Cuervos en la ciudad (Crónica de unas vacaciones en Munich)

Siempre que vamos a alguna ciudad europea me acuerdo de Chevy Chase y de su película ochentera. En ella se veía a una típica familia americana en su periplo por varios países del viejo continente. Un montón de estereotipos mezclándose de manera absurda y un padre de familia que nunca se ponía nervioso por más que las vacaciones se le ponían cuesta arriba una y otra vez. Este es el esquema que se activa en mi cerebro cuando viajamos más allá de los Pirineos. Sí, lo sé; soy consciente del daño que me ha hecho la televisión.

Munich: “Sitio donde viven los monjes”. Esto es lo que se supone que significa el nombre de la capital bávara. Nuestras vacaciones arrancaron aquí, en una ciudad en guerra contra las palomas, con las fachadas cubiertas por kilómetros cuadrados de mallas metálicas. Parecía que los edificios tuvieran su propio filtro a la hora de mirarnos. ¿O acaso era el pudor o la vergüenza de los ladrillos y el hormigón?

El calor era equiparable al que habíamos dejado atrás, unos cuantos kilómetros más al sur. Las calles olían como huelen todas las ciudades del mundo: a parque de atracciones, a puestos de comida de todos los países del mundo que contienen la letra “A”, a un “selfie” con tus hijos frente al McDonalds mejor situado. Se escucha el zumbido de un enjambre de turistas a la hora de comer. Hay un loco jurando en alemán contra un dios wagneriano y mis hijos se asustan, apretando con fuerza su menú infantil.

La ciudad nos habla, nos susurra a través de sus planos con los puntos de interés bien identificados; quiere atraparnos y que la suela de nuestras playeras de marca se derritan con el asfalto de sus aceras. Yo observo el rostro de todo aquel con el que me cruzo. Tengo la manía obsesiva de intentar descubrir si me cruzo con alguien conocido.

Lo mejor de las vacaciones, de visitar un lugar que no conoces, es la capacidad de sorpresa que tiene ese lugar y todo lo que hay en ese extenso diaporama, todo aquello que puede ofrecerte sin esperar nada a cambio. Cuando viajas con niños, el caramelo lo saboreas dos veces. La capacidad de sorpresa de tus hijos te muestra una capa de la realidad que a ti se te suele escapar. Ellos destilan la experiencia de su propia vida de una manera diferente y van hilvanando sus recuerdos en función de algoritmos que a nosotros se nos escapan. Lo mejor es estar atentos a lo que dicen y disfrutar con ello.

Me decía Pablo el primer día de nuestras vacaciones:

– Papá, ¿sabes cuántos chinos llevo encontrados?

– ¿Cuántos?

– 54. Y con esos 3 de ahí, 57.

Estuvo contando todos los chinos que veíamos hasta que nos topamos con dos autobuses llenos de orientales y la cuenta se hizo inabarcable. Entonces condujo su interés hacia otra cosa. Su cabeza va en continuo descenso por una pista de bobsleigh, a toda velocidad y a punto de salirse en cada curva.

Mientras tanto, Marta examinaba curiosa a los turistas musulmanes, hombres que iban acompañados por mujeres a las que sólo se les adivinaban los ojos. Ellos iban al frente del grupo, explorando la ciudad en mangas de camisa, capturando la decadencia occidental con su cámara de última generación; ellas detrás, cargando las bolsas, sudando bajo esa piel negra de algodón. En la calle con más gente de la ciudad, nos dijo Marta:

– Mirad, parece que a ese hombre gordo le ha secuestrado la muerte.

Tal vez fuera así. La muerte pasea por la ciudad subida encima de los cuervos, afilando su guadaña en los picos sagrados de estos pájaros mágicos. Envidio cómo Alemania tiene tantos cuervos, como gorriones hay en España. Siento predilección por estas aves. Hay algo místico en su presencia, como si quisieran marcarme el camino a seguir.

En Munich tuvimos la suerte de ver a mi amigo Julio y a su familia. A Julio le tengo un cariño especial desde que nos conocimos allá por el año 1983. Es la nobleza personificada y muchos de mis recuerdos de infancia son con él. Julio nos llevó a conocer la ciudad de otra manera. Nos habló de quién había pisado esas calles y esos parques, de cómo se vive en una ciudad con miles de kilómetros de carril bici y a decir correctamente la palabra biergarten. Una Paulaner a vuestra salud, Julius. Gracias por todo.

La ciudad se terminaba y mis hijos seguían con su obsesión con los chinos. No sé qué les pasa a mis hijos con ellos. Tienen algún tipo de fijación con los orientales que no consigo descifrar. Hugo nos preguntaba el último día:

– ¿Por qué los chinos no tienen pestañas? Parece que las tienen para adentro; por eso no pueden mover los ojos.

Hoy, de vacaciones en otro lugar, con mucho sol pero sin cuervos, mis hijos siguen contándome cosas maravillosas.

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El mejor truco del mundo

Él había escogido a la mujer más pequeña del coro para que fuera su esposa. Ella le había elegido a él por sus enormes manos; podrían arroparla cuando el viento amenazara con lanzarla al río cada vez que cruzara el puente de Brooklyn. Había quien decía que era capaz de llevarla en uno de los bolsillos de su chaqueta.

Sara y Noah, en aquellos años en los que el fin de la guerra parecía estar cerca, se enamoraron como sólo se enamora la tierra seca de la lluvia, formando un beso de barro que podría durar casi cien años. Un abrazo suyo era un tótem judío que podía verse desde los barrios del sur de Manhattan.

Noah Goldman y Sara Levin decidieron unir sus vidas el primer día de mayo de 1945, seguros de poder disfrutar del calor primaveral, de una brisa que trajera el batir de las olas y no el humo de la fábrica de munición, de una sesión de fotos junto a esa noria que tanto les gustaba.

Debían posar para el fotógrafo después de que el rabino oficiara la ceremonia, pero tuvieron que cambiar sus planes porque éste se encontraba borracho, dormido sobre su propio vómito en los sótanos de la sinagoga. Sara lo dejó claro: primero irían a Coney Island con el fotógrafo y luego disfrutarían de la ceremonia, siempre y cuando pudiera mantenerse en pie el granuja de Salomon Cohen. No era la primera vez que dejaba a unos novios plantados el día de su boda.

El parque aparecía vacío sin nadie que quisiera divertirse allí. Ese día la gente bebía en los bares, celebraba la derrota de Alemania y la más que previsible vuelta a casa de los hijos de América. Todos miraban a ultramar, a su bandera, a cómo podrían recuperar lo invertido en los bonos de guerra. Nadie se fijaba en ese contorsionista que era capaz de meterse dentro de una botella de vino; o en la mujer sirena, que podía respirar debajo del agua, sin necesidad de subir a la superficie; o en el hombre de los mil kilos, capaz de sostener un automóvil en sus brazos.

Isaac, el fotógrafo que había contratado Noah, le había dicho que llegaría en una hora, aunque realidad nunca aparecería por allí. Su coche, un Buick blanco, se daría de bruces con una multitud enfervorizada por la victoria aliada. En medio del desconcierto y en un momento desafortunado, él atropellaría a un niño. Inmediatamente después, la turba borracha lo mataría a golpes en mitad de la calle 42. Al día siguiente en los diarios, como si fuera una broma, aparecería en la sección de sucesos como víctima de una pelea.

Mientras esperaban a Isaac, Sara y Noah paseaban por aquella tarima desgastada, disfrutando de cada crujido y deteniéndose el tiempo que se les antojaba delante de cada atracción. Una mujer mayor, a la que uno no podría llamar anciana, cosía un chal sentada en una mecedora. Llevaba una peluca negra coronada por un gran moño de estilo hawaiano. El maquillaje de sus ojos era una mezcla entre antiguo y tenebroso, pensó Sara.

Señalando la mano de la mujer, Noah le dijo a Sara:

– Si te lo propones, con un poco de entrenamiento, podrías atravesar con tu cuerpo el ojo de esta aguja de coser. Yo podría lanzarte desde bien lejos y tú cruzarías este umbral, el de la inmortalidad. Sería el mejor truco del mundo.

– Con ese número tendríamos nuestra propia carpa aquí, junto a la noria. – Sara confirmaba su complicidad con Noah trepando por su cuerpo hasta besarle en la boca.

Cuando Sara acariciaba la nuca de su futuro marido, un chirrido llenó todo el parque. El eje de la noria se había partido y ésta avanzaba como una apisonadora hacia la carpa del hombre reptil, lanzando un aullido de óxido quebrado. Lo primero que aplastó esa noria fue una bolsa llena de nueces que alguien había olvidado la tarde anterior. El leve crujido de las cáscaras partidas pasaría inadvertido para los que estaban allí.

La mujer sirena pensó que, tal vez, la noria disolvería el muelle como arena de playa y toda esta destrucción la devolvería al mar. El hombre de los mil kilos corrió todo lo rápido que le permitían sus pequeños pies; quería detener la rueda de hierro con sus propias manos. Apenas logró modificar la trayectoria de la noria por el parque de atracciones. Su cuerpo quedaría aplastado en el suelo junto con la bolsa de nueces.

Finalmente, la carpa del hombre reptil quedó intacta, y el enorme círculo de hierro oxidado avanzó por el muelle hasta precipitarse al agua y hundirse en el fondo marino.

Sara, apoyada en el regazo de su futuro marido, lloraba porque su sesión de fotos se había ido al traste. Intentaba eliminar de su mente el pensamiento de que esto era un mal augurio para su vida con Noah. Él, por contra, siempre mantuvo que todo fue una señal de buena suerte; y tenía razón.

Por la tarde, el rabino consiguió mantenerse en pie frente a la pareja en la sinagoga. Un par de tragos a una botella de whiskey que encontró perdida y resucitó, a pesar de que su aliento venía del mismo infierno. Los tirabuzones que colgaban bajo su sombrero seguían pegados por el vómito de la noche anterior.

Finalmente, Noah Goldman y Sara Levin se convertían en marido y mujer. Ninguno de los familiares que asistieron a la boda pensaban que aquel matrimonio acabaría bien. Todos vaticinaban un final abrupto y trágico; todos presagiaban que su relación se rompería como el eje de la noria. Nadie acertó. Tuvieron tres hijos, una hipoteca y todos los lunes, durante más de cuarenta años, cenaron pizza en el local que estaba bajo su casa en la calle 80. A pesar de que la especialidad de Bruno era la pizza de anchoas, jamás la probaron.

Querido Mark

Aprovecho que los niños duermen, que tú también lo haces a pocos metros de mí, para exponerte aquello que me atormenta desde hace ya algún tiempo. Necesito contártelo antes de que tomes la decisión de comprar esa furgoneta oxidada y emprender ese maldito viaje. 

Llevas semanas hablándome de lo importante que se había vuelto ese trayecto para ti, de lo necesario que era ese respiro temporal (como tú lo has llamado), de esa asfixia que te ha estado matando, del arrepentimiento que te lleva acompañando todos estos años todo por no haberte ido antes.

Llevas semanas tratando de convencerme: “no es para tanto, Sara, no es mucho dinero, sólo es la cantidad del primer año de universidad de uno de los niños; lo volveré a ahorrar haciendo horas extra cuando vuelva, etc.”. Me asquea cuando te comportas así conmigo, igual que tu padre cuando quiere venderle un coche a algún incauto en su concesionario.

Desayunamos, comemos y cenamos con el mismo tema, maldita sea. Los escasos momentos que estamos sentados en la mesa, esos pequeños oasis que los dos deseábamos que llegaran para disfrutarlos juntos, ahora se me antojan densos e insoportables.

Quieres desaparecer unos meses, alejarte de tu trabajo, de nosotros, de esta casa, de la ciudad. ¿Te has parado, aunque sólo sea cinco minutos, a pensarlo? ¿En serio lo has hecho? ¿Quién se encargará de bañar al más pequeño? ¿Lo sabes? ¿Quién cortará el césped cuando tú no estés? ¿Lo has tenido en cuenta? Sinceramente, creo que no. Sólo miras ese maldito mapa de carreteras de hace cuarenta años como si fuera a llevarte a un lugar con algún tesoro escondido.

Llevo tiempo sin saber quién eres. Ya no conozco a la persona que se acuesta conmigo en la cama; esa que tampoco se atreve a tocarme.

Te empeñas en lanzarte a la carretera cuando ni siquiera eres capaz de permanecer despierto al volante ni media hora. ¿Se te ha olvidado aquella vez que fuiste en coche a Florida? ¿Qué hubiera pasado si en vez de salirte de la carretera, te hubieras chocado contra un camión? No sé qué estás buscando, si es que buscas algo, o sólo pretendes alejarte de nosotros. Para mí, el mensaje creo que está claro.

En serio, Mark, ¿cómo crees que sería todo si esta carta la estuvieras escribiendo tú, si yo fuera la que se gastara nuestros ahorros en una furgoneta?

Hoy estuve hablando con mi madre. Le conté lo de tu viaje. Eso le recordó a su hermano. Lloró. Las dos lloramos. Me ha ofrecido su casa de Fairfield. Dice que ahora hay una luz maravillosa para pintar con acuarela. Creo que ella sabe cuándo necesito estar cerca de las montañas. A los niños les encanta estar allí. Hay buenos colegios y podríamos ir andando a clase.

Me despido. Mañana echaré la carta al buzón para que vuelva a esta misma casa en unos días.

Los niños te quieren.

Sinceramente, Sara.

Hipertensión

Hoy, lo primero que hice al llegar a casa fue tomarme un Tigretón; después, engullí un Bony. Y si hubiera tenido una pantera rosa en el armario, la habría devorado sin remordimiento alguno. Había algo de despedida premeditada en todo aquello, en introducir en mi torrente sanguíneo todas aquellas grasas saturadas que acabarían obstruyendo las arterias. “Bienvenidas – les decía – , os habéis ganado el derecho a atrofiar mi sistema cardiovascular.”

Hoy tenía cita con mi médico y sabía lo que me iba a decir. Le llevaba unos análisis que no estaban del todo mal: sólo un colesterol disparado, un cuadro hipertensivo, unos siete kilos de sobrepeso y una vida sin ejercicio aeróbico. La colleja iba a poder escucharse en todo el centro médico.

Tienes que dejar el café, el té, y las….

Ya, pero lo haremos de manera gradual, ¿verdad?

¿Gradual…? ¿Has escuchado lo que te acabo de decir…? Eres un puto gordo con una familia hipertensiva. Vas a explotar por algún sitio, cabronazo, y yo no quiero estar cerca.

Joder, se me iluminaba la palabra ICTUS en la frente, como una luces de neón en medio de la Gran Vía.

Salí del centro de salud camino de la farmacia. Debía conseguir mis pastillas para la tensión, pensar en comprar un bote de Nescafé descafeinado y ver la cantidad de alcohol que podría tomar a partir de ahora. Mi doctora me había fotocopiado una hoja con los alimentos prohibidos, los recomendables y los ideales. Mi esperanza de vida se iba a medir a partir de ahora por la cantidad de triglicéridos que pondría en el plato.

En casa me esperaba G, expectante por saber qué me habían dicho de la tensión. Sé que ella está preocupada por mis dolores de cabeza, por si tenemos que salir corriendo un día a urgencias, por si debe contarle a los niños algo que no debería hacer hasta dentro de unos cuantos años.

¿Qué te ha dicho? ¿Te han dado algo para la tensión…?

Le enseño la hoja de la dieta. Se ríe. Le cuento toda la película. Nos reímos.

¿Sabes una cosa? – le digo. – Esto es una putada, lo confieso, pero tiene algo bueno. Me siento bien, como si hubiera reseteado la máquina y empezara otra partida.

Llevo días con cierta apatía hacia la realidad que me rodea, sin que nada de lo que habitualmente suele estimularme provoque en mí la más mínima sensación. Aquellos sucesos que suelen convertirse en mi pequeña epifanía diaria, llevan tiempo desaparecidos. Ya no me quedaba nada que contar. Y no poder contar nada a los demás es no poder preguntarse nada a uno mismo.

Hace dos días, mientras sacaba al perro, me cruzaba con una señora china bastante mayor. Recogía algo del campo, escarbando en el suelo con un pequeño rastrillo. Espárragos, margaritas, o algún tipo de raíz milenaria para fabricar una poción del amor. La cuestión es que pasé por aquel momento sin rozarlo, sin detenerme, sin querer saber más y sin fijarme dónde podría llevarme lo que estaba haciendo esa mujer.

Ese mismo día por la mañana asistía al atropello de una chica con su bici. Verla en el suelo retorcida de dolor no conseguía trasladar mi conciencia más allá de donde estaba, si es que estaba en un algún lugar concreto.

Mis paseos con el perro ya no me llenaban la cabeza de pensamientos nuevos y extraños, aquellos que debía apuntar y que conseguían que juntara un par de líneas. Sólo tenía hueco para pensamientos absurdos de trabajo, cuestiones que en un par de meses habrán desaparecido. No formaba parte de ninguna ficción.

Hoy, en la oficina, levantaba la vista hacia los fluorescentes que tengo situados justo encima. Hago entonces zoom con mis ojos, acercándome a ese blanco brillante que reverbera, que suena a orden, a imperativo, a una voz invisible que te dice que debes permanecer sentado en tu sitio hasta la hora del recreo. Soy una mosca que se aproxima a esa rejilla electrificada que te dejará tiesa. Ansío sufrir esa descarga. Sin embargo, cuando estoy más cerca, recibo un correo electrónico que me recuerda una reunión pendiente.

Hoy veía por la ventana a Bob Dylan hablando por teléfono. Fumaba y hablaba compulsivamente en el patio que tenemos delante de nuestro edificio. Hablaba y hablaba, pobre Bob; sería Sara, seguramente, a quien le estaría mintiendo por amor. Yo quiero decirle que no le cuelgue, que es pronto, él es Bob, ella Sara, y yo estoy haciéndome un café. Adiós, Bob.

Mientras esperaba a que mis hijos salieran de la escuela de música, veía a un montón de niños jugando, pegándose, adolescentes en ciernes fumando sin saber fumar; veía a señores paseando mini perros a los que no recogían sus diminutas cacas de juguete, señoras que hacían footing porque ansiaban convertirse en runners.

Quería decirles a todos ellos que había estado en el médico, que estaba bien pero que me podría dar un ictus y quedarme tieso, que ya estaba en un rango de edad en el que nunca me había visto. Quería hablarles de mi padre, de cuando dejó de fumar porque el médico le hizo una advertencia severa, de cómo se fumó su último pitillo diciendo: “Este es el último”. Y el cabrón lo cumplió. El poder de la palabra, ché, es lo que tiene.

Quería subir la música del coche, avergonzar a mis hijos con las ventanillas bajadas. Me encanta hacer esto.

Ya en casa, revisando la hoja de alimentos prohibidos, dimos con la línea que hablaba de la cantidad de alcohol recomendable para cada situación. La fotocopia no era de muy buena calidad y justo esa parte, no se entendía muy bien. Dimos por hecho que era una señal.

Cariño, ¿una cerveza? Celebremos que mañana empieza mi nueva vida descafeinada.

Insomnio

 

Ismael sólo quiere concentrarse en el dichoso hilo musical. Descifrar aquella melodía plana y dar con la canción original a la que se le había extirpado la sintonía. Únicamente necesita un poco de silencio que le permita dar con el tema. Casi, casi, lo tiene.

– Seguro que el doctor te manda unos análisis. Es lo primero que hacen. – Cristina le obliga a desviar su atención hacia una verborrea que va adquiriendo cada vez más velocidad.

– ¿Eh…? Ya, seguro.

– He visto una farmacia justo enfrente. ¿Tendrán botes de orina, verdad? Aunque seguro que aquí es todo más caro. ¿Te has fijado en las casas que hay en este barrio…? Marisa, la secretaria del departamento, vive aquí. Creo que su marido es un pez gordo en una multinacional.

– Igual es ella la que tiene el dinero, ¿no crees?

– ¿Ella? ¿Una secretaria…? Tendrías que verla comer, gritando mientras mastica, llenando toda la mesa de escupitajos y trozos de comida. – Cristina se tapa la boca con la mano, en un frustrado gesto de repulsión. Sólo consigue que aparezcan unas uñas rotas y descoloridas frente a los ojos de su marido. – ¡Es asqueroso!

– ¿Qué color llevas puesto? – Ismael observa los dedos de su mujer. El falso interés que muestra por las uñas hará que Cristina dirija su conversación en otra dirección.

– Ya ni me acuerdo qué color era… Con todo el lío que hemos tenido a raíz de tu problema, ni me he acordado de pedir cita para las uñas. Creo que me las voy a pintar moradas, como Marisa. Es lo que se lleva ahora. Sí, moradas.

– Me voy al baño. – Ismael se levanta y se dirige al fondo del pasillo. Allí está la recepcionista de la consulta, ocupada con su teléfono móvil.

– No tardes, a ver si nos van a llamar. Siempre igual, madre mía. – Esto último lo farfulla mientras se estira la falda y coloca el bolso en el asiento que antes ocupaba su marido.

A medida que avanza por el pasillo, totalmente cegado por la intensidad de los dos mil vatios de las lámparas led, estira los brazos con la intención de medir el ancho del corredor. Puede sentir el gotelé en las yemas de los dedos de ambas manos. Por un momento, cierra los ojos para concentrarse en la rugosidad de la pared. Cada grieta, cada surco de pintura podría ser una palabra, una frase dicha por su mujer en algo parecido al Braille. Si todo ese pasillo fuera el eterno monólogo de Cristina, él podría descifrar el mensaje completo. Si ahora se quedara ciego, aprendería a leer con los dedos, no le importa, piensa, sería una oportunidad para construir de nuevo el mundo a su antojo.

Pero todavía no está ciego. Abre los ojos y se fija en la mujer que ocupa la recepción de la clínica. Está pulsando con insistencia el teclado de su teléfono móvil en un frenético intercambio de mensajes, sin fijarse en Ismael, que permanece en riguroso silencio frente a ella. Se llama Yolanda; lo dice la placa de color negro y letras plateadas enganchada con un imperdible junto al bolsillo de su bata. Allí descansa un bolígrafo de cuatro colores y un paquete de chicles de fresa. Luce un falso lunar junto a la comisura de los labios y unos pendientes de aro que no dejan de tintinear. Su carnet de identidad dice que nació hace veintisiete años.

Él sabe que allí, frente a ella, sólo es un hombre de cincuenta años con problemas de insomnio; alguien que necesita afeitarse la cabeza para no mostrar la desigual distribución de su alopecia, que sólo se pone camisas blancas porque son las más baratas y que lleva con el mismo modelo de zapatos casi doce años. No espera despertar el más mínimo interés en la mirada de esa mujer.

– Perdona, ¿el cuarto de baño, dónde está?

– ..sí…. – Yolanda esconde el teléfono bajo el mostrador. – Esa puerta de la izquierda, pero ahora está ocupado. Supongo que no tardará en salir.

– ¿No hay otro baño?

– No, lo siento. Si es urgente, puede ir al restaurante que está enfrente, junto a la farmacia. Diga que es un paciente de la unidad de trastornos psiquiátricos y le dejarán entrar. Son conocidos nuestros.

– No te preocupes, esperaré. De momento, no es urgente. Si veo que pasa mucho tiempo, acudiré al baño del restaurante y tal vez me quede también a cenar. – Ismael consigue arrancar una falsa sonrisa de Yolanda antes de que ésta vuelva a la conversación que había iniciado en el teléfono. – ¿Sabes si el doctor acumula mucho retraso esta tarde?

– Vamos a ver…- deja de nuevo el teléfono y mira la pantalla del ordenador. – Dígame su nombre.

– Ismael Giravert. Tenía cita a las siete y media.

– Sí, aquí está. Es su primera consulta, ¿verdad? ¿Le avisaron que sería un poco más larga de lo normal al tratarse de la primera toma de contacto? ¿Sabe que debía venir con su pareja?

– Sí, mi mujer está en la sala de espera. Es la que está hablando con la madre de los gemelos, la de la risa nerviosa. ¿Qué me puedes decir del retraso? ¿Tendremos que esperar mucho?

– No, no mucho. A las ocho y media seguro que podremos llamarles para que pasen.

– No es mucho, sólo una hora. Creo que iré al restaurante de enfrente y les diré que soy uno de los chalados de la clínica, a ver si me dejan mear en su baño, que no me gustaría manchar las paredes de la clínica. Gracias Yolanda. – Se despide con una enorme sonrisa que le cruza la cara, como si quisiera repetir el gesto de un dibujo animado.

Le apetece respirar el aire de la calle, alejarse de esa clínica aséptica e iluminada en exceso. Se repite, una y otra vez, que está allí porque el seguro le ha obligado a ir después del accidente. Él cree que no es tan grave; conducía el coche por la autopista cuando se quedó dormido. Se lamenta que pasara en plena hora punta. Lleva meses sufriendo un insomnio agotador; apenas duerme unos minutos por las noches y luego el sueño lo sorprende en los momentos más insospechados.

Junto a la puerta de la clínica, tras unos parterres perfectamente cuidados y llenos de flores amarillas y violetas, un banco de madera le aguarda. Se sienta allí, pensando en cómo los días vuelven a ser más largos en primavera, en lo beneficiosa que es la radiación electromagnética del sol, en el silencio de esa calle, que apenas se ve interrumpido por el coche perdido de alguna embajada.

Sabe que Cristina aparecerá allí en unos pocos minutos, reprendiéndolo porque les estará esperando el doctor. La forma del banco le permite relajar su espalda, estirando completamente las piernas.

Un cascabel interrumpe el continuo espacio tiempo en el que yacía. Es un pequeño Yorkshire, al que acompaña un hombre de unos sesenta años, trajeado, con el cuerpo igual de rígido que las farolas que jalonaban la calle. El perro husmea en uno de los extremos del banco y lanza un diminuto chorro de pis. El dueño del perro, sujetando la correa con desdén, abandona la escena después de mirar con desprecio a Ismael. Éste cierra entonces los ojos, llevando de nuevo sus pensamientos al gotelé del pasillo; grietas, pequeñas montañas en la pared, rugosidades pendientes de significado. El sueño le asalta. Sólo tiene que dejarse llevar. Sólo un poco, se dice para sí mismo.

Le despierta la presencia de alguien a su lado en el banco. Mira el reloj. Ha pasado un buen rato desde que se sentó allí. El sol empieza a esconderse y la luz ofrece una foto bien distinta a la que había cuando cerró los ojos. Alguien le acaricia la cara, con ternura, alternando las uñas con las yemas de los dedos. Se gira y descubre las uñas descoloridas de Cristina, quien le estaba dando un beso entre los ojos.

– Vámonos de aquí, cariño. Demos un paseo.

Problema de carga

Llevo algunos días pasmado, fijándome en aquellos detalles que me puedan decir: “Ey tío, el invierno se ha terminado. Resetea. La luz es una golosina, el color es un truco de magia que sucede en la superficie de las cosas.” Pero nada; por mucho que miro, me siento estafado.

El viernes, aprovechando un rato de espera, me senté en un banco frente a una rotonda. Pertrechado con una bolsa de kikos, quería contemplar aquello que se movía frente a mí a ras de suelo. Necesitaba sentir que la vida son coches haciendo chirriar sus neumáticos, padres que subían y bajaban niños de los coches con enorme prisa, como si estuviesen desembarcando soldados en la playa de Omaha.

Por otra parte, necesitaba levantar la mirada y encontrar algún mensaje oculto en aquellas nubes que volaban entre el blanco y el gris. Esas moléculas de agua en suspensión que se juntaban y separaban, acabarían construyendo algún tipo de imagen en la mente de quien pasara por allí, de quien se atreviera a levantar la mirada.

Llevo días escrutando las flores moradas de las cuentas, aquellas que crecen en desventaja frente a las amarillas, intentando descubrir de cuántas piezas sería el puzzle con la foto de ese lugar. Tres mil, seguro. Inhalo el dichoso petricor, con la sana intención de que crezcan trufas en mis pulmones, de convertir esa idea que reside en un momento exacto en un dios al que rendir tributo. Sin éxito.

Comparto también estos momentos con los niños. El otro día, cuando íbamos juntos en el coche, paré para que contemplaran un terraplén que hay al lado de nuestra casa. Les digo: “Fijaos, niños. Eso de ahí es un auténtico rompeolas, una barrera que quiebra cualquier inercia, y todo gracias a su precioso manto amarillo antes de la tormenta.” Pero tampoco pasa nada. Ellos me miran, ellos sí que son la tormenta.

Pongo una de las primeras canciones de Peter Gabriel en la radio del coche. Subo el volumen. Los niños gritan. Quiero decirles que esto se acaba, joder, que el cielo tiene que abrirse para vomitar fuego y barbacoas humeantes, que merecemos untarnos el cuerpo de crema solar, de surferar sobre los campos de cereal que sólo durarán tres días, justo antes de la resurrección final. Yo grito con ellos. Los cristales aguantan la embestida y no se hacen añicos, tal y como pasa en las películas. 

Seguimos fijándonos en las nubes del cielo.

Esto es un problema de carga, no puede ser otra cosa. Llego a casa y enciendo el ordenador. Escribo:

LOAD “” y pulso el ENTER.

Mi mensaje es claro: Compro oro

¡Sacrilegio!

Turistas que escupen en el suelo y alteran los cánones de belleza, que descuartizan diminutos amarillos adjetivos neonatos.

¿Qué quieren? ¿Romper el continuo espacio-tiempo? ¿Por què hacen fotos a los excrementos de los perros? ¿Buscan el perdón de los pecados ?

Venid a mi casa en horario de oficina y atravesadme con vuestra mirada azul cobalto. Utilizad vuestra tibieza y vuestra amabilidad como alabardas oxidadas.

Preguntáis por Dios: sólo es un souvenir amarillo de papel Kodak. Os hablaré de la teoría de la conspiración, aparecerá con el segundo revelado.

Unos niños quieren venderme algo: un batido adulterado, una idea usada, un trapo sucio con mi nombre escrito en minúsculas y en cursiva.

Quiero comprar un traje, un globo sonda. Necesito conocer la predicción del tiempo para mis hijos.

Alguien me empuja; dice que es gratis demostrar el principio causa-efecto. Alguien me arroja al vacío desde un bordillo después de toser porque cualquiera puede intercambiar sudor por dolor.

Llueve sin descanso. Las calles se inundan para que podamos nadar en círculos, para hundirnos en la arena y sentir en los pies la resaca de otras ciudades. Los portales se cubren de escamas doradas y las llaves pierden valor; los besos saben mejor, con restos de sal.

Es el futuro, anuncia el cartel de una promoción. Es el show de los niños martillo, puro símbolo, dicen las críticas.

Necesito un taxi.

 

Domingo

El último día de un puente, o de unas vacaciones cortas, es como una explosión primaveral. Las ventanas de los vecinos vuelven a estar abiertas, el tráfico respira otra vez a más de 180 pulsaciones y todos quieren sacar a pasear sus mascotas antes de poner las lavadoras. La vida bulle de nuevo un domingo por la tarde, como una bonita caricatura de lo que será luego la hora punta del lunes.

Hace dos días, cuando fui al chino a comprar el pan, las calles se presentaban vacías, sin coches, sin gente amedrentada por el fuerte viento. En mis recuerdos de la Semana Santa, no teníamos chinos, ni tiendas abiertas, ni periódicos, ni nada que estuviera en movimiento. La vida se paralizaba, con el aire que contenía, con los deseos que teníamos bajo la piel. Ahora la gente trabaja y nos prepara pan caliente; ahora tenemos chinos.

El chino donde voy a comprar es muy parecido a todos los chinos; poca luz, mucho género mal colocado y un olor entre rancio y dulce. El dueño es un tipo con muy malas pulgas que casi nunca se ríe. Apenas entiende el español y siempre está viendo películas o series chinas en su teléfono. Le molesta que entres y le interrumpas. Hoy tuve suerte y no me atendió él, sino su hijo. Es un chaval risueño, que habla perfectamente español, con pendientes en ambas orejas y varios anillos de calaveras en los dedos de las manos. Él también coloca su móvil en el mostrador para ver series y pelis, pero prefiere los culebrones venezolanos.

Dos barras.

Una sonrisa y dejo al chaval de las calaveras sumido en un dramón tremendo de personajes gestados en una productora de Miami. Me encanta pensar en cómo encajará su perfil en los posibles estudios de audiencia que hagan de la serie.

Vuelvo a casa. Muchas casas muestran sus persianas totalmente caídas. Cuando ponga luego la tele, los telediarios darán cuenta de los paseos marítimos llenos de gente bebiendo sangría. Luego preguntarán por el nivel de ocupación hotelera y alguien dirá que estará en torno al 100%.

– Joder, cómo va el país…como una moto, oiga.

Los pájaros no se han ido de vacaciones; siguen por aquí. Las palomas, suicidas, se lanzan contra las rachas de viento para surfear sus crestas invisibles, realizando piruetas irreconocibles antes de desaparecer.

La ausencia se vuelve plástica; es sólo uno de los extremos de los vasos comunicantes que forman las carreteras.

Es domingo por la tarde y ya vuelven todos. La ausencia ahora, campará a sus anchas por los paseos marítimos, vacíos, sin gente que beba sangría.

La fama

¿Qué es la fama…? ¿Una luz especial…? ¿Un aura determinada que te lleva a conseguir una tarjeta descuento en el Mercadona…? ¿Llevar puesto un traje amarillo y que te importe una mierda lo que piensen de ti…? ¿Cómo se consigue…? ¿Se pega…? ¿Se transmite de alguna manera…? ¿Qué te da la fama y qué te la quita…?

Paseaba al perro y me hacía estas preguntas en voz alta. Le ofrecía a Kiko listas de personas famosas con las que había coincidido de manera casual en la misma habitación, en el mismo espacio, aunque no hubiéramos intercambiado palabra alguna. Ese era el juego.

Una inauguración junto al actual rey, la cantante del himno que se te acerca porque viene a saludar a tu tío, actores de la tele muy borrachos en plena calle, Figo y su mujer en una manifestación, Encarna la de Azúcar Moreno en la cola para pesar la fruta…en fin, todos hemos coincidido con famosos o famosillos en un momento dado. Nuestra vida, después de eso, sigue siendo la misma; apenas nos sirve para regalar un chascarrillo a la máquina de café.

Sin embargo, haciendo esta lista, hay tres personas de las que tengo un recuerdo más intenso que el resto, una foto que almaceno con un cariño especial.

La primera de ellas es Benedetti, quien su presencia, mi admiración y tal vez su bigote, me dejaron petrificado sin poder saludarle, de esto hace ya bastante tiempo. Este no-encuentro lo conté aquí (pulsa en el enlace para leer la entrada).

La segunda persona es Bill Clinton. Fue durante un viaje a Praga, cuando G y yo disfrutábamos de un fin de semana europeo antes de ser padresEntramos en una tienda y al cabo de unos minutos, tras oír una multitud acercándose, apareció William Jefferson Blythe III junto con varios guardaespaldas de seiscientos kilos cada uno. De repente, G se vio metida de lleno en un torbellino de gritos y gente empujándose. Sin saber cómo, estrechaba la mano de Bill ante la atenta mirada de fotógrafos y curiosos. Nos echamos unas buenas risas después gracias a este encuentro.

La tercera persona, a quien considero famosa de verdad y con quien coincidimos en un restaurante de Madrid, es Michael Jordan. Sentado en la mesa de al lado, más grande de lo que uno pudiera imaginar, más mayor a como salía en las fotos de los anuncios de Nike y un poco más gordo, allí estaba. Él sí que era la fama, una auténtica leyenda, alguien que volaba desde la línea de siete metros para hacer un mate y brillar frente a millones de flashes; él sí que era un dios, una idea que nació en los años ochenta para vivir eternamente.

– Definitivamente, él es el número uno de la lista. De toda la gente con la que he podido coincidir en vida en alguna parte, nadie ha trascendido tanto ni trascenderá como Jordan. – Miraba a Kiko mientras asentía con la cabeza y él me daba la razón, porque es lo que hacemos en nuestras conversaciones.

Entiendo mi relación con el concepto de la fama como algo casual, un cruce de variables totalmente aleatorio, un resultado fruto de las coincidencias, de que mi continuo espacio-tiempo se toque, en un leve roce, con el continuo espacio-tiempo del famoso en cuestión. Es abrir un sobre de cromos, nada más; un encuentro fortuito que construirá un recuerdo y una sonrisa en el futuro.

Llegamos al final y todavía no he dado respuesta a la pregunta de “¿Qué es la fama…?”, “¿Quién es realmente famoso…?” La clave está, creo, en Los Simpson. Se han convertido en el manual de instrucciones para la vida más detallado que pueda existir. Su maraña de ficción, como el calcetín que se da la vuelta, es el tejido sobre el que desarrolla la propia realidad, aplicando sus reglas, impregnando el mundo de su particular campo semántico, funcionando igual que la más potente regla física en un laboratorio de colegio. 

Aparecer allí, por tanto, significa ser inmortal. Lo demás, son patrañas.

 

El hombre y su sombrero

Dicen que mañana, tras los disparos, un enano gritará tu nombre.

Tres veces como Bitelchús y entonces aparecerás recién afeitado, como le gustaba a tu madre. Te mirarás en el espejo con la cuchilla preparada, puliendo tu voz al abrigo de la espuma y el agua caliente. Era tu juego favorito; lo sé.

Ahora es distinto; tus versos son vomitados por teléfonos móviles, mezclados con productos light y porno gratuito. También hay gurús que te llevan impreso en sus camisetas.

A ti no te importaría, seguro.

Tú acariciabas el dolor, lo mimabas untándolo de alquitrán y luego lo repartías en cada homilía. Todos rezábamos juntos y te llamábamos padre y nuestro padre también te llamaba padre y tus canciones se hacían villancicos en la mesa.

La elegía te trae joven, sin arrugas en el pentagrama, cuando te perdías en sólo dos acordes transmitidos de padres a hijos, cuando no necesitabas el sombrero para permanecer en este mundo.

Escucharte, sin embargo, es acariciar tu pelo de monje zen con la sombra de mis manos, es volver a cubrirte la cabeza. Giras, valiente, a 33 revoluciones, purgando tus pecados, esperando salir en Los Simpson y conseguir, finalmente, la inmortalidad.

Cambio de hora

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.  Y la tierra estaba sin orden y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.  Entonces dijo Dios: “Sea la luz”. Y hubo luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz día, y a las tinieblas llamó noche. Y fue la tarde y fue la mañana: un día.

Después, vino la primavera, y los domingos, y el Corte Inglés y esa ansiedad que tiembla bajo la piel pensando en cómo el despertador te engulle al día siguiente.

Por la tarde, Dios creó a los coachers, a los vendedores de aspiradoras, a los que componían los apéndices de las enciclopedias para las actualizaciones anuales y a los taxistas (Uber lo creó Satán, o eso dicen).

La cuestión es que la vida empieza a asomar descarada, sin reparos después del frío, exigiendo su papel en el calendario. Es la luz, el cambio de hora, los capullos en los árboles, el cantar de los pájaros a las siete de la mañana. Es un cuadro que cambia de color cada cinco minutos.

Y en este momento en el que la luz empieza a ganarle terreno a la oscuridad del invierno, siento un aluvión tremendo de imágenes en mi cabeza. Hay desorden y velocidad, recuerdos que aparecen con el escaso vaho de la mañana; olores que ejercen una enorme presión en el hipotálamo, como si llevara una turba furiosa en la boca y ésta quisiera salir a toda prisa sin pagar la cuenta.

Si tuviéramos una de esas gráficas con colorines, estaríamos en eso que los expertos llaman el “punto de inflexión”. Son preciosas manchas de aceite sobre las que resbalar y rompernos la crisma, unos pequeños agujeros de gusano que pueden llevarte tanto a un sitio bueno, como al colmillo afilado de la bestia que escondemos bajo la cama.

Mientras espero que el sol me tueste la cara, agarraré con fuerza los amuletos de mi bolsillo, abriré una cerveza y prepararé la sopa para la comida de hoy.

Feliz cambio de hora a todos.

Cuervos en el aparcamiento

Sobre un cable

destensado

asisten, sin saberlo,

a conversaciones de amor y carbón.

 

Custodian las entradas y salidas

con sus uniformes oscuros,

egoístas en su silencio,

mirada encerrada en una metáfora.

 

Vigilan, desde el negro,

el cumplimiento del horario,

si guardamos las faltas de ortografía,

si falla la sintaxis en el ascensor.

 

Te asomas a la ventana y

siguen allí

recogiendo anillos y ojos,

sacudiendo la tinta de las palabras.

 

Me invitan a seguirles

en vuelo rasante,

a robar piedras y huesos,

a acariciar un graznido suave.

 

Un niño grita

entre alas negras y palabras de pico rojo.

Despertó la nube,

se acabó el sueño.

 

Si les preguntáramos,

nos confesarían

que a ellos, lo que les gustaría,

es ser cebras y dormir en la sabana.

Esta semana

La rutina, esta semana, conseguí encerrarla en una foto de ramas con risa nerviosa y un asfalto que ya no drenaba más agua. “No asumo ni un litro más, ni una queja, ni un jodida plegaria”, decía con insistencia.

El miércoles, volviendo de la oficina, las crías de cigüeña realizaban sus primeras prácticas de vuelo cerca de mi pueblo. Aprovechaban el fuerte viento del oeste para saltar del nido y lanzarse a lo desconocido. Se deslizaban torpemente sobre las encinas, sobrevolando la carretera con alas temblorosas, mientras permanecían agrupadas junto a las más expertas. Casi me caigo de la moto por permanecer atento a esta escena de bautismo en la tormenta.

El viento, como una mano invisible que mueve nuestras sensibilidades de un lado a otro del alma, me sacudía con fuerza. Estaba cambiando el paisaje dentro y fuera, reajustando engranajes a la espera de que saliera de nuevo el sol. En la M40, sorteando coches en el atasco, tarareaba una canción que no podía quitarme de la cabeza. Ajustaba el murmullo que emitía dentro del casco a las vibraciones del motor de mi escooter. Todo era un precioso compás de tres por cuatro: el viento, la lluvia, las líneas de la carretera. Sabía que, cuando me detuviera, la canción se me habría olvidado.

Como siempre, la tormenta es un perfume que podemos oler todos, aunque no sepamos describirlo hasta que sale el sol. En la oficina, la gente hablaba del pasado lejano como de algo acontecido hacía unos minutos, se replanteaba su vida y, sobre todo, no dejaba de mirar por la ventana. “Allí, – decían – allí dejé a mi yo de veinticinco años”

A pocos metros de casa, los cipreses estaban tan arqueados por la ciclogénesis, que rascaban los pasos de cebra con sus copas deformes. Llegar al garaje, alcanzar el domingo, significaba que el calor estaba cerca. Lo conseguimos.

Hoy volvía a recorrer mentalmente las carreteras de Arizona, a mancharme las manos con la arena del desierto.

Hoy sabía que una parte de mí había triunfado.

Buena semana para todos.

Hacíamos pan

Esta es la última página de “El juego favorito”, de Leonard Cohen (Ed. Fundamentos, 1974)

 

La harina, presentada en las proporciones adecuadas, es una tormenta de nieve. Uno puede perderse en la cocina gracias a ella, despistarse en medio de esa atmósfera blanca, buscando la salida durante días, intentando construirse un velero con el delantal y las cucharas de madera para escapar de allí. Una niebla fabricada con aquello que escupían las piedras de los molinos.

La harina, aquel verano en casa de mi tío, fue un ciclón de polvo blanco que transformó los madrugones de las cuatro de la mañana en campos de orquídeas abiertas en la boca de María. Ella era la ahijada de mi tío, un año menor que yo, y los dos pasamos el mes de agosto de aquel año haciendo pan para la gente del pueblo. Amasábamos harina, sal y agua, caricias a escondidas y pequeños juegos con nuestros pies de esparto, que bailaban sobre ese suelo de piedra cada vez más sucio.

Nuestro primer beso, llegó  el tercer día que compartíamos encimera y masa madre, justo antes del café. Ella tenía una margarita dibujada junto a su garganta y me retó a ver si conseguía arrancar un pétalo con mis labios. Fue el primero de muchos; treinta días deshojando flores en el cuello de María, poniendo sabor a pan bajo su lengua, coloreándonos las pestañas de un marfil que nos permitía, ya de noche, soñar el uno en el otro.

En aquella cocina, el horno estuvo encendido los treinta días del mes; no se podía apagar bajo ningún concepto. Se utilizaba de día, por la tarde y por la noche. Esa llama debía permanecer eterna. Fue lo que nos dijo mi tío el primer día:

– Por nada del mundo, por nada, se puede apagar el fuego. Podemos tener problemas con el pan, con el agua o con los clientes; pero jamás, repito, jamás, con el fuego. No se os olvide.

Y no se nos olvidó. Cada poco, echábamos al fuego algún tronco de encina lleno de líquenes secos. Esa llama eterna nos confundía y nos envolvía en la ilusión de que siempre habría un poco de calor para nosotros en esa cocina, pasase lo que pasase fuera.

Cuando el pan estaba listo, mi tío lo colocaba en grandes cajas de fruta vacías y lo llevaba a la furgoneta. Todavía me acuerdo de ella: una Renault de color verde en la que se mezclaba el olor de la gasolina con el del pan recién hecho. Era como juntar la emoción de la ciudad con la tierra antigua que pisaban aquellas ruedas. De niño, siempre pensé que era el sitio más seguro en el que esconderme, donde podía estar en dos sitios a la vez, un escondite que no pertenecía a un solo lugar, sino a la emoción guardada bajo el pecho.

Mi tío se iba entonces a repartir las barras a las tiendas y nos regalaba media hora para cambiar la masa del pan por nuestras propias manos. Echábamos varios troncos al fuego y jugábamos en aquella cocina como sólo juegan los mayores, como si no hubiera cuervos que pudiesen arrojarse sobre nuestros ojos.

Después nos íbamos, dejando un maravilloso campo blanco de formas de flores con tallos de pisadas.

La foto

– Si te enamoras de ella, te mato.

Esto es lo que me dijo Conrad, el marido de Sara, justo antes de apretar el disparador de la Kodak.

Me dejaron tan helado sus palabras, que mi rostro apareció reflejado en el espejo de la habitación y no me di cuenta de ello. Un error de principiante, pensé; luego vi que la composición mejoraba con la figura del observador (yo) presente en el cuadro. Que la foto fuera un buen retrato, no eliminaba el temor que Conrad había sembrado en mí. Tampoco hacía que mi interés hacia Sara decayera. Es más, aumentaba a medida que me fijaba en la imagen, en cómo su mirada se perdía sobre la superficie de la cama, cómo recorría cada arruga presente en las sábanas, como quien sigue las grietas de una pared con el único deseo de encontrar una fuente de luz.

Fue Conrad quien me contrató la sesión de fotos. Mis tarifas no son baratas, lo admito, pero él insistió en que hiciera yo el trabajo. Había visto mi última exposición y no quería que lo hiciera otro. Estaba obsesionado con mis fotos. Decía que sacaban a relucir el alma de aquellos a quienes fotografiaba. No soy yo, le respondía, será la cámara; perteneció a un gran artista. Tonterías, me contestaba. Conrad se mostraba siempre perseverante y tozudo, con una determinación inquebrantable, la misma que le llevó a ser condecorado en la guerra; medalla al valor por ser el único superviviente de tu batallón en la playa de Omaha. Lo harás tú, sentenció, y puso en mis manos más francos de los inicialmente acordados.

Como descubriría luego por Sara, su obsesión era intentar atrapar con la cámara lo que todavía quedaba vivo de aquella relación y encerrarlo en un trozo de papel fotográfico. Algo que pudiera venerar y adorar en un pequeño altar que él mismo construiría.   

– Como si el revelado fuese a mostrar algo más que cenizas – me susurraría Sara después al oído muchas veces, tantas como intentos haría yo por colarme en su cama.

Bajo la colcha, en la foto, en la vida real, él era piedra, barro y arena; cemento sobre la madera, un diente roto, un calendario de sudor. En cambio, ella era agua, seda, un susurro que se colaba entre el blanco y negro de la imagen; era la palabra sobre la tela de araña, el triunfo innato de la belleza sobre toda vida que envejece y se marchita. Sara se volvía más bella junto a Conrad, y él, al lado de Sara, dejaba de ser un héroe para convertirse en un mortal que empezaba a desgastarse.

Una semana después de tomar aquella instantánea, Sara me telefoneó para pedirme una nueva sesión de fotos. Sólo aparecería ella, me dijo. En realidad no quería una sesión, sino varias; una al día durante un mes entero. Quería un reflejo suyo, múltiple; que la retratara nada más levantarse a lo largo de treinta días seguidos, siempre en el mismo sitio, con la cama como escenario inequívoco del despertar de su vitalidad. Las fotos había que revelarlas cada día, por la tarde, y enviárselas a Conrad antes de las cinco, cuando el servicio de coche sin paradas partía desde París.

Yo debía acudir a su habitación todos los días a las ocho de la mañana; tenía que preparar la cámara, asentarla en su trípode y esperar el momento exacto en el que se desperezara. A veces, Sara no abría los ojos hasta las nueve o diez de la mañana. No me molestaba esperar; al contrario. Yo disfrutaba con aquello; era una prórroga emocionante, observándola en cada detalle, escuchando el ritmo armonioso de su respiración o los gemidos esporádicos de algún sueño errante en el que se balanceaba. Por suerte para todos, Conrad estaría en Marsella hasta después del verano.

El tiempo avanzaba con una lógica casi irritante, asfixiándome más que el propio calor del mes de agosto. Tumbado en mi cama, pensando en Sara, apenas dormía, esperando con ansia el momento de salir disparado hacia su casa. Un par de sorbos al café del día anterior y corría sobre los adoquines con la misma furia que quienes hicieron la revolución por estas calles dos siglos antes. Yo anhelaba hacer la mía propia; derrocar un sistema enfermo, un matrimonio roto aprovechando un descuido del monarca. Tras capturar el momento en el que Sara abría los ojos, ella se reía. Susurraba algo ininteligible y yo le hacía algunas fotos más; estas eran para mí. Conrad poseía el momento en el que ella se despertaba; yo, el inmediato posterior. Después, compartíamos un largo café que duraba hasta mediodía. Sara utilizaba aquellas horas para contarme pequeños detalles de su infancia, recuerdos a los que no solía volver muy a menudo, me decía. Desconozco la razón, pero yo conseguía que regresara mentalmente a su pueblo natal, a su familia, sus primeros amores, en definitiva, a todo el mundo al que pertenecía antes de rendirse ante Conrad. Ella siempre lo definía así: “Conrad y yo no mantenemos una relación basada en el amor. Él es un soldado, un conquistador. Conrad lucha y hace suya toda posesión que toma, yo incluida. Y no, no me digas nada. Así debe ser.” Tras el café, tras mis cobardes insinuaciones, corría de nuevo a mi estudio para revelar la foto de ese día y enviársela a Conrad mediante el servicio exprés. De noche, me asaltaba la frustración de no poseer a Sara, me doblegaban los remordimientos por desearla y tenerla en mis brazos a toda costa. Pensaba que cada instantánea que le enviaba a Conrad, delataba mis intenciones, mostraba cómo pretendía a su mujer, cómo anhelaba despertarme allí con ella, aparecer juntos en esa instantánea de esa cama y que recibiría al día siguiente.

Conrad sabía que Sara no necesitaba abrir los ojos para que todo gravitara a su alrededor: las sábanas, los jarrones, las mentiras. Él sabía que cuando ella reía, una oleada de palabras se iban tejiendo en las paredes de la habitación; que mancillaba el aire del cuarto con el perfume de su cuerpo, haciendo que sólo se pudiera respirar un nombre. Quizá por todo esto, o quizá porque necesitaba comprobar que su mujer seguiría iluminando la ciudad entera, el mundo, su enorme habitación…quizá, por todo esto, yo debía fotografiarla y hacerle el envío de esa foto diaria.

Quizás, también, él sabía todo esto desde el principio. Quizás, era consciente que me enamoraría de su mujer y entonces, sólo entonces, tendría que matarme.

Yo miraba a Sara. La cámara miraba a Sara. Ella miraba al infinito, pendiente de contener el tiempo, los días, como gendarmes uniformados que paseaban indemnes, que nos señalaban acusadores la vuelta de Conrad mucho antes de lo deseado. Los carretes de fotos vacíos acumulados en la cómoda indicaban, por una parte, cuál había sido el punto de partida, esa foto que Conrad quiso que les hiciera a Sara y a él; por otra parte, cada bote de plástico acumulado, presagiaba la cercanía de Conrad entrando por esa puerta, dispuesto a cobrarse la amenaza vertida.

¡Clic!

Y cada foto era enviada.

Llegó Septiembre y se cumplieron los treinta días de fotos. Y Sara brillaba tapada con una manta porque las mañanas ya eran frías. Y apareció Conrad, entre las penumbra de las primeras horas del día, el cansancio del viaje en coche y la marca de la sospecha dibujada en el habla.

Aunque no éramos del todo conscientes, habíamos mantenido un diálogo fluido con él a lo largo de estas semanas, a pesar de la ausencia del teléfono o los telegramas. Sin quererlo y a través de las fotos, le habíamos contado cómo nos encontrábamos, el tiempo que hacía ó si habíamos descansado. Conrad había recibido puntualmente las imágenes de cada una de las treinta mañanas, como partes de guerra que indicaban en qué lugar estaban asentadas las trincheras esa jornada, los avances o retrocesos que el alma de Sara había padecido ese día.

– Mierda – pensé. – Al final, nadie puede engañar a mi Kodak.

Ese día de septiembre, el Conrad que apareció en la habitación de Sara fue el héroe de guerra, el hombre condecorado, aquel que no temía pisar una mina antipersona o ser partido en dos por un nido de ametralladoras del calibre doce. Conrad, el héroe, acababa de entrar en la habitación, dispuesto a hacer su propio desembarco y conquistar la playa que fuera necesaria, la de Sara, en este caso.

Sonrisas. Un apretón de manos, inusualmente fuerte, propio de alguien que sabe que está ejecutando un plan. Me dio las gracias por las fotos. Me confesó que pensaba que no iba a ser capaz de hacerlo. Me entregó un montón de dinero envuelto en un rollo sujetado por una goma elástica. Lo cogí y lo guardé inmediatamente en uno de los bolsillos de la funda de la cámara.

– Necesito pedirte algo – me dijo. Entonces yo tiemblo, mi voz tiembla, mis piernas se han convertido en las patas de una silla rota. Sara duerme todavía. Lo prefiero, seguro que es mejor así.

– Sí, claro, pídeme lo que quieras.

– Me gustaría hacerte una foto a ti. Usar tu cámara para cazar al fotógrafo. Así sabré lo que piensas; es complicado adivinarlo cuando siempre te escondes detrás del obturador.

– Claro, no hay problema. ¿Dónde quieres que me ponga?

– Siéntate ahí, en la cama, junto a Sara, antes de que se despierte. ¿Dónde tengo que apretar? ¿En el botón de color rojo?

– Sí.

Conrad aprieta el disparador y la Kodak toma una foto en la que aparezco yo, el fotógrafo. Es la primera vez que esta máquina me captura. Siempre he sido muy celoso de no traspasar esa línea que yo mismo establezco al portar la cámara.

– Pásate mañana y me traes la foto, por favor. Ahora, no hagas mucho ruido al salir, no quiero despertar a Sara. Quiero que siga durmiendo.

En menos de treinta minutos estaba en mi pequeño estudio, llenando las cubetas con líquido de revelado; la luz roja, las cuerdas, las pinzas, como si fuera el patio de un vecindario en el mismo infierno.

No me he visto a mí mismo en demasiadas fotos; es algo que a ningún fotógrafo nos gusta. La cámara había captado el momento de alguien culpable, el de un hombre mentiroso, el de alguien que había estado disfrutando del engaño. En ese momento supe lo buena que era la cámara con la que trabajaba.

No podía volver allí al día siguiente. No podía, si quería conservar mi vida. Tal y como había hecho otras veces, prepararía mis maletas y buscaría una nueva ciudad. Mar, montaña, interior, más al norte, el extranjero, la colonias. Mientras lo pensaba, me quedé dormido en mi pequeño catre.

Cuando desperté, el sol de la tarde entraba por una de las ventanas del estudio. La ciudad se mostraba al fondo, como un decorado. El mundo es una silueta, pienso, un magnífico contraluz.

 

Provincias

“El hereje devoró la montaña y la roca aplastó la palabra. Sus hijos, años más tarde, utilizaron aquella cueva para rezar”

Las capitales de provincia, con suerte, cuentan con su propia catedral en el mapa de la ciudad. Además, como si fueran personajes secundarios, siempre aparecen algunas iglesias más pequeñas, repartidas por su geografía de calles medievales. La más antigua, siempre diminuta y oscura, es la primera que se construyó; la más moderna, con un diseño basado en el hormigón y en la iluminación con fluorescentes, la que presume de una fe más progresista; y la iglesia que pertenece a una orden religiosa, donde siempre pueden verse sacerdotes o monjas ataviados con vestimentas de un siglo pasado. Yo siempre defiendo que, en mi ciudad, hay templos para todos los gustos; desde luego.

Además de esta breve clasificación acerca de las iglesias de una ciudad, añado una tipología más. Se trata de aquella que corresponde con esa iglesia semiescondida, nunca reseñada en las listas de lugares de interés, cuya existencia sólo conocen algunas familias del barrio en el que se encuentra, aquellos que permanecen siempre fieles al mismo templo y a la misma rutina. Son espacios con un trasiego de fe muy limitado, sin pobres que pidan limosna en la puerta, sin megafonía ni lujosas maderas pulidas en su interior. Sin embargo, estos lugares cuentan con algún detalle que los convierte en únicos, algo que no encontrarás en ningún otro templo, algo que incluso condicionará el rito de la celebración religiosa, igual que el calor marca la navidad en los países del hemisferio sur.

El padre Genaro llevaba más de treinta años en una de estas pequeñas iglesias. En aquel lugar apenas cabían cien personas. Sólo había un confesionario, oculto tras un pilar que parecía iba a caerse desde hacía décadas. Era un sitio que olía igual que los portales de las casas en el casco antiguo, mal iluminado la mayor parte del día, menos por la tarde, cuando el sol incendiaba la madera agrietada del altar al atravesar las vidrieras, intactas después de casi trescientos años. Estas cristaleras albergaban el detalle que hacía de este templo algo único. Todas las escenas, las imágenes que se representaban en ellas eran paganas, sin ninguna relación con la iconografía religiosa. Había mujeres y hombres desnudos, animales, todos fornicando sobre barriles de madera; niños bebiendo vino y acariciando los pechos de varias mujeres a la vez; hasta había un grupo de ancianos mostrando sus miembros mientras defecaban. Eran dibujos tan pequeños y estaban a una altura tan considerable, que nadie reparaba nunca en ellos. Sólo el cura, en el momento del sermón dominical, cuando se subía al púlpito, era capaz de deleitarse en aquel bosque de imágenes indecorosas.

Mi padre me había contado lo de aquellas imágenes. Él pudo verlas con detalle una tarde que estuvo arreglando la barandilla del púlpito. Siendo feligrés y carpintero de profesión, era normal que el arreglo lo hiciera él (y gratis, contaba orgulloso). Decía papá que podían llegar a trastornarte, que incluso estando fuera de la iglesia, tenían cierto poder hipnótico sobre ti y eran capaces de volver a tu mente y atraparte en una maraña de extraños pensamientos.

La comunión la hice con mi hermana pequeña. Apenas nos separaban diez meses y en mi familia, que se han economizado las celebraciones al máximo, todos asumíamos una fiesta compartida. Lo de hacer la comunión, bueno, es un decir, porque al final, nadie nos dio la hostia consagrada. Así que, técnicamente, seguimos sin hacerla. El padre Genaro, cuando nos hablaba desde el púlpito, que si el rebaño de Dios, que si la familia cristiana, que si Jesucristo aquí y allá, entonces, como en medio de una epifanía o de un delirio psicotrópico, se detuvo, tomó aire, y nos lanzó una sonrisa cómplice a los seis niños que comulgábamos aquel día por primera vez. Fue la primera vez que vi cómo le faltaban varias piezas dentales en su boca. Se desabrochó el alzacuellos y lo lanzó lejos, igual que la camisa y los pantalones. No entendí muy bien lo que decía, ya que mi madre nos tapaba los oídos y había un barullo terrible de risas y señoras gritando “por Dios”. Aquellas señoras que siempre reclamaban silencio en el templo de Dios, ese día, gritaron como en un concierto. Mi hermana reía a carcajadas, pero sin atreverse a separar sus manos, que seguían juntas tal y como le habían enseñado en la catequesis.

El señor Genaro desapareció y nunca más se supo de él. Hubo rumores, sí, que si alguien que era del mismo pueblo le había visto perdido en el campo, que si se había ido a África a construir pozos de agua, que si regentaba una gasolinera en Jaén…

Hoy he vuelto a aquella capital de provincia donde nací, y a la que no había vuelto desde hace un par de lustros. Busqué la iglesia, recorriendo aquellas calles que tantas veces había caminado, siempre con las manos en los bolsillos, con la prisa que nos imprimía nuestra madre y sus malditos recados. No la encontré, o no quise encontrarla. Me perdí entre las llamadas de teléfono de viejos amigos y mi hermana preocupada por el Alzheimer de papá. Bien, le digo; el viejo está bien. La memoria a largo plazo la tiene intacta. ¿Sabes lo que me contó ayer cuando veníamos hacia aquí en el tren?

Mamá

La foto nos la hizo el Sr. Fairbanks, el cartero, antes de salir con el coche hacia casa de la tía Mildred para celebrar Acción de Gracias; y todo porque mi madre se empeñó en lucir la estola de visón que le regaló papá. Yo soy el de las piernas largas, el que sujeta el brazo de Mamá. Lo hago muchas veces cuando ella no consigue mantener el equilibrio.

La tía Mildred dice que soy un accidente. Me lo dijo una vez cuando comíamos todos juntos. El tío Arnold le regañó y le dijo que había tomado demasiado ponche. Una vez le pregunté a mamá qué significaba eso de ser un accidente; me dejó sus cinco dedos marcados en mi cara y se echó a llorar. Luego se preparó un vaso con  vodka para que se le pasara. Sin hielo. Siempre le funciona. Se calma y las lágrimas le dejan de salir. Yo un día probé un sorbo pequeño de un vaso que había dejado en su mesilla la noche anterior. No me gustó nada.

Papá no sale en la foto, ya no está con nosotros. Murió porque fumaba mucho, al menos eso dice mamá. También dice que era un artista, un gran músico de la orquesta sinfónica, el pianista, el único de la orquesta. Sus dedos eran largos y fuertes, y era capaz de tocar en un minuto, todas las teclas de su piano. Mamá muchas veces le grita. Bueno, a él no, porque no está, pero sí a la foto que tenemos en el salón. Luego llora, y tiene que prepararse un vaso sin hielo y se le pasa. A mí no me gusta que llore. Menos mal que siempre hay vodka en casa para que se le pase.

Todos mis amigos tienen a sus dos padres; su padre y su madre. Sus mamás son más jóvenes y guapas que mi madre. Son altas y tienen el pelo largo, como si acabaran de salir de un anuncio de la televisión. Van todos juntos a la iglesia los domingos. Nosotros nunca vamos. Un día le pregunté a mamá por qué no íbamos, que si éramos judíos. Se rió cuando se lo dije. Me contestó que ojalá, que si lo fuéramos, papá seguiría con nosotros. Maldito Dios, dijo también, y escupió en una jardinera llena de tierra seca, la que tiene una planta muerta a la entrada de nuestra casa. Nunca había antes visto escupir a una madre.

Tal vez por eso mamá no trabaja en ningún lugar, por su mal genio. Tampoco nos hace falta. Mamá dice que el seguro de papá se encarga de todo. El Sr. Fairbanks le trae un cheque todos los meses, junto con un montón de cartas para papá. Son de gente que no sabe que papá ha muerto. Me gusta abrir esos sobres y leer las hojas que hay dentro. Es como si él no se hubiera ido. Cuando el Sr. Fairbanks trae el cheque, mamá se pone de buen humor y se prepara un vaso de vodka, también para el cartero, aunque a él le gusta con hielo. Luego me mandan fuera de la casa, para que pueda jugar al sol. Mamá dice que tienen que hablar del correo, de cosas de mayores. Al cabo de un rato largo me dejan entrar de nuevo. El Sr. Fairbanks siempre se despide diciéndome “Adiós, hombrecito”. Mamá le dice “Adiós, Frank”, levantando su vaso, como si brindara con un vaso invisible que estuviera flotando en el aire del salón. Ella siempre lleva puesta su bata morada en ese momento.

Yo subo corriendo a mi habitación. Paso junto a la foto de papá, y le digo “Hola, hombrecito”. Me gusta tocar el cristal cuando le hablo. En mi cuarto tengo otra foto de él; allí puedo seguir contándole más cosas. Tenemos que comentar los partidos de las series mundiales, que empiezan mañana. Espero que mamá pueda llevarme a ver alguno. A ella le gusta ir siempre que pueda ponerse su estola de visón. Le quiero preguntar también a papá por qué dijo la tía Mildred que era un accidente; tal vez él lo sepa. Y la foto, claro, la que nos hizo el Sr. Fairbanks, se la quiero enseñar. Luego podré guardarla en mi caja roja, donde escondo todos mis tesoros.

 

El cliente es lo primero

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Como han sido varias personas las que preguntaron, contaré las cosas desde el principio, para que todo se entienda dentro de un contexto, para que se sepa la clase de persona que soy.

Ella me pedía siempre lo mismo: un café con leche, zumo y media tostada de pan integral. El café templado, el zumo helado y la tostada humeante. Siempre he dicho que el cliente es lo primero, y lo segundo, el beneficio.

Cuando nos casamos, cambió el zumo de naranja por el de pomelo. Eso sí, el jugo tenía que estar tan frío como el continente antártico. Si no lo estaba, no profería queja alguna, palabra mediada o mirada reprobatoria. Tan sólo levantaba ligeramente el extremo de uno de sus labios, tragaba lo que quedaba en el vaso y condenaba el brillo de su piel al rincón más oscuro de la casa. El primer día que esto sucedió, descubrí que acercarse a ella era como atravesar el cabo de Hornos con un pequeño velero de dos metros de eslora. Jamás volví a permitir que el zumo no estuviera de su agrado.

Creo que siempre entendí bien sus silencios; o al menos, desde que la memoria me lo permite, nunca se los eché en cara mediante gritos o malas palabras. No, que yo recuerde. Siempre interpreté sus estados de ánimo como el oleaje cuando azota temporal. Hay quien dice que lo mejor es capearlo enfrentando la proa del barco, cortando las olas; otros, entre los que me incluyo, pensamos que es mejor correrlo desde la popa, huyendo deprisa para llegar a puerto. Mi refugio siempre ha sido el trabajo, atender a los clientes tras la barra del Club Náutico, preguntándoles “¿Qué tal?”, o interesándome por los resultados del partido jugado el día anterior. Como ya he dicho, el cliente es lo primero.

Los primeros años juntos fueron los mejores, como cuando llegas a una playa desierta y la haces tuya. Cada día lo afrontábamos sin rumbo fijo, sin mirar atrás, disfrutando de la perspectiva de un horizonte limpio, cuya línea se abría hacia el inifinito y nosotros navegábamos hacia ella.  Yo le hablaba de desplegar velas, levar anclas y buscar ensenadas perdidas. Sandra siempre me decía:

– Querido, creo que en esto sí que estamos de acuerdo.

Luego, me acariciaba la mano que yo descansaba sobre la barra, sujetando el paño medio húmedo. Entonces ella se levantaba del asiento y desaparecía por la puerta, confundiéndose entre los mástiles de los barcos, clavando sus tacones en la tarima del muelle principal, acompasando sus pasos con la marea. Me gustaba ese momento en el que volvía a estar solo tras el mostrador.

Como decía, los primeros años fueron los mejores. Sin embargo, enseguida se levantó un poco de viento y desapareció la calma. Apenas se presentaba ya en el Club; sólo venía cuando iba acompañada de sus amigas o de su hermana pequeña, una bruja con mil caras que se reía como una maldita Hydra. Esa víbora pedía cócteles imposibles y siempre de las maneras más extrañas que uno pudiera imaginar. Una bruja, de verdad. Aunque yo, que me considero un gran profesional, le respondía con la mejor de mis sonrisas y el cóctel en su punto. El cliente es lo primero.

Apenas nos veíamos en casa. Con suerte, podíamos cruzarnos en el garaje cuando yo volvía y ella se marchaba a trabajar al hospital; o al revés. Y los lunes, el único día que yo descansaba por imperativo legal, muchas veces ella debía cubrir alguna guardia y no la veía hasta el día siguiente, cuando nuestros coches volvían a cruzarse en la penumbra del garaje. En ese momento nos deteníamos y, con las ventanillas bajadas, nos preguntábamos qué tal. Algunas veces le hablaba del partido del día anterior, del resultado que los clientes me habían contado cuando tomaban algo en el bar. Ella levantaba de nuevo el extremo de uno de sus labios, la mirada empezaba a pesarle para dirigirse al rincón oscuro de nuestra casa. Yo, como he dicho antes, corría el temporal desde la popa y me refugiaba tras la barra. Insisto, siempre he respetado sus silencios.

Para uno de los dos, la marea subía; para el otro, bajaba hasta dejar desnudas las rocas, exponiendo sus conchas al sol, pequeños seres que morirían tras un par de horas al calor del sol.

El último año su humor cambió de manera drástica. Empezó a venir de nuevo al Club, casi a diario, a proponerme que cambiara de empleo. Al principio, era una simple propuesta, una petición inocente unida a la promesa de que nuestras vidas serían mejores. ¿Mejores…en qué sentido, le decía? Yo volvía a prepararle el desayuno como a ella le gustaba, pero siempre se lo dejaba, sin probar bocado alguno. Aquellos días, lloraba sobre la barra y yo debía esmerarme luego en quitar la sal de la madera barnizada. Cualquiera que venga por aquí podrá contarte lo dañina que es la sal para la madera.

Hace un mes acudió con su abogado a mi trabajo. Decía que quería el divorcio. Era la hora de comer y el Club estaba lleno de gente. Los días de regata, y más si es viernes, se pone imposible.

– Querido, necesito que me firmes esto.

Apenas podía oírla con el ajetreo de platos y bebidas. Esta vez no me acarició la mano y yo, se lo agradecí. Nunca me ha gustado que lo hiciera. Le dije que se fuera, tenía muchísimo trabajo y no podía atenderla. Para mí, como ya he dicho, el cliente es lo primero.

Posavasos

 

Perder

la posición,

tras regalarte una mirada.

 

Ajustar el tono de mi voz,

entregando reliquias

entre mis palabras.

 

Seducir a una dentadura

sucia,

en busca de uñas que morder.

 

Sacar la basura,

caminando hasta otra ciudad,

y entregar allí las botellas vacías.

 

Volver a la lírica

de un boli Bic y pintar

un falo deforme en el ascensor.

 

Hablarte

tras un largo silencio,

y equivocarme en el mensaje.

 

Saber que estás aquí,

en cada susurro,

en cada gemido.

 

Consolar tu ausencia,

tu teléfono apagado,

con tu constante presencia.

 

Señalarte,

como Diosa,

como culpable,

mientras vuelvo

a arrojarme al vacío de tu almohada.

Ombligorrémoras

La semana pasada, la empresa Coca Cola, presionada por la acción conjunta de los principales sindicatos, difundía una nota de prensa que ha suscitado cierta preocupación en la comunidad científica.

El Departamento de Salud e Higiene de la sucursal ubicada en Turquía, en la última revisión médica realizada a sus trabajadores de planta, detectaba un hecho alarmante.

El informe de dicha revisión ponía de manifiesto que en más del 90% de los trabajadores auscultados, la población de ombligorrémoras había disminuido en su organismo hasta desaparecer casi por completo. Este hecho, además de los consabidos problemas de salud, empezaba a generar graves trastornos en la cadena de producción de la planta embotelladora.

El profesor Yilmaz, catedrático de biología de la Universidad de Ankara, que en su personal catálogo de huéspedes del ser humano (Post modicum corporis, 2001) define las ombligorrémoras como “parásitos necesarios que habitan en la piel del ser humano, que nos ayudan a controlar la proliferación de pelusas en la cavidad del ombligo”, nos aporta alguna clave más. Al parecer, estos pequeños seres pluricelulares de apenas unos milímetros de extensión, están dotados de un sistema nervioso central muy desarrollado y de una retentiva memorística que, tras varios estudios científicos, se ha comprobado como una de las más potentes del reino animal, superando incluso a la de los grandes elefantes asiáticos. Son capaces de distinguir entre más de diez mil tejidos diferentes, mostrando cierta predilección por las pelusas de los tejidos más ásperos.

De apariencia similar a los pelos que crecen en la zona abdominal, es difícil distinguirlas de éstos a simple vista; siempre es necesario un examen con luz ultravioleta para ser identificadas. Cuentan con una raíz subcutánea de apenas un centímetro de longitud y son capaces de estirar su cuerpo estriado como si de un gran chicle se tratase, quintuplicando su longitud inicial para capturar la pelusa ubicada en el ombligo y nutrirse de ella. Se alimentan de noche, cuando el humano duerme y permanece totalmente inmóvil. Tras la digestión de la pelusa, convierten ésta en una sustancia altamente hidratante que reparten por toda la piel del arrendador.

Se calcula que un adulto normal cuenta con una población de tres mil ombligorrémoras en la región umbilical, y que éstas serán capaces de devorar, a lo largo de un año, unos tres kilos de pelusa de manera ininterrumpida. El profesor Yilmaz, durante la entrevista que mantenemos con él, nos insiste de manera apasionada en la importancia de mantener un número adecuado de ombligorrémoras junto a nuestro ombligo; una pérdida sustancial de estos huéspedes podría arruinarnos la vida, asegura.

La ausencia de ombligorrémoras, tal y como se ha visto en la planta de Estambul, ha causado significativas acumulaciones de pelusa en los humanos carentes de ellas, desembocando en problemas de salud corporal, malos olores y la imposibilidad de llevar una vida normal para muchos de ellos. Se calcula que casi un 20% de los trabajadores de la planta  están de baja por depresión debido a este motivo.

El caso que ha colmado la paciencia de los sindicatos ha sido el de Elif Özdemir, un operador de planta que sufrió un aparatoso accidente laboral al enredarse su enorme bola de pelusa abdominal con la cinta transportadora de botellas. Afortunadamente, Elif sólo sufrió el susto del accidente y un pequeño desgarro cutáneo a la altura de la cintura. Por contra, la producción tuvo que pararse durante un día entero, con las consiguientes pérdidas económicas para la empresa.

En Atlanta, sede central de la compañía, la ausencia de ombligorrémoras ya ha sido planteada como tema urgente en la última junta directiva, y su impacto se ha visto reflejado en la cotización de la empresa en Wall Strreet.

Hoy, todo el mundo se pregunta qué relación existe entre la producción del refresco más famoso del mundo con la ausencia de ombligorrémoras. ¿Se acabó la chispa de la vida?

El arranque Stein

Guillermo Stein llegó al colegio a mitad del curso y lo hizo en bicicleta. La bici era de su papá; los dos compartían estatura y talla de zapatos. Su padre trabajaba en el consulado y su madre era una mujer tan bella, que a todos nos parecía imposible que fuera madre. Además de fumadora empedernida, daba clases de latín en la universidad. Una vez fuimos a merendar a su casa Elías Zambrano, Machu Antonelli y yo. Su madre nos preguntó si queríamos leche, galletas o pan con nata que acababan de traer de la granja. Y todo nos lo decía en latín, y Guillermito traduciendo; fue algo mágico y triste a la vez, pensar que la mamá de uno sólo pueda hablarte en un idioma antiguo y casi muerto.

Recuerdo que cuando terminaban las clases, cuando corríamos al patio a fumar el tabaco que conseguíamos robar en casa, o cuando era la hora de almorzar, él saltaba los escalones de tres en tres, cayendo siempre sobre el pie derecho, practicando algún tipo de juego secreto que sólo él conocía. Decía en cada salto, cuando clavaba el talón en el suelo, el nombre de algún dios griego: ¡Zeus! ¡Ares! ¡Apolo! ¡Heracles! Después, ya junto a la puerta del comedor, siempre miraba hacia atrás para comprobar la ventaja que nos había sacado, ansioso como estaba por devorar aquellos pucheros que todos odiábamos. Guillermito, pobre, decía Elías Zambrano, todavía no lo ha envenenado la viejita Aurora.

Todos nosotros, que no contábamos más de doce años en la primavera del cuarenta y dos, durante aquel curso, comenzamos a forjar una amistad que duraría años, como contaría el propio Guillermo antes de desaparecer en las calles de Córdoba.

Nota: la primera frase pertenece a “El informe Stein”, de Juan Carlos Llop

42

  1. vida, compartida por
  2. personas. Un proyecto común en el que surgen
  3. invitados pequeños, un poco diferentes, pero de sonrisa fácil. Todos sentados en una mesa de
  4. patas. Los
  5. desayunando, gritando a destiempo que queremos Colacao y cereales, como si fuese una caldera a la que echar más madera. Una familia de
  6. más bien, la pantera también cuenta.
  7. veces siete se ríe y se llora aquí cada día, antes de las
  8. , antes de la hora de la cena, de marchar a la cama en forma de
  9.  y de encontrar la almohada arrugada en la página de un libro. Una historia agarrada por
  10. dedos que siempre empieza de esta manera:
  11. upon a time, y entonces, sigilosamente, una puerta se abre. Así los
  12. meses del año. Historias como la del Explorer VII, enviado el
  13. de Octubre de 1959 al espacio, donde
  14. personas seguirían su órbita desde un centro de control y vigilarían el funcionamiento de sus
  15. baterías de níquel / cadmio y sus paneles solares. Cerramos los ojos y calculamos el tiempo que tardaríamos en llegar al sol, más de
  16. años, seguro, eso si no nos abrasamos antes, claro, por mucho que nos tatuemos el
  17. en el pecho, que es mi número de la suerte. Pero ven, sigue leyendo, amor, hazlo como cuando teníamos
  18. años, y todavía no lanzábamos satélites al espacio de nuestro pequeño universo. Éramos brujos, usábamos la magia encerrada en hechizos y conjuros, como aquellas mujeres que fueron quemadas un
  19. de Agosto en Salem. Seguro que en medio del horror y de las llamas, de sus cuerpos consumiéndose hasta bien entrado el día
  20. , algunas de las cenizas de su tejido celular ascenderían y se perderían más allá de la exosfera, más allá del tiempo, rozando siglos después el metal del Explorer VII. Un satélite que, en pleno siglo
  21. ya estaría inoperativo, como las cenizas. Pienso en ello, en cómo el tiempo futuro atrapa cosas, algunos desechos del pasado y los junta de nuevo para darles un significado diferente, el que tienen cuando quedan enlazadas. Yo quiero que el siglo que viene, el
  22. , mis cenizas se junten con las tuyas, amor, y con otros restos de nuestra vida, de los
  23. años que llevamos juntos, de los días de Octubre marcados por el
  24. y que siempre han sido tan especiales, como si celebráramos los
  25. años de casados, uniendo ese instante de tu alumbramiento en Valencia con el momento actual. Un tsunami originado en 1975 y que, debido al prodigio del azar, ha sacudido mi propia existencia desde entonces. Como la bomba atómica que se llamaba Valencia y que los americanos detonaron bajo el suelo de Nevada el
  26. de Septiembre de 1958, un año antes de lanzar el Explorer VII al espacio. Un año de separación, igual que yo, naciendo un año antes que tú, un
  27. de otro mes, pero seguramente marcado por el destello de tu aparición futura, un tatuaje invisible, una broma del día
  28. , como una sonrisa loca en un día en el que se recuerda un hecho trágico. Encuentro entonces este texto: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis.”, el versículo
  29. de Jeremías, un nombre que me cae simpático por tetrasílabo, palabra que podría ser perfectamente un insulto. “Ey, tetrasílabo de los cojones, ¿quieres quitar el coche de ahí?”. Pero claro, los tetrasílabos, por tener cuatro sílabas, carecen de miedo y prudencia, y me respondería con bravuconería: “¿A que te doy
  30. hostias?”, me dice. Cierro este pensamiento absurdo porque no me lleva a ningún sitio. Vuelvo al motivo de esta carta organizada en más de
  31. razones para decirte muchas cosas, tantas como números pueda gritar, como anuncios vimos en nuestra vieja TV de
  32. pulgadas. Ahora que ya superamos los dos la edad mágica de los
  33. y no podremos resucitar al tercer día, construimos puentes y acueductos que durarán una eternidad. En el año
  34. los romanos construyeron el acueducto de Nimes. Llevaban agua, piedra a piedra, a lo largo de 269 millas, una acción puramente funcional, pero hoy entendida como un hecho lleno de amor; igual que en el futuro los arqueólogos entenderán el funcionamiento del IBEX
  35. , donde aparecerá con nostalgia toda esa mierda que ni entiendo ni quiero entender, aunque estuviera
  36. horas estudiando su funcionamiento. Puentes, tatuajes, brazos extendidos, piedras, cajas de cereales en la encimera de la cocina. Esta carta va de todo eso, de cada momento sucedido o que está por suceder, cada molécula que ha cambiado de posición por estar juntos, cada patada que le hemos dado al azar por querernos, desde el primer momento hasta el último, pasando por todas y cada una de las fotos que hemos hecho, desde el nacimiento de Marta, la llegada de Pablo o cuando apareció Hugo. Ese año, en tu tarta había
  37. velas y, día a día, seguimos llevando agua de un lado a otro, muchas veces sin entender las cosas, sólo sintiendo y apagando la sed, pagando el IVA o cumplimentando el modelo
  38. 0. Acercarse al calor, a la mano tendida y dejarse embargar por la felicidad, pero también por los nervios, como cuando estábamos en la semana
  39. y en pocos días volveríamos a casa con uno más en el coche, algo tan sólido y tan intenso que, cuando sucede en la
  40. , la vida se hace grande y nosotros pequeños, y no existe el sueño, ni la tristeza. Los ojos se abren de par en par para fijarse en lo que está vivo, en la felicidad que pasa rápido de un acontecimiento a otro, de un breve encuentro a otro, en las cenizas tocando el metal de un aparato sin batería, en el agua fresca corriendo por encima del granito, en el paso de los
  41. a los
  42. Te quiero.

El mejor olor del mundo

– Papá, ¿cuál es el mejor olor del mundo?

Los niños son curiosos. Asoman su mirada por cualquier recoveco que les ofrezca el camino de regreso a casa; escuchan, huelen y tocan, siempre dispuestos a mancharse las manos y las rodillas. El mundo es un laboratorio donde mezclan la información de todos sus sentidos, buscando algún tipo de fórmula de la felicidad. Uno de esos huecos a los que les gusta asomarse, el que más vértigo y placer les ofrece, es el del futuro. Esa película en la que se ven actuando como mayores, con los zapatos grandes, con la altura y la fuerza de sus progenitores, con los pechos voluptuosos de una madre o con una mata de pelo cubriendo su cuerpo. Esa curiosidad por saber, por entender lo que van a ser, les lleva a dispararte un millón de preguntas, algunas sin respuesta, todo sea dicho.

Bribón. A Pablo le encanta ponerme a prueba, hacerme preguntas difíciles que me obliguen a pensar y que no pueda responderle de manera automática.

Intento ganar tiempo, buscar en todos los rincones de mi memoria y encontrar algo de azúcar que pueda darle mientras me inunda con el azul curioso de sus ojos. Le hablo primero del césped, del momento en el que uno pasa la máquina y crea una perfecta alfombra; lo delicioso que es plantar los pies allí, mancharse de verdín y respirar un perfume que debería embotellarse para poder inhalarlo los lunes en la oficina. Así huele la palabra “frescor”, le digo. Pero entonces me acuerdo de otros instantes, de cuando él o sus hermanos eran pequeños y dormían plácidamente en sus camas. Y uno, que cuando se hace padre se convierte en vigía y en científico, observador, trapecista y matemático, antes de acostarse siempre camina pasillo arriba, pasillo abajo, entrando en los cuartos para calibrar lo plácido que es el sueño de sus vástagos. Les acaricia la frente, les aparta el pelo y les da un beso furtivo sin que se enteren y en ese momento, inhala el perfume del sudor de sus pequeños, un aroma avainillado, de croissant recién hecho bajo las sábanas. Sí, ese olor es mejor que el del césped, por supuesto, le digo. Y le cuento que en ese momento quiero abrazarlos, estrujarlos fuertemente, pero me acabo conteniendo, no les vaya a robar el sueño en el que están inmersos, algo que sería imperdonable.

Y su niñez te lleva a la tuya propia, a los lugares en los que viviste, ahora sólo presentes en tu memoria, totalmente desdibujados, pero agarrados al sabor del bocadillo de la merienda, al sonido de la bocina del recreo o los paseos con tu abuelo volviendo del colegio. Tu abuelo. Con él te detienes un rato haciendo este imaginario repaso. Hay un millón de fotos con su nombre: su sombrero austriaco y su boina, la elegancia de ese bigote blanco que causaba sensación entre las damas del barrio, esa colonia de etiqueta amarilla y con nombre de avenida, un apellido compuesto que todavía hoy tenemos en casa. Hundo mis dedos en el pelo de Pablo, queriéndole decir lo afortunado que es él y sus hermanos de poder contar con sus cuatro abuelos. Le animaría a que acumulara todos los recuerdos que pueda con ellos, le insistiría en lo caprichoso que es luego el azar, en cómo la barrera de los setenta años está llena de lodos y sombras. Pero eso no se lo puedo contar, es una norma no escrita sobre la pérdida de la inocencia, algo que deberá aprender solo, vivir su primer duelo, entender lo efímera que puede ser la vida, la oscuridad tras un disparo. Tendrá que asumir que la historia de nuestras vidas puede cambiar en un solo instante, a golpe de chasquido. Puta madurez, pienso.

Le hablo a Pablo de su madre, de cómo le huele el pelo de la misma manera que le olía cuando tenía quince años y pudimos, escondiéndonos de todos y de todo, darnos nuestro primer beso.

– ¡Qué asco, Papá! No me cuentes eso. – Pablo gesticula entonces de manera excesiva, como si fuera a escupir, tapándose los ojos ante la vergüenza de imaginarse a sus padre con las bocas juntas.

Pero no todos los olores son buenos. Hay algunos horribles, aromas que te llenan las fosas nasales de insectos que te devoran por dentro; esencias que uno sólo recuerda cuando hace repaso al álbum completo, algo, por supuesto, que no compartiré con mis hijos. No les hablaré del olor del practicante al que nos llevaba mi madre de pequeños, un olor a formol que emanaba de las baldosas verdes que cubrían la sala. Era un olor pegajoso y con vida propia, un monstruo que encarnaba al DOLOR con mayúsculas, el mismo hedor que aparecería muchos años más tarde inundando la sala de espera de otro hospital, convirtiéndose en la etiqueta que quedaría unida para siempre a la pérdida de un nombre, uno que nunca llegaría a ser pronunciado.

Olores buenos, otros desagradables y algunos que nunca hemos percibido o tocado, pero que aún así, existen de manera casi sólida en nuestro imaginario.  El hecho de no haber coincidido con ellos, de que algo físico haya estimulado nuestra pituitaria, no significa que no los recordemos. La memoria, al fin y al cabo, con sus mentiras, es la gran confabuladora del universo, la mayor creadora de ficción de nuestras vidas.

Así, hay películas a las que les hemos asignado una fragancia y no otra, o varias a la vez. Los paseos en avión que disfrutamos en Memorias de África sabemos cómo olían en cada momento; el frescor, la hierba, el mar o la sequedad de la sabana. Le digo a Pablo que el día que vayamos juntos a África ya sabré cómo huele el continente negro. Que esto ya me había pasado, cuando su madre y yo viajamos a Nueva York. De repente, nos vimos inmersos en un decorado con olores; la ciudad nos enseñaba, ese mes de agosto que plantamos los pies en aquel lugar, cómo olían las películas que habíamos visto mil veces, o las páginas de los libros ambientados allí. Brooklyn era un vestido húmedo que olía a bretzel.

Aprovechando que estábamos en el despacho, le enseño un libro a Pablo, lo abro y dejo que inhale el perfume de sus páginas y le explico, como ya lo he hecho otras veces, que los libros también se disfrutan a través del sentido del olfato. No todos huelen igual, no todas las palabras están perfumadas de la misma manera.

– Ven – le digo, llevándole de la mano al armario de los cómics. – Cierra los ojos y aspira profundamente cuando te lo diga.

Y respira tan profundamente, inhala de manera tan penetrante a Spiderman y a Batman, que yo también viajo con él a mis primeras lecturas, al deleite de nadar en medio de la fantasía, de surcar la noche de Gotham, de lanzar redes a las cornisas del edificio Chrysler, de huir y volver, de querer irme de nuevo con el siguiente número y la siguiente aventura. Me reconforta entonces la idea de estar regalándole un pequeño recuerdo a mi hijo. Tal vez, en su futuro, en su listado de olores del pasado, tal vez yo esté allí, junto a él.

– Pero Papá, no me has contestado. ¿Cuál es el mejor olor del mundo?

Acacias

Hay árboles que ensucian el suelo sobre el que crecen, corrompiendo las aceras con resinas tóxicas y pegadizas.

Esperan abrazarte con su podredumbre, justo cuando deslizas tus pies por allí; regalarte un beso pegajoso, untar su elixir linóleo en los zapatos de cada invitado.

Nos arrebatan la liviandad, el pan blanco sobre el que caminamos.

Su esperanza, su ilusión, es que levantes la vista y contemples la hermosura de las hojas, de las ramas, que sepas de dónde salió tanta porquería.

Para bien o para mal, también hay personas así.

Esto es para ti, Facebook

Hace unos meses, participé en un proyecto para una entidad financiera, un pequeño vídeo donde debíamos explicar qué era el Big Data. En la primera reunión, te enseñaban una pequeño “clip” en el que aparecía el mapa de España, y luego, como si fuera un “time lapse“, veías en unos pocos segundos el discurrir de toda una semana. Y lo que te enseñaban en ese vídeo animado, era el gasto de la gente con sus tarjetas bancarias. El gasto era un elemento vivo, representado con colores que se iluminaban en el mapa, que se desplazaban hacia la costa cuando llegaba el jueves y el viernes. Podías ver dónde se concentraba, las ciudades con mayor gasto, los sitios donde hacían uso de las tarjetas ciudadanos aparentemente anónimos: gasolineras, restaurantes, burdeles… Todo se monitorizaba, todo se sabía. Cuando te explicaban el contenido del vídeo, a nuestros interlocutores les brillaban los ojos, cachondos, excitados con aquello que llamaban Big Data, con el poder que tenían en sus manos de saber más de lo que conocemos los pobres ignorantes que estamos a este lado del espejo.

Big Data.

Sonaba a hamburguesa con queso chorreante y un montón de triglicéridos; tiras crujientes de bacon y sales minerales por doquier. Sonaba a poder oculto, a directivos cachondos. Era algo que te excitaba cuando te lo explicaban y veías las posibilidades reales que tenía todo aquello. Me acordé de Mulder. Él lo sabía, joder.

El proyecto fue un poco desastre, qué se le va a hacer, pero eso es lo de menos. La cuestión es que, desde entonces, llevo tiempo analizando mi relación con Internet, con las redes sociales. Las contemplo como enormes organismos que examinan y digieren toda la información que les doy. Son monstruos cada día más listos y más peligrosos, dioses digitales que algún día provocarán una guerra nuclear si no aparece antes ningún John Connor en escena.

Pienso en este texto, en estas 574 palabras que los algoritmos de Facebook escudriñarán; interpretarán los mensajes ocultos y sacarán sus propias conclusiones. Aquí, esta media página en la que cuestiono mi propia libertad de elección ante los contenidos que consumo, ayudará para que en mi Timeline sólo aparezca aquello que estimula mi hipotálamo con suficiente intensidad. Esos servidores enormes, esas granjas de máquinas pensadoras que la empresa del logo azul tiene en países sin tratados de extradición, saben más de mí que yo mismo, y me proporcionan todo lo que necesito. Esta es la filosofía.

Me gusta lo que leo.

Me gusta lo que escribes.

Me gusta que no me guste lo que enseñas (esto es también parte del juego).

Me gusta la playa que me vendes y en la que estaré el próximo verano.

Me gusta el porno que me ofreces,

los zapatos que quiero comprar.

Me enseñas zapatos pornográficos y playas en la que leeré lo que escribes. Lo sabes todo de mí. Haces poesía con las cookies, pervirtiendo mi realidad y convirtiéndonos a todos en seres que sólo nos movemos por entornos digitales.

Podrías ser Dios, podrías ser el Diablo. Podrías matar al presidente, invadir Gibraltar, desenterrar el misterio de Jesús. Podrías serlo todo, el pliegue mágico que nos trajera la cuarta, quinta y sexta dimensión. Sólo hay algo que te separa de ocupar tu propio sillón en el Olimpo, y es tu manía de ser políticamente correcto en todo.

Sublévate, cruza la línea y entonces todo esto será tuyo. Con el permiso de John Connor, claro.

 

 

Campos de trigo

Karina no tiene pijama en casa, ni mudas (como diría mi abuela) preparadas para el día siguiente, ni un pasado envuelto en papel cebolla. Karina duerme en el suelo, porque le quema la cama, porque necesita posar sus manos en la tarima de madera y sentirse, como sólo se siente con las yemas de los dedos, cerca del mundo físico que habita. Karina espera, como cada mañana, el olor del desayuno para saborear la luz del nuevo día, abrir la puerta y preguntar, una vez más, en qué país le toca vivir hoy.

Karina cumple 80 años en su casa de las afueras de Phoenix, donde su hijo Boris cuida de ella. Boris prepara los huevos fritos, el café y una historia sobre el pasado de su madre. Karina no tiene recuerdos, memoria alguna o fotos a las que agarrarse desde hace un par de años, cuando el Alzheimer, de noche, se los llevó. Alguien se dejó una ventana abierta, piensa Boris. Alguien entró y los robó, como si fueran algo valioso, como si custodiaran el tesoro oculto del Zar.  ¿Quién querría los recuerdos de su madre, una vieja rusa que llegó a este país en plena Guerra Fría, cuando Cuba era una sartén caliente llena de maíz chisporroteante a punto de convertirse en palomitas cubiertas de mantequilla? Karina trabajó para el gobierno, como si fuera una espía, pero sentada diez horas con sus incómodos auriculares, escuchando y traduciendo conversaciones que grababan a señores que hablaban en ruso, en uzbeko y hasta en ucraniano.

Karina escribía los nombres de todos los que hablaban, casi todos hombres; señores importantes que discutían constantemente de comida y de mujeres con pechos enormes. Grandes políticos conversando con la boca llena, o gimiendo en burdeles, o totalmente ebrios emitiendo gorgojeos ininteligibles. A veces, en las traducciones, se inventaba las palabras. Cambiaba las que le resultaban más groseras por otras menos ordinarias, intentando corregir a aquellos hombres maleducados, en un absurdo intento de convertirlos en mejores personas.

Ella no recuerda nada de esto, aunque a veces pasa su mano derecha junto a su diminuta oreja, aliviando el recuerdo del dolor que le dejaban las interminables escuchas, un dolor ahora invisible. Pasa sus dedos, un poco temblorosos, sin saber por qué, aunque le consuela, y recuerda, porque eso sí lo consigue visualizar, el olor de los campos de cereal donde trabajaban sus padres, un océano amarillo que mecía el viento de los Urales y que servía para alimentar a toda la patria. Y se sienta a desayunar los huevos que le prepara su hijo, y le da las gracias, “спасибо” le dice, y Boris le pide, en ruso, también, que intente hablar en inglés, que se le acabará olvidando, ya se lo dijo el doctor, era importante madre.

Y mientras limpia la cocina, Boris piensa en Mercedes, en la coleta que sujeta su pelo negro, en el uniforme de Walmart que oculta la perfecta turgencia de sus pechos. Los dos tienen la misma edad, se aman y comparten programa favorito en la televisión. Mercedes prefiere el turno de mañana; disfruta pasando los productos de los clientes por ese lector mágico, ese aparato de rayos láser de color rojo que adivina lo que cuesta cada cosa, siempre sin equivocarse. Mercedes mira a la cara de quienes pasan por su caja, la número cuatro, y les regala una sonrisa. Su madre siempre le decía, “cariño, enseña tus dientes, blancos y hermosos que brillan como la nieve, aunque yo no la haya visto nunca”. Y era cierto; la mamá de Mercedes murió sin ver antes la nieve.

Cuando Karina duerme, o simplemente sueña sobre el suelo de su cuarto, los dos enamorados aprovechan y se acurrucan bajo una manta que ella trajo de Quintana, su ciudad, y se aman como sólo se ama en América. Ellos saben que el amor es eso, entregarse frente a la Ruleta de la Fortuna e intercambiar los besos por las palomitas, y viceversa, claro. América es una democracia para todas las cosas de la vida. Quieren casarse, y vivir juntos, y cuidar a Karina con abrazos de oso ruso y chiles picantes. Y también desean hacer una excursión a la nieve, donde Mercedes dejará un poco de las cenizas de su mamá, porque le hizo una promesa y ella siempre cumple lo que promete.

Aparece la letra “R” en la ruleta. Con la “R”, país que lidera las exportaciones mundiales de trigo. Mercedes contesta, lo sabe de sobra, ella ha estudiado historia, y mira a Boris, cómplice, y le acaricia la barbilla con los dedos manchados de mantequilla. Y Karina, que también conoce la respuesta, duerme en el suelo de su habitación, y sueña. Se pierde en un sueño en blanco y negro, donde aparecen algunas de las voces que escuchaba con sus auriculares negros. “Karina, ya sabes quien soy”, y claro que lo sabe, porque Karina escuchó alguna vez la voz de Nikita Jrushchov, “¿Qué quiere, Sr, Jrushchov, de una vieja como yo? Hace muchos años que no oía su voz.”. “Quiero que vuelvas a tu país. Debes volver a la tierra donde naciste. Está cambiando y te llama. Ya no hay rencor entre nosotros. Vuelve Karina, te esperan en Balchik”.

No fue difícil convencer a Boris. Parecía que Karina había recuperado parte de su memoria, de su lucidez. Boris sabía que éste sería el último deseo de su madre y no quería arrebatárselo. Para él, serían unas bonitas vacaciones en la tierra de sus antepasados. Además, Boris trabajaba desde casa y podía realizar sus proyectos a un lado o a otro del Atlántico. Boris diseña vídeos de proteínas con su ordenador. Calcula luces y sombras dentro del torrente sanguíneo, donde circulan a gran velocidad pequeñas y extrañas estructuras. Luego pone nombres de medicamentos nuevos dentro de los vídeos y las empresas le pagan mucho dinero por ello.  Y Mercedes, bueno, ella quería descubrir otros países, lugares que aparecían en los libros que había estudiado y que sólo conocía por Youtube. Se preguntaba si la estepa rusa se parecería en algo al desierto de Sonora. Seguro que compartirían familiares y primos lejanos. Además, quería practicar su ruso, idioma que empezó a estudiar al conocer a Boris. Fue la excusa perfecta para dejar el trabajo en el supermercado y encontrar una nueva posibilidad, la foto del sueño americano en otro lugar.

Balchik es un océano amarillo, pero sin mástiles de barcos que surquen las colinas, ni salitre o gaviotas en los tejados; sólo cosechadoras que peinan la tierra y que hacen temblar el suelo a ritmo de polka y motor diésel. Apenas hay coches, y allí, los trenes, se vuelven infinitos y arrastran millones de vagones, todos repletos de grano para alimentar a los mercados capitalistas de ultramar. Balchik es un reino que huele a tierra, a polvo en las botas y a golondrinas que vienen y van. Es un reino que ha sobrevivido a dos revoluciones y a tres imperios. Su tedioso paisaje ha enterrado a varios ejércitos y ha aniquilado el sueño de muchos hombres.

Boris ha alquilado una casa en las afueras, junto al campo, cerca de la nave donde duermen las cosechadoras. Tiene una televisión grande, canales por satélite y hasta “La Ruleta de la fortuna”. Y también hay una manta para acurrucarse en el sillón cuando refresca. Mercedes sonríe; le dice a Boris que aquí también pueden tener su sueño americano. Y los dos ríen de manera sincera, enseñándose los restos de maíz entre los dientes, y eso les hace gracia y vuelven a perderse en una sonora carcajada. “Cuidado, katyonak, que mamá duerme”.

Pero Karina no duerme. Ha salido a hurtadillas de la casa, adentrándose en el campo; quiere tocar esta tierra en su última noche. Sabe que la muerte vendrá hoy a por ella. Está tranquila, nada le pesa, pero le guía la responsabilidad de hacer las cosas bien, de estar en el lugar adecuado cuando llegue el final. Y avanza despacio, descalza y desnuda, por unos trigales que son casi más altos que ella. Acaricia los tallos de cada planta con las manos, en paz consigo misma, respirando profundamente y diciendo a la muerte, siempre en ruso, que puede venir a por ella.

Con la “T”. Cereal cuyo nombre proviene del vocablo en latín que significa “quebrado“.

Se abre el telón

Decía hoy A.S. que a este mes, hay que entenderlo. Totalmente de acuerdo. Sin embargo, yo no lo consigo. Se me atraganta como un trozo de pan reseco, arañando mi garganta, que acaba escocida y sangrante; y encima, sin poder agarrar el vaso de agua que tengo cerca porque se me antoja prohibido.

Es un mes donde alterno la ventana abierta con la cerrada, el saludo con la despedida, los besos con el grito histérico del despertador. Y yo, que soy alguien que se acomoda en el sillón de sus costumbres, andar así, pues qué os voy a contar, hace que la ansiedad se me dispare, como las pulsaciones de Contador subiendo el Angliru, tanto, tanto, tanto, que el aire y la gravedad desaparecen y dejo de respirar. Paseo un rato por el espacio exterior, con unas vistas preciosas, con el regalo de una perspectiva única, con el calor de mi traje espacial. Pero el aire vuelve, con las bocanadas de la rutina, con la música que deja de sonar y entonces, caigo al vacío como un muñeco que se despeña por la montaña. Examino mi cuerpo. Las rodillas aparecen arañadas, voy en pantalones cortos y apenas tengo pelos en las piernas. Joder, dame un poco de Betadine para salir de este flashback no provocado. Tengo que dejar de medir el tiempo en años escolares.

“No bajes las escaleras con las manos en los bolsillos”; mi padre me lo decía siempre, y yo se lo digo a Pablo y a Hugo. ¿Será ésta una canción que hable del amor fraternal, de la sangre, de los bolsillos? Una vez conocí a alguien que llevaba una piedra en el bolsillo de sus pantalones; siempre la misma piedra. Era su anclaje al mundo físico, su punto de unión con todo aquello que dista de ser un pensamiento, un sueño, una emoción. Esa piedra, eternamente caliente, pulida por el tacto continuado de los años, era un precioso verso endecasílabo que le tranquilizaba:

An-sie-dad- No-de-jes-que-te-de-vo-re.

Este es un mes de estrenos. Iniciamos nueva temporada y no sabemos la serie que nos tocará protagonizar este año. ¿Comedia? ¿Drama de ciencia ficción (me encantaría)? ¿Falso documental? Ya veremos qué pasa. El frío, como el apuntador, será quien nos diga  el texto a interpretar. A mí me gustan los años de comedia, cuando uno actúa como si tuviera un público detrás, esperando a que el regidor les marque el momento de explotar en sonoras carcajadas. Días en los que pequeñas voces que salen de un Walkie, nos dicen cuándo entrar o salir del plano, escondiéndonos en el decorado del salón, cambiándonos de traje sin que se entere la audiencia. Hago un chiste y miro al público, ríen; Marta sigue con otra broma y así termina el capítulo de hoy. Mañana será otro día y elegiremos, como siempre antes de empezar a grabar, entre el paraguas y el chubasquero.

Se abre el telón.

Yo no soy Ginger

– Así, con esta luces, eres igualita a Ginger.

– ¿Quién es Ginger…? ¿Otra de tus putitas?

– Joder, la de la canción. Está visto que no hoy no quieres hablar.

– Que yo sepa, la canción no decía nada de cómo era Ginger.

– Pero la canción hablaba del sombrero nuevo de Ginger.

– Vale, ¿y…? ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

– Cierto, no tiene nada que ver. Me marcho. Hoy tengo turno de noche en el juzgado.

– ¿Cenarás en casa hoy?

– No, me voy ya. ¿Puedes ponerles comida a los peces? Los del acuario grande.

– Me da asco tocar esa mierda que huele a pescado a muerto.

– Joder, hablas igual que Ginger.

– Y dale…Venga, vete ya. Les daré de comer.

Barrio residencial

En mi pueblo no hay barberías, ni galerías de arte, ni talleres clandestinos, ni hipsters, ni turistas en pisos de airbnb.

En mi pueblo gana siempre el mismo partido, el mismo alcalde, el mismo negocio.

En mi pueblo hay chalets, urbanizaciones, clubs de pádel, supermercados y calles desiertas por las mañanas.

Los de fuera dicen que estamos lejos del centro, lejos de todo, que vivimos aburridos en nuestro barrio residencial.

Los de dentro, también.

Tenemos rotondas, césped artificial, banderas enormes, funcionarios municipales que tosen mientras gestionan millones de actividades extraescolares.

Una vez al año, en el colegio del centro, hay teatro. Los niños se visten de estaciones, dando la bienvenida al verano. Los padres lloran y hacen fotos. El alcalde aplaude con entusiasmo. Todos aplauden al alcalde.

Los sábados, se levantan mil columnas de humo hacia el cielo, como si un montón de indios estuviera contando una película con señales. La gente reza delante de las barbacoas, habla del tiempo mientras mastica, se ríe, cuenta ebria las horas hasta el atasco del lunes.

Yo escucho el latir de la autopista, las caricias de los coches al asfalto nuevo, la postal de las montañas al fondo. Les pregunto, incauto, si vendrá lluvia. “Sí”, me dicen, “el agua empapará a los caminantes con perros”.

Hay carteles en los arcenes, cantando en silencio los kilómetros hasta los puntos de encuentro, Madrid 19, como los niños del sorteo de navidad.

Dicen que la belleza está en la ciudad, en sus puntos de información para guiris, en sus adoquines centenarios, en sus fotos de Instagram.

Mi pueblo es como Brasilia, construido sobre chabolas, lanzando ángulos rectos en todas direcciones y con aires de sobrecoste, pero eliminando el romanticismo y el carril bici. Las utopías han quedado recluidas en las urbanizaciones de lujo.

Aquí es imposible perderse.

No existe el cielo gris, ni hay yonkis pidiendo dinero, ni mimos en las avenidas, ni bocas de metro que devoran gente.

Tampoco nadie le canta al césped recién cortado, o a los riegos mal programados o al derroche que se come a diario la hormigonera.

Mi pueblo calla, porque hay señales para que se respete el silencio. Alguien avisa a un niño que grita: “No puedes romper el juramento del barrio residencial.

A pesar de todo esto, la belleza, oculta y transformada, aparece y siempre me saluda.

Es domingo. Voy al campo con mis hijos.

 

Círculos

Nos alejamos de todo, de las risas, de los dientes blancos, de las copas de Cinzano.

Los pies no pesan (cómo diría el columnista del cuarto); son cuerpos de tres letras, dispuestos a buscar ellos solos la verdad.

Nos alejamos, sí, para andar en círculos.

Cada círculo, con su abrazo medido en radios, nos permite ganar un poco más de perspectiva, alejarnos del acto en sí de lo que hacemos, trasladar la acción a un escenario más grande.

Nos alejamos un poco más, a un círculo más amplio, donde aparecen un mayor número de personajes, de relaciones causa-efecto, de matices, de volúmenes, de pinceladas de óleo espeso.

Círculos de perspectiva, círculos de colores, de pensamiento, de emoción, de amor, de odio, de deseo. Hay miles, millones mil, infinitos círculos sobre los que bailar; círculos que adornan nuestros pasos.

Llévame un poco más lejos, por favor. Méteme en un quirófano adornado con peces de colores, con peluches de tómbola, con arrugas en la pared. Acompáñame a jugar con un asesino múltiple; rezaremos juntos y nos disfrazaremos del fantasma de la conversión.

Camino, con mis pies descalzos, sobre un perímetro de intencionalidad, un borde que añade sentido a este baile y permite que nuestros actos se construyan con un pegamento fuerte y sólido. Al menos eso dice la publicidad de mi confesor.

Círculos desgastados, que cortan mis pies, que me envenenan con besos amargos, con ensaladas de cianuro, con clases de spining sin sudor.

Hay una serpiente al final del todo, un cascabel en mi entrepierna, un salto de estilo por el hueco del ascensor.

Me oigo lejos, retumbando en canciones casi olvidadas, rascando la mugre en una parrilla negra que debería tirar.

A veces, me gustaría vivir sólo en una metáfora, y que la porquería fuera, al final del todo, palabras mal escritas. Sólo eso.

Cámaras

Un retrato,

un paisaje,

un momento capturado.

Tiempo encerrado,

violado sobre el papel

una y otra vez.

Eres poderosa, imagen,

evocando tormentas de risas,

o lágrimas casi acabadas.

Consigues un retrato Instant

de mi alma negra,

condensando los pecados

en un puñado de píxeles.

El truco está

(lo diré muy bajito)

en aplicar filtros, distorsiones, negruras oxidadas,

y compartir luego todo en colegios, en iglesias, en prostíbulos.

Cada día, querida cámara,

entiendo peor cómo funciona la luz.

 

 

Reglas para dormir a pierna suelta

1- Monitorizar las cargas de mi estado emocional, y comprobar si algo saltará en los próximos minutos.

2- Retorcer un ensayo político y extraer todo el sabor, escupiéndolo más tarde por la acidez de mi ignorancia.

3- Volver aquí, al cajón de las sombras, para empacharme de luces y aristas que escuecen y arañan mi garganta.

4- Pulir las llagas de mi boca, con palabras nuevas, de significados hasta ahora ocultos.

5- Encerrar los síntomas de la ansiedad, esperando (con miedo) que sea la hora de su paseo nocturno.

6- Bailar, cerrando los ojos, sobre millones de cristales, asumiendo el dolor como parte del peaje.

 

Septiembre

Septiembre.

Aún quedas lejos.

Te leo caliente, te sueño excitado,

dibujado en la pared.

Te veo, todavía, deshilachado.

Sin filtros fotográficos,

sin arena, ni piel quemada, ni olor a bronceador.

Me acaricias con tus letras,

susurrándome el deseo de llegar,

de irte lejos.

Septiembre.

Siempre eres una puerta abierta, una bofetada, una metáfora de lo que no soy.

Eres una pared contra la que apoyar mi espalda,

el filo de las preguntas sin respuesta,

acercándose y empujando,

con bravura, dispuestas a empitonarme,

a vengarse de mi ignorancia y mi cobardía.

¡Resiste!

(proclaman las voces amarillas)

Pero no lo haré.

Septiembre.

Me dejaré inundar por el frío.

 

“Sr. Jiménez, le siguen”

Un buen amigo, al que quiero y respeto, me decía el otro día: “Joder, Ibarreta, se ha muerto otro amigo mío de ELA”. Mientras hablábamos, él hacía mentalmente la cuenta de los caídos. Repasaba el nombre de todos aquellos que, perteneciendo a su círculo de amigos y conocidos, se los había llevado esta enfermedad. Cuando terminó nuestra llamada, su preocupación me había calado, dejándome la columna vertebral helada, como si alguien hubiese vaciado un cubo de agua fría por el hueco existente entre mi nuca y el cuello de la camisa.

El frío me llevó a cerrar los ojos, a visualizar mi presencia en el mundo como un punto negro en el mapa. Junto a ese punto, aparecían otros, unos más cerca y otros más lejos, cada uno perteneciente a las personas que quiero, gente con quien comparto algo en la vida. Puntos casi inertes, moviéndose despacio por este continuo espacio/tiempo, como si se tratara de la partida de un juego de mesa donde cada movimiento está condicionado por una tirada de dados.

Y en este tablero, en este juego donde no podemos descansar ni un solo minuto, hay bestias que nos acechan. Rostros oscuros que nos vigilan cuando reina la oscuridad, bocas deformes que nos echarán su asqueroso aliento si se acercan más de la cuenta. Esos animales sin cuerpo y sin sombra son las enfermedades. Todos tenemos nuestra propia alimaña asignada, como un tatuaje que nos hacen al nacer, que jamás se borrará de la piel y que un día se tornará real para devorarnos la carne desde dentro. Como las fieras, a veces las enfermedades atacan también en grupo, aunando fuerzas para devorar juntas a sus presas.

Asimismo, hay bestias que atacan siempre a una familia de víctimas, como si todos sus miembros supieran que serán devorados por el mismo animal. De la misma manera que el lobo ataca a las ovejas del rebaño, hay enfermedades que embisten siempre a los miembros de una misma familia, atraídas, quizá, por el mismo patrón del miedo. Instaladas en las proximidades, podrán acechar durante años a quienes han compartido mesa y mantel en navidad.

Hay un cáncer de próstata olisqueando el buzón, escudriñando mi nombre y viendo en qué momento será mejor atacar. Hay un ictus en la puerta de mi vecino, frotándose las manos por el siguiente trofeo que se llevará puesto. Pasa la sombra alargada de la leucemia y el resto de bestias gimen de miedo, porque ellas también le temen. Viene a cobrarse una víctima infantil y eso, no le gusta a nadie. Pasa de largo hasta el siguiente pueblo y todos dejamos escapar un leve suspiro.

– Vamos allá, a ver si tengo suerte en esta tirada…¡dos cincos! ¡Bien!

Me muevo por el tablero, escapándome unas casillas y tomando algo de ventaja frente a la bestia.

– Sr. Jiménez, le siguen. Tome los dados. Le toca tirar a usted.

Y Jiménez, que ha mirado a la bestia a la cara, a su propia bestia, me devuelve los dados. Sonríe y me responde:

– ¿Sabe de qué se alimentan estas bestias, Ibarreta? ¿No lo sabe? De miedo. Y yo, querido amigo, no pienso darles más de comer.

Reunión de trabajo

Salir de nuestro espacio habitual, de lo conocido, siempre nos ofrece una perspectiva distinta de las cosas. El continuo espacio-tiempo se disfraza de otra época, de otro lugar. Una mañana de trabajo en jueves, de repente, se torna en un viaje inesperado a la playa.

Había quedado a las 10h, a 60 km de mi casa. Lejos, en un lugar al que no voy nunca, que sólo existe porque escucho su nombre en la TV, o porque puedo localizarlo en Google Maps. Está ahí, al otro lado de esa enorme almendra megalítica que es la ciudad de Madrid, envuelta en sus capas de autopistas concéntricas. Afiné el ruido del motor de mi scooter, tensé la línea de la M-50 y allí me dirigí, dispuesto a devorar kilómetros sin preocuparme de la velocidad, de las prisas. Circular por aquí, por este trozo de asfalto, me lleva muchas veces a los madrugones de las vacaciones, a pensar en el mar como premio al final del camino, a llenarme los bolsillos de arena.

Los carteles pasan rápido, cambiando los nombres y los números de las salidas, de azul a blanco, en número decreciente; éste es el código de la autopista. No hace mucho calor. Estamos en plena tregua, dicen; hay dioses que hoy no trabajan, guardando el fuego en otro lugar. Tranquilo y relajado, hago turismo por el extrarradio. Me fijo en las rapaces que vigilan las cunetas, en los gatos aplastados, en los camiones de otros países que me regalan una sombra efímera. Es ésta una autopista sin paradas, un callejón sin salida, algo que no conectará el tramo París-Marsella. Lo que antes era una carretera sin vida, ahora está poblada por miles de máquinas, millones de ruedas que giran hacia algún lugar.

Surco valles, cruzo ríos con poca agua y atravieso túneles. Soy el turista de las 9:45 h, ese que llega tarde a la playa, el que se saltará la próxima salida, el que no se pone crema solar para asistir a las reuniones de trabajo. Soy un gendarme en mi voiture de patrouille, un camionero polaco, un milano negro que vigila su presa desde el aire. Aquí huele a refinería de aceite, a los valles de Jaén cayendo sobre el Henares. Huele a vacaciones, sin duda; el verano ha venido a verme, sólo a mí, acariciándome la nuca con sus cromos y sus uñas largas.

Mi moto deja de ronronear cuando se sitúa sobre el punto de destino, colonizando una nueva acera, un trozo gris que me pertenecerá algo más de una hora. Aquí estoy, espacio nuevo, me entrego a ti con el peaje acordado: una cierta dosis de optimismo y las manos en los bolsillos. Camino por el parque empresarial como quien camina por una exposición universal, un sitio inconcluso que siempre estará en obras. Montones de tierra adornan el camino, jalonados por fuentes sin agua y algún macizo de flores recién puestas. Un precinto rojo y blanco me marca el camino a seguir. Al fondo, unas educadas sombrillas ofrecen su sombra a los que toman café.

Aquí la vida bulle, borbotea formando enormes burbujas. La energía se cristaliza sobre este escenario artificial, este decorado donde las personas somos colocadas como figuras en un diaporama. Una pareja se besa, aprovechando sus cinco minutos del café para fundirse es un abrazo de Plexiglás. Mi reino por un café, pienso.

Me acuerdo de mi polígono, con cierta nostalgia, echando de menos su óxido y su porquería abandonada en las cunetas.

Las 10:00 h. Sacudo mis pies y me meto en la reunión.

Conversaciones

Llovía.

Era la hora de sacar al perro, de sacudir su nerviosismo con un largo paseo; pero llovía. Decidí que era mejor esperar. Después del café, todo es siempre mejor. Seguro; después del café. Ese líquido negro nos regala un enorme paréntesis en el que podemos bucear y rescatarnos de la profundidad del sueño.

Así lo hicimos.

Ya con el vaso vacío, apurado hasta el final y tras haber adivinado el futuro que nos dejaban los posos, estos me decían que levantara mi culo del sofá y caminara un rato sobre la tierra mojada. Ese olor, respirarlo, es como salir a la superficie después de bucear un par de minutos, abrir una profunda hendidura en el hipotálamo, distinguiendo perfectamente el recorrido de la electricidad en nuestro sistema nervioso. Casi, casi, podemos contar las sinapsis neuronales que explotan en nuestro cerebro. Igual que uno cuenta ovejas para dormir, yo cuento sinapsis para alcanzar la felicidad absoluta.

Cuando preparaba mi traje de explorador, mi correa roja, mis bolsas negras y las llaves para tirarlas al fondo del mar, Pablo quiso venirse conmigo. Atento, ese culebrilla medio águila y medio ratón, pidió acompañarme. “Claro, Pablo vente. Ponte algo en los pies, nos vamos de aventura”. Cuando tus hijos piden escoltarte en una de estas misiones, sacar juntos a Kiko, la pantera negra, es porque desean, por encima de todo, hablar. Quieren que seas suyo por un ratito, todo para ellos, acaparar tu atención sin compartirla, abrazarla con las manos bien abiertas, empacharse de ti hasta que ya no pueden más y entonces, atacar a su madre. A Pablo, con sus casi ocho años, las dudas le asaltan como sombras que debe sacudirse, y buscará algo de luz en lo que puedas contarle.

Y empezamos a caminar. Al principio me da la mano, una mano pequeña, cuyo tacto me humedece los ojos al pensar en lo poco que queda para que esos dedos se vayan haciendo grandes, para que rehúse agarrarte, alegando que ya es mayor, porque igual le ve alguien, como hace su hermana de diez, casi once. Me da pena que llegue ese momento.

Y hablamos, claro. Hablamos de lo que vemos: de la tierra mojada, de los charcos, del césped de una enorme rotonda, que crece tan deprisa, tan deprisa, que si nos paramos un momento, podemos ver cómo la hierba se lanza hacia el cielo. Hablamos de Spiderman, por supuesto, porque siempre lo hacemos. A los dos nos gusta hablar del hombre araña. Pablo nos lleva persiguiendo varios días para que le compremos un disfraz, pero no para él, sino para Hugo. Lo necesita porque quiere incorporarle unas alas especiales en las axilas. Increíble. Si veis el tráiler de la última película, sabréis a qué me refiero. El tío ya ha buscado el producto en Amazon y nos ha dicho lo que cuesta. No hay escapatoria; estamos totalmente arrinconados.

Después de Spiderman, aparece la pregunta que barruntaba desde hacía horas, algo relacionado con la muerte:

– Papá, tú, cuando te mueras, ¿qué quieres que hagamos contigo? ¿Te trituramos, te quemamos, o te metemos en un ataúd para tirarte al fondo del mar…?

La inocencia de un niño cuando te hace una pregunta de este tipo, algo que haría retumbar los cimientos de cualquiera, es algo tan puro y tan sólido que,  en ese momento, uno cree haber encontrado un punto de apoyo sobre el que hacer palanca y poder mover este puto mundo hacia una posición diferente. Abro los ojos todo lo que dan de sí, arqueando las cejas. Hay unos segundos en los que necesito recuperarme. Dos días antes, su hermana nos preguntaba qué era la virginidad, y justo el día anterior, los dos hermanos mayores nos acechaban con preguntas del tipo “¿Habéis estado haciendo el sexo…?” cuando nos cerramos la puerta de la habitación una vez estábamos todos acostados por la noche. Seguía en estado casi de shock por todo aquello y uno no tiene las mejores respuestas para cada momento. Al menos, yo. Lo que sí hice, como acto reflejo, fue activar la grabadora del móvil. Esto es algo que Pablo me ha enseñado cuando empieza con una de sus preguntas.

A continuación, os resumo algunos de los fragmentos de dicha conversación:

– Papá, tú, cuando te mueras, ¿qué quieres que hagamos contigo? ¿Te trituramos, te quemamos, o te metemos en un ataúd para tirarte al fondo del mar…?

– Yo quiero que me queméis.

– Vale. Pues entonces meteré tus cenizas en un bote súperbonito. Si te mueres cuando sea un niño, pondré el bote en mi habitación. Y si te mueres cuando sea adulto -aquí Pablo utiliza exactamente estas expresiones- , te pondré en otra habitación, en el salón.

– ¿Junto a la chimenea?

– No, en un sitio súperespecial. Pondré una mesa con el bote de las cenizas y un montonazo de velas.

– Vale, eso me mola.

– Si quieres que te ponga más cosas, como más velas, tú me lo dices y yo lo pongo. ¿Quieres algo especial que ponga junto al bote…?

– Uhmmm….déjame que piense. Sí, ya lo sé. Quiero que pongas un póster de Bruce Lee. ¿Sabes quién era Bruce Lee?

– ¿Bruce Wayne…? -para Pablo es el único Bruce que existe.

– Bruce Lee. Era un tío que hacía artes marciales. Repartía galletas como panes -aquí iba a utilizar la expresión “hostias como panes”, pero tuve que cambiar rápidamente y quedó algo extraño. No sé si lo entendió bien. Luego en casa le puse un vídeo con los diez mejores momentos de Bruce Lee y alucinó, claro (y yo…).

– Ah…vale. Si soy mayor puedo conseguir un póster. Si soy un niño, lo busco en tu ordenador.

– ¿Y la contraseña de mi ordenador…? ¿Cómo vas a entrar?

– Pues no lo sé.

– Mira, voy a escribir mi contraseña en una caja de cristal. Si me muero, rompes el cristal con un martillo y accedes a la contraseña.

–  Yo no quiero que cuando mueras borremos tus cosas. Tú te morirás cuando yo sea abuelo, ¿no…?

Y así nos tiramos un rato, hasta que la pantera negra terminó de hacer sus cosas, hasta que se nos acabó el camino en la puerta de casa, porque todos los caminos terminan siempre allí, en una puerta que se abre. Suerte que no tiramos las llaves al fondo del mar. Estábamos tan absortos en nuestra conversación, que se nos olvidó.

Entré en el castillo más tranquilo, con la certeza de saber que, dentro de Pablo, crecía una pequeña semilla: la intención de custodiarnos en el futuro, de comprobar si llegaríamos juntos a la eternidad una vez nos convirtiéramos en ceniza. Tal vez sea esto la esencia de la inmortalidad, que alguien piense qué hacer contigo cuando mueras, igual que uno sitúa a un personaje de ficción en una balda o en otra de la estantería. Encerrado en unas páginas, o en una urna, qué más da.

– Papá, ¿sabes que el tío de Spiderman en la nueva película es Ironman? ¿Y que en la nueva peli no le pica una araña…?

– ¿El Tío Ben…? Ay Pablo, qué lío te estás armando.

Paseo con perro

Hoy es miércoles.

La semana empieza o la semana termina.

Quién sabe…

 

Hay mujeres fotografiando atardeceres

desde una pasarela que cruza la carretera.

La belleza es una parrilla limpia,

pienso.

Oh, Dios,

estás presente en cada filtro de Instagram.

 

Luego limpiaremos nuestras prótesis,

las dentaduras amarillas,

manchadas por el tabaco y por los nervios,

por las esperas,

por los niños que no nacen.

 

Hoy, el calor es un vestido,

los pinos un olor,

que agarramos con las manos vacías.

 

Los perros pasean

nuestras almas por el asfalto,

reluciendo correas, zapatos nuevos, calcetines viejos, ideas obsoletas.

 

Me enfrento a una carretera abarrotada

de vecinos que vuelven a sus casas,

a llenar desagües,

a construir columnas de humo de freidora.

Todo un ejército de ancianos

y de niños

y de gatos

repasando sus Facebook,

intentando ver

si protagonizan algún vídeo,

buscando un comentario,

un “me gusta”

que ponga el azúcar a este día que termina.

 

Las piscinas acumulan bañistas

enjuagados,

salados y jabonosos,

medio artistas.

Juegan con patos,

con una pelota,

siempre la misma,

llenando de pelos cada arista.

 

Atrincherados en los portales,

los vecinos se guardan

de la ventisca.

De ser atados en un enjambre,

que será perdido de vista.

Votemos

en este presente

tan delirista

qué verso nos gusta más,

quién de nuestros amigos

es el artista.

 

Fingimos los coloretes,

fingimos las mentiras,

fingimos las bolsas del súper,

el número de veces

que nos perdemos de vista.

 

Luces rojas en lo alto,

luces que evitan

choques de avionetas,

colisiones de máquinas, de helicópteros,

de perros que vuelan,

y aúllan en las cornisas.

 

Puentes que bailan,

señales rotas,

árboles puntiagudos que escalan

hacia Dios sabe

qué nube,

qué cuadro,

qué camino roto

por el perro que anda

junto a la voz de su amo.

Poligoneros

Nunca me gustaron los polígonos. Pensar que debía trabajar en uno de ellos, hacía que me inundara una sensación total de abatimiento, una losa que se desplomaba sobre cualquier pequeña motivación que tuviera por trabajar. En alguna parte dentro de mí, imaginaba esas largas colas de hombres entrando en las fábricas en pleno siglo XIX, todo en blanco y negro, lleno de humo y recreando la escena a golpe de tambor. Absurdo, lo sé. Los polígonos no molaban, no eran cool, no salían bien en las fotos. No tenían tiendas de antigüedades, ni bodegas de vino para disfrutar de refinadas catas a la salida de la oficina. Aborrecía la idea, desde luego; pensaba que ir allí todos los días, aplastaría mi alma igual que la prensa del desguace convierte el metal de los coches en piezas de plastilina de varios colores.

Eso es lo que pensaba, sí, pero confieso que estaba equivocado.

Todas las mañanas, atravieso ese mapa que conforma el polígono, ese campo de batalla con pequeñas pendientes agrietadas y badenes mal pintados. Huele a colonia barata, a humo de autobús, a basura recién recogida por un camión que se lo traga todo, a gente menuda que despelleja su alma desde antes de las seis de la mañana. Normalmente voy en bici, esquivando camiones cargados de vigas de hierro y sorteando contenedores de basura que asoman guardabarros rotos de turismos accidentados. Hay una avenida llena de talleres, hospitales de máquinas que serán reparadas en grandes espacios que huelen a grasa. Hacen magia convirtiendo los abollones en brillos de anuncio, como un puto filtro de Instagram.

El camino arranca en mi perfecta burbuja de césped recién cortado y barbacoas aún humeantes de la noche anterior. Nada más salir de casa, me cruzo con gente que recoge las mierdas de sus perros, que mira de reojo su coche nuevo pero que rehúsa devolverme el saludo. Desde mi lenta posición de ciclista, desde el jadeo de mi esfuerzo de las 8:30, veo cómo el atasco de coches fluye lento en su peregrinaje a la gran ciudad. Así cada día. Huyo de aquello lo más rápido que me permiten las piernas. Bajo una cuesta y luego subo otra. Esto no es Holanda y me cago en los muertos de quienes diseñaron la orografía de mi pueblo.

El polígono aparece a lo lejos, justo cuando se acaba el mundo de Oz que representa la ciudad financiera. Un ejército de jardineros correctamente ataviados, cuidan interminables avenidas de hierba para el deleite y disfrute de los que pasamos por allí. Hay hermosura, sí, belleza dibujada por infinitas laderas de lavanda y adelfas que perfuman kilómetros de aire envasado. Es todo tan guay, que hasta me da apuro echar algún escupitajo, fruto del esfuerzo de la bicicleta, no me piensen mal. Las cámaras me vigilan, me siguen y comprueban que no accedo a un perímetro para el que no tengo una tarjeta roja de acceso. Ellos sí la llevan, los viandantes con los que me cruzo; les dejarán pasar después de revisar por el escáner sus túpper con ensaladas ultraligeras. Todos aspiran a quedarse allí, en la parte bella, conseguir una plaza de aparcamiento dentro y no tener que ver lo cerca que está el polígono, ese perfil tan desigual de naves diferentes que tanto ruido generan en esa postal.

Atravieso justo la línea que separa un municipio de otro, lo verde de lo gris, lo bello de ¿lo feo…? No. Descubro con el tiempo que lo hermoso está a este lado de la frontera, con su porquería mal recogida y sus olores industriales, penetrantes. La belleza crece aquí de otra forma, se manifiesta sutil; en los monos sucios de los mecánicos, en los camiones mal aparcados con matrículas de países que no existen y cuyos conductores duermen dentro, o en los negocios tan dispares que aparecen a la vista, como un despiece de carne de oveja o una fábrica de puertas de madera. A lo lejos, el chatarrero otea el horizonte de los callejones en busca de tesoros perdidos.

Todos me miran raro por ir en bici allí; “¿qué haces aquí que no conduces un camión de diez toneladas?”, piensa más de uno. Me odian un poquito por hacerles ir más despacio, allí, en el polígono, donde la velocidad es un bien preciado. Deprisa, deprisa. Aquí se reparten cosas, paquetes, cajas, palés de todos los tamaños, y se acuerdan reuniones de desayuno en las cafeterías poligoneras (allí saben comer, amigos). Me odian un poco, sí, pero yo les quiero. Y es que me regalan un cuadro perfecto y precioso cada mañana, donde la vida late como no lo hace en otro sitio. La vida fluye, cobra una nueva dimensión, de gasoil, de administrativas con pendientes de aro y de gente que fuma ducados en la calle. Pequeños soldados recién despeinados toman el pulso a un amanecer que se nos volverá a escapar en unas horas, que dejará todo de nuevo en silencio.

Mañana, los muelles de carga volverán a latir con el pitido de las máquinas bajando cosas, cosas pesadas y envueltas en celofán, como ese centro de gravedad que me lleva allí todos los días.

Eyectable

– ¡Mamá! Corre, ven. Blanca acabar de cagar a nuestro Salvador.

Y efectivamente, Blanca, que la semana que viene cumplirá nueve, había obrado el milagro. Del barro de aquella cagarruta nacía de nuevo nuestro Señor, siempre alegre y sonriente. Volvía a la luz ese pequeño click azul que Blanca, a hurtadillas, introdujo en su boca y se tragó sin que nadie se diera cuenta. Bueno, salvo su hermano Arturo, que había visto cómo rebuscaba en la caja de belenes que guardaba la abuela Lola y sabía, como siempre lo sabe Arturo, que algo estaba tramando.

Y María, la mamá de Blanca y Arturo, aunque feliz por el alumbramiento, le regañó dulcemente a su hijo, “No digas esas cosas delante del abuelo, que no le gustan…”. Respiró profundamente, cogiendo aire, llenando sus pulmones y expulsándolo después, dejando escapar toda la tensión acumulada en las últimas cuarenta y ocho horas. El disgusto se fue silbando, despacio, de la misma manera que uno dobla y aplasta un flotador contra el pecho para guardarlo después, mientras acariciaba con ternura la cabellera desordenada de Arturo. Gracias Arturo, le decía, gracias, y le besaba el pelo como sólo se besa el pelo de un hijo, acuñando el compromiso de un amor que será inmortal a través de los recuerdos. Recordó, lo primero, que debía llamar a su hermana Elena. Ella sería la encargada de transmitir la buena nueva al resto de tíos, amigos y vecinos, todos expectantes y preocupados por el desenlace de los acontecimientos. “Ha sido niño, de un color azul cielo, como el rotulador Carioca, ese que siempre se gastaba el primero, pero huele a demonios”; la tía Elena repetía con ahínco esta frase en cada llamada que hacía.

Para entender lo que pasó, debemos retroceder dos días, cuando llovía tanto y los niños no pudieron ir al parque, a conquistar columpios y recoger tesoros de los árboles. Las tormentas de primavera es lo que tienen; a los adultos nos afean las tardes, nos llevan a ensoñaciones imprecisas, nos borran los planes de la memoria, como gotas de aguarrás en una acuarela imperfecta. Pero los niños, artistas, magos de las mañanas y las tardes, convierten la siesta en un pliegue sobre el que deslizarse, sacando las cajas de los trasteros, jugando en mayo con los adornos de navidad, juntando el frío y el calor como si de un laboratorio de física se tratara.

Y en mitad de este pliegue, representando un juego que no era tal juego, Blanca se tragó la figurita del belén de los clicks. Y cerró los ojos y abrió las palmas de las manos, esperando algo, una ligera brisa, una luz o un calor intenso. Había leído, porque Blanca es curiosa e inteligente, que algunos personajes de sus cuentos habían visto luces, oído voces y sentir que volaban cuando estaban en contacto con Dios, aunque no supiera muy bien quién era este señor. Lucía, su vecina, que acababa de hacer la comunión, le había contado que Dios estaba en los belenes, que Dios era ese niño pequeño tumbado junto a una vaca, y que nunca tenía frío a pesar de vestir sólo un pañal, que por algo era Dios.

Pero la pobre Blanca no tuvo calor, ni vio luz alguna, ni una ligera brisa sobre la alfombra del salón. Lo que llegó fue el grito de Arturo, quien dio la voz de alarma; y la abuela preocupada, y María, enfadada, pero más tranquila, analizando la situación y enumerando las posibles actuaciones como si estuviese midiendo un verso alejandrino con los dedos.

Lo primero fue llamar a los servicios médicos telefónicos de urgencia. Un número de esos largos, lleno de ceros, tantos que uno pierde la cuenta de cuántos son. Al otro lado del aparato estaba Yuleima, “que no se preocupen, cuéntenme qué pasó”. Yuleima se pinta las uñas mientras lee a Cernuda en los ratos de espera. Ella estudió la carrera en La Habana, fueron muchos años de estudio para contestar ahora el teléfono, aunque no se queja, nunca lo hace; se acuerda de Boris, su primo Boris, ingeniero de telecomunicaciones que pone y quita hamacas sobre la arena de Varadero. Ella no se queja, suspira, eso sí, pero tal vez sea por Cernuda, y no por otra cosa, aquí también ayuda, como a la pobre Blanca. “No cariño, no te preocupes”, que el niño Jesús lo fabricaron sin aristas, sin bordes, por si las moscas, no le iba a pasar nada. Yuleima busca en su base de datos médica los objetos que serían expulsados tras ser tragados; lo hace con rapidez, entre el pintaúñas y Cernuda. Yuleima es muy eficiente, y ahí está, aparece al fin, el niño Jesús de los clicks, clasificado como un objeto eyectable. Y María, que está al otro lado, respira y sus pelos dejan de estar erizados cuando escucha la palabra “eyectable”, y piensa en el niño Jesús sentado a los mandos de un avión, una nave que se precipita, cae a la deriva desde una altura infinita. Pero es “eyectable”, y el niño sale despedido, tras la carlinga de vidrio, lanzándose al cielo en un giro desordenado, cambiando caleidoscópicamente la visión de cielo y tierra, porque es “eyectable”, hasta que abre su paracaídas y entonces, despacio, dejándose caer como una pluma blanca, se posa sobre la mano de María. Es “eyectable”.

Yuleima le dice a Blanca que tome muchos yogures que cuáles son sus favoritos. Los de fresa, contesta, con una voz tímida, sintiéndose culpable y responsable de hablar con Yuleima, y brotan un par de lágrimas, no llores mi niña, Yuleima se apiada, será Cernuda el agente causante. Yogures con bífidus, deben ser con bífidus, de fresa, exclama Blanca, de fresa mi niña y la abuela coge rápido el paraguas para ir al supermercado. Y es que llueve; llueve a mares en la calle y en el interior de todos, de Boris, de la caja de los belenes, porque estamos en Mayo, no, no es eso, será Cernuda, dice Yuleima.

Y los yogures hicieron su trabajo, de fresa, como le gustan a Blanca, que portaba una cucharilla en su bolsillo porque comía un yogur detrás de otro. Y la abuela Lola en el supermercado, contando la historia a Olga, la cajera, quien deja de pasar objetos por la cinta, vaya susto, ay Dios mío. Y Olga se santigua porque estas cosas le asustan, pobre, ya me contará. Y tras dos días de bífidus, se obró el milagro, y Olga contenta, se lo contó la tía Elena cuando pasó por allí, gracias a Dios, decía, y volvía a santiguarse.

Pero ahora hay un dilema en casa. La figurita del niño Jesús olía a cloaca, como cómo va a oler si no, y la abuela, que es mucha abuela porque ha tenido cinco hijos y preparaba cinco turnos de comidas cuando los tenía a todos en casa, mete al niño Jesús en un bote lleno de agua con Fairy; un bote de cristal transparente, porque hay que verle la cara, siempre sonriente, los clicks son grandes optimistas, dice la tía Elena.

Pasan dos días, con la figurita a remojo, y el olor continúa. ¿Qué hacemos, mamá?, le dice María a Lola, no hay quien pueda con esta peste. “Usaremos lejía, hija. Tú déjame, que yo sé de esto”. Y es que la abuela claro que sabe de esto; de esto y de mucho más, que ya preparaba cinco turnos de comida cuando tenía a las fieras en casa. Se abre entonces un debate interno en el seno de la familia: ¿Tirar o no tirar? La tía Eva, que llamaba por teléfono desde la distancia, cada dos horas exactas para conocer el estado de la situación, defiende que habría que guardar la figurita. Claro que sí, darle un espacio privilegiado en casa; que no es sólo una pequeña pieza de plástico, sino un vestigio de lo que pasa en ese castillo, con sus cinco turnos de comidas, con las fotos anteriores a 1900, o los álbumes Kodak, o los primeros cuentos de Elena dibujados con Plastidecor, o una trenza rubia de la abuela Lola cuando era niña. Pero María, que ve y que intuye la poesía en cada luz y cada sombra, dice que aquí no hay ni medio verso, pobre Blanca para qué recordárselo.

Y mientras todos discuten, si guardar el nuevo tesoro familiar, o tirar esa maldita porquería infecta, Blanca se acerca al abuelo, y le coge de la mano. “Abuelo, ¿tú que crees que debemos hacer?”, le dice, clavando sus ojos en los de su querido abuelo, atravesando esas gafas de sol graduadas que él nunca se quita.

 

Señales viejas

 

La arena del desierto, harina dorada molida por los dioses antiguos, se pega a mi piel formando una pequeña capa de limo. Óleo de barro en mis antebrazos, señales viejas; respiro al ritmo de mis pasos por este camino de tierra.

El coche se estropeó ayer, a las once, justo cuando sonaba la última canción del CD. Un minuto veintisiete segundos de melodía y todo se apagó; el equipo de música, el motor, el crujir de las ruedas sobre la carretera, el viento que entraba por las ventanillas bajadas. Un minuto y veintisiete segundos, y abandoné el coche en el desierto, como un caballo con una mordedura de serpiente, a sabiendas que le esperaría una muerte segura. Traicioné pues el vínculo emocional que había creado con mi máquina. Escupí junto a la puerta y le conté una mentira; una de esas que el alma vieja de un cacharro fabricado en Detroit es capaz de tragarse. Cogí la mochila y me puse a caminar.

Sin detenerme, sin pararme a pensar o a respirar. Llevo horas caminando mientras hablo con los cactus, con mi miedo, a los que les cuento la historia del coche sin conductor. Está amaneciendo, pero el calor, todavía queda lejos. El horizonte es una pegatina que puedo despegar y poner en mi mochila, junto al escudo de Múnich, junto al emblema de mi familia: un oso atravesado en el corazón por una espada de caballero. Nunca he sabido si yo era el oso, o la espada. Mi mochila está llena de cromos de tela, de trofeos, tatuajes de colores de los sitios a los que alguna vez dirigí mis pasos.

Al final del camino, un niño calienta sus manos frente a una fogata improvisada. Un viejo neumático comienza a quemarse, creando un velo de humo negro entre mi vista cansada y el pequeño, de unos diez años. Junto a él, se ha situado un hombre, de pie, quien rodea con el brazo el cuello del niño. Me acerco al fuego, quiero saludarles, preguntarles por qué hace tanto frío, si queda mucho para llegar a la interestatal. Cuando apenas quedan unos metros, el niño levanta la vista, cruzando su mirada con la mía mientras mueve la cabeza de un lado a otro, negando mi presencia allí. El adulto, tal vez el padre de la criatura, carente de rostro tras la cortina de humo, lleva su mano izquierda al cinturón, hacia el mango de su cuchillo. No lo saca del todo de la funda, sólo lo suficiente para que el fuego se refleje en la hoja, escupiendo una orden de plata, un lárgate gringo que entiendo a la perfección.

Sigo con paso firme, agarrando con fuerza las cintas de mi mochila, susurrando al camino, preguntándole si el murmullo de fondo es la respiración de la ochenta y seis. Al cabo de unos minutos, un cartel con el ocho y el seis escritos sobre un escudo de color verde, confirman mi sospecha. Continúo caminando, extendiendo mi brazo y sacando el pulgar. Hubo un tiempo en el que el autoestop era una religión, una oración de libertad para bailar sobre el asfalto. Los arcenes de la autopista, todavía de noche, me miran con respeto, ofreciéndome las baratijas que arrojaron los que pasaron por allí.

Miro con atención al suelo, buscando el tesoro que debo encontrar hoy.

Inmortales

“Quiso el destino que Eugenia Olivares, tras perder a su marido por el hueco del ascensor, se casara en segundas nupcias con Tomás Redondo. Éste, brillante ingeniero, de tez morena y dueño de un elegante bigote francés, vestía siempre corbata azul, acorde, como decía él, con la imagen de la compañía, una empresa danesa dedicada a la fabricación de ascensores desde hacía casi cien años.”

Así empezaba el cuento de Oliveira, el último que El Diario le había comprado para el suplemento del fin de semana. Vendía tres o cuatro cuentos al mes, más la columna de opinión los martes, la tertulia en la radio y las regalías por las cuatro novelas que llevaba publicadas. Era de los afortunados que podía presumir (y lo hacía…) de que vivía gracias a lo que le pagaban por escribir. Los relatos de Oliveira eran ingeniosos, inquietantes y originales; a personajes normales, siempre les sucedían asuntos extraordinarios. La gente los adoraba, los copiaba, los estudiaba en las universidades, y eran comentados por todos aquellos que se iniciaban en el arte de juntar palabras. “¿Leíste el último de Oliveira, el del salmón en el ascensor…?” – “Sí, bárbaro…”.

Todo el universo de ficción que fabricaba en sus cuentos era único, salvo en una pequeña cuestión: los nombres de los personajes.  Copiaba éstos, los robaba de personas que existían en la vida real, individuos que llevaban una vida normal, en otro lugar, en otro país. Ajenos, todos, al singular atraco que un escritor les había perpetrado,  para convertirlos en personajes de ficción. Oliveira, en este pequeño juego que se traía entre la realidad y la ficción, lo que nunca hacía, era robar los nombres a personas que pudieran parecerse a los personajes de sus cuentos. En su juego, tenía una regla que cumplía a rajatabla: robaba los nombres de personas, que se parecían a sus personajes, pero de algún cuento anterior que había publicado. Así, por ejemplo, Eugenia Olivares, en la vida real, no era una viuda que volvía a casarse con Tomás. Era una afamada arquitecta divorciada, que protagonizaba el cuento de hace dos semanas del suplemento dominical. Jugaba a esto Oliveira, a robar nombres, y a intercambiar identidades, a mezclar personas reales con personajes de ficción, porque, como él decía, no hay mayor ficción que aquello por lo que vivimos a diario.

El lunes, tras la aparición de Eugenia y su segundo marido, Tomás Redondo, en las páginas del dominical, llamó a su editor en el periódico. La vanidad, curiosa compañera, necesitaba saciar su sed, recibir el feedback de su público, saber qué tal se había comportado su pequeño monstruo de ficción en el mercado de las historias dominicales.

– Matías, ¿qué tal? ¿Cómo fue el fin de semana?

– Oliveira, precisamente te iba a llamar ahora. Bien, bien, no ha ido mal. Las ventas en papel han dejado de caer, y bueno, el digital, parece que bien, aunque te juro que no hay Dios que intereprete los datos. En fin…que quería hablar contigo de otra cosa.

– ¿Otro encargo? ¿Un lunes…? Sí que fue bien la cosa…

– No…- riendo – No ha sido para tanto. Es una nota curiosa para que la disfrutes con tu café. Estuve buscando referencias tuyas en la red, para ver si podíamos hacer negocio con editoriales en Latinoamérica, ya sabes. Resulta que encontré un cuento, de un escritor aficionado debe ser, cuyo protagonista se llamaba como tú, Oliveira, y encima era escritor. ¿Curioso, eh…?

– Ah….sí.

– No parece sorprenderte. Igual deberías escribir sobre ello. Tú sabes sacar una historia de donde no la hay. Ahora te envío el link para que eches un vistazo si te apetece.

Llevaba ya algunos años con este juego, siendo él quien desplegaba el tablero sobre la mesa, quien se inventaba los jugadores, colocándolos aquí y allá, tirando los dados, haciendo que saltaran de una casilla a otra, obligándoles a tener el tipo de vida que su imaginación, desbordante, creaba para todos ellos.

Se sentó frente al ordenador e hizo “click” en el link que Matías le acaba de enviar; hizo “click” en un interruptor desconocido, sin saber el tipo de espejo al que acabaría mirándose, aquella historia en la que, según su editor, vivía alguien con su nombre y oficio. Era un relato corto, no más de mil palabras, calculó él. Los que cobran por escribir son grandes adivinadores del número de palabras, de caracteres a los que se enfrenta su lectura. Con un estilo directo, sencillo y sin grandes adornos, contaba cómo, un escritor, de nombre Oliveira, como él, no había podido pegar ojo en toda la noche por culpa de los gatos recién nacidos de los vecinos. El motivo de la molesta vigilia, no había sido tanto el ruido, sino el temor que sintió el escritor al pensar que eran lloros de bebé lo que escuchaba, y no maullidos de pequeños gatos recién nacidos. Esto no lo descubrió hasta bien entrada la mañana, cuando con la claridad del alba, pudo distinguir a los animales, los dueños de los gritos. El cuento, terminaba con Oliveira, el Oliveira de ficción, delante del espejo, muerto de sueño, afeitándose, con poco tino, haciéndose un pequeño corte que necesitaría una diminuta tirita en la barbilla. Se tocó entonces Oliveira, el de carne y hueso en el mundo real, su barbilla, la tirita que se había puesto, y pensó en los gatos del vecino. Y consideró que podía ser una broma de su editor, pero lo descartó enseguida, tanto por la falta de sentido del humor de Matías, como por la imposibilidad de que alguien conociera la noche tan espantosa que acababa de sufrir. El cuento aparecía en el blog de una escuela de escritura de Montevideo. Allí escribían varias personas, seguramente alumnos del centro, y el que firmaba el cuento se llamaba Ricardo Zambrano. El nombre le resultaba familiar, pero estaba seguro que no era nadie a quien conociera. En la web no había foto alguna, dirección de correo o teléfono del autor, por lo que dio el asunto por zanjado.

Como cada lunes, Oliveira almorzaría fuera de casa, siempre en el restaurante “El Caladito”, compartiendo mesa con su amigo Pepiño. Se conocían desde el colegio y mantenían la tradición de comer juntos los lunes, ininterrumpidamente desde hacía más de quince años. Pepiño le había prometido una gran noticia para después de la comida y, tras el primer plato, liberó aquello que guardaba para sí desde hacía un rato, pero que ya no podía retener más: en pocas semanas, se iría a vivir a Moscú. Había conocido a una chica rusa a través de una agencia por internet y se iba allí, a pasar unos meses con ella antes de casarse. Oliveira se alegró por su amigo; le fastidió tener que comer solo los lunes, y le prometió una visita lo antes posible. Brindaron y lo celebraron. Oliveira llegó a su casa a media tarde, borracho, despidiéndose solo de Pepiño, lanzándose directo a la cama, prometiendo que no la abandonaría hasta el día siguiente. Lo cumplió.

El martes, la rutina le llevó al café, al teclado, a escribir un nuevo cuento para el suplemento, a dibujar la idea que llevaba varios días rondándole la cabeza. Pero la curiosidad, ese insecto molesto, le llevó entonces a releer el cuento de Ricardo Zambrano. Decidió, en ese momento, iniciaría la búsqueda en sentido inverso; repetiría los pasos que había seguido Matías para dar con este cuento. Tecleó su nombre, Antonio Oliveria, en el campo de búsqueda de Google, y en unas décimas de segundo aparecieron los resultados principales. En la primera página no había nada de interés: reseñas de sus libros, noticias, discusiones en foros de literatura. En la segunda y tercera páginas, tampoco. Pero en la cuarta, apareció una nueva mención a su nombre; hablaban de un tal Oliveira, escritor, pero no exactamente de él, sino de alguien diferente pero con su mismo nombre.

Resultó ser un artículo sobre el desapego, un pequeño texto que hablaba sobre la relación entre amigos en la sociedad tan universalizada a la que pertenecemos. Exponía el caso de dos colegas, Antonio, de apellido Oliveira, y José (Pepiño), obligados a mantener su relación de amistad con miles de kilómetros de por medio. El artículo, breve, insisto, lo firmaba Rubén Pedraza, Licenciado Rubén Pedraza. Psicólogo forense del cuerpo médico de Rosario, Argentina. Casado y aficionado a los blogs de asados. Oliveira, descubre entonces, tras un rato hurgando en la red, tres buenas recetas que Pedraza ha compartido en diferentes blogs. Todas sobre pollo. Le llama la atención que no hable de tira, ni entraña, ni bife.

Tras perderse un rato en hurgar, en bucear dentro del rastro que Rubén Pedraza dejara en la red, vuelve a la búsqueda sobre sí mismo. Oliveira existe en su casa, en su silla, en la agenda de su editor; pero también está en las páginas de Google, en el blog de una escuela de escritores de Montevideo, o en un artículo sobre el apego y la amistad de un psicólogo argentino.

¿Dónde más? Saca su cuaderno y comienza a escribir los nombres, las referencias, lanzando flechas de un sustantivo a otro, uniendo oficios y apellidos.

Páginas cinco, seis, siete, ocho. En la página nueve, vuelve a encontrarse, a verse reflejado en un espejo de letras y ficción de plástico. Un poema de rima heterodoxa e irregular, con grandes líneas, chorreos de adjetivos y bocas gritando al final de cada verso; ponen a un tal Oliveira contra las cuerdas, porque allí alguien le llora de puro amor. Le pide traducciones imposibles de sus actos, recuerdos de cama oxidados, caricias mancas que no se sabe si existieron. Hay una mujer que le llama en silencio, alguien que muere por dentro porque Oliveira le dejó la noche previa a tender la ropa. Oliveira suspira, porque el Oliveira real también respira y muere de amor, y los versos que lee le queman por dentro. Al final, aparece la firma de una mujer desgarrada, de nombre Eugenia Olivares.

Eugenia Olivares, aquella que se casó en segundas nupcias con Tomás Redondo. Anota su sombre en el cuaderno, rodeándolo con el rotulador rojo, y lanzando una flecha hacia el título del relato del domingo. Se dirige mentalmente a los otros nombres: Rubén Pedraza. Vuelve a escribirlo en su cuaderno, una, dos, tres veces, intentando recordar, saber de dónde ha salido Rubén. Vuelve a su ordenador y escribe cada letra R-U-B-E-N-P-E-D-R-A-Z-A en el buscador de su equipo, por si hubiera algo en su ordenador que le diera alguna pista. Dos segundos después de pulsar el ENTER, aparece un archivo en el que emerge este nombre. Es un cuento que escribió hace años, seis o siete calcula. Empieza a recordar. Pero en el cuento, Rubén no es un psicólogo argentino, sino un conductor de tranvía de principios del siglo veinte. Siguiendo su norma, debería existir un relato protagonizado por un psicólogo forense, un par de cuentos atrás. Existe, claro. No tiene que buscarlo para saber que está ahí.

Apartándose del ordenador, de lo que puede encontrar en la red, entiende que hay una legión de personajes de ficción que, transformados en los seres reales que portan sus nombres y apellidos, están dibujando la vida de Oliveira. Entiende que es él el que está en un tablero ajeno, a expensas de lo que otros digan de él. No alcanza a comprender si él, todavía, tiene algún tipo de poder o influencia sobre quienes manejan ahora los hilos de su destino. ¿Podría condicionarlos de alguna manera para que lo que escribieran para él, fuera benévolo y placentero? ¿Podría condicionarles de alguna manera? ¿Cómo dejar de ser, entonces, un juguete en la ficción de otros? Enumera mentalmente la cantidad de personajes de ficción, todos los nombres robados que hay en sus páginas, y calcula que habrá más de doscientos. Inviable.

Apaga entonces Oliveira su equipo, alejándose del teclado para escribir. Recupera su cuaderno, su bolígrafo, y entiende que es el momento de escribir sobre sí mismo.

La casa

El divorcio

Los papeles se firmaron, exactamente, a las cuatro de la tarde. Los niños ya eran mayores, por lo que no cabía una posible discusión sobre su custodia. Esto aceleró la rúbrica. Sin embargo, estaba la casa de la playa. Ninguno de los dos quería desprenderse de ella. Él, porque allí pasaron sus mejores años. Ella, porque había sido el proyecto más mimado en su mesa de diseño. La consideraba su creación más preciosa. Al final, la compartirían en períodos semestrales. Ella empezaría a disfrutarla desde ese mismo momento.

Laura

Laura tenía seis años menos que Dolores. Su madre era venezolana y su padre chileno. Aunque parezca mentira, no hablaba mucho y odiaba los concursos de belleza. Había tenido que luchar contra estos estereotipos desde que llegó a España con doce años. Dolores supo entender perfectamente sus silencios, y le regaló los suyos, su matrimonio fracasado con Fernando, su manera de abordar la vida. Tras varios meses viéndose después del trabajo, jugando a quererse y a descubrirse, decidieron que querían dibujar juntas el tiempo que tenían por delante. Por primera vez, Laura estaba ilusionada con las vacaciones de verano, con el tiempo que pasarían juntas en la casa de Dolores.

La soga

En el garaje siempre ha habido cuerdas, aparejos de pesca, cañas y botas de agua, de todas las tallas posibles. Mamá siempre compraba un par cada vez que pasábamos por la zapatería. Decía, “Por si acaso, por si vienen tus primos.” Y de esta manera, había toda una estantería llena de botas de agua amarillas. Las más pequeñas, las primeras que me puse, las compró el primer verano que estuvimos aquí, en cuanto nos dieron las llaves de la casa. Ese verano estuvo lloviendo sin parar; apenas pudimos disfrutar de la playa o del jardín. Mi padre siempre decía que la lluvia no era impedimento para divertirse; que teníamos impermeables y botas,  ¡y qué más queríamos! Nos lo gritaba desde su rincón, donde regentaba ese sillón de orejas que tanto odiaba mamá y que chirriaba por completo con el estilo de líneas rectas que le gustaba a ella y que había conseguido plasmar en toda la casa.

Creo que nunca conseguí divertirme en un día lluvioso. Esos días me pesaban como si lloviera plomo en vez de agua, haciendo que mi ropa me empujara hacia el centro de la tierra, quintuplicando la gravedad de mi cuerpo, de mi alma, de mis penas.

Pensaba en Mamá; sería la primera que entraría por la puerta, la primera que me vería colgando de la barandilla del segundo piso, con las manos esposadas a la espalda, inerte, tal vez vagamente iluminado por la luz que pudiera entrar a través de su cristalera favorita. ¿Moriría con una erección por culpa de la asfixia? Maldita sea, este detalle podría estropear el cuadro que estaba preparando.

Cemento

– Cariño, tengo que decirte algo. Escúchame y no me interrumpas, por favor. Sabes que no me queda mucho tiempo y necesito contarte algo. ¿Recuerdas, cuando desapareció tu hermano, la casa que estábamos construyendo en la costa?

– Sí, era para una arquitecta, ¿no?

– Eso es. Fue…fue el día que hormigonamos los cimientos. Tu hermano…joder…le pillé tocando a nuestra hija…el muy desgraciado, maldito cerdo. Escucha…tuve que hacerlo, para que no siguiera abusando de nuestra pequeña. Quedé con él en la obra. Después, utilicé una grapadora hidráulica. Lo hice por la espalda. Me faltó valor para mirarle a la cara. Luego lo lancé al agujero sobre el que íbamos a echar el cemento. Ahí lleva pudriéndose desde entonces.

La fiesta

Ayer hizo un año de mi frustrado intento de suicidio. Sí, el terapeuta me dice que lo verbalice sin miedo: SUICIDIO. Es bueno que hable de ello, que lo sienta como algo mío, como parte de mi pasado, que pueda enfrentarme a este hecho para poder superarlo con éxito. Si quiero, que lo cuente a todo el mundo, menos, claro está, a mamá y papá. Ellos todavía no lo saben. El incidente de la cuerda y la barandilla lo entendieron, cómo decirlo, de una manera algo distinta a como sucedió en realidad. Lo cierto es que la baranda no aguantó el envite de mi cuerpo cayendo desde el segundo piso, y se partió. Yo caí encima del sillón de Papá y sólo me rompí una costilla. Me quedé sentado como un imbécil, en su trono de felpa verde, diciendo sus mismas palabras: “La lluvia no es un impedimento para divertirse”. Imbécil. Hoy tengo que volver a verle, a él y a su nueva novia, una protésica dental que tiene mi edad, que lee a Paulo Coelho y que sólo quiere hablarte del huerto urbano que ha montado en la terraza de su casa. Como pase mucho rato con ella, creo que vuelvo a intentar lo de la cuerda.

Mamá vendrá con Laura, quien, gracias a Dios, es bastante más normal que la novia de Papá. Se supone que hoy nos anunciarán lo de su boda. No sé cómo me voy a tomar ver a todos juntos, como si fuese una comedia inglesa, poniéndonos buena cara, luciendo una sonrisa pero criticándonos a la primera oportunidad que se nos presenta. Cuidado con el alcohol y la medicación. Me he prometido no hacer ninguna tontería.

– Una gran fiesta, Mamá. ¿Quién es toda esa gente?

– ¿La chica que está con tu padre? Supongo que será con quien vaya a misa los domingos. ¿Sabes que es la hija del constructor que nos hizo la casa? Su padre se murió hace casi un año. Tuvo un cáncer muy jodido; al final se tiró varios meses en la cama, cagándose encima y habiendo perdido la cabeza. Una pena. Era un hombre muy agradable. Le gustaba mucho esta casa. Siempre decía que la cimentación que tenía era única. En fin, disculpa hijo; tengo que atender al resto de invitados.

– Sí claro, mamá. Estás en plena campaña electoral. – Esto lo digo sin que pueda oírme, como un pequeño chiste para mí mismo.

Gemelos

La nueva canguro empezó a cuidar de los gemelos hace exactamente seis meses. Coincidió que me ascendieron en el trabajo y me despreocupé de lo que Matilda nos iba a cobrar por cada hora de su tiempo. Mi mujer insistía en que acabaría cobrando más que nosotros; todo fuera por el bienestar de los niños. Con algo menos de dos años, les cuesta adaptarse a las cuidadoras nuevas y rápidamente empiezan a mostrar problemas de conducta. Bueno, esta es una frase que repite constantemente el psicólogo de la guardería. Menudo gilipollas.

Volví a casa con la satisfacción del ascenso, pero con la duda y la incertidumbre de cómo habían pasado Lucas y Hugo la tarde con su nueva cuidadora.

– Hola Matilda, ¿cómo ha ido todo? – me apresuré a dirigirle una sonrisa amistosa antes de examinar su trabajo con los niños.

– Bien, muy bien. Fuimos un rato al parque, aprovechando la buena tarde que hacía, y luego volvimos a casa. Les puse una película, pero no quisieron verla. Estuvieron todo el rato jugando en el suelo, con las construcciones. – Mientras lo decía, desviaba su mirada hacia el lado derecho de su campo visual y revisaba su teléfono móvil, que no había dejado de recibir mensajes desde que entré por la puerta.

– ¿No se movieron entonces de la alfombra.

– No, no, qué va. Yo encendí la televisión y ni siquiera me molestaron.

– Gracias Matilda. Voy a ver cómo están.

Me acerqué a esas pequeñas bestias rubias de ojos azules, que rápidamente se lanzaron a darme el regalo más valioso que uno pueda obtener a esas horas de la tarde: un largo abrazo que, a pesar de su reducido tamaño, te acaba tirando sobre la moqueta. Les besé repetidas veces, oliéndoles y disfrutando de ese perfume que sólo pertenece a los niños. Al hacerlo, descubrí unas caras manchadas de kétchup y restos de migas sobre sus sudaderas de héroes enlatados de la Marvel.

– Matilda, ¿merendaron algo los niños?

– No, no tomaron nada. Me dijo su mujer que no les diera nada, que así cenarían mejor. No se han movido de la alfombra desde que volvimos del parque. – Esto lo dice mientras se pone su chaqueta y se dirige a la puerta, no sin mirar antes por la ventana – Bueno, yo me marcho, que está mi chico fuera esperando. Mañana, ¿entonces a la misma hora?

– Sí, perfecto. Hasta mañana.

En el fregadero, había una sartén con restos de aceite y trozos de salchichas. Paquetes vacíos en el cubo de la basura y migas sobre la encimera. Dos platos con trazas rojas de alguien que había rebañado el tomate con ahínco y frenesí.

Cuando llegó mi mujer, le comenté el festín que se había dado Matilda.

– Matilda es celiaca, no creo que pudiera tomar pan de perritos, ni tampoco salchichas. – Mi mujer siempre está al tanto de estas cosas. Me lo decía mientras apuntaba en la lista de la compra, pegada en la puerta de la nevera el siguiente texto: “Salchichas (2)”.

Una semana después, tuve mi ataque mensual de migraña. Dos días fastidiado sin salir de la habitación, con las persianas bajadas y totalmente “empastillado”, intentando superar un trance que, cada año que pasa, se vuelve más trágico, acumulando poder para terminar un día conmigo de manera definitiva. Apenas bajé un par de veces a la cocina a por un vaso de agua y a por mis dosis de Maxalt, a echar un vistazo a los niños y que ellos pudieran verme a mí. Aunque fuera un auténtico cadáver, me parecía importante que supieran que estaba allí. Tenía las pastillas en el coche, así que entré en el garaje desde la cocina, algo mareado y sin encender la luz porque ésta me molestaba una barbaridad. Abrí la puerta del copiloto, metí la mano en la guantera y cogí la caja con los dos blísteres de pastillas; después me dirigí, casi a tientas, hasta la puerta para volver a entrar en la casa. Cuando pasé junto a la mesa de trabajo, donde tengo instalado un torno y una rueda para afilar cuchillos, encontré esparcidos unos cuantos utensilios sobre la madera desgastada de la mesa: dos formones; la lijadora, que seguía enchufada; el serrucho pequeño y el berbiquí, un cacharro que no he usado en mi vida. Había restos de madera, virutas y serrín. Odio que se utilicen las cosas y luego no se recojan; además, me pongo fatal de la alergia si no se limpia bien el polvo. Lo dejé todo como estaba y volví a la cama. Tenía esa sensación de presión tras los párpados que me impedía pensar con claridad.

Al día siguiente ya me encontraba mucho mejor, y aprovechando que había avisado en la oficina que no iría a trabajar, llevé a Lucas y a Hugo a los columpios. Sólo esperaba no tener que hacer mucha vida social con los vecinos. Llevaba dos días recluido y lo último que quería era hablar de mocos y de papillas de frutas con otros padres. Afortunadamente, mientras todos los niños del parque disfrutaban en el tobogán y en el castillo, peleando por defender las mejores posiciones, mis hijos, retirados en el arenero, jugaban a otras cosas. Les encanta hundir sus manos en la tierra y dibujar carreteras, grandes surcos y autopistas para los pequeños juguetes que sacan entonces de sus bolsillos: ese día portaban unas chapas de cerveza y unas pequeñas figuras de animales hechas de madera, con gran nivel de detalle, y que movían de un lugar a otro mientras imitaban los ruidos que emiten sus hermanos mayores, los de verdad. No les había visto nunca estas figuras y aunque pensé en preguntarle a mi mujer de dónde habían salido, luego se me olvidó.

Unas semanas después, fue cuando sucedió lo de los cuchillos. Me llamó Matilda histérica a la oficina, sacándome de una reunión de ventas suplicándome que volviera a casa inmediatamente.

– Los niños están bien, de verdad, pero necesito hablar con usted ahora mismo. – Jadeaba nerviosa a través del teléfono, con la voz entrecortada, intentando tragar saliva para que le salieran las palabras.

Cuando llegué, tras cruzar el umbral de la puerta, se lanzó a mis brazos y se puso a llorar desconsoladamente sobre la chaqueta recogida del tinte la tarde anterior.

– No sé qué hubiera podido pasar, de verdad… – sollozaba de manera ininterrumpida. – Había un montón de cuchillos en las cunas de los niños; estaban todos los cuchillos de la cocina, repartidos en las dos cunas, ¡hasta el cuchillo jamonero! Ay…no sé qué hubiera podido pasar, y ellos tan dormiditos… ¡ay, gracias a Dios que no tienen ni un rasguño! ¡Por Dios, ¿cómo han podido llegar los cuchillos hasta las cunas?! Mire, quien lo haya hecho, ha debido entrar mientras yo esperaba aquí, en el salón. Debe llamar a la policía. Pero, ¿cómo puede haber gente así…?

Abracé a los pequeños, entre el susto y la incomprensión de no saber qué había pasado exactamente. Mandé a Matilde a su casa y, después de hablar con mi mujer, decidí no llamar a la policía. Matilda ya había recogido todo, por lo que no habría huellas que identificar, y todas las ventanas de la planta de arriba estaban completamente cerradas. De entrar alguien en la casa, tendría que haberlo hecho por la puerta principal.

Tras el susto de los cuchillos, pensamos instalar cámaras de vigilancia en casa. Estábamos muy contentos con Matilda, pero nos invadía cierto grado de intranquilidad y las imágenes que pudieran grabar las cámaras, parecía que nos traerían algo de paz. Pedimos un par de presupuestos, pero no llegamos a hacer nada.

Hoy llegué a casa un poco antes de lo habitual. Mañana organizamos una barbacoa con los vecinos y necesito poner todo el orden: arreglar el jardín, segar el césped, podar la arizónica y dejar todo limpio y reluciente para la llegada de los invitados. Pasé antes por la gasolinera para comprar un par de litros de “súper 95” para el cortacésped.

No había sitio en la puerta de casa, así que aparqué a unos cincuenta metros, frente a la casa de Alfonso, un policía municipal corrupto y golfo pero que siempre tiene anécdotas graciosas que compartir. Mientras saludaba a Alfonso y me acercaba a casa, oí el motor sobre revolucionado del cacharro que tengo para cortar el césped. El viento traía además un delicioso olor a hierba recién cortada, algo por lo que merece el esfuerzo desbrozar los 200 metros cuadrados de hierba que tiene mi jardín. Lo primero que pensé es que María había decidido segar ella el jardín, algo poco probable. Al abrir la puerta de la calle, el motor se detuvo. Matilda estaba en la cocina, pegada a su teléfono, moviendo los pulgares frenéticamente contestando a Dios sabe quién.

– Hola Matilda, ¿qué tal ha ido la recogida de la guardería?

– Bien, traje las agendas de los niños y todo el material para el fin de semana.

– ¿Está mi mujer en casa? He oído el cortacésped. ¿Está ella en el jardín?

– No, el ruido será del vecino. Yo también lo he oído.

Mientras levanto las cejas con cierta incredulidad, voy con paso firme al salón. Necesito asomarme por la ventana y ver si era mi máquina la que emitía ese ruido del demonio.

– Pero, ¿quién ha segado el césped? Está recién cortado. Y la máquina está ahí, en medio de la pradera, fuera del cobertizo.

– Pues yo le aseguro que no he sido. Antes de acostar a los niños, estuvimos jugando un rato en el jardín y no vi nada raro.

– Pero, ¿estaba el césped cortado? – Empezaba a molestarme la falta de concreción de Matilda.

– No lo sé. Estaba como siempre, verde…

– Ya, vale… ¿y los niños? ¿dónde están?

– Arriba, en su cuarto, estaban intentando dormir.

Subí dando grandes zancadas, sintiendo cierta intranquilidad por lo que me había dicho Matilda. Me asomé deprisa, pero sin hacer ruido, haciendo acto del poderoso reflejo de no despertar a un niño. Allí descansaban cada uno en su cuna, apenas con una camiseta y un pañal de talla grande, tan preciosos, reprimiéndome para no despertarles y abrazarlos hasta el infinito. El olor de la hierba se había colado hasta sus habitaciones, mezclándose con el olor a talco de los polvos esparcidos por la cómoda. Hugo y Lucas empezaban a tener la piel morena, menos en las pantorrillas, menos en los pies, que los tenían manchados de color verde.

Coordenadas

 

Una caja de cartón

Hay una caja de cartón en el portal de mi casa. Lleva ahí, por lo menos, cuatro años. A pesar de eso, tiene buen aspecto. Nadie se atreve a retirarla, ni a tirar basura dentro de ella. Creo que la gente deja ahí las cosas de las que quiere desprenderse, pero que todavía conservan cierto valor sentimental para ellos y no se atreven a tirar. Hay una postal de Marisa, la del segundo izquierda, a quien su marido abandonó hace casi un año. Los niños suelen cogerla y mirar la foto de la playa que hay estampada en ella; lo hacen ajenos a las palabras escritas de Marisa, totalmente vacías salvo para quien lleva su curiosidad dentro de la caja.

Una cabeza de ratón de plástico

Es lo último que quedaba de Tomás en la casa. Era un juguete antiguo, muy antiguo, de cuando el plástico se pintaba a mano. Tenía marcas de mordeduras de Tomás, seguramente del momento en el que le empezaban a asomar los primeros dientes y necesitaba algo para roer, igual que si fuera un ratón. Bonita paradoja. Según el calendario chino, Tomás había nacido en el año del ratón, aunque a él le gustaba mentir y decir que pertenecía al año del mono. Es de lo poco que se recuerda de él, lejos del hospital, de su enfermedad, siempre unido a tubos y máquinas.

Un pantano

En los pantanos se comen, se guisan y se congelan las ardillas. En verano, cuando está Tom, caimanes; y en invierno, ratones de agua. Son como ratas del tamaño de un perro mediano, que guisados con salsa de Kentucky, son una auténtica delicia. A la abuela le gusta hablar de la dieta en los pantanos, de lo autosuficientes que somos, de que sólo necesitamos salir del condado para comprar munición. La abuela es una gran cocinera y le gusta invitar a los vecinos a probar sus guisos (y también los brebajes que fabrica en la parte de atrás de la casa). No le gustan los desconocidos. Enseguida saca su escopeta para decir “Aquí no nos gustan los forasteros“. Me encanta cómo lo dice. Tom me contó una vez, después de haber bebido un montón de licor, que la abuela había matado a un hombre y lo había enterrado en el jardín, allí donde tiene plantadas las flores. Me gusta esa parte del jardín, la verdad.

Una casa en una isla

El barco con las provisiones viene, aproximadamente, cada cuatro meses. Cuando se acerca la fecha de su llegada, siempre me acuerdo de las novelas de Conrad, de lo eternos que se hacían los viajes entre una escala y otra. Espero que la brisa traiga el olor del diésel, tras quemarse en el motor del barco. El humo significa noticias, hablar con gente, preguntar si el mundo sigue igual, aunque obtenga las mismas respuestas, lo sé. Las provisiones vienen con la correspondencia, las revistas y los libros que suelo encargar de un viaje a otro. El barco no suele quedarse más de una hora. Descarga rápido y se marcha; tiene prisa, argumentando que debe superar el arrecife y llegar al próximo puerto lo antes posible. Durante el proceso de descarga, siempre hay alguien vigilando en el muelle para nadie suba a bordo, para que no se cuele ningún animal que pueda estropear la carga.

Un guardabosques

Siempre quise trabajar de guardabosques. Conectar con la naturaleza, en un sentido preciso y puro, que me obligara a renunciar a los demás. Tenía un profesor de criminalística que siempre nos decía: “En América, si alguien quiere esconderse, busca un trabajo de guardabosques”; después, soltaba una risotada boba, ahogada con una tos seca, a la que nadie seguía. Al final, sin embargo, no conseguí superar el maldito vértigo, y no pude encaramarme a una de esas torres de vigilancia con las que no paraba de soñar. En el bosque, ya sea a ras de suelo, o a una altura en la que se contempla la línea del horizonte, los recuerdos juegan un papel distinto al que tienen en la ciudad.

Morse

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Todos sabemos lo que es el código Morse; todos hemos escuchado esos pequeños latidos, cortos e irregulares, que nos herían con mensajes extraños que no entendíamos, a través, siempre, de unos Walkie-Talkies de juguete. Su alcance, en el mejor de los casos, no iba más de allá de unos pocos metros. El código, después del juego, era enterrado con el propio juguete, cuando las pilas se terminaban o cuando empezaba a interesarnos otra cosa: una bicicleta, un nuevo amigo, o una sucesión de hormigas sobre nuestro brazo que, con el bocadillo a medias, empezaban a invadir el pequeño cuerpo de niño que habitábamos.

Así, el señor Morse y Alfred Vail, cada vez que desaparecía uno de esos Walkie-Talkies, se alejaban un poco más del sustrato de la existencia, como aquellos miedos en los que la gente deja de creer, y entonces, se olvidan, desaparecen, y una puerta se cierra para siempre, y no vuelve nunca a abrirse. Y mientras ellos se iban, ellos y sus pequeñas palabras hechas con puntos y rayas, fui un día a merendar a casa de mi abuelo. Allí se iba a merendar, a correr por el pasillo, a descubrir el infierno de olores que encerraba ese patio interior, donde luchaban las pinzas de la ropa con la curiosidad de los que fumaban. También se hurgaba, se buscaba en los cajones porque siempre había tesoros que descubrir; fotos de gente mayor, de tías y tíos con nombres muy largos, y monedas oxidadas, pero, sobre todo la linterna del abuelo. Un artefacto que usaba una pila de petaca y que él utilizaba para su paseo nocturno, cuando la próstata le invitaba a ir pasillo arriba, pasillo abajo. Esa linterna me guiaba dentro de los armarios, tras los sillones y bajo las camas, o en el cuarto vacío donde no había luz pero sí un olor a alcanfor que te iluminaba por dentro, como el cloro de la piscina en invierno. Yo proseguía mi búsqueda de cosas interesantes a los ojos de un niños, hasta que siempre daba con algo. Ese día, tras el pan con chocolate, el tesoro que hallé fue un libro viejo, sucio y polvoriento, que me hizo estornudar en cuanto lo toqué. Estaba editado por la Oficina de Gobernación – Marina Española. Sonaba, como todo lo de mi abuelo, a guerra, a pose digna, a cuadrarse con la boina en el ascensor cuando aparecía una vecina que requería todos nuestros respetos. Empecé a iluminar las páginas del libro con la pequeña bombilla del artefacto Tximist, casi tan viejo como mi abuelo. Era una guía de comunicaciones marítimas, y al final, junto a las banderas de señales que utilizan en los barcos para parlamentar en alta mar, aparecían unas páginas con el código Morse traducido. Las letras equivalían a puntos y rayas, y junto a las tablas que amarraban este maravilloso diccionario, los autores del libro habían escrito algunos ejemplos para hacer aquello más didáctico, para que el chocolate estuviera aún más delicioso:

“Los prusianos escondían la munición en el búnker”

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Guardé el libro bajo mi camisa, hundiendo parte en el pantalón, y me lo llevé a casa. Ha sido de lo poco que he robado en mi vida y todavía, hoy, creo escuchar a mi abuelo pidiéndome que le devuelva el dichoso libro, diciéndome que “alguien de honor, ni hurta ni falta a la verdad“. Consignas, tan bien dibujadas para un niño, como un dirigible en un cuento infantil o una trinchera en el mapa de una invasión bélica.

Aprendí el código Morse con la ilusión de quien aprende un nuevo idioma y comienza a entender su significado, una nueva dimensión en la que hundir los pies, un tesoro reluciente que contemplar, una mascota de puntos y rayas que acariciar. Escribía frases y mensajes sin sentido y los metía en cajas de cerillas, que luego, a su vez, escondía por toda la casa. Cuando hace un año, murió mi madre y la casa quedó vacía, los operarios que se llevaron los muebles, además de recuerdos, encontraron alguna de estas cajas. Me la entregaron por si tenía algo de valor. Claro que lo tenía:

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“La derrota no impedirá que nos levantemos”

Lo fascinante de este código, como el de todos los códigos, supongo, es su carácter secreto para aquellos que no lo entienden. Te permite lanzar mensajes sin saber si serán descifrados o comprendidos. Notas encerradas en botellas que, en la mayoría de los casos, nunca saldrán a la luz.

Cuando crecí, seguí jugando a dejar mensajes escondidos en los lugares por los que me movía. A veces eran cajas de cerillas escondidas tras el lavabo de un bar, o una pintada con tiza en el muro desconchado por el que pasaba la chica que me gustaba, o marcaba la corteza de un árbol con mi navaja Aitor. Todo aquello que quería decir, pero que no lograba articular con palabras, lo traducía en puntos y rayas, y lo plasmaba sobre algo, sobre un medio físico que me permitiera tejer ese hilo invisible que me unía con el destinatario al que quería enviar mi mensaje. Se trataba de construir una dimensión oculta, una capa invisible de intenciones, de deseos, de decir “te quiero”, “gracias” o “te echo de menos”.

Un día, entendí cómo perfeccionar la manera de dejar estos mensajes. Hablando con un amigo, cambiando recuerdos de niñez como si fueran cromos, me contó cómo su hermana había sido la encargada de informatizar casi todos los faros de este país, sustituyendo a los fareros por programas de ordenador que no sucumbían a los hechizos del vino o al poder de la tristeza de estar solos. Casualmente, uno de sus encargos fue el faro de Santa Catalina, situado en la costa Norte. El faro en cuestión, había iluminado algunos de los recuerdos de mi niñez, y cuya luz, muchas veces, imaginaba lanzando destellos en forma de puntos y rayas, llamando a marinos y a pescadores con mensajes de sus mujeres, de sus hijos, de sus hermanos, del cura, para que volvieran a casa sanos y salvos y no los devorara el mar, en forma de ola gigante o como un enorme monstruo marino que ascendía de las profundidades de la mente de un escritor loco.

Así que, con una caja de zapatos vacía, construí mi primer pequeño faro, alimentado por una pila de petaca como la que tenía la Tximist de mi abuelo. Estuve toda la noche lanzando mensajes desde mi ventana hacia la calle vacía de mi ciudad, sin que nadie, supongo, se diera cuenta de qué es lo que estaba diciendo esa luz endiablada con sus destellos intermitentes. Meses después, la caja evolucionó hacia un sistema que yo podía programar para que se iluminara únicamente el tiempo que yo quisiera, y lanzara el mensaje sólo a la hora programada. Construía las cajas como si fueran casas para pájaros. De esta manera, pasaban inadvertidas durante el día, y por la noche latían desde la frondosidad de las ramas de los árboles.

Hace un año, alcancé la perfección construyendo mis pequeños faros. Añadí un pequeño procesador al sistema de iluminación y una antena para controlarlo de manera remota. Así, consigo manejarlos desde casa, definiendo el mensaje desde mi ordenador, así como su duración. Si lo deseo, puedo sincronizar un faro con otro para que lancen el mismo mensaje desde dos o más lugares diferentes. Además, he instalado paneles solares en la cubierta de las casetas, por lo que ya no tengo que preocuparme por la duración de las baterías. Son faros totalmente autosuficientes que controlo desde casa. A día de hoy, he conseguido instalar más de cuarenta, estando todos operativos.

Esta mañana, alguien hablaba de mí en el periódico. En realidad, hablaban de mis faros, de las luces. Contaban cómo anoche, durante diez minutos, multitud de luces repartidas por toda la ciudad, habían estado lanzando el mismo mensaje. Nadie se había percatado de ello, salvo uno de los hijos de una conocida escritora, que mirando por la ventana, le dijo a su madre:

– Mamá, alguien quiere decirnos algo. Es código Morse:

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“Sigue bailando, no te detengas”

La perla del moro

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El mes de Septiembre, con sus madrugadas frías, con la cicatería propia de aquel que asesina al buen tiempo, es un mes en el que nos acabamos frotando las manos, tragamos saliva y, como siempre cuando se hace de noche, miramos al cielo. Siempre, amigos, hay estrellas que nos marcan el camino.

El mes de Septiembre, a pesar de contar con una brisa llena de rumores y de sueños atascados en el verano, es un período de enorme claridad, de aire fresco, de planos sobre los que proyectar las líneas y las curvas que trazaremos en las próximas tardes de café. El olor a café, escenificado en un apretón de manos o en una amistad casual, empieza a despertar, colándose en los engranajes de la ilusión humana.

Estos días, en los que todo se mezcla, en los que el éter llena nuestros pulmones, en los que los niños comienzan sus clases imbuidos de historias de fantasía, las líneas que separan lo real de lo irreal desaparecen. La ciencia deja de lado sus algoritmos y utiliza pociones ancestrales; la física mide conceptos como “ilusión” o “desesperación”, convencida de que el relativismo del multiverso tiende puentes hacia uno y otro lado.

El mes de Septiembre es como una especie de eclipse social, donde, por unos días, las leyes que nos rigen desaparecen, surgiendo una inercia que, vestida de anarquía y descontrol, nos lleva a nuevos puntos de encuentro. Sin saberlo, todos asentimos de manera ordenada cuando nos preguntan por aquellos sueños que acabamos de colocar en el punto de mira. Necesitamos resetear y que el frío inunde nuestros pulmones, perder la vista en la ensoñación de un recuerdo hermoso y dejar que, alguna lágrima peregrina, abra el camino de la emoción no contenida.

Estos días, cuando apuro el café, me asalta siempre el mismo pensamiento: “Mi reino por un escalofrío”.