas cosas, parece que están hechos a medida para algunos de mis pacientes. Pero, el gran problema de Talita, no está en la encorsetada infancia que tuvo en Baja California, o el abuso de drogas antes de los dieciséis. Es, sin lugar a dudas, ese maldito tatuaje en el cuello. Todos sus problemas arrancan ahí.”

– Hablas igual que mi madre. Tal vez porque sea ella quien te mande aquí de vez en cuando, preocupada por si hago alguna tontería. No puedo culparle, la verdad. Ni a ti tampoco, descuida. Siento no poder articular mi vida como los personajes de mis historias. Fuera de esta habitación, sufro una parálisis mayor que cuando me enfrento a un folio en blanco. No sé si me entiendes; tampoco aspiro a que lo hagas. Thomas, amigo, aquí poco puedes hacer. Esta habitación que ahora es mi mundo, estas cuatro paredes que delimitan los límites del mundo real, del mundo orgánico, no son ninguna prisión para mí; para nada. Este pequeño espacio me ayuda a ser quien soy, a ser quien quiero ser. Ahora, Thomas, siento decirte que no puedes quedarte aquí; tengo que irme en breve. Pero te veré allí, descuida.

– Joder, ¿¡Dónde!?

“Ese tatuaje. Primero fue el traficante de meta de la calle dieciséis. Acabó muerto por el disparo de un poli que también se enganchó a Talita. Después, fue todo el grupo de pintores, uno detrás de otro. Ella siempre dice que fue la mejor época de su vida. Verse reflejada en todos aquellos retratos, de maneras tan diferentes, interpretada por personas tan distintas. Y ahora, se quedará sin volver a ver todos esos cuadros.”

– En la siguiente historia que escriba.

Guindillas

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Muchas veces, la casualidad nos regala encuentros fugaces, apariciones inesperadas, hermosos presentes en nuestra rutina diaria.

Otras, sin embargo, uno busca esos cruces, esos minutos preciosos que serán como poner una guindilla debajo de la lengua. Contar hasta diez, y escupir fuego después, vomitar una hermosa plegaria en forma de media página escrita al abrigo de un par de canciones tristes.

Las palabras, esas viejas bastardas, hay momentos en los que cobran significado, en los que conjuran con nuestras tripas, marcando, sin saberlo, nuestro destino. A veces, las muy putas, se desprenden de su envoltorio y se nos pegan a la piel como sanguijuelas, alimentándose de los fracasos, endureciéndose y puliéndose como antracitas esquivas.

Hay momentos, amigos, en los que cobra vida el dibujo que me tatuaron en la espalda. Momentos en los que me hago cómplice de alguien, sin saber todavía de quién.

Son guindillas, pequeños tesoros que devorar, que compartir, que regalar.

 

CaJaS

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Mi obsesión por las cajas se remonta a cuando no era más que un niño de cinco o seis años; los mismos que tiene Pablo ahora. Acaparo cajas, las acumulo, las apilo, de la misma manera que él se obsesiona con guardar y coleccionar los envoltorios de los regalos de sus hermanos. Ya sabe lo que es el síndrome de Diógenes; trabajamos este concepto todos los días durante el desayuno.

Cajas.

Cajas dentro de otras cajas. ¿Representación simbólica del más absoluto relativismo…? “Una enorme enseñanza de vida”, dirán algunos patanes.

Más bien, se trata de acotar el poder de la imaginación, de poner barreras a las ideas que fluyen sin control, de domarlas y arrinconarlas en un recipiente. Ahí las dejo, acurrucadas junto a otros desperdicios materiales, otro objetos físicos, que no son el tesoro en sí, sino sólo aquello que da significado a la idea que está dentro con ellos; el azúcar del café.

Ideas.

Salvajes, anárquicas, espontáneas, estimulantes, tan potentes como un chute de adrenalina en pleno ventrículo, pero tan etéreas que se desvanecerán antes incluso de que pueda llegar a entenderlas. Por eso necesito las cajas, para salvaguardarlas, para domarlas, para estilizarlas, para entenderlas. Son mis pequeñas mascotas, mis juguetes, mi divertimento. Las alimento con otras ideas más pequeñas, más frágiles, que devoran sin pestañear en pocos segundos. Así, se harán más grandes y poderosas antes de escapar de la caja y rondar mi habitación, en busca de un lugar más cómodo donde vivir: tal vez un sueño donde esconderse, un recuerdo inventado al que aferrarse, una nota escrita en boli rojo que acabará en un bolsillo roto.

Símbolos.

Un cisne gigante con cara de sapo se masturba frente al espejo. Una mujer le retrata con una cámara instant. Un hombre se inyecta morfina en un ojo, porque le duele lo que ve, porque es un yonki de lo que ve, porque necesita ver lo que ve. Un pintor de otra época clama al cielo componer las Meninas del siglo veintinuo, entre falos deformes, galgos castrados y espejos de dos caras. ¿Y el rey? Aburrido y taciturno, lee una novela ligera bajo la sombra de un manzano, esperando formular la cuarta ley de Newton. Ilusos e ilusión a raudales, con gusanos, esperando ser devorados por un alma superior, por un trompetista que no sepa improvisar. “Me lo envuelve en papel de noche y me lo mete en una caja, por favor”.

Una caja.

Me meto dentro. Cierro las tapas y me quedo a oscuras. Negrura total para mantener constante el ritmo de mi respiración, para fugarme y escaparme a otro lugar más cálido: un sueño donde esconderme, un recuerdo inventado al que aferrarme, una nota escrita en boli rojo que acabará en un bolsillo roto.

Judías

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Como un camping lleno de columnas, como un garaje sin esquinas; así es el aire que me ha tocado respirar hoy. Una emoción embotellada, con suspiros de otra época y con una sonrisa caducada, se lanzó a mi tobillo y me asestó una dentellada casi mortal.

Pensé, en pleno delirio, que había encontrado la felicidad, que había un orden en todas las cosas, que mi barbacoa era perfecta.

Llegué al segundo café disfrutando del carrusel de las endorfinas; cambiando los rezos y las plegarias, por “yihaass” y taconeos contra el suelo. La incoherencia de todo ello, y su lógica aplastante, me hicieron abrir una lata de judías.

Hay algo poderoso en las judías: como la catarsis que sufre un niño al tirar petardos en Fallas, como arrojar piedras al agua, como explotar plástico de burbujas.

Tic, tac, tic, tac, y uno vuelve a caminar descalzo por la autopista, a cortarse las palmas de las manos con los quitamiedos, mientras sueña… mientras sueña cuándo cogerá la próxima ola.

El sueño de Kyoko

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Me apasiona el cine de animación japonés. Su poderosa imaginación a la hora de crear historias, o cómo son capaces de mezclar elementos de mundos bien diferentes en un contexto de aparente normalidad y, también, por qué negarlo, cómo juegan con los brillos en el agua, algo que me tiene cautivado desde la época de Candy Candy.

Nostalgias aparte. y al margen de los elementos puramente estéticos, hay algo más poderoso en sus películas que todo esto: sus finales. Desde un punto de vista narrativo, los finales de sus historias, son totalmente fallidos, en cuanto a que no ofrecen un desenlace tradicional; no aparece la resolución de la trama expuesta hasta ese momento en la película. Por el contrario, los finales, son un leve suspiro, una puerta abierta, un lienzo vacío para que cada uno imagine el cierre que más le guste. Esta sensación, el abrigo que uno se pone al terminar una de sus películas, reconforta de una manera especial y tarda tiempo (mucho) en irse.

Entiendo, y supongo, que esto será una cuestión principalmente cultural, relacionada con su manera de entender la vida, de cómo prevalece, por encima de todo, la total y absoluta aceptación de los acontecimientos. En sus películas, en sus historias, así como en el devenir vital de los japoneses, nunca se resuelve nada, no suceden hechos que cambien el rumbo de tu vida; tal sólo, la vida, como un arroyo de agua clara, sigue fluyendo.

Esta reflexión, me asalta después de llevar unos días pensando en algo que me contó un amigo mío que vive en Tokio. En nuestra última conversación por Skype, me regaló, a sabiendas de lo curioso que soy, una historia que alguien le había contado allí, a 10.761,47 km de distancia, y cuya protagonista tenía un nombre que no he podido olvidar: Kyoko.

Como siempre me ocurre, no he sido capaz de distinguir los hechos reales de la historia contada por mi amigo, lo que elucubramos a raíz de la propia historia, y lo que yo he aportado de mi propia cosecha. Tengo (y pido perdón por ello) la fea costumbre de completar las posibles lagunas de las historias con acontecimientos inventados. Igual que cuando sólo escuchamos parte de un mensaje y rellenamos los huecos con aquello que hemos creído oír. Pues aquí, amigos, sucede lo mismo. Ésta es su historia, o más bien, sólo una parte.

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Kyoko apenas recuerda a su madre. Tan sólo atesora breves fragmentos de ella en su memoria; cuando preparaba el té, el tacto de sus manos cuando le cubría la cara antes de acostarla cada noche, o cómo se mordía el labio cuando escuchaba con toda atención ese programa de radio. Sin embargo, es la sensación de seguridad que su madre le regalaba cada día, la que más echa de menos y que su padre, desde que ella murió arrollada por un tren, no ha conseguido transmitirle de igual manera, a pesar de todos sus esfuerzos.

Kyoko es una mujer terriblemente bella, con un pelo negro tan suave y liso, que más de una vez le ofrecieron protagonizar algún anuncio de champú y verse encaramada en algún luminoso del centro de Tokio. Lo rechazó; se moriría de vergüenza si lo hiciera. Tiene los ojos de un azul claro intenso, una ola de color, un recuerdo del mar, una distinción genética frente a sus compatriotas, un recordatorio de que siempre ha sido diferente a todos los demás.

Sin embargo, aunque cualquiera que le viera diría que enloquecería a todo hombre que se cruzase en su camino, su vida social es un desastre, debido, lamentablemente, al insignificante detalle del olor a pez muerto que le acompaña. Cada día, desde hace varios años, se levanta a las cuatro de la mañana para ayudar a su padre a limpiar pescado en el mercado de Tsukiji, el más grande del mundo. Allí, toma cada pez vivo con las manos, y le saca las tripas con exquisita perfección, sin dejarse distraer por el aleteo reflejo de sus víctimas. Sus dedos actúan con mayor precisión que el bisturí de un cirujano. Puede realizar esta operación más de cien veces cada día, y siempre, por extraño que parezca, encuentra cosas insólitas en el interior de los peces; ya sean piedras, trozos de plástico, restos de otros peces,  o cualquier cosa que pudiera ser arrojada al mar. Un día encontró el dedo índice de una persona y otro, un anillo descolorido. Por un momento, al sacar el anillo, pensó que los dos objetos podían estar relacionados; que el aro dorado, pertenecía al dedo y viceversa. Desestimó enseguida la idea y se sintió culpable por intentar buscar siempre una relación entre todo aquello que le pasaba en la vida. Se dijo a sí misma, repitiéndolo mil veces, que no era digno pensar así; avergonzaría a su padre.

A las nueve, y después de cenar a las seis, Kyoko ya duerme plácidamente. Exhausta y agotada por la dilatada jornada de trabajo, no suele despertarse en toda la noche, manteniendo la misma posición sobre su tatami, recostada sobre su lado izquierdo y apoyando la cabeza en una de sus manos, recordando el tacto de los dedos de sus madre, indeleble a pesar de los años transcurridos. Existe una excepción para adoptar esta posición: cuando desea soñar. Entonces, cambia de lado, durmiendo sobre el lado derecho de su cuerpo. No sabe por qué, pero durmiendo de esta manera, pone en marcha los mecanismos del sueño, así como los de la memoria para poder retenerlos, al menos, unos segundos antes de que se difuminen como gotas de agua tras el ruido digital del despertador. Igual que quien abre su cofre de los tesoros para admirar una codiciada reliquia, Kyoko se tumba sobre su lado derecho y acaricia un viejo sueño, algo ya soñado. Un pensamiento que le gusta acariciar, mimar, justo antes de perder la consciencia y sumergirse en un sueño que ya no controlará y que seguirá su propio camino, como al fin y al cabo, hacen todos los sueños, por mucho que nos empeñemos en buscar explicaciones coherentes a todos ellos.

Kyoko hurga en un lugar apartado de sus memoria el sueño que le gustaría soñar hoy. Un pensamiento en el que recrearse, que le servirá como punto de partida a la sorpresa que le tenga preparada el mundo inconsciente. Se acuerda entonces del día que sacó ese trozo de tela de las tripas de un pez globo, el que guarda en el cajón de su ropa, con un nombre bordado en él: Paolo Betinelli. Y tras el recuerdo, piensa el sueño que le gustaría tener, un sueño que ya ha soñado o  que, simplemente, desearía soñar. Hay un hombre que acude a las 6 de la mañana a su puesto, preguntando por la subasta de los atunes en el mercado. Es un hombre de rasgos europeos, pero que se defiende con un más que digno japonés; se nota que es alguien que ha practicado el idioma durante varios años. Kyoko, amablemente, le contesta que ya es tarde para acudir a la subasta; que lo intente mañana. Y al día siguiente, se repite la escena: el hombre pregunta por la subasta y Kyoko le contesta que ya es tarde. El tercer día el hombre aparece a las seis media de la mañana. Vuelve a consultarle por la subasta, pero esta vez, la pregunta va acompañada de una sonrisa burlona, un té muy caliente y unos deliciosos bollos de arroz. El misterioso hombre consigue arrancar una sonrisa de nuestra protagonista, una leve mirada y una corta distracción en su labor con el pescado. En el sueño, su padre está mirando a su hija, cómo se enamora tontamente de un europeo, pero también sonríe.

Kyoko camina por el centro de Tokyo, lejos de su casa, del mercado, de la prisión de las ondas Delta. Ya no permanece en el sueño. Va al encuentro del punto de origen del trozo de tela con el nombre de Paolo Betinelli. Buscando en Internet, ha descubierto una sastrería italiana con esa firma. De ahí tuvo que salir el trozo de tela que, para ella, tiene tanto sentido. No pretende descubrir el viaje que emprendió ese pedazo de tela en concreto, ese que ella guarda con tanto ahínco en su cajón; rastrea, más bien, elementos que confluyan en la historia de su vida, engranajes nuevos que permitan mover otros ahora parados.

Cuando llega a la tienda, confirma que el fragmento de tela salió de allí. El nombre y el diseño de la marca, son exactamente los mismos. Le hubiera sorprendido que no fuera así. La puerta de la tienda no está cerrada. Hace calor, como suele ser normal los últimos días del mes de junio, y la entrada abierta deja escapar un olor característico a alcanfor, seda y maderas nobles. Los estantes donde se almacenan las camisas, son una verdadera obra de arte, un regalo para la vista, pero también para el olfato. Kyoko no quiere entrar. Temerosa como es, de un encuentro no planificado, sólo puede asomarse desde la calle y descubrir que el hombre protagonista de sus sueños, es el sastre que atiende y regenta tan especial local en el centro de Tokio.

En el umbral de la tienda, con la puerta abierta, y disfrutando de aquellos aromas tan exquisitos, tan lejanos de los olores a pescado del mercado, decidió tomarse un té en el puesto situado enfrente, y acompañarlo, por qué no, de unos deliciosos bollos de arroz.

Y mañana, tal vez, haría lo mismo.

Los posos del café

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El fin de semana había sido largo; largo e intenso. La línea discontinua de la carretera concentraba casi toda mi atención en el viaje de vuelta a casa, aunque no podía detener en mi cabeza el constante bombardeo de imágenes tras lo compartido los dos días anteriores.

Pensaba en la necesidad de tomar otro café para no despistarme con los radares de tráfico, cuando Iñigo me sugirió parar. Llevábamos un buen rato comentando cómo las expectativas con las que veníamos a nuestra reunión de antiguos alumnos, aquello que esperábamos encontrar cuando salimos el viernes de casa, se había visto superado con creces.

Volver a la ciudad que todavía sientes como tuya, a las calles que has recorrido mil veces y a las esquinas que has doblado tanto los meses pares, como los impares, es como una buena descarga en el hipotálamo. De repente, empiezas el camino inverso de tu memoria, buscando en los cajones de cada año vivido, hojeando las postales que pasan delante de ti a toda velocidad. Quieres consultarlas, volver a visualizarlas, tenerlas cerca y afinar al máximo en los detalles para el día de la celebración, cuando te des de bruces con aquellas personas que fueron importantes para ti en una de las épocas que más impronta han dejado en tu carnet de identidad, y que, por circunstancias de la vida, no ves desde hace más de veinticinco años.

Estoy convencido que no fue la curiosidad (aunque estaba allí…) la que nos movió a todos, desde puntos más lejanos o cercanos, a acudir al punto de reunión, el patio de un colegio que ahora, tras varios lustros, parecía mucho más pequeño que cuando lo recorríamos en los recreos.

Fue otra cosa. Se trataba, más bien, de hurgar en nuestro interior, de buscar cada recuerdo, cada imagen, y ponerlo en relación con la vida que ejercemos en el presente, con el “quiénes somos” ahora, queriendo, tal vez, definir una relación causa-efecto entre el pasado y el presente, intentando conectar recuerdos de nuestra memoria a largo plazo con aquello que pensamos el día anterior cuando derramamos el café.

Es innegable que al final, somos, en gran medida, lo que hemos vivido, todo aquello en lo que hemos participado. Cada risa compartida, cada chiste, cada momento de estudio, cada segundo sufrido o cada minuto de miedo; cada metro recorrido en el camino de casa al colegio, todo, acaba generando una impronta que va más allá de la simple evocación.

Aquel con el que pude compartir unos minutos de conversación, cada compañero al que vi y que formaba parte de un recuerdo, aunque fuese terriblemente vago, me llevaba a otro tiempo, a otro momento. Pero también me devolvía la imagen de lo que soy, perfilada en un montón de detalles aparentemente incoherentes.

Lo verdaderamente hermoso de todo esto, de juntarnos más de noventa tíos después de un buen número de años, fue la actitud con la que todos acudimos allí, una alegría sin concesiones, sin colores grises; volvíamos a la que había sido, de una u otra manera, nuestra casa, teniendo en cuenta el elevado número de horas que pasábamos allí cada día.

Quiero pensar que esa alegría, en esencia, era la demostración de lo que somos, del tipo de personas que nos fuimos forjando, entre otras cosas, con lo que pasó en ese patio, en las clases del colegio. Personas generosas, capaces de entregarte un trozo de sí mismos cuando volvías a hablar con ellos tras años de silencio. Confieso (yo confieso…) que me siento tremendamente agradecido por estar allí, el sábado y hace treinta años; agradecido por formar parte del recuerdo de otra persona y asaltarlos de nuevo tras un par de cervezas; agradecido, por supuesto, por haber podido abrazar a gente a quien tengo un cariño muy, muy especial. A todos, de verdad, todos y cada uno de mis compañeros, gracias.

Al final, sin darnos cuenta, y aunque íbamos en busca de unir nuestro pasado con el momento actual, lo que pasó, fue que conectamos el presente con el futuro, generando nuevos recuerdos para que, dentro de unos años, podamos decir: “Sí, yo estuve allí.

Escolopendra

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– ¿Meto el bañador en la maleta…?

– Yo lo haría. Apenas te quitará sitio.

– Acuérdate el año pasado… cómo estaba el agua. Joder, se me pusieron los dedos azules.

– ¿Te acuerdas…? ¿Te acuerdas del tipo que dormía en la arena, justo al lado de donde estaban nuestras toallas?

– Sí, tenía pinta de estar bastante borracho. Pablo casi le da en la cabeza con la pelota.

– Pues… estaba muerto, no dormido. Me enteré unos días después. No quise decirte nada.

– Pero… ¿y eso por qué…?

– Quería, no sé cómo explicártelo…quería ser la dueña de tu recuerdo. Tener el poder de que el recuerdo fuera uno u otro, jugar con la posibilidad de marcar la dirección de ese trozo de tu memoria. Fue una tontería, perdona… fue…¿sabes…?, fue haciendo un crucigrama cuando se me ocurrió la idea, el no contarte algo para que pensaras que un acontecimiento había sido distinto a como había ocurrido en realidad.

– Vale, no pasa nada, no estoy enfadado. Me da rabia, eso sí, no haberlo pensado yo antes, joder… Sólo una cosa: ¿Qué palabra del crucigrama fue la que te llevó a urdir este plan?

– Igual te resulta raro.

– ¡Anda ya! Seguro que no. ¿Cuál fue?

– “Escolopendra”.

Alas de mosca

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Soñé.

Soñé con escribirte, con decirte aquello que nunca alcanzaba a pronunciar.

En mi sueño, las palabras, untadas de aceite, hacían que correr por los pasillos, fuera más bien un problema de equilibrio y no uno de tracción.

Las palabras, en tu boca, eran alas de mosca, arrancadas por un niño nervioso, presa del arrebato del juego.

– Ven, Clementine, por favor. Termina tu sopa de letras.

 

Alevosía

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Decía un amigo mío, que él se dedicaba a escribir para no estar haciendo cosas peores. Le creo. La cuestión es que, juntar palabras y darles cierto sentido, consigue abrir puertas antes inexistentes, y por las que, al final, acabas entrando sin llamar. Desmarcándonos de cualquier ingenuidad, no se trata de “navegar por una historia concreta”, ni “dejarse llevar por la imaginación”; no, es algo más profundo, más personal. Se trata más bien de visitar lugares, de profundizar en el interior de cada uno, allí donde hay rincones y espacios para todo: para librar una dura batalla por el equilibrio emocional, o para aplicarse el bálsamo del mayor confort interior y disfrutar de la mejor de las paces del alma (al abrigo de la más exquisita auto complacencia); para utilizar el más oscuro recuerdo o para que alguien sueñe algo que ya soñaste tú antes. El catálogo es casi infinito.

Escribir, contar historias, es un acto donde uno muestra un escenario con personajes a un público exterior, pero ese escenario, se construye, página a página, cavando y hurgando en tu interior. Y muchas veces, amigos, a medida que metemos el pico y la pala, no nos gusta lo que encontramos ahí. Aún así, sabemos que esa ponzoña que a veces extraemos, es necesaria para comprender las líneas que van llenando una página tras otra (eso en el mejor de los casos).

Cada palabra, la elección del orden concreto de los elementos en una frase, la posición de una coma o el posible énfasis de un término concreto, responde a un deseo, a una motivación, a la intención de construir una sensación de una determinada manera, de reflejar una arquitectura emocional concreta.

Si juntamos unos cuantos párrafos, disponemos de un sencillo fármaco adrenérgico, un texto capaz de martillear algún neurotransmisor despistado y provocar una imagen, una foto en la mente del receptor y, con suerte, conseguir un leve suspiro, señal de victoria para el que, con cada palabra, con cada frase, se vacía un poquito delante del ordenador.

Follow me

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– Sube la música, Jeremiah. Nótalo; tiene un poder casi ancestral. ¿Lo sientes…?

Los que alguna vez nos hemos emborrachado en el desierto, reconocemos este tipo de delirio espiritual; cómo el volumen de la música, a medida que crece, abre una puerta cada vez más grande en tu alma. Las sensaciones, al final del día, las acabo midiendo en decibelios sobre un manto de arena.

– No, no lo siento. Esto tampoco funciona. Nada arreglará mi incapacidad para sentir emoción alguna, ya te lo he dicho. Pero, de verdad, no te preocupes. Nací así, por lo que nunca sentí nada por nadie, ni por ninguna otra cosa. Al fin y al cabo, no sé lo que es.

– Joder Jeremiah, es que me parece algo inconcebible.

– Mira, yo entiendo las emociones, como perfectas casualidades de lo que percibo. Si, por ejemplo, los elementos que tengo en mi campo visual, al contarlos, el resultado es un número entero lleno de ceros y con pocas probabilidades de que hubiera aparecido, eso entiendo que debe ser emocionante. Es, algo así, como una anomalía probabilística de lo que percibo.

– Bueno, sí, es otra manera de verlo.

El desierto, al final, no hace prisioneros. Aquello que lo hace hermoso, lo extremo de su perfil, la  falta de paradas de autobús, lo irregular de su cintura, me lleva a amarlo más que a mi propia casa. Jeremiah se entretiene contando estrellas en el firmamento, haciéndolo de mil maneras diferentes, buscando la belleza en los números que asaltan su cabeza. Doy un largo trago a la botella de Bourbon, carraspeo y resoplo, y la noche, entonces, me parece aún más hermosa.

 

Tarde de domingo

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Almas poligoneras, aquí me tenéis.

Con el pecho ensangrentado y rodeado de mentiras, camino desnudo por este cinturón post-industrial, intentando captar la esencia de este lugar, donde confluyen una churrería de saldo con un paso de cebra mal pintado.

Miro dentro, luego fuera, y vuelvo a buscar en mi interior, convenciéndome entonces que estas calles sólo acogen segundas oportunidades, segundas partes de la vida de grandes desconocidos. Sólo vienes aquí cuando te cubre una espesa costra la mirada.

Dejo cruzar a una pareja que ronda los cincuenta. Arrastran sin ritmo a un perro de tamaño diminuto, con abrigo hecho a mano y, junto a todo el cuadro, una hilera de amargura les sigue, como hormigas que buscan el trofeo de las migas de pan.

Me avergüenzo entonces de mi propio análisis, de lanzar la vista, de arrojar mis preguntas más allá de la intimidad de la gente. Me doy cuenta de que carezco de valor para hacer mío lo que veo, incapaz de anular la distancia entre el sujeto y el complemento directo. Bastardomentiroso.

Como siempre, vuelve la culpa en la tarde de domingo. La más zorra, la más cruel, el peor de los combustibles posibles.

Impresión 3D

Me pongo a tu disposición. Puedes imprimirme, en dos o en tres dimensiones, lo que desees. Soy una cebolla mal pelada, un jugo gástrico regurgitado, una mano agrietada. Soy la némesis de la belleza en un anuncio de la TV. Soy un cuento para niños que habla se sexo y de muerte; soy un pliegue en la cama, un calcetín mojado, una erección que no llega.

Reza por mí, por mi alma inexistente, por mi neurosis, por mis recuerdos difuminados, por el peso de la responsabilidad, que soy el presidente de mi comunidad, y ahora duermo en un bote de pintura.

Escríbeme una canción, sin ritmo pero con instrumentos de viento, algo que pueda silbar al doblar una esquina.

Apaléame, rómpeme las uñas, escúpeme en la cara y lánzame el órdago de tu vida, siempre sobre una palabra esdrújula. Deprisa, deprisa, que se acaban las letras, las palabras y los folios en blanco.

El agujero

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“Sacudidos por el viento del Norte, las perspectivas de poder avanzar se tornaron más oscuras. El frío empezaba a paralizarnos los dedos de las manos, compartiendo un precioso ruido de dientes que castañeaban al unísono. De repente, alguien, seguramente fue Pinaud, bromeó con la idea de que éramos un precioso coro de señoritas metido en una trinchera de mierda y barro.”

Estas cuatro líneas, que había anotado rápidamente en la libreta roja de mi mesilla de noche, describían el sueño que, de manera repetida en los últimos días, se había colado en mi tiempo de descanso. Lo curioso es que, al despertarme, siempre sentía las manos frías, con la certeza de haber empuñado un viejo y mal calibrado fusil durante horas. Había intentado huir de él en la duermevela, mezclando unicornios, platos de deliciosa comida y taxis de Nueva York, auspiciado por la falacia de que la ciudad de los rascacielos podría acabar con el mundo de las ilusiones, llevándome a sensaciones más sólidas y reales.

Como siempre, acabo demostrando que soy un maldito iluso con estas cosas. Me lanzo a por un recuerdo de la 3ª Avenida en agosto, caminando por un asfalto casi derretido, y entonces, me asaltan los olores, intensos, malditos y adictivos, y sufro la revelación espantosa de que las películas, los decorados por los que camino, están impregnados de aromas. El recuerdo me lleva a otro sueño, a perder las llaves por el hueco de una escalera infinita, dentro de una biblioteca que, seguramente, pertenecerá a los sueños de más personas. Sin quererlo, vuelvo a la trinchera, a algo que se ha colado en mi memoria, sin que realmente me perteneciera.

“Chevallier, el más joven de todos nosotros, siempre es quien encuentra las palabras exactas para cada momento. Recurrir a él para conseguir la descripción perfecta, para cincelar el análisis del infierno que protagonizamos, es casi un ritual en los momentos de tregua con los alemanes. Hay quien encuentra algo de calor en su conversación; al final, es el único espejo en el que nos podemos mirar. “

Cada vez que despierto y abordo una nueva hoja de la libreta, me inunda la certeza de que estoy robando a un desconocido sus recuerdos, sus palabras, momentos que sólo a él le pertenecen.

“El inglés, el pobre chaval que intentó explicarnos el funcionamiento de ese deporte infernal, el cricket, cayó hoy. Sweetheart. Su hermana le había tatuado esta palabra en la guerrera. El tacto del hilo de la lana escocesa acuñando esas preciosas letras, era tremendamente suave. No recuerdo a nadie del pelotón que no tocara de manera involuntaria su nombre, pronunciándolo en un susurro, casi a modo de plegaria, tal vez para recordarnos lo que alguna vez existió fuera de nuestro agujero.”

Si alguien había perdido sus sueños conmigo, tal vez tendría los míos a cambio. Empiezo a pensar quién saldría ganando de este trueque caprichoso, quién se llevaría la mejor parte de la transacción, qué tipo de sueños o de recuerdos anotaría el otro partícipe de este juego en la libreta de su mesilla. ¿Podría ser una historia creada por mí, pero que yo nunca llegaría a conocer?

Daba igual. Me sentía agradecido de haber estado allí, varias noches metido en el agujero.

El tambor

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Construir una analogía entre un órgano vital y un tambor (u otra pieza de percusión), siempre es un objeto de belleza; de la misma forma, por supuesto, que un inglés rema sobre las aguas tranquilas de un lago (sólo apto para universitarios).

Las premisas de un poema roto, al final, siempre vienen envueltas en papel de estraza, junto a la grasa de un embutido sangrante.

Rugen las figuras y las palabras sobre la piel de cerdo, rugen las piedras bajo los zapatos, la mugre bajo las uñas, las ninfas bajo los notarios y los falsos profetas.

Pum, pum. pum…sonata en clave de fa. Esto se anima, señores.

 

 

Beso en el laboratorio

A veces, llorar por dentro, es un arrastrar de células, un baile mitocondrial de una punta a otra de nuestro querido organismo. Unimos coordenadas de varias dimensiones internas que traducimos, al final, en una emoción que se nos escapa; igual que cuando dejamos la puerta abierta de casa.

A veces, las emociones, son dedos que nos tocan, uñas que nos hacen sangrar o huesos que se rompen por el impacto de la caída. A veces, las emociones, son globos o zeppelines, que se mueven sin control, pero en una dirección concreta, a la espera, eso sí, de que cambie el viento.

FUUUUUU….HHHHHHH….

Tocamos canciones, sinfonías enteras con las teclas de nuestro ordenador, dibujando pentagramas con los sueños de personajes inventados. Son recuerdos en clave de sol, con historias que se entrecruzan a ritmo de corchea. Se deslizan entonces, sigilosos, nuestros recuerdos por un pequeño tobogán neuronal, mezclándose con la estampida coclear de un beso profundo. Surge una tormenta eléctrica en el núcleo estriado y, súbitamente, aparece el amor. Tan intenso, profundo y puro, que la ínsula parece que estallará en unos pocos segundos.

 – Lo gracioso de la vida, – mascullaba el joven científico en su laboratorio- estaba en protagonizar este jodido experimento sin ningún tipo de monitorización, salvo poder mirarse al espejo cada mañana.

Abrigos

Hoy me desperté con una intención concreta: dar respuesta a una pregunta que me barruntaba las tripas desde el mismo momento que sonó el despertador (tal vez antes, y se coló, la muy traidora, disfrazada de sueño). La pregunta en cuestión es “qué significa querer a alguien”, diferenciándolo de lo que entiendo por amar a otra persona en un sentido más pleno, cuya respuesta, en mi caso, tiene nombre y apellidos.

Se acerca el final del año y, de manera involuntaria, hacemos balance de lo que han sido estos meses, a todos los niveles posibles. Prometemos no tropezar con las mismas piedras y juramos que seremos más felices de lo que hemos sido, definiendo con detalle enfermizo cuáles serán los pasos que daremos en el futuro.

De manera obligada, la reflexión en la que nos sumergimos, cuando analizamos qué es nuestra vida y cuáles son los elementos que forman parte de ella, nos acerca a las personas que están ahí: aquellas con las que hablamos por teléfono, con quienes compartimos una botella de vino, una preocupación, o una enorme chorrada que nos provoca la risa estúpida; o a quienes enviamos un mensaje con esa fotografía tan ocurrente, obra del Photoshop y de alguien verdaderamente ocioso; o quien nos pone jodidamente tristes porque está a miles de kilómetros de aquí y no podemos verle en estos días de maratón social; o quien un día formó parte de tu vida y que, después de muchos años de absentismo emocional, FB te lo devolvió; o quien lo pasa mal, porque muchas veces, esta vida es muy puta, y ese dolor es también parte de ti, quemándote como le quema a él o a ella; o quien, descompuesto en 16 millones de píxeles, es un recuerdo maravilloso de tu memoria, así como tú lo eres de la suya.

Es cuando pienso en todas esas personas, familia y amigos, cuando intento acercarme a la respuesta de de la pregunta en cuestión. El afecto, la admiración, el cariño, el respeto, el deseo de compartir con todos ellos y el recuerdo de lo ya compartido, construye una densa capa de emocionalidad que recubre esta idea, igual que si vaciara sobre mi hemisferio izquierdo una tonelada de mermelada.

Compartir. Tal vez ahí esté parte de la respuesta, o tal vez no. Tal vez querer a alguien sea acordarse de esa persona cuando engranamos la primera marcha para recorrer el circuito de qué es nuestra vida. Ahí están todas estas personas, espectadores activos y pasivos de nuestro intento de batir el récord del circuito, una vez más.

Abrigaos amigos, cubríos con las mantas más gruesas, que el frío llamará a nuestras puertas y las abrirá sin piedad, sin importar si le dimos permiso o no para hacerlo.

Taxi

taxi

Confundido por la elegancia de la despedida y arropado por la mirada triste que ella le regaló tras el cristal de ese maldito taxi de cinco dólares, hundió las manos en sus bolsillos, como si ahí fuese a encontrar lo que le quemaba la garganta. Algo había anudado su capacidad de articular palabra, de pensar con claridad, de distinguir qué portal era el dueño de su apartamento.

Idiota.

Su falta de valor, para decirle que se quedara, para mostrar su alma de la misma manera que ella le había mostrado su ropa interior, le pasaría factura el resto de su vida. A partir de ahora, sólo habría sombras, nácar y ensoñaciones estúpidas.

Sin luz, sin palabras. Repasar los mismos caminos, las mismas piedras, las mismas grietas de la pared. Recorrer todas las teclas del ordenador, intentando encontrar las palabras exactas.

T  –  A  –  X  –  I

El dolor acaba entonces presente en cada pixel, en cada centímetro cuadrado de la dermis, en cada gemido. No hay consuelo, ni país suficientemente grande, ni recuerdo infinitamente pequeño.

Al alba, y silbando esa canción de Sinatra, consigues llevar la vista un poco más lejos, ampliando la postal, aunque con los bordes bien marcados.