Posavasos

 

Perder

la posición,

tras regalarte una mirada.

 

Ajustar el tono de mi voz,

entregando reliquias

entre mis palabras.

 

Seducir a una dentadura

sucia,

en busca de uñas que morder.

 

Sacar la basura,

caminando hasta otra ciudad,

y entregar allí las botellas vacías.

 

Volver a la lírica

de un boli Bic y pintar

un falo deforme en el ascensor.

 

Hablarte

tras un largo silencio,

y equivocarme en el mensaje.

 

Saber que estás aquí,

en cada susurro,

en cada gemido.

 

Consolar tu ausencia,

tu teléfono apagado,

con tu constante presencia.

 

Señalarte,

como Diosa,

como culpable,

mientras vuelvo

a arrojarme al vacío de tu almohada.

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Ombligorrémoras

La semana pasada, la empresa Coca Cola, presionada por la acción conjunta de los principales sindicatos, difundía una nota de prensa que ha suscitado cierta preocupación en la comunidad científica.

El Departamento de Salud e Higiene de la sucursal ubicada en Turquía, en la última revisión médica realizada a sus trabajadores de planta, detectaba un hecho alarmante.

El informe de dicha revisión ponía de manifiesto que en más del 90% de los trabajadores auscultados, la población de ombligorrémoras había disminuido en su organismo hasta desaparecer casi por completo. Este hecho, además de los consabidos problemas de salud, empezaba a generar graves trastornos en la cadena de producción de la planta embotelladora.

El profesor Yilmaz, catedrático de biología de la Universidad de Ankara, que en su personal catálogo de huéspedes del ser humano (Post modicum corporis, 2001) define las ombligorrémoras como “parásitos necesarios que habitan en la piel del ser humano, que nos ayudan a controlar la proliferación de pelusas en la cavidad del ombligo”, nos aporta alguna clave más. Al parecer, estos pequeños seres pluricelulares de apenas unos milímetros de extensión, están dotados de un sistema nervioso central muy desarrollado y de una retentiva memorística que, tras varios estudios científicos, se ha comprobado como una de las más potentes del reino animal, superando incluso a la de los grandes elefantes asiáticos. Son capaces de distinguir entre más de diez mil tejidos diferentes, mostrando cierta predilección por las pelusas de los tejidos más ásperos.

De apariencia similar a los pelos que crecen en la zona abdominal, es difícil distinguirlas de éstos a simple vista; siempre es necesario un examen con luz ultravioleta para ser identificadas. Cuentan con una raíz subcutánea de apenas un centímetro de longitud y son capaces de estirar su cuerpo estriado como si de un gran chicle se tratase, quintuplicando su longitud inicial para capturar la pelusa ubicada en el ombligo y nutrirse de ella. Se alimentan de noche, cuando el humano duerme y permanece totalmente inmóvil. Tras la digestión de la pelusa, convierten ésta en una sustancia altamente hidratante que reparten por toda la piel del arrendador.

Se calcula que un adulto normal cuenta con una población de tres mil ombligorrémoras en la región umbilical, y que éstas serán capaces de devorar, a lo largo de un año, unos tres kilos de pelusa de manera ininterrumpida. El profesor Yilmaz, durante la entrevista que mantenemos con él, nos insiste de manera apasionada en la importancia de mantener un número adecuado de ombligorrémoras junto a nuestro ombligo; una pérdida sustancial de estos huéspedes podría arruinarnos la vida, asegura.

La ausencia de ombligorrémoras, tal y como se ha visto en la planta de Estambul, ha causado significativas acumulaciones de pelusa en los humanos carentes de ellas, desembocando en problemas de salud corporal, malos olores y la imposibilidad de llevar una vida normal para muchos de ellos. Se calcula que casi un 20% de los trabajadores de la planta  están de baja por depresión debido a este motivo.

El caso que ha colmado la paciencia de los sindicatos ha sido el de Elif Özdemir, un operador de planta que sufrió un aparatoso accidente laboral al enredarse su enorme bola de pelusa abdominal con la cinta transportadora de botellas. Afortunadamente, Elif sólo sufrió el susto del accidente y un pequeño desgarro cutáneo a la altura de la cintura. Por contra, la producción tuvo que pararse durante un día entero, con las consiguientes pérdidas económicas para la empresa.

En Atlanta, sede central de la compañía, la ausencia de ombligorrémoras ya ha sido planteada como tema urgente en la última junta directiva, y su impacto se ha visto reflejado en la cotización de la empresa en Wall Strreet.

Hoy, todo el mundo se pregunta qué relación existe entre la producción del refresco más famoso del mundo con la ausencia de ombligorrémoras. ¿Se acabó la chispa de la vida?

El arranque Stein

Guillermo Stein llegó al colegio a mitad del curso y lo hizo en bicicleta. La bici era de su papá; los dos compartían estatura y talla de zapatos. Su padre trabajaba en el consulado y su madre era una mujer tan bella, que a todos nos parecía imposible que fuera madre. Además de fumadora empedernida, daba clases de latín en la universidad. Una vez fuimos a merendar a su casa Elías Zambrano, Machu Antonelli y yo. Su madre nos preguntó si queríamos leche, galletas o pan con nata que acababan de traer de la granja. Y todo nos lo decía en latín, y Guillermito traduciendo; fue algo mágico y triste a la vez, pensar que la mamá de uno sólo pueda hablarte en un idioma antiguo y casi muerto.

Recuerdo que cuando terminaban las clases, cuando corríamos al patio a fumar el tabaco que conseguíamos robar en casa, o cuando era la hora de almorzar, él saltaba los escalones de tres en tres, cayendo siempre sobre el pie derecho, practicando algún tipo de juego secreto que sólo él conocía. Decía en cada salto, cuando clavaba el talón en el suelo, el nombre de algún dios griego: ¡Zeus! ¡Ares! ¡Apolo! ¡Heracles! Después, ya junto a la puerta del comedor, siempre miraba hacia atrás para comprobar la ventaja que nos había sacado, ansioso como estaba por devorar aquellos pucheros que todos odiábamos. Guillermito, pobre, decía Elías Zambrano, todavía no lo ha envenenado la viejita Aurora.

Todos nosotros, que no contábamos más de doce años en la primavera del cuarenta y dos, durante aquel curso, comenzamos a forjar una amistad que duraría años, como contaría el propio Guillermo antes de desaparecer en las calles de Córdoba.

Nota: la primera frase pertenece a “El informe Stein”, de Juan Carlos Llop

42

  1. vida, compartida por
  2. personas. Un proyecto común en el que surgen
  3. invitados pequeños, un poco diferentes, pero de sonrisa fácil. Todos sentados en una mesa de
  4. patas. Los
  5. desayunando, gritando a destiempo que queremos Colacao y cereales, como si fuese una caldera a la que echar más madera. Una familia de
  6. más bien, la pantera también cuenta.
  7. veces siete se ríe y se llora aquí cada día, antes de las
  8. , antes de la hora de la cena, de marchar a la cama en forma de
  9.  y de encontrar la almohada arrugada en la página de un libro. Una historia agarrada por
  10. dedos que siempre empieza de esta manera:
  11. upon a time, y entonces, sigilosamente, una puerta se abre. Así los
  12. meses del año. Historias como la del Explorer VII, enviado el
  13. de Octubre de 1959 al espacio, donde
  14. personas seguirían su órbita desde un centro de control y vigilarían el funcionamiento de sus
  15. baterías de níquel / cadmio y sus paneles solares. Cerramos los ojos y calculamos el tiempo que tardaríamos en llegar al sol, más de
  16. años, seguro, eso si no nos abrasamos antes, claro, por mucho que nos tatuemos el
  17. en el pecho, que es mi número de la suerte. Pero ven, sigue leyendo, amor, hazlo como cuando teníamos
  18. años, y todavía no lanzábamos satélites al espacio de nuestro pequeño universo. Éramos brujos, usábamos la magia encerrada en hechizos y conjuros, como aquellas mujeres que fueron quemadas un
  19. de Agosto en Salem. Seguro que en medio del horror y de las llamas, de sus cuerpos consumiéndose hasta bien entrado el día
  20. , algunas de las cenizas de su tejido celular ascenderían y se perderían más allá de la exosfera, más allá del tiempo, rozando siglos después el metal del Explorer VII. Un satélite que, en pleno siglo
  21. ya estaría inoperativo, como las cenizas. Pienso en ello, en cómo el tiempo futuro atrapa cosas, algunos desechos del pasado y los junta de nuevo para darles un significado diferente, el que tienen cuando quedan enlazadas. Yo quiero que el siglo que viene, el
  22. , mis cenizas se junten con las tuyas, amor, y con otros restos de nuestra vida, de los
  23. años que llevamos juntos, de los días de Octubre marcados por el
  24. y que siempre han sido tan especiales, como si celebráramos los
  25. años de casados, uniendo ese instante de tu alumbramiento en Valencia con el momento actual. Un tsunami originado en 1975 y que, debido al prodigio del azar, ha sacudido mi propia existencia desde entonces. Como la bomba atómica que se llamaba Valencia y que los americanos detonaron bajo el suelo de Nevada el
  26. de Septiembre de 1958, un año antes de lanzar el Explorer VII al espacio. Un año de separación, igual que yo, naciendo un año antes que tú, un
  27. de otro mes, pero seguramente marcado por el destello de tu aparición futura, un tatuaje invisible, una broma del día
  28. , como una sonrisa loca en un día en el que se recuerda un hecho trágico. Encuentro entonces este texto: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz y no de mal, para daros el fin que esperáis.”, el versículo
  29. de Jeremías, un nombre que me cae simpático por tetrasílabo, palabra que podría ser perfectamente un insulto. “Ey, tetrasílabo de los cojones, ¿quieres quitar el coche de ahí?”. Pero claro, los tetrasílabos, por tener cuatro sílabas, carecen de miedo y prudencia, y me respondería con bravuconería: “¿A que te doy
  30. hostias?”, me dice. Cierro este pensamiento absurdo porque no me lleva a ningún sitio. Vuelvo al motivo de esta carta organizada en más de
  31. razones para decirte muchas cosas, tantas como números pueda gritar, como anuncios vimos en nuestra vieja TV de
  32. pulgadas. Ahora que ya superamos los dos la edad mágica de los
  33. y no podremos resucitar al tercer día, construimos puentes y acueductos que durarán una eternidad. En el año
  34. los romanos construyeron el acueducto de Nimes. Llevaban agua, piedra a piedra, a lo largo de 269 millas, una acción puramente funcional, pero hoy entendida como un hecho lleno de amor; igual que en el futuro los arqueólogos entenderán el funcionamiento del IBEX
  35. , donde aparecerá con nostalgia toda esa mierda que ni entiendo ni quiero entender, aunque estuviera
  36. horas estudiando su funcionamiento. Puentes, tatuajes, brazos extendidos, piedras, cajas de cereales en la encimera de la cocina. Esta carta va de todo eso, de cada momento sucedido o que está por suceder, cada molécula que ha cambiado de posición por estar juntos, cada patada que le hemos dado al azar por querernos, desde el primer momento hasta el último, pasando por todas y cada una de las fotos que hemos hecho, desde el nacimiento de Marta, la llegada de Pablo o cuando apareció Hugo. Ese año, en tu tarta había
  37. velas y, día a día, seguimos llevando agua de un lado a otro, muchas veces sin entender las cosas, sólo sintiendo y apagando la sed, pagando el IVA o cumplimentando el modelo
  38. 0. Acercarse al calor, a la mano tendida y dejarse embargar por la felicidad, pero también por los nervios, como cuando estábamos en la semana
  39. y en pocos días volveríamos a casa con uno más en el coche, algo tan sólido y tan intenso que, cuando sucede en la
  40. , la vida se hace grande y nosotros pequeños, y no existe el sueño, ni la tristeza. Los ojos se abren de par en par para fijarse en lo que está vivo, en la felicidad que pasa rápido de un acontecimiento a otro, de un breve encuentro a otro, en las cenizas tocando el metal de un aparato sin batería, en el agua fresca corriendo por encima del granito, en el paso de los
  41. a los
  42. Te quiero.

El mejor olor del mundo

– Papá, ¿cuál es el mejor olor del mundo?

Los niños son curiosos. Asoman su mirada por cualquier recoveco que les ofrezca el camino de regreso a casa; escuchan, huelen y tocan, siempre dispuestos a mancharse las manos y las rodillas. El mundo es un laboratorio donde mezclan la información de todos sus sentidos, buscando algún tipo de fórmula de la felicidad. Uno de esos huecos a los que les gusta asomarse, el que más vértigo y placer les ofrece, es el del futuro. Esa película en la que se ven actuando como mayores, con los zapatos grandes, con la altura y la fuerza de sus progenitores, con los pechos voluptuosos de una madre o con una mata de pelo cubriendo su cuerpo. Esa curiosidad por saber, por entender lo que van a ser, les lleva a dispararte un millón de preguntas, algunas sin respuesta, todo sea dicho.

Bribón. A Pablo le encanta ponerme a prueba, hacerme preguntas difíciles que me obliguen a pensar y que no pueda responderle de manera automática.

Intento ganar tiempo, buscar en todos los rincones de mi memoria y encontrar algo de azúcar que pueda darle mientras me inunda con el azul curioso de sus ojos. Le hablo primero del césped, del momento en el que uno pasa la máquina y crea una perfecta alfombra; lo delicioso que es plantar los pies allí, mancharse de verdín y respirar un perfume que debería embotellarse para poder inhalarlo los lunes en la oficina. Así huele la palabra “frescor”, le digo. Pero entonces me acuerdo de otros instantes, de cuando él o sus hermanos eran pequeños y dormían plácidamente en sus camas. Y uno, que cuando se hace padre se convierte en vigía y en científico, observador, trapecista y matemático, antes de acostarse siempre camina pasillo arriba, pasillo abajo, entrando en los cuartos para calibrar lo plácido que es el sueño de sus vástagos. Les acaricia la frente, les aparta el pelo y les da un beso furtivo sin que se enteren y en ese momento, inhala el perfume del sudor de sus pequeños, un aroma avainillado, de croissant recién hecho bajo las sábanas. Sí, ese olor es mejor que el del césped, por supuesto, le digo. Y le cuento que en ese momento quiero abrazarlos, estrujarlos fuertemente, pero me acabo conteniendo, no les vaya a robar el sueño en el que están inmersos, algo que sería imperdonable.

Y su niñez te lleva a la tuya propia, a los lugares en los que viviste, ahora sólo presentes en tu memoria, totalmente desdibujados, pero agarrados al sabor del bocadillo de la merienda, al sonido de la bocina del recreo o los paseos con tu abuelo volviendo del colegio. Tu abuelo. Con él te detienes un rato haciendo este imaginario repaso. Hay un millón de fotos con su nombre: su sombrero austriaco y su boina, la elegancia de ese bigote blanco que causaba sensación entre las damas del barrio, esa colonia de etiqueta amarilla y con nombre de avenida, un apellido compuesto que todavía hoy tenemos en casa. Hundo mis dedos en el pelo de Pablo, queriéndole decir lo afortunado que es él y sus hermanos de poder contar con sus cuatro abuelos. Le animaría a que acumulara todos los recuerdos que pueda con ellos, le insistiría en lo caprichoso que es luego el azar, en cómo la barrera de los setenta años está llena de lodos y sombras. Pero eso no se lo puedo contar, es una norma no escrita sobre la pérdida de la inocencia, algo que deberá aprender solo, vivir su primer duelo, entender lo efímera que puede ser la vida, la oscuridad tras un disparo. Tendrá que asumir que la historia de nuestras vidas puede cambiar en un solo instante, a golpe de chasquido. Puta madurez, pienso.

Le hablo a Pablo de su madre, de cómo le huele el pelo de la misma manera que le olía cuando tenía quince años y pudimos, escondiéndonos de todos y de todo, darnos nuestro primer beso.

– ¡Qué asco, Papá! No me cuentes eso. – Pablo gesticula entonces de manera excesiva, como si fuera a escupir, tapándose los ojos ante la vergüenza de imaginarse a sus padre con las bocas juntas.

Pero no todos los olores son buenos. Hay algunos horribles, aromas que te llenan las fosas nasales de insectos que te devoran por dentro; esencias que uno sólo recuerda cuando hace repaso al álbum completo, algo, por supuesto, que no compartiré con mis hijos. No les hablaré del olor del practicante al que nos llevaba mi madre de pequeños, un olor a formol que emanaba de las baldosas verdes que cubrían la sala. Era un olor pegajoso y con vida propia, un monstruo que encarnaba al DOLOR con mayúsculas, el mismo hedor que aparecería muchos años más tarde inundando la sala de espera de otro hospital, convirtiéndose en la etiqueta que quedaría unida para siempre a la pérdida de un nombre, uno que nunca llegaría a ser pronunciado.

Olores buenos, otros desagradables y algunos que nunca hemos percibido o tocado, pero que aún así, existen de manera casi sólida en nuestro imaginario.  El hecho de no haber coincidido con ellos, de que algo físico haya estimulado nuestra pituitaria, no significa que no los recordemos. La memoria, al fin y al cabo, con sus mentiras, es la gran confabuladora del universo, la mayor creadora de ficción de nuestras vidas.

Así, hay películas a las que les hemos asignado una fragancia y no otra, o varias a la vez. Los paseos en avión que disfrutamos en Memorias de África sabemos cómo olían en cada momento; el frescor, la hierba, el mar o la sequedad de la sabana. Le digo a Pablo que el día que vayamos juntos a África ya sabré cómo huele el continente negro. Que esto ya me había pasado, cuando su madre y yo viajamos a Nueva York. De repente, nos vimos inmersos en un decorado con olores; la ciudad nos enseñaba, ese mes de agosto que plantamos los pies en aquel lugar, cómo olían las películas que habíamos visto mil veces, o las páginas de los libros ambientados allí. Brooklyn era un vestido húmedo que olía a bretzel.

Aprovechando que estábamos en el despacho, le enseño un libro a Pablo, lo abro y dejo que inhale el perfume de sus páginas y le explico, como ya lo he hecho otras veces, que los libros también se disfrutan a través del sentido del olfato. No todos huelen igual, no todas las palabras están perfumadas de la misma manera.

– Ven – le digo, llevándole de la mano al armario de los cómics. – Cierra los ojos y aspira profundamente cuando te lo diga.

Y respira tan profundamente, inhala de manera tan penetrante a Spiderman y a Batman, que yo también viajo con él a mis primeras lecturas, al deleite de nadar en medio de la fantasía, de surcar la noche de Gotham, de lanzar redes a las cornisas del edificio Chrysler, de huir y volver, de querer irme de nuevo con el siguiente número y la siguiente aventura. Me reconforta entonces la idea de estar regalándole un pequeño recuerdo a mi hijo. Tal vez, en su futuro, en su listado de olores del pasado, tal vez yo esté allí, junto a él.

– Pero Papá, no me has contestado. ¿Cuál es el mejor olor del mundo?

Acacias

Hay árboles que ensucian el suelo sobre el que crecen, corrompiendo las aceras con resinas tóxicas y pegadizas.

Esperan abrazarte con su podredumbre, justo cuando deslizas tus pies por allí; regalarte un beso pegajoso, untar su elixir linóleo en los zapatos de cada invitado.

Nos arrebatan la liviandad, el pan blanco sobre el que caminamos.

Su esperanza, su ilusión, es que levantes la vista y contemples la hermosura de las hojas, de las ramas, que sepas de dónde salió tanta porquería.

Para bien o para mal, también hay personas así.

Esto es para ti, Facebook

Hace unos meses, participé en un proyecto para una entidad financiera, un pequeño vídeo donde debíamos explicar qué era el Big Data. En la primera reunión, te enseñaban una pequeño “clip” en el que aparecía el mapa de España, y luego, como si fuera un “time lapse“, veías en unos pocos segundos el discurrir de toda una semana. Y lo que te enseñaban en ese vídeo animado, era el gasto de la gente con sus tarjetas bancarias. El gasto era un elemento vivo, representado con colores que se iluminaban en el mapa, que se desplazaban hacia la costa cuando llegaba el jueves y el viernes. Podías ver dónde se concentraba, las ciudades con mayor gasto, los sitios donde hacían uso de las tarjetas ciudadanos aparentemente anónimos: gasolineras, restaurantes, burdeles… Todo se monitorizaba, todo se sabía. Cuando te explicaban el contenido del vídeo, a nuestros interlocutores les brillaban los ojos, cachondos, excitados con aquello que llamaban Big Data, con el poder que tenían en sus manos de saber más de lo que conocemos los pobres ignorantes que estamos a este lado del espejo.

Big Data.

Sonaba a hamburguesa con queso chorreante y un montón de triglicéridos; tiras crujientes de bacon y sales minerales por doquier. Sonaba a poder oculto, a directivos cachondos. Era algo que te excitaba cuando te lo explicaban y veías las posibilidades reales que tenía todo aquello. Me acordé de Mulder. Él lo sabía, joder.

El proyecto fue un poco desastre, qué se le va a hacer, pero eso es lo de menos. La cuestión es que, desde entonces, llevo tiempo analizando mi relación con Internet, con las redes sociales. Las contemplo como enormes organismos que examinan y digieren toda la información que les doy. Son monstruos cada día más listos y más peligrosos, dioses digitales que algún día provocarán una guerra nuclear si no aparece antes ningún John Connor en escena.

Pienso en este texto, en estas 574 palabras que los algoritmos de Facebook escudriñarán; interpretarán los mensajes ocultos y sacarán sus propias conclusiones. Aquí, esta media página en la que cuestiono mi propia libertad de elección ante los contenidos que consumo, ayudará para que en mi Timeline sólo aparezca aquello que estimula mi hipotálamo con suficiente intensidad. Esos servidores enormes, esas granjas de máquinas pensadoras que la empresa del logo azul tiene en países sin tratados de extradición, saben más de mí que yo mismo, y me proporcionan todo lo que necesito. Esta es la filosofía.

Me gusta lo que leo.

Me gusta lo que escribes.

Me gusta que no me guste lo que enseñas (esto es también parte del juego).

Me gusta la playa que me vendes y en la que estaré el próximo verano.

Me gusta el porno que me ofreces,

los zapatos que quiero comprar.

Me enseñas zapatos pornográficos y playas en la que leeré lo que escribes. Lo sabes todo de mí. Haces poesía con las cookies, pervirtiendo mi realidad y convirtiéndonos a todos en seres que sólo nos movemos por entornos digitales.

Podrías ser Dios, podrías ser el Diablo. Podrías matar al presidente, invadir Gibraltar, desenterrar el misterio de Jesús. Podrías serlo todo, el pliegue mágico que nos trajera la cuarta, quinta y sexta dimensión. Sólo hay algo que te separa de ocupar tu propio sillón en el Olimpo, y es tu manía de ser políticamente correcto en todo.

Sublévate, cruza la línea y entonces todo esto será tuyo. Con el permiso de John Connor, claro.

 

 

Campos de trigo

Karina no tiene pijama en casa, ni mudas (como diría mi abuela) preparadas para el día siguiente, ni un pasado envuelto en papel cebolla. Karina duerme en el suelo, porque le quema la cama, porque necesita posar sus manos en la tarima de madera y sentirse, como sólo se siente con las yemas de los dedos, cerca del mundo físico que habita. Karina espera, como cada mañana, el olor del desayuno para saborear la luz del nuevo día, abrir la puerta y preguntar, una vez más, en qué país le toca vivir hoy.

Karina cumple 80 años en su casa de las afueras de Phoenix, donde su hijo Boris cuida de ella. Boris prepara los huevos fritos, el café y una historia sobre el pasado de su madre. Karina no tiene recuerdos, memoria alguna o fotos a las que agarrarse desde hace un par de años, cuando el Alzheimer, de noche, se los llevó. Alguien se dejó una ventana abierta, piensa Boris. Alguien entró y los robó, como si fueran algo valioso, como si custodiaran el tesoro oculto del Zar.  ¿Quién querría los recuerdos de su madre, una vieja rusa que llegó a este país en plena Guerra Fría, cuando Cuba era una sartén caliente llena de maíz chisporroteante a punto de convertirse en palomitas cubiertas de mantequilla? Karina trabajó para el gobierno, como si fuera una espía, pero sentada diez horas con sus incómodos auriculares, escuchando y traduciendo conversaciones que grababan a señores que hablaban en ruso, en uzbeko y hasta en ucraniano.

Karina escribía los nombres de todos los que hablaban, casi todos hombres; señores importantes que discutían constantemente de comida y de mujeres con pechos enormes. Grandes políticos conversando con la boca llena, o gimiendo en burdeles, o totalmente ebrios emitiendo gorgojeos ininteligibles. A veces, en las traducciones, se inventaba las palabras. Cambiaba las que le resultaban más groseras por otras menos ordinarias, intentando corregir a aquellos hombres maleducados, en un absurdo intento de convertirlos en mejores personas.

Ella no recuerda nada de esto, aunque a veces pasa su mano derecha junto a su diminuta oreja, aliviando el recuerdo del dolor que le dejaban las interminables escuchas, un dolor ahora invisible. Pasa sus dedos, un poco temblorosos, sin saber por qué, aunque le consuela, y recuerda, porque eso sí lo consigue visualizar, el olor de los campos de cereal donde trabajaban sus padres, un océano amarillo que mecía el viento de los Urales y que servía para alimentar a toda la patria. Y se sienta a desayunar los huevos que le prepara su hijo, y le da las gracias, “спасибо” le dice, y Boris le pide, en ruso, también, que intente hablar en inglés, que se le acabará olvidando, ya se lo dijo el doctor, era importante madre.

Y mientras limpia la cocina, Boris piensa en Mercedes, en la coleta que sujeta su pelo negro, en el uniforme de Walmart que oculta la perfecta turgencia de sus pechos. Los dos tienen la misma edad, se aman y comparten programa favorito en la televisión. Mercedes prefiere el turno de mañana; disfruta pasando los productos de los clientes por ese lector mágico, ese aparato de rayos láser de color rojo que adivina lo que cuesta cada cosa, siempre sin equivocarse. Mercedes mira a la cara de quienes pasan por su caja, la número cuatro, y les regala una sonrisa. Su madre siempre le decía, “cariño, enseña tus dientes, blancos y hermosos que brillan como la nieve, aunque yo no la haya visto nunca”. Y era cierto; la mamá de Mercedes murió sin ver antes la nieve.

Cuando Karina duerme, o simplemente sueña sobre el suelo de su cuarto, los dos enamorados aprovechan y se acurrucan bajo una manta que ella trajo de Quintana, su ciudad, y se aman como sólo se ama en América. Ellos saben que el amor es eso, entregarse frente a la Ruleta de la Fortuna e intercambiar los besos por las palomitas, y viceversa, claro. América es una democracia para todas las cosas de la vida. Quieren casarse, y vivir juntos, y cuidar a Karina con abrazos de oso ruso y chiles picantes. Y también desean hacer una excursión a la nieve, donde Mercedes dejará un poco de las cenizas de su mamá, porque le hizo una promesa y ella siempre cumple lo que promete.

Aparece la letra “R” en la ruleta. Con la “R”, país que lidera las exportaciones mundiales de trigo. Mercedes contesta, lo sabe de sobra, ella ha estudiado historia, y mira a Boris, cómplice, y le acaricia la barbilla con los dedos manchados de mantequilla. Y Karina, que también conoce la respuesta, duerme en el suelo de su habitación, y sueña. Se pierde en un sueño en blanco y negro, donde aparecen algunas de las voces que escuchaba con sus auriculares negros. “Karina, ya sabes quien soy”, y claro que lo sabe, porque Karina escuchó alguna vez la voz de Nikita Jrushchov, “¿Qué quiere, Sr, Jrushchov, de una vieja como yo? Hace muchos años que no oía su voz.”. “Quiero que vuelvas a tu país. Debes volver a la tierra donde naciste. Está cambiando y te llama. Ya no hay rencor entre nosotros. Vuelve Karina, te esperan en Balchik”.

No fue difícil convencer a Boris. Parecía que Karina había recuperado parte de su memoria, de su lucidez. Boris sabía que éste sería el último deseo de su madre y no quería arrebatárselo. Para él, serían unas bonitas vacaciones en la tierra de sus antepasados. Además, Boris trabajaba desde casa y podía realizar sus proyectos a un lado o a otro del Atlántico. Boris diseña vídeos de proteínas con su ordenador. Calcula luces y sombras dentro del torrente sanguíneo, donde circulan a gran velocidad pequeñas y extrañas estructuras. Luego pone nombres de medicamentos nuevos dentro de los vídeos y las empresas le pagan mucho dinero por ello.  Y Mercedes, bueno, ella quería descubrir otros países, lugares que aparecían en los libros que había estudiado y que sólo conocía por Youtube. Se preguntaba si la estepa rusa se parecería en algo al desierto de Sonora. Seguro que compartirían familiares y primos lejanos. Además, quería practicar su ruso, idioma que empezó a estudiar al conocer a Boris. Fue la excusa perfecta para dejar el trabajo en el supermercado y encontrar una nueva posibilidad, la foto del sueño americano en otro lugar.

Balchik es un océano amarillo, pero sin mástiles de barcos que surquen las colinas, ni salitre o gaviotas en los tejados; sólo cosechadoras que peinan la tierra y que hacen temblar el suelo a ritmo de polka y motor diésel. Apenas hay coches, y allí, los trenes, se vuelven infinitos y arrastran millones de vagones, todos repletos de grano para alimentar a los mercados capitalistas de ultramar. Balchik es un reino que huele a tierra, a polvo en las botas y a golondrinas que vienen y van. Es un reino que ha sobrevivido a dos revoluciones y a tres imperios. Su tedioso paisaje ha enterrado a varios ejércitos y ha aniquilado el sueño de muchos hombres.

Boris ha alquilado una casa en las afueras, junto al campo, cerca de la nave donde duermen las cosechadoras. Tiene una televisión grande, canales por satélite y hasta “La Ruleta de la fortuna”. Y también hay una manta para acurrucarse en el sillón cuando refresca. Mercedes sonríe; le dice a Boris que aquí también pueden tener su sueño americano. Y los dos ríen de manera sincera, enseñándose los restos de maíz entre los dientes, y eso les hace gracia y vuelven a perderse en una sonora carcajada. “Cuidado, katyonak, que mamá duerme”.

Pero Karina no duerme. Ha salido a hurtadillas de la casa, adentrándose en el campo; quiere tocar esta tierra en su última noche. Sabe que la muerte vendrá hoy a por ella. Está tranquila, nada le pesa, pero le guía la responsabilidad de hacer las cosas bien, de estar en el lugar adecuado cuando llegue el final. Y avanza despacio, descalza y desnuda, por unos trigales que son casi más altos que ella. Acaricia los tallos de cada planta con las manos, en paz consigo misma, respirando profundamente y diciendo a la muerte, siempre en ruso, que puede venir a por ella.

Con la “T”. Cereal cuyo nombre proviene del vocablo en latín que significa “quebrado“.

Se abre el telón

Decía hoy A.S. que a este mes, hay que entenderlo. Totalmente de acuerdo. Sin embargo, yo no lo consigo. Se me atraganta como un trozo de pan reseco, arañando mi garganta, que acaba escocida y sangrante; y encima, sin poder agarrar el vaso de agua que tengo cerca porque se me antoja prohibido.

Es un mes donde alterno la ventana abierta con la cerrada, el saludo con la despedida, los besos con el grito histérico del despertador. Y yo, que soy alguien que se acomoda en el sillón de sus costumbres, andar así, pues qué os voy a contar, hace que la ansiedad se me dispare, como las pulsaciones de Contador subiendo el Angliru, tanto, tanto, tanto, que el aire y la gravedad desaparecen y dejo de respirar. Paseo un rato por el espacio exterior, con unas vistas preciosas, con el regalo de una perspectiva única, con el calor de mi traje espacial. Pero el aire vuelve, con las bocanadas de la rutina, con la música que deja de sonar y entonces, caigo al vacío como un muñeco que se despeña por la montaña. Examino mi cuerpo. Las rodillas aparecen arañadas, voy en pantalones cortos y apenas tengo pelos en las piernas. Joder, dame un poco de Betadine para salir de este flashback no provocado. Tengo que dejar de medir el tiempo en años escolares.

“No bajes las escaleras con las manos en los bolsillos”; mi padre me lo decía siempre, y yo se lo digo a Pablo y a Hugo. ¿Será ésta una canción que hable del amor fraternal, de la sangre, de los bolsillos? Una vez conocí a alguien que llevaba una piedra en el bolsillo de sus pantalones; siempre la misma piedra. Era su anclaje al mundo físico, su punto de unión con todo aquello que dista de ser un pensamiento, un sueño, una emoción. Esa piedra, eternamente caliente, pulida por el tacto continuado de los años, era un precioso verso endecasílabo que le tranquilizaba:

An-sie-dad- No-de-jes-que-te-de-vo-re.

Este es un mes de estrenos. Iniciamos nueva temporada y no sabemos la serie que nos tocará protagonizar este año. ¿Comedia? ¿Drama de ciencia ficción (me encantaría)? ¿Falso documental? Ya veremos qué pasa. El frío, como el apuntador, será quien nos diga  el texto a interpretar. A mí me gustan los años de comedia, cuando uno actúa como si tuviera un público detrás, esperando a que el regidor les marque el momento de explotar en sonoras carcajadas. Días en los que pequeñas voces que salen de un Walkie, nos dicen cuándo entrar o salir del plano, escondiéndonos en el decorado del salón, cambiándonos de traje sin que se entere la audiencia. Hago un chiste y miro al público, ríen; Marta sigue con otra broma y así termina el capítulo de hoy. Mañana será otro día y elegiremos, como siempre antes de empezar a grabar, entre el paraguas y el chubasquero.

Se abre el telón.

Yo no soy Ginger

– Así, con esta luces, eres igualita a Ginger.

– ¿Quién es Ginger…? ¿Otra de tus putitas?

– Joder, la de la canción. Está visto que no hoy no quieres hablar.

– Que yo sepa, la canción no decía nada de cómo era Ginger.

– Pero la canción hablaba del sombrero nuevo de Ginger.

– Vale, ¿y…? ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

– Cierto, no tiene nada que ver. Me marcho. Hoy tengo turno de noche en el juzgado.

– ¿Cenarás en casa hoy?

– No, me voy ya. ¿Puedes ponerles comida a los peces? Los del acuario grande.

– Me da asco tocar esa mierda que huele a pescado a muerto.

– Joder, hablas igual que Ginger.

– Y dale…Venga, vete ya. Les daré de comer.

Barrio residencial

En mi pueblo no hay barberías, ni galerías de arte, ni talleres clandestinos, ni hipsters, ni turistas en pisos de airbnb.

En mi pueblo gana siempre el mismo partido, el mismo alcalde, el mismo negocio.

En mi pueblo hay chalets, urbanizaciones, clubs de pádel, supermercados y calles desiertas por las mañanas.

Los de fuera dicen que estamos lejos del centro, lejos de todo, que vivimos aburridos en nuestro barrio residencial.

Los de dentro, también.

Tenemos rotondas, césped artificial, banderas enormes, funcionarios municipales que tosen mientras gestionan millones de actividades extraescolares.

Una vez al año, en el colegio del centro, hay teatro. Los niños se visten de estaciones, dando la bienvenida al verano. Los padres lloran y hacen fotos. El alcalde aplaude con entusiasmo. Todos aplauden al alcalde.

Los sábados, se levantan mil columnas de humo hacia el cielo, como si un montón de indios estuviera contando una película con señales. La gente reza delante de las barbacoas, habla del tiempo mientras mastica, se ríe, cuenta ebria las horas hasta el atasco del lunes.

Yo escucho el latir de la autopista, las caricias de los coches al asfalto nuevo, la postal de las montañas al fondo. Les pregunto, incauto, si vendrá lluvia. “Sí”, me dicen, “el agua empapará a los caminantes con perros”.

Hay carteles en los arcenes, cantando en silencio los kilómetros hasta los puntos de encuentro, Madrid 19, como los niños del sorteo de navidad.

Dicen que la belleza está en la ciudad, en sus puntos de información para guiris, en sus adoquines centenarios, en sus fotos de Instagram.

Mi pueblo es como Brasilia, construido sobre chabolas, lanzando ángulos rectos en todas direcciones y con aires de sobrecoste, pero eliminando el romanticismo y el carril bici. Las utopías han quedado recluidas en las urbanizaciones de lujo.

Aquí es imposible perderse.

No existe el cielo gris, ni hay yonkis pidiendo dinero, ni mimos en las avenidas, ni bocas de metro que devoran gente.

Tampoco nadie le canta al césped recién cortado, o a los riegos mal programados o al derroche que se come a diario la hormigonera.

Mi pueblo calla, porque hay señales para que se respete el silencio. Alguien avisa a un niño que grita: “No puedes romper el juramento del barrio residencial.

A pesar de todo esto, la belleza, oculta y transformada, aparece y siempre me saluda.

Es domingo. Voy al campo con mis hijos.

 

Círculos

Nos alejamos de todo, de las risas, de los dientes blancos, de las copas de Cinzano.

Los pies no pesan (cómo diría el columnista del cuarto); son cuerpos de tres letras, dispuestos a buscar ellos solos la verdad.

Nos alejamos, sí, para andar en círculos.

Cada círculo, con su abrazo medido en radios, nos permite ganar un poco más de perspectiva, alejarnos del acto en sí de lo que hacemos, trasladar la acción a un escenario más grande.

Nos alejamos un poco más, a un círculo más amplio, donde aparecen un mayor número de personajes, de relaciones causa-efecto, de matices, de volúmenes, de pinceladas de óleo espeso.

Círculos de perspectiva, círculos de colores, de pensamiento, de emoción, de amor, de odio, de deseo. Hay miles, millones mil, infinitos círculos sobre los que bailar; círculos que adornan nuestros pasos.

Llévame un poco más lejos, por favor. Méteme en un quirófano adornado con peces de colores, con peluches de tómbola, con arrugas en la pared. Acompáñame a jugar con un asesino múltiple; rezaremos juntos y nos disfrazaremos del fantasma de la conversión.

Camino, con mis pies descalzos, sobre un perímetro de intencionalidad, un borde que añade sentido a este baile y permite que nuestros actos se construyan con un pegamento fuerte y sólido. Al menos eso dice la publicidad de mi confesor.

Círculos desgastados, que cortan mis pies, que me envenenan con besos amargos, con ensaladas de cianuro, con clases de spining sin sudor.

Hay una serpiente al final del todo, un cascabel en mi entrepierna, un salto de estilo por el hueco del ascensor.

Me oigo lejos, retumbando en canciones casi olvidadas, rascando la mugre en una parrilla negra que debería tirar.

A veces, me gustaría vivir sólo en una metáfora, y que la porquería fuera, al final del todo, palabras mal escritas. Sólo eso.

Cámaras

Un retrato,

un paisaje,

un momento capturado.

Tiempo encerrado,

violado sobre el papel

una y otra vez.

Eres poderosa, imagen,

evocando tormentas de risas,

o lágrimas casi acabadas.

Consigues un retrato Instant

de mi alma negra,

condensando los pecados

en un puñado de píxeles.

El truco está

(lo diré muy bajito)

en aplicar filtros, distorsiones, negruras oxidadas,

y compartir luego todo en colegios, en iglesias, en prostíbulos.

Cada día, querida cámara,

entiendo peor cómo funciona la luz.

 

 

Reglas para dormir a pierna suelta

1- Monitorizar las cargas de mi estado emocional, y comprobar si algo saltará en los próximos minutos.

2- Retorcer un ensayo político y extraer todo el sabor, escupiéndolo más tarde por la acidez de mi ignorancia.

3- Volver aquí, al cajón de las sombras, para empacharme de luces y aristas que escuecen y arañan mi garganta.

4- Pulir las llagas de mi boca, con palabras nuevas, de significados hasta ahora ocultos.

5- Encerrar los síntomas de la ansiedad, esperando (con miedo) que sea la hora de su paseo nocturno.

6- Bailar, cerrando los ojos, sobre millones de cristales, asumiendo el dolor como parte del peaje.

 

Septiembre

Septiembre.

Aún quedas lejos.

Te leo caliente, te sueño excitado,

dibujado en la pared.

Te veo, todavía, deshilachado.

Sin filtros fotográficos,

sin arena, ni piel quemada, ni olor a bronceador.

Me acaricias con tus letras,

susurrándome el deseo de llegar,

de irte lejos.

Septiembre.

Siempre eres una puerta abierta, una bofetada, una metáfora de lo que no soy.

Eres una pared contra la que apoyar mi espalda,

el filo de las preguntas sin respuesta,

acercándose y empujando,

con bravura, dispuestas a empitonarme,

a vengarse de mi ignorancia y mi cobardía.

¡Resiste!

(proclaman las voces amarillas)

Pero no lo haré.

Septiembre.

Me dejaré inundar por el frío.

 

“Sr. Jiménez, le siguen”

Un buen amigo, al que quiero y respeto, me decía el otro día: “Joder, Ibarreta, se ha muerto otro amigo mío de ELA”. Mientras hablábamos, él hacía mentalmente la cuenta de los caídos. Repasaba el nombre de todos aquellos que, perteneciendo a su círculo de amigos y conocidos, se los había llevado esta enfermedad. Cuando terminó nuestra llamada, su preocupación me había calado, dejándome la columna vertebral helada, como si alguien hubiese vaciado un cubo de agua fría por el hueco existente entre mi nuca y el cuello de la camisa.

El frío me llevó a cerrar los ojos, a visualizar mi presencia en el mundo como un punto negro en el mapa. Junto a ese punto, aparecían otros, unos más cerca y otros más lejos, cada uno perteneciente a las personas que quiero, gente con quien comparto algo en la vida. Puntos casi inertes, moviéndose despacio por este continuo espacio/tiempo, como si se tratara de la partida de un juego de mesa donde cada movimiento está condicionado por una tirada de dados.

Y en este tablero, en este juego donde no podemos descansar ni un solo minuto, hay bestias que nos acechan. Rostros oscuros que nos vigilan cuando reina la oscuridad, bocas deformes que nos echarán su asqueroso aliento si se acercan más de la cuenta. Esos animales sin cuerpo y sin sombra son las enfermedades. Todos tenemos nuestra propia alimaña asignada, como un tatuaje que nos hacen al nacer, que jamás se borrará de la piel y que un día se tornará real para devorarnos la carne desde dentro. Como las fieras, a veces las enfermedades atacan también en grupo, aunando fuerzas para devorar juntas a sus presas.

Asimismo, hay bestias que atacan siempre a una familia de víctimas, como si todos sus miembros supieran que serán devorados por el mismo animal. De la misma manera que el lobo ataca a las ovejas del rebaño, hay enfermedades que embisten siempre a los miembros de una misma familia, atraídas, quizá, por el mismo patrón del miedo. Instaladas en las proximidades, podrán acechar durante años a quienes han compartido mesa y mantel en navidad.

Hay un cáncer de próstata olisqueando el buzón, escudriñando mi nombre y viendo en qué momento será mejor atacar. Hay un ictus en la puerta de mi vecino, frotándose las manos por el siguiente trofeo que se llevará puesto. Pasa la sombra alargada de la leucemia y el resto de bestias gimen de miedo, porque ellas también le temen. Viene a cobrarse una víctima infantil y eso, no le gusta a nadie. Pasa de largo hasta el siguiente pueblo y todos dejamos escapar un leve suspiro.

– Vamos allá, a ver si tengo suerte en esta tirada…¡dos cincos! ¡Bien!

Me muevo por el tablero, escapándome unas casillas y tomando algo de ventaja frente a la bestia.

– Sr. Jiménez, le siguen. Tome los dados. Le toca tirar a usted.

Y Jiménez, que ha mirado a la bestia a la cara, a su propia bestia, me devuelve los dados. Sonríe y me responde:

– ¿Sabe de qué se alimentan estas bestias, Ibarreta? ¿No lo sabe? De miedo. Y yo, querido amigo, no pienso darles más de comer.

Reunión de trabajo

Salir de nuestro espacio habitual, de lo conocido, siempre nos ofrece una perspectiva distinta de las cosas. El continuo espacio-tiempo se disfraza de otra época, de otro lugar. Una mañana de trabajo en jueves, de repente, se torna en un viaje inesperado a la playa.

Había quedado a las 10h, a 60 km de mi casa. Lejos, en un lugar al que no voy nunca, que sólo existe porque escucho su nombre en la TV, o porque puedo localizarlo en Google Maps. Está ahí, al otro lado de esa enorme almendra megalítica que es la ciudad de Madrid, envuelta en sus capas de autopistas concéntricas. Afiné el ruido del motor de mi scooter, tensé la línea de la M-50 y allí me dirigí, dispuesto a devorar kilómetros sin preocuparme de la velocidad, de las prisas. Circular por aquí, por este trozo de asfalto, me lleva muchas veces a los madrugones de las vacaciones, a pensar en el mar como premio al final del camino, a llenarme los bolsillos de arena.

Los carteles pasan rápido, cambiando los nombres y los números de las salidas, de azul a blanco, en número decreciente; éste es el código de la autopista. No hace mucho calor. Estamos en plena tregua, dicen; hay dioses que hoy no trabajan, guardando el fuego en otro lugar. Tranquilo y relajado, hago turismo por el extrarradio. Me fijo en las rapaces que vigilan las cunetas, en los gatos aplastados, en los camiones de otros países que me regalan una sombra efímera. Es ésta una autopista sin paradas, un callejón sin salida, algo que no conectará el tramo París-Marsella. Lo que antes era una carretera sin vida, ahora está poblada por miles de máquinas, millones de ruedas que giran hacia algún lugar.

Surco valles, cruzo ríos con poca agua y atravieso túneles. Soy el turista de las 9:45 h, ese que llega tarde a la playa, el que se saltará la próxima salida, el que no se pone crema solar para asistir a las reuniones de trabajo. Soy un gendarme en mi voiture de patrouille, un camionero polaco, un milano negro que vigila su presa desde el aire. Aquí huele a refinería de aceite, a los valles de Jaén cayendo sobre el Henares. Huele a vacaciones, sin duda; el verano ha venido a verme, sólo a mí, acariciándome la nuca con sus cromos y sus uñas largas.

Mi moto deja de ronronear cuando se sitúa sobre el punto de destino, colonizando una nueva acera, un trozo gris que me pertenecerá algo más de una hora. Aquí estoy, espacio nuevo, me entrego a ti con el peaje acordado: una cierta dosis de optimismo y las manos en los bolsillos. Camino por el parque empresarial como quien camina por una exposición universal, un sitio inconcluso que siempre estará en obras. Montones de tierra adornan el camino, jalonados por fuentes sin agua y algún macizo de flores recién puestas. Un precinto rojo y blanco me marca el camino a seguir. Al fondo, unas educadas sombrillas ofrecen su sombra a los que toman café.

Aquí la vida bulle, borbotea formando enormes burbujas. La energía se cristaliza sobre este escenario artificial, este decorado donde las personas somos colocadas como figuras en un diaporama. Una pareja se besa, aprovechando sus cinco minutos del café para fundirse es un abrazo de Plexiglás. Mi reino por un café, pienso.

Me acuerdo de mi polígono, con cierta nostalgia, echando de menos su óxido y su porquería abandonada en las cunetas.

Las 10:00 h. Sacudo mis pies y me meto en la reunión.

Conversaciones

Llovía.

Era la hora de sacar al perro, de sacudir su nerviosismo con un largo paseo; pero llovía. Decidí que era mejor esperar. Después del café, todo es siempre mejor. Seguro; después del café. Ese líquido negro nos regala un enorme paréntesis en el que podemos bucear y rescatarnos de la profundidad del sueño.

Así lo hicimos.

Ya con el vaso vacío, apurado hasta el final y tras haber adivinado el futuro que nos dejaban los posos, estos me decían que levantara mi culo del sofá y caminara un rato sobre la tierra mojada. Ese olor, respirarlo, es como salir a la superficie después de bucear un par de minutos, abrir una profunda hendidura en el hipotálamo, distinguiendo perfectamente el recorrido de la electricidad en nuestro sistema nervioso. Casi, casi, podemos contar las sinapsis neuronales que explotan en nuestro cerebro. Igual que uno cuenta ovejas para dormir, yo cuento sinapsis para alcanzar la felicidad absoluta.

Cuando preparaba mi traje de explorador, mi correa roja, mis bolsas negras y las llaves para tirarlas al fondo del mar, Pablo quiso venirse conmigo. Atento, ese culebrilla medio águila y medio ratón, pidió acompañarme. “Claro, Pablo vente. Ponte algo en los pies, nos vamos de aventura”. Cuando tus hijos piden escoltarte en una de estas misiones, sacar juntos a Kiko, la pantera negra, es porque desean, por encima de todo, hablar. Quieren que seas suyo por un ratito, todo para ellos, acaparar tu atención sin compartirla, abrazarla con las manos bien abiertas, empacharse de ti hasta que ya no pueden más y entonces, atacar a su madre. A Pablo, con sus casi ocho años, las dudas le asaltan como sombras que debe sacudirse, y buscará algo de luz en lo que puedas contarle.

Y empezamos a caminar. Al principio me da la mano, una mano pequeña, cuyo tacto me humedece los ojos al pensar en lo poco que queda para que esos dedos se vayan haciendo grandes, para que rehúse agarrarte, alegando que ya es mayor, porque igual le ve alguien, como hace su hermana de diez, casi once. Me da pena que llegue ese momento.

Y hablamos, claro. Hablamos de lo que vemos: de la tierra mojada, de los charcos, del césped de una enorme rotonda, que crece tan deprisa, tan deprisa, que si nos paramos un momento, podemos ver cómo la hierba se lanza hacia el cielo. Hablamos de Spiderman, por supuesto, porque siempre lo hacemos. A los dos nos gusta hablar del hombre araña. Pablo nos lleva persiguiendo varios días para que le compremos un disfraz, pero no para él, sino para Hugo. Lo necesita porque quiere incorporarle unas alas especiales en las axilas. Increíble. Si veis el tráiler de la última película, sabréis a qué me refiero. El tío ya ha buscado el producto en Amazon y nos ha dicho lo que cuesta. No hay escapatoria; estamos totalmente arrinconados.

Después de Spiderman, aparece la pregunta que barruntaba desde hacía horas, algo relacionado con la muerte:

– Papá, tú, cuando te mueras, ¿qué quieres que hagamos contigo? ¿Te trituramos, te quemamos, o te metemos en un ataúd para tirarte al fondo del mar…?

La inocencia de un niño cuando te hace una pregunta de este tipo, algo que haría retumbar los cimientos de cualquiera, es algo tan puro y tan sólido que,  en ese momento, uno cree haber encontrado un punto de apoyo sobre el que hacer palanca y poder mover este puto mundo hacia una posición diferente. Abro los ojos todo lo que dan de sí, arqueando las cejas. Hay unos segundos en los que necesito recuperarme. Dos días antes, su hermana nos preguntaba qué era la virginidad, y justo el día anterior, los dos hermanos mayores nos acechaban con preguntas del tipo “¿Habéis estado haciendo el sexo…?” cuando nos cerramos la puerta de la habitación una vez estábamos todos acostados por la noche. Seguía en estado casi de shock por todo aquello y uno no tiene las mejores respuestas para cada momento. Al menos, yo. Lo que sí hice, como acto reflejo, fue activar la grabadora del móvil. Esto es algo que Pablo me ha enseñado cuando empieza con una de sus preguntas.

A continuación, os resumo algunos de los fragmentos de dicha conversación:

– Papá, tú, cuando te mueras, ¿qué quieres que hagamos contigo? ¿Te trituramos, te quemamos, o te metemos en un ataúd para tirarte al fondo del mar…?

– Yo quiero que me queméis.

– Vale. Pues entonces meteré tus cenizas en un bote súperbonito. Si te mueres cuando sea un niño, pondré el bote en mi habitación. Y si te mueres cuando sea adulto -aquí Pablo utiliza exactamente estas expresiones- , te pondré en otra habitación, en el salón.

– ¿Junto a la chimenea?

– No, en un sitio súperespecial. Pondré una mesa con el bote de las cenizas y un montonazo de velas.

– Vale, eso me mola.

– Si quieres que te ponga más cosas, como más velas, tú me lo dices y yo lo pongo. ¿Quieres algo especial que ponga junto al bote…?

– Uhmmm….déjame que piense. Sí, ya lo sé. Quiero que pongas un póster de Bruce Lee. ¿Sabes quién era Bruce Lee?

– ¿Bruce Wayne…? -para Pablo es el único Bruce que existe.

– Bruce Lee. Era un tío que hacía artes marciales. Repartía galletas como panes -aquí iba a utilizar la expresión “hostias como panes”, pero tuve que cambiar rápidamente y quedó algo extraño. No sé si lo entendió bien. Luego en casa le puse un vídeo con los diez mejores momentos de Bruce Lee y alucinó, claro (y yo…).

– Ah…vale. Si soy mayor puedo conseguir un póster. Si soy un niño, lo busco en tu ordenador.

– ¿Y la contraseña de mi ordenador…? ¿Cómo vas a entrar?

– Pues no lo sé.

– Mira, voy a escribir mi contraseña en una caja de cristal. Si me muero, rompes el cristal con un martillo y accedes a la contraseña.

–  Yo no quiero que cuando mueras borremos tus cosas. Tú te morirás cuando yo sea abuelo, ¿no…?

Y así nos tiramos un rato, hasta que la pantera negra terminó de hacer sus cosas, hasta que se nos acabó el camino en la puerta de casa, porque todos los caminos terminan siempre allí, en una puerta que se abre. Suerte que no tiramos las llaves al fondo del mar. Estábamos tan absortos en nuestra conversación, que se nos olvidó.

Entré en el castillo más tranquilo, con la certeza de saber que, dentro de Pablo, crecía una pequeña semilla: la intención de custodiarnos en el futuro, de comprobar si llegaríamos juntos a la eternidad una vez nos convirtiéramos en ceniza. Tal vez sea esto la esencia de la inmortalidad, que alguien piense qué hacer contigo cuando mueras, igual que uno sitúa a un personaje de ficción en una balda o en otra de la estantería. Encerrado en unas páginas, o en una urna, qué más da.

– Papá, ¿sabes que el tío de Spiderman en la nueva película es Ironman? ¿Y que en la nueva peli no le pica una araña…?

– ¿El Tío Ben…? Ay Pablo, qué lío te estás armando.

Paseo con perro

Hoy es miércoles.

La semana empieza o la semana termina.

Quién sabe…

 

Hay mujeres fotografiando atardeceres

desde una pasarela que cruza la carretera.

La belleza es una parrilla limpia,

pienso.

Oh, Dios,

estás presente en cada filtro de Instagram.

 

Luego limpiaremos nuestras prótesis,

las dentaduras amarillas,

manchadas por el tabaco y por los nervios,

por las esperas,

por los niños que no nacen.

 

Hoy, el calor es un vestido,

los pinos un olor,

que agarramos con las manos vacías.

 

Los perros pasean

nuestras almas por el asfalto,

reluciendo correas, zapatos nuevos, calcetines viejos, ideas obsoletas.

 

Me enfrento a una carretera abarrotada

de vecinos que vuelven a sus casas,

a llenar desagües,

a construir columnas de humo de freidora.

Todo un ejército de ancianos

y de niños

y de gatos

repasando sus Facebook,

intentando ver

si protagonizan algún vídeo,

buscando un comentario,

un “me gusta”

que ponga el azúcar a este día que termina.

 

Las piscinas acumulan bañistas

enjuagados,

salados y jabonosos,

medio artistas.

Juegan con patos,

con una pelota,

siempre la misma,

llenando de pelos cada arista.

 

Atrincherados en los portales,

los vecinos se guardan

de la ventisca.

De ser atados en un enjambre,

que será perdido de vista.

Votemos

en este presente

tan delirista

qué verso nos gusta más,

quién de nuestros amigos

es el artista.

 

Fingimos los coloretes,

fingimos las mentiras,

fingimos las bolsas del súper,

el número de veces

que nos perdemos de vista.

 

Luces rojas en lo alto,

luces que evitan

choques de avionetas,

colisiones de máquinas, de helicópteros,

de perros que vuelan,

y aúllan en las cornisas.

 

Puentes que bailan,

señales rotas,

árboles puntiagudos que escalan

hacia Dios sabe

qué nube,

qué cuadro,

qué camino roto

por el perro que anda

junto a la voz de su amo.

Poligoneros

Nunca me gustaron los polígonos. Pensar que debía trabajar en uno de ellos, hacía que me inundara una sensación total de abatimiento, una losa que se desplomaba sobre cualquier pequeña motivación que tuviera por trabajar. En alguna parte dentro de mí, imaginaba esas largas colas de hombres entrando en las fábricas en pleno siglo XIX, todo en blanco y negro, lleno de humo y recreando la escena a golpe de tambor. Absurdo, lo sé. Los polígonos no molaban, no eran cool, no salían bien en las fotos. No tenían tiendas de antigüedades, ni bodegas de vino para disfrutar de refinadas catas a la salida de la oficina. Aborrecía la idea, desde luego; pensaba que ir allí todos los días, aplastaría mi alma igual que la prensa del desguace convierte el metal de los coches en piezas de plastilina de varios colores.

Eso es lo que pensaba, sí, pero confieso que estaba equivocado.

Todas las mañanas, atravieso ese mapa que conforma el polígono, ese campo de batalla con pequeñas pendientes agrietadas y badenes mal pintados. Huele a colonia barata, a humo de autobús, a basura recién recogida por un camión que se lo traga todo, a gente menuda que despelleja su alma desde antes de las seis de la mañana. Normalmente voy en bici, esquivando camiones cargados de vigas de hierro y sorteando contenedores de basura que asoman guardabarros rotos de turismos accidentados. Hay una avenida llena de talleres, hospitales de máquinas que serán reparadas en grandes espacios que huelen a grasa. Hacen magia convirtiendo los abollones en brillos de anuncio, como un puto filtro de Instagram.

El camino arranca en mi perfecta burbuja de césped recién cortado y barbacoas aún humeantes de la noche anterior. Nada más salir de casa, me cruzo con gente que recoge las mierdas de sus perros, que mira de reojo su coche nuevo pero que rehúsa devolverme el saludo. Desde mi lenta posición de ciclista, desde el jadeo de mi esfuerzo de las 8:30, veo cómo el atasco de coches fluye lento en su peregrinaje a la gran ciudad. Así cada día. Huyo de aquello lo más rápido que me permiten las piernas. Bajo una cuesta y luego subo otra. Esto no es Holanda y me cago en los muertos de quienes diseñaron la orografía de mi pueblo.

El polígono aparece a lo lejos, justo cuando se acaba el mundo de Oz que representa la ciudad financiera. Un ejército de jardineros correctamente ataviados, cuidan interminables avenidas de hierba para el deleite y disfrute de los que pasamos por allí. Hay hermosura, sí, belleza dibujada por infinitas laderas de lavanda y adelfas que perfuman kilómetros de aire envasado. Es todo tan guay, que hasta me da apuro echar algún escupitajo, fruto del esfuerzo de la bicicleta, no me piensen mal. Las cámaras me vigilan, me siguen y comprueban que no accedo a un perímetro para el que no tengo una tarjeta roja de acceso. Ellos sí la llevan, los viandantes con los que me cruzo; les dejarán pasar después de revisar por el escáner sus túpper con ensaladas ultraligeras. Todos aspiran a quedarse allí, en la parte bella, conseguir una plaza de aparcamiento dentro y no tener que ver lo cerca que está el polígono, ese perfil tan desigual de naves diferentes que tanto ruido generan en esa postal.

Atravieso justo la línea que separa un municipio de otro, lo verde de lo gris, lo bello de ¿lo feo…? No. Descubro con el tiempo que lo hermoso está a este lado de la frontera, con su porquería mal recogida y sus olores industriales, penetrantes. La belleza crece aquí de otra forma, se manifiesta sutil; en los monos sucios de los mecánicos, en los camiones mal aparcados con matrículas de países que no existen y cuyos conductores duermen dentro, o en los negocios tan dispares que aparecen a la vista, como un despiece de carne de oveja o una fábrica de puertas de madera. A lo lejos, el chatarrero otea el horizonte de los callejones en busca de tesoros perdidos.

Todos me miran raro por ir en bici allí; “¿qué haces aquí que no conduces un camión de diez toneladas?”, piensa más de uno. Me odian un poquito por hacerles ir más despacio, allí, en el polígono, donde la velocidad es un bien preciado. Deprisa, deprisa. Aquí se reparten cosas, paquetes, cajas, palés de todos los tamaños, y se acuerdan reuniones de desayuno en las cafeterías poligoneras (allí saben comer, amigos). Me odian un poco, sí, pero yo les quiero. Y es que me regalan un cuadro perfecto y precioso cada mañana, donde la vida late como no lo hace en otro sitio. La vida fluye, cobra una nueva dimensión, de gasoil, de administrativas con pendientes de aro y de gente que fuma ducados en la calle. Pequeños soldados recién despeinados toman el pulso a un amanecer que se nos volverá a escapar en unas horas, que dejará todo de nuevo en silencio.

Mañana, los muelles de carga volverán a latir con el pitido de las máquinas bajando cosas, cosas pesadas y envueltas en celofán, como ese centro de gravedad que me lleva allí todos los días.

Eyectable

– ¡Mamá! Corre, ven. Blanca acabar de cagar a nuestro Salvador.

Y efectivamente, Blanca, que la semana que viene cumplirá nueve, había obrado el milagro. Del barro de aquella cagarruta nacía de nuevo nuestro Señor, siempre alegre y sonriente. Volvía a la luz ese pequeño click azul que Blanca, a hurtadillas, introdujo en su boca y se tragó sin que nadie se diera cuenta. Bueno, salvo su hermano Arturo, que había visto cómo rebuscaba en la caja de belenes que guardaba la abuela Lola y sabía, como siempre lo sabe Arturo, que algo estaba tramando.

Y María, la mamá de Blanca y Arturo, aunque feliz por el alumbramiento, le regañó dulcemente a su hijo, “No digas esas cosas delante del abuelo, que no le gustan…”. Respiró profundamente, cogiendo aire, llenando sus pulmones y expulsándolo después, dejando escapar toda la tensión acumulada en las últimas cuarenta y ocho horas. El disgusto se fue silbando, despacio, de la misma manera que uno dobla y aplasta un flotador contra el pecho para guardarlo después, mientras acariciaba con ternura la cabellera desordenada de Arturo. Gracias Arturo, le decía, gracias, y le besaba el pelo como sólo se besa el pelo de un hijo, acuñando el compromiso de un amor que será inmortal a través de los recuerdos. Recordó, lo primero, que debía llamar a su hermana Elena. Ella sería la encargada de transmitir la buena nueva al resto de tíos, amigos y vecinos, todos expectantes y preocupados por el desenlace de los acontecimientos. “Ha sido niño, de un color azul cielo, como el rotulador Carioca, ese que siempre se gastaba el primero, pero huele a demonios”; la tía Elena repetía con ahínco esta frase en cada llamada que hacía.

Para entender lo que pasó, debemos retroceder dos días, cuando llovía tanto y los niños no pudieron ir al parque, a conquistar columpios y recoger tesoros de los árboles. Las tormentas de primavera es lo que tienen; a los adultos nos afean las tardes, nos llevan a ensoñaciones imprecisas, nos borran los planes de la memoria, como gotas de aguarrás en una acuarela imperfecta. Pero los niños, artistas, magos de las mañanas y las tardes, convierten la siesta en un pliegue sobre el que deslizarse, sacando las cajas de los trasteros, jugando en mayo con los adornos de navidad, juntando el frío y el calor como si de un laboratorio de física se tratara.

Y en mitad de este pliegue, representando un juego que no era tal juego, Blanca se tragó la figurita del belén de los clicks. Y cerró los ojos y abrió las palmas de las manos, esperando algo, una ligera brisa, una luz o un calor intenso. Había leído, porque Blanca es curiosa e inteligente, que algunos personajes de sus cuentos habían visto luces, oído voces y sentir que volaban cuando estaban en contacto con Dios, aunque no supiera muy bien quién era este señor. Lucía, su vecina, que acababa de hacer la comunión, le había contado que Dios estaba en los belenes, que Dios era ese niño pequeño tumbado junto a una vaca, y que nunca tenía frío a pesar de vestir sólo un pañal, que por algo era Dios.

Pero la pobre Blanca no tuvo calor, ni vio luz alguna, ni una ligera brisa sobre la alfombra del salón. Lo que llegó fue el grito de Arturo, quien dio la voz de alarma; y la abuela preocupada, y María, enfadada, pero más tranquila, analizando la situación y enumerando las posibles actuaciones como si estuviese midiendo un verso alejandrino con los dedos.

Lo primero fue llamar a los servicios médicos telefónicos de urgencia. Un número de esos largos, lleno de ceros, tantos que uno pierde la cuenta de cuántos son. Al otro lado del aparato estaba Yuleima, “que no se preocupen, cuéntenme qué pasó”. Yuleima se pinta las uñas mientras lee a Cernuda en los ratos de espera. Ella estudió la carrera en La Habana, fueron muchos años de estudio para contestar ahora el teléfono, aunque no se queja, nunca lo hace; se acuerda de Boris, su primo Boris, ingeniero de telecomunicaciones que pone y quita hamacas sobre la arena de Varadero. Ella no se queja, suspira, eso sí, pero tal vez sea por Cernuda, y no por otra cosa, aquí también ayuda, como a la pobre Blanca. “No cariño, no te preocupes”, que el niño Jesús lo fabricaron sin aristas, sin bordes, por si las moscas, no le iba a pasar nada. Yuleima busca en su base de datos médica los objetos que serían expulsados tras ser tragados; lo hace con rapidez, entre el pintaúñas y Cernuda. Yuleima es muy eficiente, y ahí está, aparece al fin, el niño Jesús de los clicks, clasificado como un objeto eyectable. Y María, que está al otro lado, respira y sus pelos dejan de estar erizados cuando escucha la palabra “eyectable”, y piensa en el niño Jesús sentado a los mandos de un avión, una nave que se precipita, cae a la deriva desde una altura infinita. Pero es “eyectable”, y el niño sale despedido, tras la carlinga de vidrio, lanzándose al cielo en un giro desordenado, cambiando caleidoscópicamente la visión de cielo y tierra, porque es “eyectable”, hasta que abre su paracaídas y entonces, despacio, dejándose caer como una pluma blanca, se posa sobre la mano de María. Es “eyectable”.

Yuleima le dice a Blanca que tome muchos yogures que cuáles son sus favoritos. Los de fresa, contesta, con una voz tímida, sintiéndose culpable y responsable de hablar con Yuleima, y brotan un par de lágrimas, no llores mi niña, Yuleima se apiada, será Cernuda el agente causante. Yogures con bífidus, deben ser con bífidus, de fresa, exclama Blanca, de fresa mi niña y la abuela coge rápido el paraguas para ir al supermercado. Y es que llueve; llueve a mares en la calle y en el interior de todos, de Boris, de la caja de los belenes, porque estamos en Mayo, no, no es eso, será Cernuda, dice Yuleima.

Y los yogures hicieron su trabajo, de fresa, como le gustan a Blanca, que portaba una cucharilla en su bolsillo porque comía un yogur detrás de otro. Y la abuela Lola en el supermercado, contando la historia a Olga, la cajera, quien deja de pasar objetos por la cinta, vaya susto, ay Dios mío. Y Olga se santigua porque estas cosas le asustan, pobre, ya me contará. Y tras dos días de bífidus, se obró el milagro, y Olga contenta, se lo contó la tía Elena cuando pasó por allí, gracias a Dios, decía, y volvía a santiguarse.

Pero ahora hay un dilema en casa. La figurita del niño Jesús olía a cloaca, como cómo va a oler si no, y la abuela, que es mucha abuela porque ha tenido cinco hijos y preparaba cinco turnos de comidas cuando los tenía a todos en casa, mete al niño Jesús en un bote lleno de agua con Fairy; un bote de cristal transparente, porque hay que verle la cara, siempre sonriente, los clicks son grandes optimistas, dice la tía Elena.

Pasan dos días, con la figurita a remojo, y el olor continúa. ¿Qué hacemos, mamá?, le dice María a Lola, no hay quien pueda con esta peste. “Usaremos lejía, hija. Tú déjame, que yo sé de esto”. Y es que la abuela claro que sabe de esto; de esto y de mucho más, que ya preparaba cinco turnos de comida cuando tenía a las fieras en casa. Se abre entonces un debate interno en el seno de la familia: ¿Tirar o no tirar? La tía Eva, que llamaba por teléfono desde la distancia, cada dos horas exactas para conocer el estado de la situación, defiende que habría que guardar la figurita. Claro que sí, darle un espacio privilegiado en casa; que no es sólo una pequeña pieza de plástico, sino un vestigio de lo que pasa en ese castillo, con sus cinco turnos de comidas, con las fotos anteriores a 1900, o los álbumes Kodak, o los primeros cuentos de Elena dibujados con Plastidecor, o una trenza rubia de la abuela Lola cuando era niña. Pero María, que ve y que intuye la poesía en cada luz y cada sombra, dice que aquí no hay ni medio verso, pobre Blanca para qué recordárselo.

Y mientras todos discuten, si guardar el nuevo tesoro familiar, o tirar esa maldita porquería infecta, Blanca se acerca al abuelo, y le coge de la mano. “Abuelo, ¿tú que crees que debemos hacer?”, le dice, clavando sus ojos en los de su querido abuelo, atravesando esas gafas de sol graduadas que él nunca se quita.

 

Señales viejas

 

La arena del desierto, harina dorada molida por los dioses antiguos, se pega a mi piel formando una pequeña capa de limo. Óleo de barro en mis antebrazos, señales viejas; respiro al ritmo de mis pasos por este camino de tierra.

El coche se estropeó ayer, a las once, justo cuando sonaba la última canción del CD. Un minuto veintisiete segundos de melodía y todo se apagó; el equipo de música, el motor, el crujir de las ruedas sobre la carretera, el viento que entraba por las ventanillas bajadas. Un minuto y veintisiete segundos, y abandoné el coche en el desierto, como un caballo con una mordedura de serpiente, a sabiendas que le esperaría una muerte segura. Traicioné pues el vínculo emocional que había creado con mi máquina. Escupí junto a la puerta y le conté una mentira; una de esas que el alma vieja de un cacharro fabricado en Detroit es capaz de tragarse. Cogí la mochila y me puse a caminar.

Sin detenerme, sin pararme a pensar o a respirar. Llevo horas caminando mientras hablo con los cactus, con mi miedo, a los que les cuento la historia del coche sin conductor. Está amaneciendo, pero el calor, todavía queda lejos. El horizonte es una pegatina que puedo despegar y poner en mi mochila, junto al escudo de Múnich, junto al emblema de mi familia: un oso atravesado en el corazón por una espada de caballero. Nunca he sabido si yo era el oso, o la espada. Mi mochila está llena de cromos de tela, de trofeos, tatuajes de colores de los sitios a los que alguna vez dirigí mis pasos.

Al final del camino, un niño calienta sus manos frente a una fogata improvisada. Un viejo neumático comienza a quemarse, creando un velo de humo negro entre mi vista cansada y el pequeño, de unos diez años. Junto a él, se ha situado un hombre, de pie, quien rodea con el brazo el cuello del niño. Me acerco al fuego, quiero saludarles, preguntarles por qué hace tanto frío, si queda mucho para llegar a la interestatal. Cuando apenas quedan unos metros, el niño levanta la vista, cruzando su mirada con la mía mientras mueve la cabeza de un lado a otro, negando mi presencia allí. El adulto, tal vez el padre de la criatura, carente de rostro tras la cortina de humo, lleva su mano izquierda al cinturón, hacia el mango de su cuchillo. No lo saca del todo de la funda, sólo lo suficiente para que el fuego se refleje en la hoja, escupiendo una orden de plata, un lárgate gringo que entiendo a la perfección.

Sigo con paso firme, agarrando con fuerza las cintas de mi mochila, susurrando al camino, preguntándole si el murmullo de fondo es la respiración de la ochenta y seis. Al cabo de unos minutos, un cartel con el ocho y el seis escritos sobre un escudo de color verde, confirman mi sospecha. Continúo caminando, extendiendo mi brazo y sacando el pulgar. Hubo un tiempo en el que el autoestop era una religión, una oración de libertad para bailar sobre el asfalto. Los arcenes de la autopista, todavía de noche, me miran con respeto, ofreciéndome las baratijas que arrojaron los que pasaron por allí.

Miro con atención al suelo, buscando el tesoro que debo encontrar hoy.

Inmortales

“Quiso el destino que Eugenia Olivares, tras perder a su marido por el hueco del ascensor, se casara en segundas nupcias con Tomás Redondo. Éste, brillante ingeniero, de tez morena y dueño de un elegante bigote francés, vestía siempre corbata azul, acorde, como decía él, con la imagen de la compañía, una empresa danesa dedicada a la fabricación de ascensores desde hacía casi cien años.”

Así empezaba el cuento de Oliveira, el último que El Diario le había comprado para el suplemento del fin de semana. Vendía tres o cuatro cuentos al mes, más la columna de opinión los martes, la tertulia en la radio y las regalías por las cuatro novelas que llevaba publicadas. Era de los afortunados que podía presumir (y lo hacía…) de que vivía gracias a lo que le pagaban por escribir. Los relatos de Oliveira eran ingeniosos, inquietantes y originales; a personajes normales, siempre les sucedían asuntos extraordinarios. La gente los adoraba, los copiaba, los estudiaba en las universidades, y eran comentados por todos aquellos que se iniciaban en el arte de juntar palabras. “¿Leíste el último de Oliveira, el del salmón en el ascensor…?” – “Sí, bárbaro…”.

Todo el universo de ficción que fabricaba en sus cuentos era único, salvo en una pequeña cuestión: los nombres de los personajes.  Copiaba éstos, los robaba de personas que existían en la vida real, individuos que llevaban una vida normal, en otro lugar, en otro país. Ajenos, todos, al singular atraco que un escritor les había perpetrado,  para convertirlos en personajes de ficción. Oliveira, en este pequeño juego que se traía entre la realidad y la ficción, lo que nunca hacía, era robar los nombres a personas que pudieran parecerse a los personajes de sus cuentos. En su juego, tenía una regla que cumplía a rajatabla: robaba los nombres de personas, que se parecían a sus personajes, pero de algún cuento anterior que había publicado. Así, por ejemplo, Eugenia Olivares, en la vida real, no era una viuda que volvía a casarse con Tomás. Era una afamada arquitecta divorciada, que protagonizaba el cuento de hace dos semanas del suplemento dominical. Jugaba a esto Oliveira, a robar nombres, y a intercambiar identidades, a mezclar personas reales con personajes de ficción, porque, como él decía, no hay mayor ficción que aquello por lo que vivimos a diario.

El lunes, tras la aparición de Eugenia y su segundo marido, Tomás Redondo, en las páginas del dominical, llamó a su editor en el periódico. La vanidad, curiosa compañera, necesitaba saciar su sed, recibir el feedback de su público, saber qué tal se había comportado su pequeño monstruo de ficción en el mercado de las historias dominicales.

– Matías, ¿qué tal? ¿Cómo fue el fin de semana?

– Oliveira, precisamente te iba a llamar ahora. Bien, bien, no ha ido mal. Las ventas en papel han dejado de caer, y bueno, el digital, parece que bien, aunque te juro que no hay Dios que intereprete los datos. En fin…que quería hablar contigo de otra cosa.

– ¿Otro encargo? ¿Un lunes…? Sí que fue bien la cosa…

– No…- riendo – No ha sido para tanto. Es una nota curiosa para que la disfrutes con tu café. Estuve buscando referencias tuyas en la red, para ver si podíamos hacer negocio con editoriales en Latinoamérica, ya sabes. Resulta que encontré un cuento, de un escritor aficionado debe ser, cuyo protagonista se llamaba como tú, Oliveira, y encima era escritor. ¿Curioso, eh…?

– Ah….sí.

– No parece sorprenderte. Igual deberías escribir sobre ello. Tú sabes sacar una historia de donde no la hay. Ahora te envío el link para que eches un vistazo si te apetece.

Llevaba ya algunos años con este juego, siendo él quien desplegaba el tablero sobre la mesa, quien se inventaba los jugadores, colocándolos aquí y allá, tirando los dados, haciendo que saltaran de una casilla a otra, obligándoles a tener el tipo de vida que su imaginación, desbordante, creaba para todos ellos.

Se sentó frente al ordenador e hizo “click” en el link que Matías le acaba de enviar; hizo “click” en un interruptor desconocido, sin saber el tipo de espejo al que acabaría mirándose, aquella historia en la que, según su editor, vivía alguien con su nombre y oficio. Era un relato corto, no más de mil palabras, calculó él. Los que cobran por escribir son grandes adivinadores del número de palabras, de caracteres a los que se enfrenta su lectura. Con un estilo directo, sencillo y sin grandes adornos, contaba cómo, un escritor, de nombre Oliveira, como él, no había podido pegar ojo en toda la noche por culpa de los gatos recién nacidos de los vecinos. El motivo de la molesta vigilia, no había sido tanto el ruido, sino el temor que sintió el escritor al pensar que eran lloros de bebé lo que escuchaba, y no maullidos de pequeños gatos recién nacidos. Esto no lo descubrió hasta bien entrada la mañana, cuando con la claridad del alba, pudo distinguir a los animales, los dueños de los gritos. El cuento, terminaba con Oliveira, el Oliveira de ficción, delante del espejo, muerto de sueño, afeitándose, con poco tino, haciéndose un pequeño corte que necesitaría una diminuta tirita en la barbilla. Se tocó entonces Oliveira, el de carne y hueso en el mundo real, su barbilla, la tirita que se había puesto, y pensó en los gatos del vecino. Y consideró que podía ser una broma de su editor, pero lo descartó enseguida, tanto por la falta de sentido del humor de Matías, como por la imposibilidad de que alguien conociera la noche tan espantosa que acababa de sufrir. El cuento aparecía en el blog de una escuela de escritura de Montevideo. Allí escribían varias personas, seguramente alumnos del centro, y el que firmaba el cuento se llamaba Ricardo Zambrano. El nombre le resultaba familiar, pero estaba seguro que no era nadie a quien conociera. En la web no había foto alguna, dirección de correo o teléfono del autor, por lo que dio el asunto por zanjado.

Como cada lunes, Oliveira almorzaría fuera de casa, siempre en el restaurante “El Caladito”, compartiendo mesa con su amigo Pepiño. Se conocían desde el colegio y mantenían la tradición de comer juntos los lunes, ininterrumpidamente desde hacía más de quince años. Pepiño le había prometido una gran noticia para después de la comida y, tras el primer plato, liberó aquello que guardaba para sí desde hacía un rato, pero que ya no podía retener más: en pocas semanas, se iría a vivir a Moscú. Había conocido a una chica rusa a través de una agencia por internet y se iba allí, a pasar unos meses con ella antes de casarse. Oliveira se alegró por su amigo; le fastidió tener que comer solo los lunes, y le prometió una visita lo antes posible. Brindaron y lo celebraron. Oliveira llegó a su casa a media tarde, borracho, despidiéndose solo de Pepiño, lanzándose directo a la cama, prometiendo que no la abandonaría hasta el día siguiente. Lo cumplió.

El martes, la rutina le llevó al café, al teclado, a escribir un nuevo cuento para el suplemento, a dibujar la idea que llevaba varios días rondándole la cabeza. Pero la curiosidad, ese insecto molesto, le llevó entonces a releer el cuento de Ricardo Zambrano. Decidió, en ese momento, iniciaría la búsqueda en sentido inverso; repetiría los pasos que había seguido Matías para dar con este cuento. Tecleó su nombre, Antonio Oliveria, en el campo de búsqueda de Google, y en unas décimas de segundo aparecieron los resultados principales. En la primera página no había nada de interés: reseñas de sus libros, noticias, discusiones en foros de literatura. En la segunda y tercera páginas, tampoco. Pero en la cuarta, apareció una nueva mención a su nombre; hablaban de un tal Oliveira, escritor, pero no exactamente de él, sino de alguien diferente pero con su mismo nombre.

Resultó ser un artículo sobre el desapego, un pequeño texto que hablaba sobre la relación entre amigos en la sociedad tan universalizada a la que pertenecemos. Exponía el caso de dos colegas, Antonio, de apellido Oliveira, y José (Pepiño), obligados a mantener su relación de amistad con miles de kilómetros de por medio. El artículo, breve, insisto, lo firmaba Rubén Pedraza, Licenciado Rubén Pedraza. Psicólogo forense del cuerpo médico de Rosario, Argentina. Casado y aficionado a los blogs de asados. Oliveira, descubre entonces, tras un rato hurgando en la red, tres buenas recetas que Pedraza ha compartido en diferentes blogs. Todas sobre pollo. Le llama la atención que no hable de tira, ni entraña, ni bife.

Tras perderse un rato en hurgar, en bucear dentro del rastro que Rubén Pedraza dejara en la red, vuelve a la búsqueda sobre sí mismo. Oliveira existe en su casa, en su silla, en la agenda de su editor; pero también está en las páginas de Google, en el blog de una escuela de escritores de Montevideo, o en un artículo sobre el apego y la amistad de un psicólogo argentino.

¿Dónde más? Saca su cuaderno y comienza a escribir los nombres, las referencias, lanzando flechas de un sustantivo a otro, uniendo oficios y apellidos.

Páginas cinco, seis, siete, ocho. En la página nueve, vuelve a encontrarse, a verse reflejado en un espejo de letras y ficción de plástico. Un poema de rima heterodoxa e irregular, con grandes líneas, chorreos de adjetivos y bocas gritando al final de cada verso; ponen a un tal Oliveira contra las cuerdas, porque allí alguien le llora de puro amor. Le pide traducciones imposibles de sus actos, recuerdos de cama oxidados, caricias mancas que no se sabe si existieron. Hay una mujer que le llama en silencio, alguien que muere por dentro porque Oliveira le dejó la noche previa a tender la ropa. Oliveira suspira, porque el Oliveira real también respira y muere de amor, y los versos que lee le queman por dentro. Al final, aparece la firma de una mujer desgarrada, de nombre Eugenia Olivares.

Eugenia Olivares, aquella que se casó en segundas nupcias con Tomás Redondo. Anota su sombre en el cuaderno, rodeándolo con el rotulador rojo, y lanzando una flecha hacia el título del relato del domingo. Se dirige mentalmente a los otros nombres: Rubén Pedraza. Vuelve a escribirlo en su cuaderno, una, dos, tres veces, intentando recordar, saber de dónde ha salido Rubén. Vuelve a su ordenador y escribe cada letra R-U-B-E-N-P-E-D-R-A-Z-A en el buscador de su equipo, por si hubiera algo en su ordenador que le diera alguna pista. Dos segundos después de pulsar el ENTER, aparece un archivo en el que emerge este nombre. Es un cuento que escribió hace años, seis o siete calcula. Empieza a recordar. Pero en el cuento, Rubén no es un psicólogo argentino, sino un conductor de tranvía de principios del siglo veinte. Siguiendo su norma, debería existir un relato protagonizado por un psicólogo forense, un par de cuentos atrás. Existe, claro. No tiene que buscarlo para saber que está ahí.

Apartándose del ordenador, de lo que puede encontrar en la red, entiende que hay una legión de personajes de ficción que, transformados en los seres reales que portan sus nombres y apellidos, están dibujando la vida de Oliveira. Entiende que es él el que está en un tablero ajeno, a expensas de lo que otros digan de él. No alcanza a comprender si él, todavía, tiene algún tipo de poder o influencia sobre quienes manejan ahora los hilos de su destino. ¿Podría condicionarlos de alguna manera para que lo que escribieran para él, fuera benévolo y placentero? ¿Podría condicionarles de alguna manera? ¿Cómo dejar de ser, entonces, un juguete en la ficción de otros? Enumera mentalmente la cantidad de personajes de ficción, todos los nombres robados que hay en sus páginas, y calcula que habrá más de doscientos. Inviable.

Apaga entonces Oliveira su equipo, alejándose del teclado para escribir. Recupera su cuaderno, su bolígrafo, y entiende que es el momento de escribir sobre sí mismo.

La casa

El divorcio

Los papeles se firmaron, exactamente, a las cuatro de la tarde. Los niños ya eran mayores, por lo que no cabía una posible discusión sobre su custodia. Esto aceleró la rúbrica. Sin embargo, estaba la casa de la playa. Ninguno de los dos quería desprenderse de ella. Él, porque allí pasaron sus mejores años. Ella, porque había sido el proyecto más mimado en su mesa de diseño. La consideraba su creación más preciosa. Al final, la compartirían en períodos semestrales. Ella empezaría a disfrutarla desde ese mismo momento.

Laura

Laura tenía seis años menos que Dolores. Su madre era venezolana y su padre chileno. Aunque parezca mentira, no hablaba mucho y odiaba los concursos de belleza. Había tenido que luchar contra estos estereotipos desde que llegó a España con doce años. Dolores supo entender perfectamente sus silencios, y le regaló los suyos, su matrimonio fracasado con Fernando, su manera de abordar la vida. Tras varios meses viéndose después del trabajo, jugando a quererse y a descubrirse, decidieron que querían dibujar juntas el tiempo que tenían por delante. Por primera vez, Laura estaba ilusionada con las vacaciones de verano, con el tiempo que pasarían juntas en la casa de Dolores.

La soga

En el garaje siempre ha habido cuerdas, aparejos de pesca, cañas y botas de agua, de todas las tallas posibles. Mamá siempre compraba un par cada vez que pasábamos por la zapatería. Decía, “Por si acaso, por si vienen tus primos.” Y de esta manera, había toda una estantería llena de botas de agua amarillas. Las más pequeñas, las primeras que me puse, las compró el primer verano que estuvimos aquí, en cuanto nos dieron las llaves de la casa. Ese verano estuvo lloviendo sin parar; apenas pudimos disfrutar de la playa o del jardín. Mi padre siempre decía que la lluvia no era impedimento para divertirse; que teníamos impermeables y botas,  ¡y qué más queríamos! Nos lo gritaba desde su rincón, donde regentaba ese sillón de orejas que tanto odiaba mamá y que chirriaba por completo con el estilo de líneas rectas que le gustaba a ella y que había conseguido plasmar en toda la casa.

Creo que nunca conseguí divertirme en un día lluvioso. Esos días me pesaban como si lloviera plomo en vez de agua, haciendo que mi ropa me empujara hacia el centro de la tierra, quintuplicando la gravedad de mi cuerpo, de mi alma, de mis penas.

Pensaba en Mamá; sería la primera que entraría por la puerta, la primera que me vería colgando de la barandilla del segundo piso, con las manos esposadas a la espalda, inerte, tal vez vagamente iluminado por la luz que pudiera entrar a través de su cristalera favorita. ¿Moriría con una erección por culpa de la asfixia? Maldita sea, este detalle podría estropear el cuadro que estaba preparando.

Cemento

– Cariño, tengo que decirte algo. Escúchame y no me interrumpas, por favor. Sabes que no me queda mucho tiempo y necesito contarte algo. ¿Recuerdas, cuando desapareció tu hermano, la casa que estábamos construyendo en la costa?

– Sí, era para una arquitecta, ¿no?

– Eso es. Fue…fue el día que hormigonamos los cimientos. Tu hermano…joder…le pillé tocando a nuestra hija…el muy desgraciado, maldito cerdo. Escucha…tuve que hacerlo, para que no siguiera abusando de nuestra pequeña. Quedé con él en la obra. Después, utilicé una grapadora hidráulica. Lo hice por la espalda. Me faltó valor para mirarle a la cara. Luego lo lancé al agujero sobre el que íbamos a echar el cemento. Ahí lleva pudriéndose desde entonces.

La fiesta

Ayer hizo un año de mi frustrado intento de suicidio. Sí, el terapeuta me dice que lo verbalice sin miedo: SUICIDIO. Es bueno que hable de ello, que lo sienta como algo mío, como parte de mi pasado, que pueda enfrentarme a este hecho para poder superarlo con éxito. Si quiero, que lo cuente a todo el mundo, menos, claro está, a mamá y papá. Ellos todavía no lo saben. El incidente de la cuerda y la barandilla lo entendieron, cómo decirlo, de una manera algo distinta a como sucedió en realidad. Lo cierto es que la baranda no aguantó el envite de mi cuerpo cayendo desde el segundo piso, y se partió. Yo caí encima del sillón de Papá y sólo me rompí una costilla. Me quedé sentado como un imbécil, en su trono de felpa verde, diciendo sus mismas palabras: “La lluvia no es un impedimento para divertirse”. Imbécil. Hoy tengo que volver a verle, a él y a su nueva novia, una protésica dental que tiene mi edad, que lee a Paulo Coelho y que sólo quiere hablarte del huerto urbano que ha montado en la terraza de su casa. Como pase mucho rato con ella, creo que vuelvo a intentar lo de la cuerda.

Mamá vendrá con Laura, quien, gracias a Dios, es bastante más normal que la novia de Papá. Se supone que hoy nos anunciarán lo de su boda. No sé cómo me voy a tomar ver a todos juntos, como si fuese una comedia inglesa, poniéndonos buena cara, luciendo una sonrisa pero criticándonos a la primera oportunidad que se nos presenta. Cuidado con el alcohol y la medicación. Me he prometido no hacer ninguna tontería.

– Una gran fiesta, Mamá. ¿Quién es toda esa gente?

– ¿La chica que está con tu padre? Supongo que será con quien vaya a misa los domingos. ¿Sabes que es la hija del constructor que nos hizo la casa? Su padre se murió hace casi un año. Tuvo un cáncer muy jodido; al final se tiró varios meses en la cama, cagándose encima y habiendo perdido la cabeza. Una pena. Era un hombre muy agradable. Le gustaba mucho esta casa. Siempre decía que la cimentación que tenía era única. En fin, disculpa hijo; tengo que atender al resto de invitados.

– Sí claro, mamá. Estás en plena campaña electoral. – Esto lo digo sin que pueda oírme, como un pequeño chiste para mí mismo.

Gemelos

La nueva canguro empezó a cuidar de los gemelos hace exactamente seis meses. Coincidió que me ascendieron en el trabajo y me despreocupé de lo que Matilda nos iba a cobrar por cada hora de su tiempo. Mi mujer insistía en que acabaría cobrando más que nosotros; todo fuera por el bienestar de los niños. Con algo menos de dos años, les cuesta adaptarse a las cuidadoras nuevas y rápidamente empiezan a mostrar problemas de conducta. Bueno, esta es una frase que repite constantemente el psicólogo de la guardería. Menudo gilipollas.

Volví a casa con la satisfacción del ascenso, pero con la duda y la incertidumbre de cómo habían pasado Lucas y Hugo la tarde con su nueva cuidadora.

– Hola Matilda, ¿cómo ha ido todo? – me apresuré a dirigirle una sonrisa amistosa antes de examinar su trabajo con los niños.

– Bien, muy bien. Fuimos un rato al parque, aprovechando la buena tarde que hacía, y luego volvimos a casa. Les puse una película, pero no quisieron verla. Estuvieron todo el rato jugando en el suelo, con las construcciones. – Mientras lo decía, desviaba su mirada hacia el lado derecho de su campo visual y revisaba su teléfono móvil, que no había dejado de recibir mensajes desde que entré por la puerta.

– ¿No se movieron entonces de la alfombra.

– No, no, qué va. Yo encendí la televisión y ni siquiera me molestaron.

– Gracias Matilda. Voy a ver cómo están.

Me acerqué a esas pequeñas bestias rubias de ojos azules, que rápidamente se lanzaron a darme el regalo más valioso que uno pueda obtener a esas horas de la tarde: un largo abrazo que, a pesar de su reducido tamaño, te acaba tirando sobre la moqueta. Les besé repetidas veces, oliéndoles y disfrutando de ese perfume que sólo pertenece a los niños. Al hacerlo, descubrí unas caras manchadas de kétchup y restos de migas sobre sus sudaderas de héroes enlatados de la Marvel.

– Matilda, ¿merendaron algo los niños?

– No, no tomaron nada. Me dijo su mujer que no les diera nada, que así cenarían mejor. No se han movido de la alfombra desde que volvimos del parque. – Esto lo dice mientras se pone su chaqueta y se dirige a la puerta, no sin mirar antes por la ventana – Bueno, yo me marcho, que está mi chico fuera esperando. Mañana, ¿entonces a la misma hora?

– Sí, perfecto. Hasta mañana.

En el fregadero, había una sartén con restos de aceite y trozos de salchichas. Paquetes vacíos en el cubo de la basura y migas sobre la encimera. Dos platos con trazas rojas de alguien que había rebañado el tomate con ahínco y frenesí.

Cuando llegó mi mujer, le comenté el festín que se había dado Matilda.

– Matilda es celiaca, no creo que pudiera tomar pan de perritos, ni tampoco salchichas. – Mi mujer siempre está al tanto de estas cosas. Me lo decía mientras apuntaba en la lista de la compra, pegada en la puerta de la nevera el siguiente texto: “Salchichas (2)”.

Una semana después, tuve mi ataque mensual de migraña. Dos días fastidiado sin salir de la habitación, con las persianas bajadas y totalmente “empastillado”, intentando superar un trance que, cada año que pasa, se vuelve más trágico, acumulando poder para terminar un día conmigo de manera definitiva. Apenas bajé un par de veces a la cocina a por un vaso de agua y a por mis dosis de Maxalt, a echar un vistazo a los niños y que ellos pudieran verme a mí. Aunque fuera un auténtico cadáver, me parecía importante que supieran que estaba allí. Tenía las pastillas en el coche, así que entré en el garaje desde la cocina, algo mareado y sin encender la luz porque ésta me molestaba una barbaridad. Abrí la puerta del copiloto, metí la mano en la guantera y cogí la caja con los dos blísteres de pastillas; después me dirigí, casi a tientas, hasta la puerta para volver a entrar en la casa. Cuando pasé junto a la mesa de trabajo, donde tengo instalado un torno y una rueda para afilar cuchillos, encontré esparcidos unos cuantos utensilios sobre la madera desgastada de la mesa: dos formones; la lijadora, que seguía enchufada; el serrucho pequeño y el berbiquí, un cacharro que no he usado en mi vida. Había restos de madera, virutas y serrín. Odio que se utilicen las cosas y luego no se recojan; además, me pongo fatal de la alergia si no se limpia bien el polvo. Lo dejé todo como estaba y volví a la cama. Tenía esa sensación de presión tras los párpados que me impedía pensar con claridad.

Al día siguiente ya me encontraba mucho mejor, y aprovechando que había avisado en la oficina que no iría a trabajar, llevé a Lucas y a Hugo a los columpios. Sólo esperaba no tener que hacer mucha vida social con los vecinos. Llevaba dos días recluido y lo último que quería era hablar de mocos y de papillas de frutas con otros padres. Afortunadamente, mientras todos los niños del parque disfrutaban en el tobogán y en el castillo, peleando por defender las mejores posiciones, mis hijos, retirados en el arenero, jugaban a otras cosas. Les encanta hundir sus manos en la tierra y dibujar carreteras, grandes surcos y autopistas para los pequeños juguetes que sacan entonces de sus bolsillos: ese día portaban unas chapas de cerveza y unas pequeñas figuras de animales hechas de madera, con gran nivel de detalle, y que movían de un lugar a otro mientras imitaban los ruidos que emiten sus hermanos mayores, los de verdad. No les había visto nunca estas figuras y aunque pensé en preguntarle a mi mujer de dónde habían salido, luego se me olvidó.

Unas semanas después, fue cuando sucedió lo de los cuchillos. Me llamó Matilda histérica a la oficina, sacándome de una reunión de ventas suplicándome que volviera a casa inmediatamente.

– Los niños están bien, de verdad, pero necesito hablar con usted ahora mismo. – Jadeaba nerviosa a través del teléfono, con la voz entrecortada, intentando tragar saliva para que le salieran las palabras.

Cuando llegué, tras cruzar el umbral de la puerta, se lanzó a mis brazos y se puso a llorar desconsoladamente sobre la chaqueta recogida del tinte la tarde anterior.

– No sé qué hubiera podido pasar, de verdad… – sollozaba de manera ininterrumpida. – Había un montón de cuchillos en las cunas de los niños; estaban todos los cuchillos de la cocina, repartidos en las dos cunas, ¡hasta el cuchillo jamonero! Ay…no sé qué hubiera podido pasar, y ellos tan dormiditos… ¡ay, gracias a Dios que no tienen ni un rasguño! ¡Por Dios, ¿cómo han podido llegar los cuchillos hasta las cunas?! Mire, quien lo haya hecho, ha debido entrar mientras yo esperaba aquí, en el salón. Debe llamar a la policía. Pero, ¿cómo puede haber gente así…?

Abracé a los pequeños, entre el susto y la incomprensión de no saber qué había pasado exactamente. Mandé a Matilde a su casa y, después de hablar con mi mujer, decidí no llamar a la policía. Matilda ya había recogido todo, por lo que no habría huellas que identificar, y todas las ventanas de la planta de arriba estaban completamente cerradas. De entrar alguien en la casa, tendría que haberlo hecho por la puerta principal.

Tras el susto de los cuchillos, pensamos instalar cámaras de vigilancia en casa. Estábamos muy contentos con Matilda, pero nos invadía cierto grado de intranquilidad y las imágenes que pudieran grabar las cámaras, parecía que nos traerían algo de paz. Pedimos un par de presupuestos, pero no llegamos a hacer nada.

Hoy llegué a casa un poco antes de lo habitual. Mañana organizamos una barbacoa con los vecinos y necesito poner todo el orden: arreglar el jardín, segar el césped, podar la arizónica y dejar todo limpio y reluciente para la llegada de los invitados. Pasé antes por la gasolinera para comprar un par de litros de “súper 95” para el cortacésped.

No había sitio en la puerta de casa, así que aparqué a unos cincuenta metros, frente a la casa de Alfonso, un policía municipal corrupto y golfo pero que siempre tiene anécdotas graciosas que compartir. Mientras saludaba a Alfonso y me acercaba a casa, oí el motor sobre revolucionado del cacharro que tengo para cortar el césped. El viento traía además un delicioso olor a hierba recién cortada, algo por lo que merece el esfuerzo desbrozar los 200 metros cuadrados de hierba que tiene mi jardín. Lo primero que pensé es que María había decidido segar ella el jardín, algo poco probable. Al abrir la puerta de la calle, el motor se detuvo. Matilda estaba en la cocina, pegada a su teléfono, moviendo los pulgares frenéticamente contestando a Dios sabe quién.

– Hola Matilda, ¿qué tal ha ido la recogida de la guardería?

– Bien, traje las agendas de los niños y todo el material para el fin de semana.

– ¿Está mi mujer en casa? He oído el cortacésped. ¿Está ella en el jardín?

– No, el ruido será del vecino. Yo también lo he oído.

Mientras levanto las cejas con cierta incredulidad, voy con paso firme al salón. Necesito asomarme por la ventana y ver si era mi máquina la que emitía ese ruido del demonio.

– Pero, ¿quién ha segado el césped? Está recién cortado. Y la máquina está ahí, en medio de la pradera, fuera del cobertizo.

– Pues yo le aseguro que no he sido. Antes de acostar a los niños, estuvimos jugando un rato en el jardín y no vi nada raro.

– Pero, ¿estaba el césped cortado? – Empezaba a molestarme la falta de concreción de Matilda.

– No lo sé. Estaba como siempre, verde…

– Ya, vale… ¿y los niños? ¿dónde están?

– Arriba, en su cuarto, estaban intentando dormir.

Subí dando grandes zancadas, sintiendo cierta intranquilidad por lo que me había dicho Matilda. Me asomé deprisa, pero sin hacer ruido, haciendo acto del poderoso reflejo de no despertar a un niño. Allí descansaban cada uno en su cuna, apenas con una camiseta y un pañal de talla grande, tan preciosos, reprimiéndome para no despertarles y abrazarlos hasta el infinito. El olor de la hierba se había colado hasta sus habitaciones, mezclándose con el olor a talco de los polvos esparcidos por la cómoda. Hugo y Lucas empezaban a tener la piel morena, menos en las pantorrillas, menos en los pies, que los tenían manchados de color verde.

Coordenadas

 

Una caja de cartón

Hay una caja de cartón en el portal de mi casa. Lleva ahí, por lo menos, cuatro años. A pesar de eso, tiene buen aspecto. Nadie se atreve a retirarla, ni a tirar basura dentro de ella. Creo que la gente deja ahí las cosas de las que quiere desprenderse, pero que todavía conservan cierto valor sentimental para ellos y no se atreven a tirar. Hay una postal de Marisa, la del segundo izquierda, a quien su marido abandonó hace casi un año. Los niños suelen cogerla y mirar la foto de la playa que hay estampada en ella; lo hacen ajenos a las palabras escritas de Marisa, totalmente vacías salvo para quien lleva su curiosidad dentro de la caja.

Una cabeza de ratón de plástico

Es lo último que quedaba de Tomás en la casa. Era un juguete antiguo, muy antiguo, de cuando el plástico se pintaba a mano. Tenía marcas de mordeduras de Tomás, seguramente del momento en el que le empezaban a asomar los primeros dientes y necesitaba algo para roer, igual que si fuera un ratón. Bonita paradoja. Según el calendario chino, Tomás había nacido en el año del ratón, aunque a él le gustaba mentir y decir que pertenecía al año del mono. Es de lo poco que se recuerda de él, lejos del hospital, de su enfermedad, siempre unido a tubos y máquinas.

Un pantano

En los pantanos se comen, se guisan y se congelan las ardillas. En verano, cuando está Tom, caimanes; y en invierno, ratones de agua. Son como ratas del tamaño de un perro mediano, que guisados con salsa de Kentucky, son una auténtica delicia. A la abuela le gusta hablar de la dieta en los pantanos, de lo autosuficientes que somos, de que sólo necesitamos salir del condado para comprar munición. La abuela es una gran cocinera y le gusta invitar a los vecinos a probar sus guisos (y también los brebajes que fabrica en la parte de atrás de la casa). No le gustan los desconocidos. Enseguida saca su escopeta para decir “Aquí no nos gustan los forasteros“. Me encanta cómo lo dice. Tom me contó una vez, después de haber bebido un montón de licor, que la abuela había matado a un hombre y lo había enterrado en el jardín, allí donde tiene plantadas las flores. Me gusta esa parte del jardín, la verdad.

Una casa en una isla

El barco con las provisiones viene, aproximadamente, cada cuatro meses. Cuando se acerca la fecha de su llegada, siempre me acuerdo de las novelas de Conrad, de lo eternos que se hacían los viajes entre una escala y otra. Espero que la brisa traiga el olor del diésel, tras quemarse en el motor del barco. El humo significa noticias, hablar con gente, preguntar si el mundo sigue igual, aunque obtenga las mismas respuestas, lo sé. Las provisiones vienen con la correspondencia, las revistas y los libros que suelo encargar de un viaje a otro. El barco no suele quedarse más de una hora. Descarga rápido y se marcha; tiene prisa, argumentando que debe superar el arrecife y llegar al próximo puerto lo antes posible. Durante el proceso de descarga, siempre hay alguien vigilando en el muelle para nadie suba a bordo, para que no se cuele ningún animal que pueda estropear la carga.

Un guardabosques

Siempre quise trabajar de guardabosques. Conectar con la naturaleza, en un sentido preciso y puro, que me obligara a renunciar a los demás. Tenía un profesor de criminalística que siempre nos decía: “En América, si alguien quiere esconderse, busca un trabajo de guardabosques”; después, soltaba una risotada boba, ahogada con una tos seca, a la que nadie seguía. Al final, sin embargo, no conseguí superar el maldito vértigo, y no pude encaramarme a una de esas torres de vigilancia con las que no paraba de soñar. En el bosque, ya sea a ras de suelo, o a una altura en la que se contempla la línea del horizonte, los recuerdos juegan un papel distinto al que tienen en la ciudad.

Morse

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Todos sabemos lo que es el código Morse; todos hemos escuchado esos pequeños latidos, cortos e irregulares, que nos herían con mensajes extraños que no entendíamos, a través, siempre, de unos Walkie-Talkies de juguete. Su alcance, en el mejor de los casos, no iba más de allá de unos pocos metros. El código, después del juego, era enterrado con el propio juguete, cuando las pilas se terminaban o cuando empezaba a interesarnos otra cosa: una bicicleta, un nuevo amigo, o una sucesión de hormigas sobre nuestro brazo que, con el bocadillo a medias, empezaban a invadir el pequeño cuerpo de niño que habitábamos.

Así, el señor Morse y Alfred Vail, cada vez que desaparecía uno de esos Walkie-Talkies, se alejaban un poco más del sustrato de la existencia, como aquellos miedos en los que la gente deja de creer, y entonces, se olvidan, desaparecen, y una puerta se cierra para siempre, y no vuelve nunca a abrirse. Y mientras ellos se iban, ellos y sus pequeñas palabras hechas con puntos y rayas, fui un día a merendar a casa de mi abuelo. Allí se iba a merendar, a correr por el pasillo, a descubrir el infierno de olores que encerraba ese patio interior, donde luchaban las pinzas de la ropa con la curiosidad de los que fumaban. También se hurgaba, se buscaba en los cajones porque siempre había tesoros que descubrir; fotos de gente mayor, de tías y tíos con nombres muy largos, y monedas oxidadas, pero, sobre todo la linterna del abuelo. Un artefacto que usaba una pila de petaca y que él utilizaba para su paseo nocturno, cuando la próstata le invitaba a ir pasillo arriba, pasillo abajo. Esa linterna me guiaba dentro de los armarios, tras los sillones y bajo las camas, o en el cuarto vacío donde no había luz pero sí un olor a alcanfor que te iluminaba por dentro, como el cloro de la piscina en invierno. Yo proseguía mi búsqueda de cosas interesantes a los ojos de un niños, hasta que siempre daba con algo. Ese día, tras el pan con chocolate, el tesoro que hallé fue un libro viejo, sucio y polvoriento, que me hizo estornudar en cuanto lo toqué. Estaba editado por la Oficina de Gobernación – Marina Española. Sonaba, como todo lo de mi abuelo, a guerra, a pose digna, a cuadrarse con la boina en el ascensor cuando aparecía una vecina que requería todos nuestros respetos. Empecé a iluminar las páginas del libro con la pequeña bombilla del artefacto Tximist, casi tan viejo como mi abuelo. Era una guía de comunicaciones marítimas, y al final, junto a las banderas de señales que utilizan en los barcos para parlamentar en alta mar, aparecían unas páginas con el código Morse traducido. Las letras equivalían a puntos y rayas, y junto a las tablas que amarraban este maravilloso diccionario, los autores del libro habían escrito algunos ejemplos para hacer aquello más didáctico, para que el chocolate estuviera aún más delicioso:

“Los prusianos escondían la munición en el búnker”

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Guardé el libro bajo mi camisa, hundiendo parte en el pantalón, y me lo llevé a casa. Ha sido de lo poco que he robado en mi vida y todavía, hoy, creo escuchar a mi abuelo pidiéndome que le devuelva el dichoso libro, diciéndome que “alguien de honor, ni hurta ni falta a la verdad“. Consignas, tan bien dibujadas para un niño, como un dirigible en un cuento infantil o una trinchera en el mapa de una invasión bélica.

Aprendí el código Morse con la ilusión de quien aprende un nuevo idioma y comienza a entender su significado, una nueva dimensión en la que hundir los pies, un tesoro reluciente que contemplar, una mascota de puntos y rayas que acariciar. Escribía frases y mensajes sin sentido y los metía en cajas de cerillas, que luego, a su vez, escondía por toda la casa. Cuando hace un año, murió mi madre y la casa quedó vacía, los operarios que se llevaron los muebles, además de recuerdos, encontraron alguna de estas cajas. Me la entregaron por si tenía algo de valor. Claro que lo tenía:

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“La derrota no impedirá que nos levantemos”

Lo fascinante de este código, como el de todos los códigos, supongo, es su carácter secreto para aquellos que no lo entienden. Te permite lanzar mensajes sin saber si serán descifrados o comprendidos. Notas encerradas en botellas que, en la mayoría de los casos, nunca saldrán a la luz.

Cuando crecí, seguí jugando a dejar mensajes escondidos en los lugares por los que me movía. A veces eran cajas de cerillas escondidas tras el lavabo de un bar, o una pintada con tiza en el muro desconchado por el que pasaba la chica que me gustaba, o marcaba la corteza de un árbol con mi navaja Aitor. Todo aquello que quería decir, pero que no lograba articular con palabras, lo traducía en puntos y rayas, y lo plasmaba sobre algo, sobre un medio físico que me permitiera tejer ese hilo invisible que me unía con el destinatario al que quería enviar mi mensaje. Se trataba de construir una dimensión oculta, una capa invisible de intenciones, de deseos, de decir “te quiero”, “gracias” o “te echo de menos”.

Un día, entendí cómo perfeccionar la manera de dejar estos mensajes. Hablando con un amigo, cambiando recuerdos de niñez como si fueran cromos, me contó cómo su hermana había sido la encargada de informatizar casi todos los faros de este país, sustituyendo a los fareros por programas de ordenador que no sucumbían a los hechizos del vino o al poder de la tristeza de estar solos. Casualmente, uno de sus encargos fue el faro de Santa Catalina, situado en la costa Norte. El faro en cuestión, había iluminado algunos de los recuerdos de mi niñez, y cuya luz, muchas veces, imaginaba lanzando destellos en forma de puntos y rayas, llamando a marinos y a pescadores con mensajes de sus mujeres, de sus hijos, de sus hermanos, del cura, para que volvieran a casa sanos y salvos y no los devorara el mar, en forma de ola gigante o como un enorme monstruo marino que ascendía de las profundidades de la mente de un escritor loco.

Así que, con una caja de zapatos vacía, construí mi primer pequeño faro, alimentado por una pila de petaca como la que tenía la Tximist de mi abuelo. Estuve toda la noche lanzando mensajes desde mi ventana hacia la calle vacía de mi ciudad, sin que nadie, supongo, se diera cuenta de qué es lo que estaba diciendo esa luz endiablada con sus destellos intermitentes. Meses después, la caja evolucionó hacia un sistema que yo podía programar para que se iluminara únicamente el tiempo que yo quisiera, y lanzara el mensaje sólo a la hora programada. Construía las cajas como si fueran casas para pájaros. De esta manera, pasaban inadvertidas durante el día, y por la noche latían desde la frondosidad de las ramas de los árboles.

Hace un año, alcancé la perfección construyendo mis pequeños faros. Añadí un pequeño procesador al sistema de iluminación y una antena para controlarlo de manera remota. Así, consigo manejarlos desde casa, definiendo el mensaje desde mi ordenador, así como su duración. Si lo deseo, puedo sincronizar un faro con otro para que lancen el mismo mensaje desde dos o más lugares diferentes. Además, he instalado paneles solares en la cubierta de las casetas, por lo que ya no tengo que preocuparme por la duración de las baterías. Son faros totalmente autosuficientes que controlo desde casa. A día de hoy, he conseguido instalar más de cuarenta, estando todos operativos.

Esta mañana, alguien hablaba de mí en el periódico. En realidad, hablaban de mis faros, de las luces. Contaban cómo anoche, durante diez minutos, multitud de luces repartidas por toda la ciudad, habían estado lanzando el mismo mensaje. Nadie se había percatado de ello, salvo uno de los hijos de una conocida escritora, que mirando por la ventana, le dijo a su madre:

– Mamá, alguien quiere decirnos algo. Es código Morse:

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“Sigue bailando, no te detengas”

22:37

 

Hay un agujero, un desagüe, un río bajo las uñas.

Hay un vientre, una ecuación infinita, una pregunta después de la batidora.

Hay una palabra mal escrita, una puerta pintada, un diente roto.

 

Quiero tocar, besar y lamer

tu gemido,

hundir tu presencia

en este susurro apagado,

de saliva nueva

y sueño viejo.

 

La flecha

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Se acaba el día y el sol cae sobre mi herida, inundando de rojo la pierna, el suelo y el cielo, diluyendo el dolor por este suelo arenoso que hoy, más que nunca, empieza a volverse cínicamente frío.

Se acaba el día y parece que se termina todo: el ímpetu de mi caballo que me dejó tirado unas millas atrás, el agua de mi cantimplora y la fuerza de este torniquete, que se va escapando como la luz, como el líquido que deja de correr por mis venas. Si arranco la flecha, la sangría será rápida, caudalosa, manchando piedras y tierra, pigmentando el suelo donde descansarán finalmente mis huesos, lejos del nicho familiar, de mis padres, de tío Ned, del resto de sombras y ancestros que alimentan los fuegos fatuos de ese maldito lugar de Carolina del Sur.

Si no arranco esta vara de abedul pegada a mi cuerpo, la mugre, el hedor y la gangrena, inundarán con fiebre los pocos recuerdos que me queden, llevándome a morir como alguien que no soy, un soldado de fortuna que perdió la cabeza por una maldita flecha en la femoral; no creo que dure más allá de esta noche, teniendo en cuenta toda la sangre derramada, la mía, la de O`Neil, la del mexicano y la de todos esos indios del demonio cuando les arrancamos el pelo a fuerza de navaja.

Aúlla el viento entre las rocas, advirtiendo de la llegada de alguien más tras de sí; agita la serpiente el cascabel como si fuera una orquesta anunciando el baile final en la fiesta de primavera.

Hay polvo en el aire, arena mezclada con alfileres que me ciegan una eternidad tras otra, que presagian diluvio esta noche, muy cerca de donde estoy; se batirán los relámpagos con un horizonte que arranca aquí, junto a mis botas ensangrentadas.

Saco el cuchillo que me regaló padre, ese trozo de acero donde él descansa, donde la inscripción con su nombre hace que sea él quien empuñe la daga, quien hunda el filo en las tripas de un chacal, en la tierra o en el vientre de una mujer mestiza.

Desenfundo el metal y el rojo de la última hora del día brilla sobre el nombre de mi padre. Tiembla la hoja, enrojecida por el astro rey, besando levemente el rojo y negro de mi sangre, bailando sobre mi pierna gangrenada; llora el cuchillo como un bebé porque no acertará a sacar la madera de la pierna.

Morirá lentamente el cuchillo, enterrado por la gangrena, derrotado por un trozo de madera sin honor. Morirá este cuchillo sin poder acercarse a Dios, a pedir perdón por sus pecados.

El semáforo

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Me gusta ir con mi Vespa a todas partes. Siempre la dejo en la puerta del sitio al que me dirija, presumiendo de ello en cada oportunidad que se me presenta: “Yo es que aparco en la puerta”. Pero hoy, aprovechando el buen tiempo y ese deseo que a veces surge por caminar, he decidido dar un paseo hasta la Oficina de Gobernación; necesito arreglar unos papeles allí antes de mi viaje.

Por si no lo saben, la Oficina de Gobernación, al menos la que me toca a mí por la letra de mi apellido, la “Z” de “Zenín”, está al final de la Avenida Presidencial, cruzándola desde Barriales. La avenida es enorme, como una autopista, con multitud de carriles y coches que nunca descansan, silbando como un tren mercancías y avisando que ahí no hay límites de velocidad para nadie.

Sólo hay un semáforo en toda la avenida. Detiene el tráfico unos segundos y te obliga a parar en la mediana. Debes esperar de nuevo en esa pequeña isla a que el semáforo te deje cruzar otra vez. Estás allí retenido hasta que te lo indique ese caminante de color verde, tan desgastado y sucio, que apenas es un punto cromático en el horizonte, al otro lado de la avenida.

Me encuentro ahí, en esa mediana, repasando mentalmente los proyectos en los que estoy embarcado este mes de junio que comienza, entre ellos mi viaje a Chile, y defendiendo en mi fuero interno lo agradable que es caminar, ahora que ya no fumo dos paquetes diarios.

– ¿Pero es que no se va a poner nunca el semáforo en verde?

Un tío alto, de casi dos metros, con larga melena, que viste bermudas y chanclas, protesta ante su pareja, una chica morena y muy guapa que no llega al metro sesenta de estatura. Todos le miramos, cruzando gestos de aprobación y asintiendo al unísono. Murmuramos. Es cierto que llevamos un rato esperando en la mediana y al semáforo no le da la gana de cambiar de color. Pasan los minutos y nadie cede su posición en el borde de la acera, a sabiendas que, en cuanto cambie al verde, habrá un sprint loco por llegar al otro lado.

Dos horas después, sin embargo, todos hemos retrocedido en nuestras posiciones. Hemos buscado la sombra de una acacia raquítica que ha manchado todo el suelo de una resina pegajosa. Ya sabemos cómo nos llamamos. Hay quien ya ha intercambiado los números de teléfono, en unos aparatos que allí son inservibles debido a los inhibidores de la Oficina de Gobernación.

Cuando el sol empieza a ponerse, Malise, un mantero de Costa de Marfil, decide arrojarse al asfalto y probar suerte en el mar de coches que tiene delante. En el quinto carril, acariciando ya la orilla del otro lado, un camión cisterna le golpea con uno de sus espejos retrovisores y le deja tumbado en la carretera. Aquí hay gente que llora. Los servicios de emergencia recogen el cuerpo dos horas después. Lo hacen rápido. Justo después aparecen los de la limpieza. Intentamos comunicarnos con ellos, pero apenas nos agitan un brazo, saludándonos tibiamente.

Matías, un vendedor ambulante que atravesaba la avenida con su carrito, nos ha dado refrescos y comida a todos. Eso nos pone de mejor humor. Al día siguiente, pensamos en racionar lo que tenemos. Por suerte, hay una boca de riego con la que llenamos las botellas. Alguien habla de un documental que ha visto sobre los supervivientes de los Andes. Nos reímos. Todos dirigimos instintivamente las miradas al más gordo del grupo. A él no le hace gracia.

Nadie se atreve a cruzar con el semáforo en rojo, después de lo que le pasó a Malise. Lo que verdaderamente nos preocupa es que el color pueda cambiar a verde en un momento de descanso, cuando nos invada el sueño y perdamos nuestra oportunidad de salir de allí. Decidimos organizar un sistema de guardias y rotar como vigías. El hombre de dos metros, que se llama Moisés, parece un líder sólido. Es un electricista que está aquí de vacaciones con su mujer.

Hay dos armarios metálicos colocados en forma de “L”, junto a una alcantarilla. Es el improvisado cuarto de baño que usamos allí. El primer día nos agachábamos hasta tocar el suelo con el culo, muertos de la vergüenza, pero luego dejó de importarnos. Los coches van tan deprisa, que no ven nada. Moisés y su mujer también aprovechan ese breve recoveco para demostrar allí su amor. Normalmente esperan a que uno de los dos esté de guardia y el resto, durmamos.

Moisés quiere cruzar hoy. Dice que tiene la fe suficiente y es capaz de hacerlo. El resto, no sabe si seguirle o esperar la posible ayuda que llegue del otro lado.

6 am

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A eso de las seis de la mañana, es cuando abandona la emisora, tras despedir su programa de peticiones musicales y dar entrada al matinal informativo, el programa estrella de la radio. Y es que la gente deja de pedir canciones cuando los verdaderos periodistas les empiezan a bombardear con la terrible mierda que nos sucede todos los días. Cuando se dirige a la puerta y pasa junto al cristal, esa ventana desde la que sus compañeros desprenden ese renacer en un bucle diario, siempre mira al suelo, a su paquete de tabaco, o a las llaves que no necesitará hasta dentro de un buen rato.

Al alba, los primeros rayos separan el día de la noche en dos fragmentos cromáticos diferentes, como un bisturí que arranca la carne muerta del hueso. En la acera, apostadas sobre la pared o reinando sobre las rejillas que escupen el aire caliente del metro, prostitutas de mil nacionalidades y mil sonrisas distintas, vigilan la calle en busca de una última presa. Como plantas carnívoras, exhiben sus mejores encantos a las últimas moscas de la madrugada, con la única intención de atrapar algunos billetes. El reclamo es una bonita sonrisa y una pequeña dosis de autoestima para su cliente, envuelta en lo que podría ser un aforismo de luces de neón: “Ven cariño, que con esa carita, seguro que la tienes muy grande”.

Todas le conocen. Saben que trabaja por allí y que pasa siempre de largo. Intercambian algunas sonrisas, los buenos días y, a veces, alguna mirada lasciva, dependiendo del día, dependiendo de quién sea cazador o presa. A él le gusta pensar que todos son buenos vecinos en un ambiente cordial.

Él sabe que cuando no están defendiendo su posición, el metro cuadrado desde el que ven pasar las horas, se encuentran trabajando en su piso, un par de portales más allá, pero siempre cerca de su pequeña parcela de hormigón. Algunos días, se acuerda de cuando estuvo en uno de esos portales, acompañando a un compañero de la radio que vivía por allí. Se cruzó con varias prostitutas en las escaleras, donde se mezclaba el olor a rancio de las manchas de humedad, con los perfumes baratos de las chicas, tan fuertes e intensos, que sentías cómo te envenenaban la garganta hasta dejarte sin respiración. Meterte en una de esas casas, era querer salir inmediatamente de allí.

Los dueños de la emisora llevaban años prometiéndoles un cambio de ubicación, mudarse a un barrio más moderno, con más espacio, pero pasaba el tiempo y los micrófonos seguían en el mismo sitio, el segundo piso de un portal infecto, en el barrio más viejo de Madrid. Aquí, los adoquines huelen a orín desde hace más de dos siglos y hay lugares, recovecos, que jamás han visto la luz del sol, como cuevas enterradas en las que todavía vive gente dentro. Todos saben dónde están.

En una de estas zonas oscuras, en uno de esos agujeros negros, donde muere el espacio y el tiempo al abrigo de una papelera destrozada y que el ayuntamiento se niega a arreglar, apareció un recuerdo de los dieciocho años, una imagen obscenamente lejana, ahora que supera el doble de esa edad. La chica de la que estuvo enamorado el último año de instituto, por la que suspiró sus primeros versos y por la que murió de amor adolescente más de un millón de veces cada día, estaba allí, apoyada contra la pared, lanzando su cigarro lejos para intentar captarle como cliente a cambio de no sé qué ridícula cantidad de dinero.

Era su voz, desde luego; áspera, de enorme profundidad, que carraspeaba ligeramente para encontrar las palabras exactas y venderse lo mejor posible. Si el técnico del programa la hubiese escuchado, diría que tenía un “reverb” natural, un prodigio de las cuerdas vocales. Ese eco en el timbre de su voz le llevó directamente a muchos años atrás, a la excitación que le suscitaban sus palabras cuando le susurraba en clase, cuando compartían confidencias y notaba sus labios tan cerca de su rostro. Pero eso fue hace mucho, piensa…aunque el propio recuerdo le hace retorcerse por dentro, volviendo a desear lo mismo que hace años, y que no pudo conseguir.

Con las manos en los bolsillos, y disminuyendo un poco el ritmo de su paso, escudriñó su rostro para comprobar si era ella, o sólo una de sus fantasías, fruto del cansancio nocturno. En silencio, le preguntó si se acordaba de él.

Era ella, tan real como una caricia en el cuello o una patada en los huevos. Le rozó ligeramente el brazo con su mano, intentando abrazarle para demorar su marcha, pero rápidamente le soltó y se marchó en dirección opuesta. Él apretó el paso, alejándose de allí y acelerando el ritmo de su respiración. En seguida se olvidó por dónde pisaba, perdiéndose en los recuerdos compartidos: las clases a su lado, la crueldad de que saliera con uno de sus amigos, las fiestas, las primeras noches fuera de casa impregnadas de alcohol y fantasías de adolescente…

Cada recuerdo le llevaba al siguiente, como si fuese la cadena de canciones programadas en el ordenador de la emisora. Una imagen le guiaba a otra, despertándole una sensación hasta entonces enterrada, y esa le trasladaba a una distinta, hasta volver a la tarde en la que casi sucedió algo entre los dos. Ese momento fatídico en el que su cobardía, esa rémora que le ha acompañado siempre, le derrotó y no fue capaz de besarla y presentarse como una alternativa válida de amor juvenil. Ese momento, se acabaría convirtiendo en un punto de inflexión para el futuro, algo que, a lo largo de los años, había vuelto en forma de pregunta recurrente, como si fuese un puto “reality” de televisión: “¿Qué hubiera pasado sí…”? Todos tenemos algunas de esas preguntas y todos las enterramos lo más profundo posible, para que no molesten. Uno quiere que sólo sea una imagen más, algo que pueda colgarse en un museo, junto a un cuadro del Bosco, por ejemplo, aunque sin taza de café en la tienda de regalos.

Puta mentira. Si no quieres ver un cuadro, quémalo; nunca lo cuelgues.

Sin darse cuenta, había dejado atrás la parada del autobús; llevaba tres calles perdido, con el estómago petrificado igual que si fuera camino de su primera cita. Su cuerpo estaba emulsionando, a punto de provocar una reacción nuclear, algo que le quemaría el pelo si ascendía un poco más allá de la frente. Con la sensación de que algo había volteado y girado la pecera donde permanecían los principios que regían su vida, llegó a casa.

Esa noche no pegó ojo. Sólo quería volver a la radio y disponer de una nueva oportunidad para verla; que pasara rápido su jornada laboral y poder hacer el camino de vuelta a casa. Repetía mentalmente qué decirle y qué no, qué frase utilizaría para hacerle recordar quién era él. Ensayaba torpemente su dicción frente al espejo del baño, viendo de qué manera se colocaba el pelo para tapar las zonas que delataban su paso a la cuarentena. Había recreado en su cabeza las mil posibilidades diferentes de cómo sería ese encuentro, de todo lo que le contaría al verla.

Veinticuatro horas después, salía de nuevo de la radio.  Tras hacer un programa nefasto, evitar una conversación con su director y tirarse un café encima, dejó atrás el edificio sin saber qué pasaría cincuenta metros más abajo.

Ella estaba en el mismo sitio, recostada sobre el cristal de un escaparate que sólo mostraba guías de viaje y libros de autoayuda. Al ver que iba directo hacia ella, se preparó para una negociación que tenía ganada desde antes de que empezara:

– ¿Tienes un cigarro…? – le preguntó seductora, modulando el tono de su voz -.

– Claro, toma.

–  ¿Y fuego?

Le dio un mechero con el logo de la emisora que, después de utilizarlo, se apresuró a guardar en el bolsillo de su chaqueta de cuero rojo. Tras examinarle de arriba abajo, analizando si era mercancía válida para ella, le preguntó:

– ¿Quieres algo de mí? ¿Te gusta lo que ves?

No sabía qué decir. Tampoco podía articular palabra; tenía la boca tan seca que necesitaba tragar saliva. Quería aclarar su garganta y su lastimosa memoria a corto plazo para poder contestarla. Un par de segundos después y tras quedar como un idiota, pudo dirigirse a ella:

– ¿Sabes quién soy…? – le dijo, denotando una total falta de seguridad.

– Claro, cariño. Eres un duende cachondo que quiere que alguien le abrace. ¿Y tú sabes quién soy yo…?

– Creo que sí.

– Pues entonces, si lo tienes tan claro, acompáñame a casa y no digas nada más.

– Pero…

– Shhhh – poniéndole el dedo en la boca para que dejara de hablar -.

 El acceso a su casa era como siempre se había imaginado estos portales con sus pisos viejos. Olían a siglos de encierro y oscuridad, a pecado, a algo oscuro e íntimo que luego no puede contarse a la mañana siguiente, cuando uno comparte un café con los compañeros. El interior del piso parecía una prolongación del portal, del propio descansillo. Un sitio viejo y lúgubre, donde apenas se podía ver nada, lleno de trastos y cosas viejas, los tesoros de alguien con el síndrome de Diógenes. Ella le llevaba de la mano hacia su dormitorio, un cuarto situado al final del piso, al final del puto mundo, pensó él mientras disfrutaba del tacto de sus dedos. Tras tropezarse un par de veces con dos maletas que no hacían otra cosa que estorbar en medio de todo, llegaron a su habitación, donde se mezclaban el olor a tabaco, el del incienso y el de un bote enorme de lubricante que le hizo sentirse uno más en la larga lista de espectadores de esa película. Ella puso música en su teléfono móvil. No eran las canciones que él solía poner en su programa, las que él utilizaba para adornar sus fantasías sexuales.

– Soy Javier…

– ¿Me ayudas con el sujetador…?

Ella se giró y empezó a besarle, no dejándole decir nada más. Buscaba la boca de él, pero cuando la encontraba, huía de ella, haciendo que cada beso no fuera más que una leve caricia y no el pozo donde él quería sumergirse y encontrar todo el deseo acumulado.

Él recorría su cuerpo besándolo, tocando cada centímetro con cuidado, buscando pistas de cada uno de los recuerdos que tenía, de cada una de las fantasías que había fabricado a lo largo de los años.

Ella le ayudaba a quitarse la ropa, dejando escapar alguna mirada indiscreta al reloj y comprobando si cumplía con el protocolo previsto. Como una domadora experimentada, le llevó a la cama e hizo que se tumbara. Cada movimiento de ella conseguía una réplica en el cuerpo de él, haciendo exactamente lo que quería en cada momento. Jugaba con su excitación, aumentándola y llevándola hasta donde deseaba, terminando con él en pocos minutos. Durante el intercambio de caricias y sudor, ella le había llamado, entre risas, con varios nombres distintos, pero sin utilizar nunca el verdadero. La última, para decirle que dejara los cincuenta euros en la mesilla, y que cerrara la puerta cuando se fuera, que ahora quería darse una ducha.

– Adiós cariño. – Y entonces cerró la puerta del baño-

Por un momento, hasta pensó que no era ella, sólo alguien que se le parecía, una melliza evocadora que había rescatado unas fotos de su memoria, unas que no consiguió quemar hace años.

Los días siguientes al encuentro, Javier no trabajaba. Aunque estuvo a punto de volver a trazar el mismo recorrido que hacía al salir de la radio, y forzar así un nuevo encuentro para confesarle quién era, quién es ahora, no lo hizo finalmente. La pereza y la cobardía, pesando a partes iguales, le aplastaban contra la cama y le impedían cualquier tipo de aventura fuera de la rutina. El miedo, a menudo, se esconde en absurdas justificaciones.

Regresó al trabajo y volvió a la urgencia de terminar rápido con su jornada, que llegara pronto la hora de la salida y lanzarse a la calle para buscarla, de tener, esta vez sí, una conversación totalmente diferente a la que compartieron días antes.

A la salida, no consiguió dar con ella. Esperó frente al escaparate donde le había visto los días anteriores, paseando y fumando un cigarro tras otro, recorriendo los veinte metros de acera de arriba a abajo, hasta que perdió el primer autobús, y el segundo, y el tercero. Ella no apareció en su reino de un metro cuadrado, junto a las guías de viaje cuyos títulos seguro conocería de sobra. Tal vez, pensó, estaría con otro cliente, llevándole por ese pasillo largo y oscuro de su piso. Derrotado, se marchó. Mañana lo volvería intentar.

Al día siguiente (así como durante las dos semanas posteriores, incluidos los días de descanso), la buscó de manera compulsiva, sin obtener resultado alguno en sus largas esperas, preguntando por ella al resto de prostitutas, quienes tampoco pudieron darle ninguna información que valiera la pena. “Estaría ocupada“, se repetía constantemente.

Ha pasado un mes y no la ha vuelto a ver. Ahora, ya sólo la busca cuando va camino del autobús; no puede evitar detenerse en el escaparate donde se apostaba. Incluso ha visto un libro interesante que tal vez se compre. Hoy les dijeron, por fin, que se mudaban. Se cambian a un barrio de las afueras, a un polígono industrial con mucho más espacio para todos. Los de informativos estaban como locos; al fin iban a tener sitio para aparcar el coche.

Esta tarde pasó por allí; quería ver dónde iba a trabajar, cuánto tardaba el autobús. “Una eternidad”, pensó. El polígono era ruidoso, sucio, un espacio abierto donde los camiones convivían con las prostitutas. Un universo distinto, pero con las mismas pulsiones. Cuando observaba a las chicas desde el autobús, le pareció ver a una antigua vecina suya, apostada bajo una marquesina, negociando con un camionero que le invitaba a subir a su cabina. Intentó recordar cómo se llamaba esa vecina.

 

Fin a la trilogía del espejo

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“Las señales no aparecen de manera aleatoria”. Leo esta nota en mi cuaderno azul y me invade la certeza de que el texto debe comenzar así. Esta será la idea con la que arranque y con la que intente poner algo de orden y de sentido al universo de elementos tan dispares que me han traído a sentarme delante del ordenador.

Y es que amigos, ahora, con todas las piezas expuestas encima de la mesa, vislumbrando un poco de claridad en la relación existente entre unas cosas y otras, es cuando percibo cierto sentido o significado al conjunto global de los acontecimientos.

Lo mejor, como siempre, es empezar por el principio. Vamos allá.

Todo empieza con un cuento, un relato maravilloso y un prólogo que sitúa la historia en un bucle de casualidades donde realidad y ficción beben y comen la una de la otra, jugando a ser y a no ser. El relato es “Queremos tanto a Glenda”, donde Cortázar nos acaba mostrando el camino para modelar la realidad a partir de la ficción. No voy a adelantar ni a contar con detalle el propio cuento; creo que, lo más bonito, es que quien sienta el aguijón de la curiosidad, lo lea (prólogo incluido) para ir construyendo el contexto, el decorado en el que se mueven estas líneas. Tan sólo diré que Cortázar, cuando se ve sorprendido por las casualidades, cuando realidad y ficción se convierten la una en el espejo de la otra, lanza una botella al mar a modo de carta. Y hasta aquí puedo leer…

En segundo lugar, la lectura del libro de aforismos “Bajas presiones”, me dejó uno de ellos como huésped en mi cabeza, martilleándome el hipotálamo sin descanso: “Un libro abierto es un cuervo”, decía Azahara Alonso. Y el cuervo me llevaba todo el rato a Glenda, al universo de realidades y ficciones que se acostaban todas bajo las mismas sábanas, a desayunar, comer y cenar con Cortázar; a descifrar el juego que lo real y lo ficticio se traen en este relato, haciendo mucho, mucho ruido en mi cabeza. Al final, acabé escupiendo unas pocas líneas, intentando que el graznido fuese lo más inteligible posible.

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Vayamos con la siguiente pieza de todo esto, la pieza central diría yo, aquella que no tiene los bordes definidos y uno debe encajarla junto a otras que sí tienen el contorno marcado y fácilmente identificable.

Resulta que, de vez en cuando, pongo mi nombre en Google y hago una búsqueda de qué páginas muestra el buscador y en las que, de una u otra manera, aparezco relacionado. Me parece un ejercicio acojonante; al final, nuestra realidad social, viene determinada por nuestra presencia en el mundo digital, un mundo, en cierto modo, bastante ficticio. Bien, después de aparecer de manera evidente, en las páginas de Facebook, Linkedin y demás escaparates, doy con algo que no había visto antes. Mi nombre aparece inmerso en un relato escrito por una mujer argentina, un texto breve en el que Carlos Ibarreta es uno de los personajes del mismo. – ¡Joder, vaya regalo! – es lo primero que pienso. De repente, mi nombre traspasaba la línea de la ficción y se colaba furtivo en un cuento, arrastrándome a mí con él, inúndandome de una sensación de liviandad, eso que te da desprenderte de las cuestiones físicas del mundo real. Busco algo de información de la autora, pero no doy con nada significativo. Esto me lleva a pensar que Carmen, quien ha escrito el cuento, no ha asignado ningún grado de intencionalidad al hacerlo (¿o sí…?). Bueno, es parte de lo divertido de todo esto, no saber qué le movió a elegir mi nombre. Os aseguro que he divagado sobre el tema, y he escrito muchas líneas sobre ello. No quiero extenderme porque no es la intención de este texto; tal vez, lo sea de otro en el futuro, ya veremos. Si le preguntara a ella, seguramente me daría la opción más sencilla, la que menos me gustaría, así que prefiero no saberlo.

Durante esos días en los que descubrí que formaba parte de un cuento de Carmen, y sentía cómo el cuervo de Cortázar y Glenda bullían en mi cabeza, iban acudiendo más invitados a la fiesta, cada uno con un regalo distinto bajo el brazo. Esos días, avanzaba con la lectura de Dublinesca, de Vila-Matas, y me dejaba seducir por la ficción de sus páginas, por cómo se entremezclaba con asuntos más bien reales, y cómo me iba arrastrando por una mentira en la que no era capaz de distinguir lo que verdaderamente existe, de lo que no. Y en este punto, vuelvo a Google y a la presencia que el buscador, de manera tan dictatorial, nos otorga en la red. El chiste de Vilem Vok tiene una presencia tan descomunal en Internet, que la certeza de su propia invención devora la realidad en la que no existe. ¡Y qué más da!

¡Que pase el siguiente!

El siguiente elemento en este mapa de casualidades, se llama Hugo Clemente. Habíamos quedado para tomarnos unas cervezas, ponernos al día e intercambiarnos algún presente. Los dos habíamos elegido (otra casualidad) sendos libros de aforismos para ello. Recordemos que las señales, no aparecen de manera aleatoria. La conversación nos lleva a muchos lugares, a Vila-Matas en Boston, a Glenda, a todo lo que os he contado un poco más arriba y a unas cuantas risas. Me cuenta Hugo un descubrimiento fabuloso: viendo una película con un amigo, una copia pirata en el ordenador, descubren, tras llevar un buen rato con la peli, que han sido víctimas de un mercenario, un cruzado contra la piratería. Este había editado y troceado el film a su antojo, creando una nueva estructura narrativa que, según parecía, podría ser hasta mejor que la película original. No me extiendo aquí, a sabiendas que el propio Hugo estará sacando brillo a esta idea de alguna forma. Entre cañas y raciones de croquetas, la historia nos lleva de nuevo al cuento de Cortázar, a lo que hacían los seguidores de Glenda en la propia historia de ficción, a cuentos imposibles y, de nuevo, víctimas del bucle de realidad y ficción, a otra ronda de cervezas.

Cuando salgo del bar y el frío me golpea la cara, y me despido de Hugo hasta dentro de algunos meses, las imágenes fluyen sin control en mi cabeza. Me invade la certeza de que existe algún tipo de conexión en todo ello, un hilo fino e invisible que une cada una de las piezas mostradas hasta ahora.  Llego a casa y tomo algunas notas de todo ello, con ganas de escribir, porque al final, juntar palabras, expulsarlas de ese agujero profundo y oscuro del que salen, es lo que me permite acariciar, aunque sea levemente, cierta sensación de orden. Tengo frente a mí a Carmen, una desconocida que me ha hecho un regalo fabuloso: hacerme cruzar, sobre las letras de mi propio nombre, los límites de la realidad y la ficción. Seguramente, no sepa siquiera que yo existo a miles de kilómetros de su casa, de su sofá, de la cocina donde se preparará un mate bien cebado porque es así como le gusta. Pero esa acción, la de utilizar mi nombre en uno de sus personajes, ha terminado generando una casualidad que no debe quedar en el aire. Esa es la necesidad que tengo, que siento; darle continuidad a la dinámica creada por Carmen y devolverle el regalo, llevándola a una foto infinita, al plano eterno de la ficción. Escribo entonces unas pocas líneas, donde aparece el libro de Glenda, donde está ella como un personaje más, alguien que ha quedado atrapada para siempre en los límites de la ficción. Aunque, si lo pensamos bien, quien traspasa esta frontera, no queda atrapado, sino liberado, ya que aquí, los límites se desvanecen con cada nueva palabra. Lanzo entonces mi propio mensaje al mar, como hiciera Cortázar, metido en esta botella de WordPress, sin esperar nada a cambio, con un mensaje claro:

– Sí, Carmen, mi venganza será ésta. Te haré inmortal.-

 

Otra vez

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Lo hiciste de nuevo, Julio. De entre todos los cuentos expuestos, de entre todas las aves que lucían sus más llamativos colores y dulces cantos, hubo uno que, por oscuro y profundo, por jugar a las casualidades cómo un niño juega con los juguetes de su hermano, por derribarme a golpe de mazo en pleno hueso temporal, sobresalió de entre todos ellos; me miró a los ojos y se rió de mí.

“Bastardo insolente” – me dijo -, “Voy a tejer una tela de araña, que serás capaz de ver, y de no ver. Conectaré y uniré pequeños trozos de espejo, de un tiempo de tu memoria, con las páginas de un libro, con el bolsillo de alguien que un día conociste. Acerca tu oído a mi pico que graznaré tan fuerte como pueda”.

Un libro abierto puede ser muchas cosas, cada día una distinta, pero hoy, precisamente hoy, era un cuervo. Y más uno tuyo, viejo.

En tu cuento, había palabras que graznaban, más allá del desierto que encerraba cada página, más allá de las tapas que enjaulaban amasijos rotos.

Había frases que volaban, que escapaban de los capítulos que las retenían para ir en busca de objetos brillantes, recuerdos y fotos que llevarían de vuelta al sitio de donde partieron.

Había ideas que me observaban, a punto de prender el vuelo, encerrando eternidades antes de saltar, cuya belleza estaba en el momento exacto del primer aleteo. Ahí, en el instante previo a desaparecer, la idea podía ser apresada, definida, dibujada fuera de su contexto y encerrada en forma de acuarela descolorida. Ese era el momento de acariciarla, de desnudarla, de besarla y de juntarla con palabras de un recuerdo lejano, llevarla a postales de otro tiempo, a un lugar infinitamente retirado pero siempre dentro de esa página.

Las páginas de este libro, hoy, no me dejaron indiferente, y es que no sé dónde me llevarán.

Un libro abierto es un cuervo“. Azahara Alonso, Bajas presiones.

 

Botellas al mar

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Querida Glenda, esta carta no le será enviada por las vías ordinarias porque nada entre nosotros puede ser enviado así, entrar en los ritos sociales de los sobres y el correo. Será más bien como si la pusiera en una botella y la dejara caer a las aguas de la bahía de San Francisco (…)

 

– Cariño, ¿sabes dónde está mi libro…?

– ¿Qué libro? Por aquí tienes un montón.

– El que estaba leyendo de Cortázar. El de “Queremos tanto a Glenda”.

– Ah…se lo llevó Carmen. Te empeñaste tú además que se lo llevara.

– Carmen…¿tu compañera del hospital?

– No, Carmen Florentín.

– Ah…joder… ¿en serio…? No me acuerdo muy bien de lo de ayer. Me pasé un poco bebiendo.

– Sí que te pasaste… bastante, diría yo. Tu libro debe estar ahora mismo camino de Dios sabe dónde.

– Pues lo necesito para preparar una clase. Tengo que volver a leer el prólogo.

– Llama a Carmen; que te lo lea ella.

– Imposible. Aparece y desaparece cuando le da la gana. No hay manera de localizarla. Igual te tiras dos años sin saber nada de ella, como te la encuentras varios días seguidos en lugares diferentes.

 

Lleno un vaso de agua y me preparo, desconfiado, el segundo ibuprofeno del día. Marta me mira de reojo al tiempo que arregla un pantalón con la vieja Singer de su madre. Es capaz de coser un bajo sin desviarse un milímetro de la línea a trazar, y buscarme mientras tanto con la mirada, intentando escudriñar qué me pasa por la cabeza o por qué, cuando me embriaga la euforia al calor de la bebida, hago ciertas cosas, como prestar un libro que necesito para mi próximo trabajo. Marta piensa que no me doy cuenta de cómo levanta la vista a intervalos, entre una costura y otra. Adoro cuando me habla con un trozo de hilo en los labios, apenas comprensible, como si ese hilo uniera de verdad ambos labios de manera permanente y le obligara, todo el día, a mantener esa posición tan hierática.

– ¿Piensas en tu libro?

– Sí, justo andaba dando vueltas a eso.

NOTA para los que quieran seguir el juego: el primer párrafo pertenece a la carta que Julio Cortázar le escribió a Glenda Jackson en el Diario Clarín, el 8 de Octubre de 1981.

Don Mario

Hace años, trabajando de manera puntual en unos puestos de venta de libros junto al Círculo de Bellas Artes, en la soledad de una hora temprana, pasó ante mí, curioseando con interés por lo que ofrecía mi tenderete, Mario Benedetti.

Me asaltó en ese momento la idea de decirle, “Don Mario…gracias…de verdad…por esto, por aquello, por sus poemas, por su tiempo frente a la máquina de escribir…por regalarnos la belleza de sus palabras…”, pero, como siempre, la cautela y la falta de valor me dejaron allí, parapetado tras una horda de libros de autoayuda y horribles ediciones de El Quijote; clavado y mudo, viendo cómo se alejaba Don Mario, subiendo la calle Alcalá hacia Dios sabía dónde, como si su presencia no hubiera sido real y fuera, tan sólo, un personaje de ficción, salido de alguno de los libros expuestos allí.

La cuestión es que llevo semanas recordando de manera recurrente ese momento, ese breve episodio al que nunca di importancia y que no había vuelto a recuperar hacía años. Entiendo, con total seguridad, que la lectura de una biografía suya construida con un buen número de poemas, ha sido la responsable de este rescate de la memoria.

Tal vez fueran unos versos como estos, los que en esta reciente lectura de sus poemas, recuperaron ese lento plano secuencia del escritor ante mí, alejándose poco después calle arriba, y yo, mudo y cobarde, sin poder darle las gracias:

(…) tenemos un desorden en el alma

pero vale la pena sostenerla

con las manos / los ojos / la memoria

El recuerdo de mi silencio en ese momento, de mi torpeza, dan brillo a la conciencia de esa deuda perenne que, como lector, contraje con él, al deberle una emoción a quien supo juntar las palabras de la manera adecuada.

(…) mis huellas

hablan en silencio

sólo yo las entiendo

y me conformo con ese hermetismo

donde cabe media vida

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Centrifugadora

Cuando el sueño quiere arrastrarme lejos, pero yo me agarro al ancla de un par de cafés, es entonces cuando uno pesa las palabras y piensa que el resultado puede merecer la pena.

Esa vigilia forzada, auspiciada por las emociones musicales y el deseo de evadirme lejos con la palabra, suele poner en marcha la centrifugadora y, si tengo suerte, escupirá un par de notas que entonarán perfectamente con mis cortinas.

Un par de flexiones y la tengo.

Ahí está, la idea amarilla, cubierta de basura espacial y un montón de denso barro. Ahí está, el nácar bajo las uñas, la miel devorada, la melodía intensa convertida en himno, la plegaria que me azota antes de dormir.

Ven, pequeña hormiga, acude libre que te convertiré en mariposa, conozco al hechicero capaz de hacerlo, el ritual es parte de mí. Hay un nuevo tatuaje en mi espalda, un nuevo peaje a la singularidad, una pluma que se borrará con la primera mentira.

No quiero reflejos ni dibujos exactos. No quiero maestros del realismo, villancicos traicioneros ni motas de polvo que pueda respirar. Quiero toboganes de arena, saltos sin gravedad, ahogarme y respirar a la vez. Quiero una lija frotando el iris de mis ojos para cambiarlos de color, un muñeco de vudú que pueda arrojar en una estación de metro.

Con la sed, llegan las cosquillas.

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Cerillas en el bolsillo

Con el frío, se acrecienta esa sensación de nostalgia que sufrimos los expatriados, los emigrantes forzosos o casuales, los “nomigrantes” a los que alguna vez nos invitaron a no ser de ningún sitio, a viajar constantemente con nuestra mochila para buscar sin éxito el lugar al que pertenecemos.

Con el frío, vuelven los temblores, las carreras para buscar el resguardo continuo de la lluvia o de la nieve (o de la indiscreción ajena). Vuelven las prisas, el té caliente, el café largo y sincero y las preguntas sin signos de interrogación.

Con el invierno, llega la idea de que la nostalgia no es la distancia que separa el presente del recuerdo del hogar. Es tan sólo lo que cuesta pasar de la luz a la oscuridad en un andén semivacío; lo que tarda un olor familiar en llegar a través de un dibujo en la pared, o escurriéndose esquivo tras la ventana de la cocina de un restaurante barato en un callejón cualquiera, como una serpiente asustada buscando una piedra bajo la que esconderse.

A veces, la nostalgia, se apodera del control de mi teléfono móvil, llamando a las personas de mi agenda, o haciendo fotos en los lugares más insospechados. Lo hace sin que yo me entere, sin mi permiso, como si fuera el puto Joker a los mandos de una central nuclear durante tres suspiros de despiste.

Pasado el tiempo, me veo obligado a revisar las travesuras perpetradas en mi ausencia. Debo comprobar si me ha metido en algún pequeño lío y si tengo que arreglar algún estropicio en mi ecosistema social más inmediato. Lo peor, siempre, no son las costuras o el pegamento para enmendar los rotos, los sietes, los agujeros; lo peor es intentar descifrar qué mensaje oculto se esconde tras cada llamada, tras cada fotografía.

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Mensajes

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Cada día recibía un mensaje diferente en el teléfono, siempre de un remitente desconocido, y cada día desde un número distinto; nunca se repetían. Al principio no les hice ni caso, intuyendo que mi número había resultado ganador en el bombo de los errores telefónicos. Pensé: “¿A quién se le ocurre enviar un SMS metiendo los números uno por uno, sin utilizar la agenda?”.

En el texto del mensaje, siempre aparecía una dirección y una hora exacta, del tipo: Calle Los almendros 9, 16:47h. Nada más, como si fuera una instrucción precisa para cometer un delito.

Al tercer mensaje, la curiosidad resucitó y no pude resistirme acudir a la cita.

Mi ansia por protagonizar acontecimientos fuera de lo común, alejados de lo cotidiano, como provocar un encuentro casual con un asesino a sueldo, o cosas por el estilo, me llevan a perseguir este tipo de señales. Normalmente, acaban mal, con la sensación de haber malgastado mi tiempo o, si las cosas se ponen feas, tener que salir corriendo de algún sitio, como un timador perseguido por otros estafadores.

Llegué a la dirección que indicaba el mensaje en mi teléfono, justo a la hora señalada: Calle del Espíritu Santo 12, 11:45h. Una pareja se resguardaba de la lluvia en el soportal, besándose frenéticamente y empujándose violentamente contra la puerta de madera, como si fueran dos presos a los que les permiten un breve vis a vis para calmar toda el hambre que llevan dentro, sin importarles las miradas lascivas de quienes pasaban por allí. Cuando se dieron cuenta que yo les observaba desde el otro lado de la calle, semi oculto en una marquesina y agazapado tras una papelera, dejaron de abrazarse, separándose el uno de otro, como si mi mirada hubiese accionado algún tipo de interruptor para provocar ese comportamiento. Ella, de unos treinta años, con el pelo mojado y terriblemente hermosa, le soltó una sonora bofetada al hombre. Un instante después, y sin mediar palabra, desaparecían bajo la lluvia, cada uno por su lado, como dos ladrones que, tras repartirse el botín, acuerdan no verse por un tiempo.

Ese día, cuando llegué a casa no podía estar quieto; el pasillo se me hacía pequeño, mi casa parecía una celda y mi cabeza daba una y mil vueltas a la escena que había visto, reviviendo cada detalle intensamente, como si algo me hubiera pasado desapercibido y fuera la clave para entender qué me había pasado. Me asaltaban un montón de dudas: ¿El objetivo de todo esto era que yo viera cómo una chica le pega una bofetada a un hombre, con el que se besaba segundos antes? ¿Había más gente implicada en todo esto? ¿Quién había organizado todo esto y por qué? ¿Por qué a mí…?

Al día siguiente, recibí otro mensaje, con otra dirección y otra hora diferente. Acudí sin dudarlo. De hecho, deseaba recibir un nuevo SMS para continuar aquello en lo que estuviera metido (fuese lo que fuese), igual que una partida de cartas en la que tienes un montón de dinero apostado encima de la mesa. Esta vez, la mujer estaba sola.

Me acerqué pare que me diera una respuesta, sin saber muy bien a qué situación me enfrentaría, cómo reaccionaría ella a mis preguntas. Tenía la boca seca y las sienes tensas, como si entrara en una  una habitación a oscuras, descalzo y con el suelo mojado. La mujer me miró, me sonrió y acercándose lentamente a mi cara, me dio un beso lento, suave, un regalo que me dejó bloqueado y sin posibilidad de preguntarle nada. Cuando separó sus labios de los míos, se alejó unos centímetros de mí, llevando su brazo hacia atrás, para terminar dándome un enorme bofetón con la mano bien abierta. Y volvió a desaparecer, esta vez sin lluvia.

Mientras acariciaba mi cara con la mano izquierda y sentía el calor del enrojecimiento de mi piel, con la otra mano, sacaba el móvil de mi bolsillo y comprobaba si había recibido algún mensaje nuevo.

“Siéntese y tenga una conversación/charle”

Vilhem se levanta del banco rojo, con las piernas todavía temblorosas, con las rodillas frágiles, con su voluntad a punto de quebrarse. Es su turno. Le toca ser atendido por la  señorita de gafas de pasta y el anillo en forma de mariposa. Vilhem no sabe cómo se llama, pero ella te entrega dinero a cambio de los papeles adecuados. Duda que sea una transacción justa. Se levanta; mira a Jannicke, con quien ha compartido banco durante una breve eternidad. Janicke tiene 78 años y le brilla la melena plateada como el papel con el que envuelven los cuerpos sin vida en el asfalto. Vilhem, con el corazón en la mano, ha contestado sin restricciones a sus preguntas, sincerándose como no lo había hecho nunca, ni siquiera con el psicólogo que las líneas aéreas le habían ofrecido tras la muerte de su familia en el vuelo NA9103. Janicke le ha escuchado atentamente, sin juzgarle, pero interesándose como un detective y preguntando hábilmente por los detalles de su plan final.

Vilhem lo tiene todo planificado. Ha dibujado las distintas etapas hasta la muerte en un pequeño Post-it de color verde. Tiene localizado el anuncio de una embarcación barata, sencilla de manejar y fácil de naufragar si rompes el casco en el lugar adecuado. Ha calculado el tiempo que tardará en hundirse con el barco, ayudado por la cadena del ancla atada a su cuerpo; seguro que no le lleva más de dos y minutos y medio, lo que le sigue pareciendo una eternidad. Es incapaz de hacer frente a la casa vacía, a las fotos, a los recuerdos que le cortan por dentro y por fuera, a una angustia tan opresiva que no le permite ni llorar. Vilhem pretende sacar el dinero justo, 50.000 coronas, para comprar el barco y unos pocos galones de combustible. Ha rellenado el impreso mientras esperaba sentado, entretanto Janicke le preguntaba por las plantas que poblaban su jardín, por los árboles que componían la foto de su casa.

Janicke es viuda desde hace más de veinte años. Su marido, ingeniero forestal, le inculcó un amor incondicional por las plantas, por la belleza que nos regala el mundo vegetal, ya sea a vista de pájaro, contemplando los enormes mantos verdes de los bosques de Troms, o la preciosa perfección de un cloroplasto visto a través del microscopio. Janicke sabe que no puede hacer nada para detener a Vilhem; si quiere quitarse la vida, lo hará. Tratar de impedirlo sería como intentar agarrar un hilo de agua con las manos. Pero le preocupan sus plantas, el cuidado de esos árboles que, en pocas semanas, alguien tendrá que podar; o las hojas de castaño que deberán ser recogidas para que no obstruyan los desagües. Janicke mira a Vilhem, mientras éste se acerca al mostrador de la señorita de gafas de pasta.

Vilhem no se decide a entregar el impreso para conseguir el dinero. Se gira hacia atrás, buscando tal vez una respuesta a sus dudas en la mirada de Janicke. Ella se hunde en los ojos verdes de él, intentando descifrar qué especie  vegetal compartiría tonalidad cromática con ese iris duplicado. Seguramente se trataría de un helecho. Vilhem vuelve sobre sus pasos, sentándose de nuevo junto con Janicke, y retomando una conversación perdida sobre el cuidado de las flores en otoño.

 

“Siéntese y tenga una conversación/charle”

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© Fotografía de Sara Serrano
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El hombre y su sombrero

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Hay un hombre, ajeno a las modas, al estilo, al “guatiné”.

Hay un hombre y un sombrero,

presentes y ausentes,

en los cocktails indoor de Los Ángeles y Myanmar.

Hay una vida,

descompuesta en vasos con hielo,

triturada en mil versos,

y bebida por todos.

Hay una piel que se agrieta,

unas uñas rotas,

una boca sedienta.

Hay un hombre, buscando El Dorado en cada acorde,

sufriendo con el brillo de sus palabras.

Hay una postura serena,

un regalo por la certeza encontrada,

por la pérdida de lo que ya no vendrá.

Hay un par de botas,

un juego de vaqueros,

un paseo por Nashville.

Alguien se asoma,

siempre,

tratando de ocultar su nariz.

 

Teléfono

Barrer las hojas.

Apilarlas luego, todavía húmedas, dibujando con ellas círculos perfectos.

Pintar verdades, recortar mentiras y hacer entonces esa llamada pendiente.

Sentir tu aliento, de millones de bits, de millones de kilómetros, de millones de palabras vacías.

Prometerte el desierto, la arena como premio, el símbolo de la noche infinita.

Reírte de mí, de la ficción que construyo con mi propia vida.

Levantarte de la butaca, pidiendo el dinero de la entrada.

Estafador. Timador. Miento a los espectadores que sólo querían pasear.

Pedirme que cuelgue, que guarde un minuto de silencio por el agujero tan grande que hice.

Aplicar el color rojo, terminar, cerrar, apagar, tapar esta pequeña fuga de agua que acababa de abrirse.

– Ciao, nos vemos.

Barro las hojas. Están húmedas.

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Walls (1)

Hace dos años que Carmen no sale de Arizona. Hace más de 24 meses que no quiere abandonar la arena del desierto bajo sus pies. Su hogar, ahora, está allí, junto a Francoisse, al abrigo de su barba y sus largos abrazos.

Antes del desierto, de poner nombre a las piedras, a los huesos de coyote, a los besos de su amor europeo de dos metros de altura, antes de todo eso, Carmen vivió dos días en un callejón maloliente y sucio de la ciudad de Nueva York, agazapada tras dos enormes cubos de basura. Llegó allí escondida en el tráiler de un camión de mudanzas que había partido de la frontera con México. Estuvo cuatro días metida en el remolque del camión, junto a los muebles de una rica familia que se mudaba a la Gran Manzana. Sobrevivió gracias a la suerte, que de forma inesperada, y en medio de la oscuridad del camión, se materializó en unos botes de mermelada de higos y unas botellas de cerveza europea escondidos en una caja. Eso le salvó la vida.

Cuando llegaron a la ciudad, la mercancía fue revisada por los trabajadores de la empresa de mudanzas y Carmen fue descubierta, entre botes de mermelada, botellas de cerveza belga y aquellos recipientes que había utilizado para depositar, con gran mimo y cuidado, la orina y las heces de cuatro días de encierro.

Mario, un pequeño colombiano de mano agrietada y mirada esquiva, nervioso y asustadizo, la emprendió a golpes con ella, sacándola del camión, agarrándola del pelo y arrojándola violentamente contra el suelo. Carmen, no era más que un bulto arrugado, triste y sucio, escondido tras un cubo de basura, mojado por el charco de pis que el miedo había vaciado en plena calle.

Cuando abrió los ojos, cuando despertó del letargo, del mareo de los golpes, del escondite de la inconsciencia, unos ladrillos blancos llenos de dibujos le hicieron ver que se encontraba en un mundo muy diferente al suyo. No olía a tamales, ni a chile, ni a ropa húmeda, ni a besos guardados para la noche más templada. Olía a asfalto mojado, a especias guardadas en bolsas de basura, a dinero gastado en preciosas botellas de cristal, a luces y a fotos que te hablan para que te hagas rico y pobre a la vez.

Pensó que aquella pared, aquellos ladrillos mustios, llenos de pintadas y de carteles que se empeñaban en decirle cosas que no entendía, era algo feo pero hermoso a la vez. No era capaz de ponerle palabras a esa extraña sensación que le acariciaba por dentro; no era capaz de describírselo a Mercedes, su hermana pequeña, con quien hablaba siempre que se sentía sola.

De todos los dibujos que aparecían ante ella, no podía dejar de mirar el de un niño que miraba al cielo. El crío buscaba algo fuera del marco que componían el resto de dibujos, fuera de la pared, fuera de la propia ciudad. Su mirada iba mucho más lejos de lo que Carmen pudiera imaginar. Soñaba Carmen que hablaba con él, y le contaba cómo era su pueblo, cómo pesaba la pobreza de su país, cómo era distinta a la pobreza de otros sitios; del mar que había visto sólo una vez en su vida, de su hermana, de cómo se compraría un bonito vestido cuando ganara su primer sueldo en dólares.

Memorizó Carmen cada centímetro de la pared, cada dibujo o cartel, imprimiendo en su recuerdo la imagen de todos los ladrillos que conformaban ese campo visual que no abandonaría en 48 horas. No se movió de allí; imperturbable, dejanso que ese trozo de calle le hablara, que ese niño le preguntara por cosas cuyas respuestas no conocía todavía.

A los dos días, el mismo camión de mudanzas que le había traído a la ciudad, se detuvo a la entrada del callejón. Bajó Mario, despacio, mirando al suelo, apesadumbrado y  culpable en cada gesto, con el alma herida por haberle golpeado, humillado, por no saber reconocer otro ser humano bajo los harapos que tapaban el menudo cuerpo de Carmen.

Mario no era alguien que supiera disculparse con tiernas palabras. Le ofreció un poco de comida mexicana como ofrenda, como camino para purgar sus pecados. Carmen lo aceptó, regalándole una sonrisa, barriendo de la conciencia de Mario cualquier atisbo de culpabilidad que pudiera quedar. Mario, entonces, le propuso llevarle de nuevo al Sur, camino de Arizona, donde, según él, podría tener más oportunidades de encontrar un futuro mejor. Carmen, guiada por el arrepentimiento de Mario, aceptó subir al camión. Llegaría poco después a Arizona, donde comenzaría una nueva vida.

Por las noches, al abrigo de un cactus enorme y sintiendo la arena contra su piel, recordaría el dibujo de aquel niño que miraba lejos , y le contaría los detalles de su nuevo hogar, lo lejos que el desierto está de todo.

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Fotografía de @hgclmnt

Pasos de baile

Corre, preciosa, corre.

Sin temor; corre,

tras el humo,

tras el número elegido,

tras las palabras mágicas.

Sigue en pie, agarrada al susurro,

bailando sobre la punta de tus pies,

dentro de ese charco que cambia de color.

Baila, con el tiempo como aliado,

marcando sonrisas de transatlántico y

esculpiendo a besos las yemas de los dedos,

de ese coro góspel que nos sabotea el despertador.

Hay una canción francesa en la encimera,

una sartén envolviendo la cebolla en olor de frambuesa,

un desayuno que desea ser infinito.

Hay un recuerdo de Marta

agarrado a una foto en blanco y negro,

iluminando eones y

llenando habitaciones.

Hay dos trajes de astronauta,

y naves llenas de risas

y planes para conquistar el pasillo.

Hay una perspectiva de tiempo que devorar,

pero siempre juntos.

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Ventanas

No soy una cotilla, por mucho que mi madre insista en ello. Si utilizara los prismáticos…pero apenas me escondo tras la persiana a medio bajar, apenas me parapeto en los cinco metros que separan su ventana de la mía. Eso sí, no levanto la vista cuando me asomo a fumar a ese patio maloliente que compartimos, escurriendo la mirada entre pinzas caídas y los helechos de la portera, siete tiestos que ocultan las grietas en un gres que no se ha cambiado en más de cuarenta años.

Él fuma en su salón, en su cocina, en su baño, pero nunca en la ventana. Sólo cuando aparece en mis fantasías, intercambiamos algo más que una frase sobre el mal estado del portal; en mi sueño fumamos, compartiendo humo y risas, y me habla de su hijo, al que no ve hace un año, de cómo crece entre una sesión de Skype y otra.

Hoy pude escuchar la voz de Jimmy, así le llama él, nada de Jaime; insiste en que debe adaptarse a la vida americana en la fea Indianápolis. El pobre Jimmy apenas pudo despedirse de su padre, cuando su madre, a más de 10.000 km de distancia, decidió que ya había hablado suficiente con su padre biológico. Fue entonces cuando mi vecino gritó, fuerte primero movido por la rabia, para ahogarse después en un llanto desconsolado, arrastrándose por las paredes mientras se sujetaba la cabeza, balbuceando la misma frase de manera repetida: “Ya tengo el billete para ir a verte…”. De repente, me descubrí apretando los puños, sintiendo la cena recién digerida como algo pesado, y mascullando, mientras apagaba el pitillo a medias, la frase “será zorra la tía ésta…”. Retrocedí unos pasos y volví a la oscuridad de mi habitación, convenciéndome a mí misma que hay momentos en los que no debemos mirar, que le pertenecen sólo a uno.

Esa noche bajó las persianas de toda la casa, a pesar de los más de 35 grados en el centro de Madrid, a pesar de no tener aire acondicionado. Por un momento temí que A. hubiera hecho una tontería, o peor aún, que hubiera cogido el primer avión a Chicago.

A la mañana siguiente, la portera había traído dos helechos más. Mientras trataba de recordar cuál era la denominación exacta del color verde de estos vegetales, alguien, que exhalaba nerviosamente el humo de su cigarro frente a mi ventana, sonreía y me preguntaba, con verdadero interés, por qué miraba siempre de esa manera las plantas que cubrían el suelo del patio.

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Añicos

Me dijo: “Vuelve, por favor. Tengo el alma hecha añicos”. Me miró con los ojos rotos, porque efectivamente, su alma se había perdido en algún lugar donde amó a F; a medio camino entre habitaciones de hotel y la parte trasera del coche de su madre.

-“No me dejes sola; esta noche no”.

No lo hice. Escuché lo profundo que se había hecho el agujero donde dejó todo. Sequé sus lágrimas después de bebernos la primera botella, y ella, entonces, se dio cuenta que le vejez acudía también a la cita, con un hambre inusitada, con unas ganas terribles de darle caza.

Me faltó valor para decirle que la amargura, ese vestido que se apoderaba ahora de ella, que le ahogaba tanto por dentro como por fuera, seguiría siempre ahí, como una sombra que se acerca o se aleja en función de la cantidad de luz que haya en la habitación.

Glenda

Suena un martillo que golpea la mesa. Suena una frase en la boca de alguien, alguien que no había hablado en toda la noche. Suena un gesto de desagravio, un gesto chulesco, algo poderoso que brilla en el extremo de metal de la herramienta.

El ruido nos asusta a todos, pensando inmediatamente que alguien ha resultado herido, que sangrará abundantemente. Pero sólo es eso, una emoción momentánea que se disipa en unos segundos, justo cuando todos apuramos nuestras copas buscando respuestas a lo que ha pasado.

Falsa alarma. El cristal permanece en su sitio, no queda hecho añicos; sólo hay una enorme cicatriz, una pequeña falla que impedirá que Glenda pueda bailar de nuevo sobre la mesa.

 

Patos

El Atlántico es un compañero caprichoso y Septiembre es un mes que se le atraganta, azuzado por las tormentas del Caribe y por el viento polar que baja de las provincias más Septentrionales del Canadá. Del Canadá…Utilizar “del” frente a “de”, otorga a este país un aura personalizada que no tiene ningún otro.

El Atlántico, el mismo que me llevó hace años hasta las playas de Portugal, donde comulgué con el océano subido a esa tabla que acabaría partiéndose en la furgoneta de Miguel; ese mismo nombre, traía ahora un viento frío que cortaba mi cara y me recordaba que Septiembre sigue siendo un mes de su propiedad. No lo olvides.

Siempre atravieso el mismo parque; me pilla de paso en el camino de vuelta desde la universidad. Me gusta disfrutar del orden de los parterres, de la tranquilidad de los paseantes, del esfuerzo encerrado de los deportistas en sus pulseras mágicas, que medirán cuánto aire habrán exhalado, en vez de cuánto han podido suspirar por todo aquello que dejaron atrás. Paradojas que Nike ha sabido rentabilizar con sus zapatillas a partir de 77 dólares.

La cadena de mi bici chirría, por la falta de grasa, supongo. Mi bici adelgaza conmigo, se funde con mi nevera vacía, con la idea que me trajo aquí hace dos años. Mi bici marca un ritmo de chirrido y pedalada sonora, mientras mi pantalón de lluvia roza el cuadro y añade un fa sostenido a la canción de mi vuelta a casa (sí amigos, casa es allí donde uno puede preparar café. Con eso basta para construir un hogar).

Presiono la maneta del freno para tomar la curva que hay al final del trazado, regalando un desagradable ruido de plástico agrietado en contacto con el metal. Se asustan, aunque van todos juntos. Pobres patos. El Atlántico también habla con ellos, diciéndoles que apenas tienen un par de semanas para llegar a México, Honduras o Belice. Seguro que van a Belice. Es un nombre que siempre me ha gustado; un país pequeño, del que no sé nada, salvo que atesora un paraíso azul turquesa en la costa. Los patos no se separan. Paro mi bici, jadeando por el esfuerzo, pensando que había fumado demasiado esa mañana, pero es que oiga…cuando a uno le están pintando los poemas más bellos de los autores americanos del siglo pasado…uno fuma, y espera, y sueña con Whitman y con otros barbudos, y con Kerouac, y con esas carreteras sin líneas pintadas por las que corrían a más de 160 kilómetros por hora, llenando los asientos del coche de botellas vacías del licor más barato que uno hubiera podido comprar. Los patos siempre van juntos. Saco el móvil y grabo la escena. Hay algo hermoso en ellos. Hay algo hermoso en grabarlo y compartirlo luego. Hay algo hermoso en pensar que es hermoso. La belleza, como siempre, es una cerilla que prenderá un charco de gasolina en otro lugar, en otro momento.

El Atlántico, con respeto y fuerza, me acaricia la nuca y me dice que vuelva a casa, a poner una cafetera en el fuego y preparar la clase de mañana. Tal vez hablemos de patos, de la familia, o de Belice. Tal vez encienda una cerilla en clase.

patos

La perla del moro

Perla_del_moro

El mes de Septiembre, con sus madrugadas frías, con la cicatería propia de aquel que asesina al buen tiempo, es un mes en el que nos acabamos frotando las manos, tragamos saliva y, como siempre cuando se hace de noche, miramos al cielo. Siempre, amigos, hay estrellas que nos marcan el camino.

El mes de Septiembre, a pesar de contar con una brisa llena de rumores y de sueños atascados en el verano, es un período de enorme claridad, de aire fresco, de planos sobre los que proyectar las líneas y las curvas que trazaremos en las próximas tardes de café. El olor a café, escenificado en un apretón de manos o en una amistad casual, empieza a despertar, colándose en los engranajes de la ilusión humana.

Estos días, en los que todo se mezcla, en los que el éter llena nuestros pulmones, en los que los niños comienzan sus clases imbuidos de historias de fantasía, las líneas que separan lo real de lo irreal desaparecen. La ciencia deja de lado sus algoritmos y utiliza pociones ancestrales; la física mide conceptos como “ilusión” o “desesperación”, convencida de que el relativismo del multiverso tiende puentes hacia uno y otro lado.

El mes de Septiembre es como una especie de eclipse social, donde, por unos días, las leyes que nos rigen desaparecen, surgiendo una inercia que, vestida de anarquía y descontrol, nos lleva a nuevos puntos de encuentro. Sin saberlo, todos asentimos de manera ordenada cuando nos preguntan por aquellos sueños que acabamos de colocar en el punto de mira. Necesitamos resetear y que el frío inunde nuestros pulmones, perder la vista en la ensoñación de un recuerdo hermoso y dejar que, alguna lágrima peregrina, abra el camino de la emoción no contenida.

Estos días, cuando apuro el café, me asalta siempre el mismo pensamiento: “Mi reino por un escalofrío”.